Homenaje a Cataluña (edición definitiva avalada por The Orwell Estate)

George Orwell

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Orwell y sus editores:

apuntes para una historia políticamente sintomática

La breve pero intensa carrera literaria de Eric Blair empezó con un cierto pánico al fracaso y la adopción preventiva de un pseudónimo: George Orwell. El manuscrito de Sin blanca por París y Londres, completado en octubre de 1930, había acumulado rechazos en Jonathan Cape y en Faber & Faber. A Orwell le rondaban los treinta años y el terror de haber dado un rumbo equivocado a su vida apostando radicalmente por la literatura. Regaló el manuscrito a una amiga para no tener que tirarlo él mismo a la basura. Sin embargo, Mabel Fierz resultó ser una mujer sensata que mandó, por su cuenta y riesgo, la primera obra de Orwell al agente literario Leonard Moore. El agente se puso en contacto con el joven autor y le aseguró que aquel material era publicable. «Bueno, si por casualidad se lo aceptan en alguna parte, publíquenlo con un pseudónimo, no estoy muy orgulloso de mi trabajo», le contestó Orwell con su habitual facilidad para la autodevaluación. Sin reputación que perder y con la posibilidad de mantener el pseudónimo si, contra pronóstico, el libro funcionaba, Orwell esperó resultados. Llegaron en 1933 cuando Victor Gollancz, un editor de militancia izquierdista, leyó con interés un relato que parecía responder perfectamente a la demanda de realismo social y literatura documental que los efectos de la depresión económica de los años treinta alentaban. Editor y agente escogieron George Orwell de la lista de posibles pseudónimos que les había propuesto el autor. Todos igualmente comunes y poco relucientes: P. S. Burton, Kenneth Miles o H. Lewis Allways. Aunque George Orwell fuera un nombre llano (el patrón del país, George, y el nombre de un pequeño río inglés sin historia, Orwell), la argucia de escribir con pseudónimo acabó generando fecundas posibilidades en la configuración de un astuto narrador, un álter ego que supo explorar con eficacia el potencial narrativo de las experiencias autobiográficas de Eric Blair.

Victor Gollancz y Secker and Warburg iban a convertirse en las dos editoriales que publicaron los libros de Orwell y que tuvieron que lidiar con las incomodidades de todo tipo que les presentó un autor controvertido, lúcido y tenaz, que nunca pudo evitar vivir y escribir contra las corrientes dominantes de una época marcada por extraordinarias turbulencias políticas y la masiva presencia de guerras atroces. En el período que va de 1933 a 1949, Orwell publicó nueve libros y numerosos ensayos y artículos. A pesar de su muerte prematura, a los cuarenta y seis años, el corpus orwelliano se percibe como una presencia notable de alcance universal, como el corpus literario que ha ejercido, probablemente, una mayor influencia en las percepciones políticas de generaciones de lectores. Tuvo el tiempo justo de constatar que sus dos últimos libros (Rebelión en la granja y Mil novecientos ochenta y cuatro) se convertían en éxitos editoriales indiscutibles, pero la magnitud de su reconocimiento le llegó póstumamente. La publicación de los cuatro volúmenes editados por Ian Angus y Sonia Orwell en 1968 (The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell) dio la medida de su trayectoria y supuso un acontecimiento editorial que incentivó la revalorización de la obra de Orwell en su conjunto. George Steiner describió estos volúmenes como «un lugar para la renovación de la imaginación moral».1 Treinta años más tarde, la monumental y ejemplar edición de los veinte volúmenes de la obra completa que debemos a Peter Davison selló el alcance de la contribución de Orwell a la lengua inglesa.2 No hay otro autor coetáneo en la literatura inglesa que haya sido escrutado con tanto interés: seis biografías completas y un sinfín de memoirs y estudios monográficos dedicados a un autor cuya producción bibliográfica se limitó a quince años. Tenemos, además, tres libros que ponen en perspectiva los avatares de sus dos editores: un estudio sobre los primeros cincuenta años del editor Gollancz3 y las memorias, en dos entregas, de Frederick Warburg.4 Puede, pues, darse noticia documentada de las reveladoras relaciones de Orwell con sus editores.

Aunque Gollancz valoró muy positivamente el primer libro de Orwell, un texto que consideraba «una denuncia extraordinariamente vigorosa y efectiva sobre las consecuencias del desempleo y las anomalías sociales actuales», expresó muchos reparos cuando el autor le ofreció su primera novela, Los días de Birmania. Gollancz se temía problemas graves de libelo instigados por la administración colonial británica ante una novela que leemos, ahora, como precozmente anticolonialista. Ante la negativa de Gollancz, Leonard Moore, su agente literario, buscó alternativas que solo se concretaron en Estados Unidos. La firma de Nueva York Harper Brothers publicó la novela en 1934. La publicación tuvo efectos sobre la decisión de Gollancz, que releyó el manuscrito y, con algún cambio menor, la novela vio finalmente la luz en el Reino Unido el 24 de junio de 1935. Gollancz publicó, también, las dos siguientes novelas de Orwell —La hija del clérigo y Que no muera la aspidistra—, obras que Orwell siempre consideró fallidas. En ambas el editor tuvo que limar aspectos que le parecían, también, susceptibles de libelo. Recordando estos problemas iniciales, Sheilla Hodges escribió:

No es que fuera deliberadamente difícil, sino todo lo contrario. El problema era que le costaba muchísimo, o bien darse cuenta de lo que significa el libelo en este país —a pesar de que le explicamos reiteradamente la situación jurídica—, o bien calibrar los peligros muy reales que aquello implicaba.5

Los costes de acciones legales derivadas de acusaciones de difamación o libelo podían acarrear, efectivamente, problemas graves para una modesta editorial de izquierdas. El abogado de Gollancz, Norman Collins, se lo intentó transmitir al joven autor rogándole, con delicado tacto inglés, que viera el problema «a la luz de la extraordinaria legislación que sufrimos en este peculiar país».6 A pesar de estas dificultades, en 1937 Gollancz y Orwell firmaron un contrato por el que el editor tenía la primera opción de publicación de sus dos siguientes obras de ficción.

Las tensiones entre Orwell y su editor iban a tomar un cariz mucho más político cuando este le propuso visitar el norte industrial de Inglaterra y documentar en un libro el ambiente social de aquellas zonas castigadas por un «desempleo masivo». Durante los dos primeros meses de 1936, Orwell viajó y tomó notas para lo que iba a convertirse en El camino a Wigan Pier. A finales de año el libro estaba listo, y para entonces Gollancz había creado el Left Book Club, una especie de Club del Libro para consumo de literatura izquierdista. La iniciativa fue un éxito, y Gollancz propuso que El camino a Wigan Pier fuera el libro del mes de marzo de 1937 para los socio

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