El jardín del fin

Ángela Rodicio

Fragmento

1. Nubes negras

1

Nubes negras

Ni tú ni yo conocemos los misterios de la eternidad,

Ni tú ni yo podemos descifrar este enigma;

Tú y yo sólo hablamos a este lado del telón;

Cuando el telón caiga, ni tú ni yo estaremos aquí.

Rubaiyat, OMAR JAYAM

Salus populi suprema est lex.

El bien del pueblo es la ley suprema.

De Legibus, CICERÓN

Encontrándose un día el califa Harun al-Rashid en Rei, y viendo a un tal que despachaba remedios para todas las enfermedades, exclamó:

—¡No creía que en mi reino se pudiese matar con impunidad!

Storia Universale, CANTÚ

El viaje a Irán comienza en el armario; en la búsqueda de ropajes negros y largos. Una cortina psicológica que se levanta con el visado de entrada, y se materializa con la llegada nocturna de todos los vuelos internacionales a la capital.

La identidad femenina puede descubrirse en la cabeza, las manos, los pies. Los pañuelos son obligatorios, en la esfera de la propia discrecionalidad, como el color del esmalte de uñas. Miro las de mis pies, apenas lacadas de un rojo-berenjena, vendetta.

He optado por llevar sandalias y, en el bolso, zapatos cerrados que calzaré justo antes de aterrizar en el aeropuerto Imán Jomeini; cuando las mujeres del vuelo, vía Roma, desaparezcan como de costumbre en los lavabos del avión para reaparecer veladas, mutadas en entes cubiertos por una palpable nube de oscuros presagios.

La maleta es negra, como el bolso. Los pantalones y la camisa que llega a las rodillas son negros, igual que el humor de los pasajeros que esperan la salida de su vuelo.

Los corredores del aeropuerto de Roma parecen interminables antes de llegar a la remota terminal de la que se parte a los lugares menos fiables del planeta. Las largas horas de espera se atenúan en las librerías del aeropuerto de Fiumicino. Europa, cristiana, libera. La mia vita tra veritá, libertá, fede e religione, valori e regole, el nuevo libro de Magdi Cristiano Allam. Cuando le conocí hace más de una década, era un periodista de origen egipcio cuyas ideas parecían obedecer al consenso y a un talante conciliador. Era simplemente Magdi Allam. Debe ser el nuevo signo de los tiempos, con estos humos de cruzada que vuelven a destacar la lejanía ideológica entre Oriente y Occidente.

En la enésima vuelta por el duty free, un grupo de iraníes, y otro de israelíes, coinciden en el estante de las ofertas de maquillaje. Los vuelos a Teherán y a Tel Aviv despegan prácticamente a la misma hora. Las últimas compras profanas y mundanas. Contemplo los avatares entre una mujer iraní y otra israelí, aparentemente separadas por un abismo de bombas nucleares y dialéctica ultrarradical, unidas por un mismo interés: la base de maquillaje líquido espolvoreado por moléculas de oro de 18 quilates. ¿Quién conseguirá quedársela? Aparecen los maridos.

LLEGADA NOCTURNA A TEHERÁN. PROFUSIÓN DE NEGROS.

ESPERANDO LA LIBERTAD. ESPERANDO EL TERREMOTO

Cada viaje es como una vida nueva. Esta vida, este viaje, parece pesar igual que las revistas adquiridas como regalos para las amigas. Los números de septiembre son tan densos como un cocido de domingo. Mis compañeros de asiento forman parte de un grupo de jóvenes vestidos con un peculiar uniforme de cazadoras beige estilo «Ahmadineyad», escasas y setenteras. Desisto de hojear las plúmbeas publicaciones por miedo a quedarme sin codo.

El sonido del farsi, la lengua de Irán, es complejo. Una sinfonía de palabras agudas, de eses silbantes como meandros; una lluvia cantarina que de repente escampa cuando terminan por abrirse paso las vocales. Fuera del avión anochece y por las pantallas la flecha en forma de avión va atravesando el sur de Europa, Turquía, Van; Urmía, el lago oriental de los armenios en el Kurdistán; el mar Caspio para, finalmente, descender en plena noche, la hora más negra que precede al amanecer. Es la llegada furtiva a Teherán; el negro dentro y fuera. Lo intempestivo de este aterrizaje en la complejidad simbólica de Irán que deja a cualquiera fuera de juego durante los primeros días de estancia. El jet lag iraní es espeso, una regresión marcada por la bienvenida de los dos guías supremos de la Revolución islámica, Jomeini y su sucesor Jamenei, cuyos retratos presiden la antesala del control de pasaportes; por las dos horas y media que se debe adelantar el reloj.

Mi maleta no ha llegado. El exceso de equipaje de los iraníes en la diáspora, en este caso procedentes de Canadá, no ha dejado huecos. Como ya lo había previsto, he traído conmigo los libros de trabajo. Empezando por Viaje a Oxiana, de Robert Byron. Byron y Christopher Sykes llegaron a esta capital en los años treinta recorriendo Oriente Medio en coche. Por diversas vicisitudes con su Chevrolet negro, su estancia en Teherán duraría más de la cuenta, y gracias a ese contratiempo, fueron escritas algunas de las páginas más bellas, valores permanentes de la literatura de viajes.

Teherán, 29 de enero, 1933. Todavía aquí. Para aliviar la claustrofobia, pasamos el día en las montañas de Darband donde Marjoribanks tiene un palacio. Christopher entabló conversación con uno de los jardineros reales. Parece que a Marjoribanks le gustan las flores.

Marjoribanks era el nombre en código para referirse a Reza Shah, el coronel de cosacos que se erigió en primer shah de la dinastía Pahlevi, en 1925, tras derrocar la anterior de los Qajar.

Le llamé la atención a Christopher sobre la indignidad de los ropajes de la gente:

—¿Por qué permite el shah que lleven esos sombreros?

—Shhh. No debes mencionar el shah tan alto. Llámale Mr. Smith.

—Yo siempre le llamo Mr. Smith a Mussolini cuando estoy en Italia.

—Entonces, llámale Mr. Brown.

—No. Ése es el nombre de Stalin en Rusia.

—Vale. Mr. Jones.

—Jones tampoco sirve. Hitler se lo tiene que quedar, ahora que Primo de Rivera ha muerto. De todas formas, siempre me confundo con estos nombres tan comunes. Mejor le llamamos Marjoribanks si queremos recordar a quién nos estamos refiriendo.

—De acuerdo. Escríbelo también en caso de que te confisquen el diario.1

La conversación entre Byron y Sykes sigue vigente. Los diversos cuerpos de seguridad continúan rigiendo los destinos de los iraníes. Como el cuidado de los jardines y la profusión de rosas y peonías que alegran la metrópoli de más de 15 millones de habitantes, con una de las tasas de contaminación más altas del mundo.

El palacio de Darband sigue en su sitio. De la estatua en bronce del hijo de

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