Cara o cruz: Benito Juárez (El debate de la historia)

Alejandro Rosas
Angélica Vázquez del Mercado

Fragmento

Cara o cruz: Lázaro Cárdenas

UN CORAZÓN CANSADO

I

La opresión en el pecho se sentía como el peso de una enorme loza que no lo dejaba respirar. Con la mano derecha, pesada y lenta a causa del dolor, se tocó el estómago hinchado y caliente, donde las ámpulas brotaban como enormes gotas de pus, producto del agua hirviente que el doctor había aplicado como remedio. El dolor subió por los hombros, tensó la mandíbula, pasó como un rayo por la espalda y se dirigió hacia el brazo izquierdo para concentrarse en la parte inferior. Con suma dificultad y dolor, el presidente de México en funciones, Benito Juárez, giró sobre su lado izquierdo. Su corazón luchaba por no dejar de latir, arrítmico y agotado. El doctor Ignacio Alvarado tomó la muñeca del enfermo y notó que el pulso se volvía imperceptible. Minutos después, el cuerpo cansado dio sus últimos estertores: el corazón se detuvo, probablemente por un infarto al miocardio.

II

Benito Juárez murió cerca de la media noche del 18 de julio de 1872. Falleció a los 66 años de edad, durante su segunda reelección como presidente de la República, tras una trayectoria política única, extraordinaria por decir lo menos, y como uno de los personajes históricos más apreciados y reconocidos en la historia de México.

Fue amado por muchos por su entrega a la nación y patriotismo, y odiado por tantos otros por su apego al poder. Su figura lo mismo tenía la estatura del héroe, inalcanzable, mítico, un fundador de la historia patria, que ser la fuente y origen de resentimientos, envidias o celos. Desde su muerte, muchos han querido deshumanizar su biografía para hacerlo el más digno representante de la historia de bronce, pero Benito Juárez murió —ya se ha visto— como cualquier hombre de carne y hueso.

Benito Juárez fue siempre un animal político que, para decirlo de una vez, no se fijaba tanto en los medios como en el fin.

Durante su largo periodo de gobierno, de 1858 a 1872, debió gobernar a veces con la mayoría a favor y otras en contra; luchó incansable por mantener su gobierno a flote a pesar de que el país había sido invadido por el ejército francés y defendió, por sobre todas las cosas, a la República del imperialismo en manos de Maximiliano y sus aliados en casa. Benito Juárez gobernó con convicción de la mano de sus amigos y de sus enemigos a quienes nunca dio la espalda. Nada de esto fue una tarea fácil; antes bien, demandó de todas sus energías, en cuerpo y alma. El costo fue el sacrificio familiar, los años de pobreza, las prolongadas ausencias del hogar, pero también el ingreso al panteón de los héroes nacionales y el respeto a su vida y obra en otras latitudes, como el nombramiento de Benemérito de la América por el Congreso de República Dominicana en 1867.

Benito Juárez era un hombre de mediana complexión y estatura, de tez morena y rostro indígena (zapoteco, de Guelatao, Oaxaca), mente abierta y brillante inteligencia. Claro, prolífico y convincente en su redacción; escribir cientos de manifiestos, cartas y discursos de seguro requirió de un gran esfuerzo de reflexión y de concentración, a veces en momentos insólitos como al final de una batalla, en plena huida o en el traqueteo de la diligencia. Tomar decisiones en las que la vida y la muerte de una o de más personas estaba en sus manos, debió de ser un ejercicio de poder que, es de creer en cualquier ser humano, lastimó su corazón y su espíritu.

III

A Benito Juárez la muerte le llegó lenta, en un largo proceso de más de 12 horas de dolores continuos. Su médico de cabecera y quien lo atendió en los últimos momentos, el doctor Alvarado, declaró que la muerte fue por angina de pecho y que, a pesar del sufrimiento, Juárez lo soportó con una entereza increíble en cualquier persona. Dice el Memorandum de medicina, cirugía y partos del doctor Corlieu (1878) que la angina de pecho produce dolor punzante, una “suspensión momentánea de la respiración producida por el temor del dolor; opresión, eructaciones, necesidad de orinar; pulso pequeño, regular; ansiedad, abatimiento, vuelta a la salud y recaídas”. Ya podemos imaginar las horas que padeció el hombre.

Los conocimientos médicos de la época, como recomendaba el Memorandum citado, prescribían el cuidado tanto del cuerpo como del espíritu: evitar fatigas, las marchas contra el viento, los excesos de bebidas o de alimentos, las relaciones venéreas, el frío o el estreñimiento. Así tal cual. Pero Benito Juárez fue lo que ahora llamaríamos un workaholic, un adicto al trabajo, y a pesar de que unos días antes de su muerte había presentado cuadros de dolor más fuertes y frecuentes (denominados paroxismos), el entonces jefe del Ejecutivo del país hizo caso omiso de las recomendaciones y cuidados sugeridos. El doctor Alvarado había prescrito una dieta que hoy nos llamaría la atención: podía beber y comer en cantidades moderadas vino, jerez, Burdeos, pulque, sopa, tallarines, huevo frito, arroz, salsa picante de chile piquín, bistec, frijoles, fruta y café. El médico le pidió ingerir estos alimentos entre la una y las dos de la tarde, mientras que para la noche recomendaba una copita de rompope.

Al final de sus días lo que menos tenía Benito Juárez era paz ni tranquilidad de espíritu, pues el país seguía siendo un hervidero de revueltas y asonadas, varias de ellas en su contra con motivo de la última reelección. Dicen también que la muerte de su esposa un año antes, en 1871, lo había afectado en demasía, que se le veía como un hombre triste y ensombrecido por la ausencia de Margarita Maza, a quien desposó cuando ella tenía 17 años de edad y él 37.

En su relato de los últimos momentos de Benito Juárez, el doctor Ignacio Alvarado hizo énfasis en la fortaleza del presidente para cumplir con su deber a pesar del dolor. Su hijo Benito corrió a buscar al doctor que acudió a Palacio Nacional al caer la tarde del 18 de julio. A partir de ese momento el médico no se separó de los aposentos del mandatario: “Los primeros ataques los sufre de pie. Vigorosa es su naturaleza, indómita su fuerza de voluntad, y aunque despliega toda ésta, no le es dable sobreponerse por completo a las leyes físicas de la vida, y al fin tiene que reclinarse horizontalmente en su lecho para no desplomarse y para buscar instintivamente en esta posición el modo de llegar a su cerebro la sangre que tanta falta le hace”. Cada ataque o paroxismo le duraba minutos, los suficientes para obligarlo a reposar y tratar de controlar el dolor. Pasada la crisis “el paciente se levanta y conversa, con los que lo rodeamos, de asuntos indiferentes, con toda naturalidad, y sin hacer mérito de sus sufrimientos”. Los ataques se repitieron una y otra vez, con la atención intermitente de Benito Juárez a sus obligaciones presidenciales. Hacia el mediodía uno de esos ataques provoca un “calambre dolorosísimo del corazón […] su semblante se demudó cubriéndose de las sombras precursoras de la muerte”, momento en el que el doctor decidió aplicar el remedio “cruel pero eficaz: agua hirviendo sobre la región del corazón”. El presidente reaccionó sorprendido, casi ofendido: “Me está usted qu

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