Culpa nuestra. Culpables 3 (pack)

Mercedes Ron

Fragmento

cap-1

 

Prólogo

No dejaba de preguntarme por qué, si Nick y yo habíamos roto hacía más de un año, lloraba ahora como si de verdad hubiésemos terminado. En un momento dado tuve que salirme de la carretera, tuve que apagar el motor y abrazarme al volante para sollozar sin peligro de chocar con alguien.

Lloré por lo que habíamos sido, lloré por lo que podríamos haber llegado a ser... lloré por él, por haber conseguido decepcionarle, por haberle roto el corazón, por conseguir que se abriese al amor solo para demostrarle que el amor no existía, al menos no sin dolor, y que ese dolor era capaz de marcarte de por vida.

Lloré por aquella Noah, aquella Noah que había sido con él: aquella Noah llena de vida, aquella Noah que a pesar de sus demonios interiores había sabido querer con todo su corazón; supe amarle más de lo que amaría a nadie y eso también era algo por lo que llorar. Cuando conoces a la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida, ya no hay marcha atrás. Muchos nunca llegan a conocer esa sensación, creen haberla encontrado, pero se equivocan. Yo sabía, sé, que Nick era el amor de mi vida, el hombre que quería como padre de mis hijos, el hombre que quería tener a mi lado en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos obligase a separarnos.

Nick era él, era mi mitad, y ya era hora de aprender a vivir sin ella.

cap-1

 

PRIMERA PARTE

Reencuentro

cap-2

1

NOAH

Diez meses después...

El ruido del aeropuerto era ensordecedor, la gente iba y venía agitada, arrastrando las maletas, arrastrando niños, arrastrando carritos. Miré fijamente la pantalla que había sobre mi cabeza, buscando el nombre de mi siguiente destino y la hora exacta en la que debería embarcar. No me hacía mucha gracia ir sola hasta allí, nunca me habían gustado los aviones, pero no tenía muchas opciones más: ahora estaba sola, únicamente yo, y nadie más.

Consulté mi reloj y volví a mirar la pantalla. Vale, había llegado con tiempo de sobra, aún podía tomarme un café en la terminal y leer un rato, seguro que eso me tranquilizaría. Fui hasta los detectores de metales, la verdad es que detestaba que me manosearan al pasar por ellos, siempre lo hacían porque siempre llevaba algo que hacía sonar la alarma, tal vez, como me habían dicho, tenía un corazón de metal: la simple razón del infortunio que suponía para mí ir a cualquier lugar con detectores.

Dejé mi pequeña mochila en la cinta transportadora, me quité el reloj y las pulseras, y el colgante que siempre llevaba en el cuello —aunque debería habérmelo quitado hacía tiempo— y lo coloqué todo junto con mi móvil y las pocas monedas que tenía en el bolsillo.

—Los zapatos también, señora —me dijo el joven guardia de seguridad en un tono cansado. Lo entendí, ese trabajo era el paradigma de algo tedioso y monótono, el cerebro probablemente se le quedaba aletargado, siempre haciendo lo mismo, siempre diciendo lo mismo. Puse las Converse blancas en la bandeja y me alegré en el alma de no haberme puesto calcetines con dibujos ni nada parecido, me habría dado muchísima vergüenza. Mientras mis cosas empezaban a desplazarse por la cinta, crucé el detector y cómo no... empezó a sonar.

—Colóquese aquí, por favor, abra los brazos y las piernas —me ordenó, y yo suspiré—. ¿Lleva algún objeto metálico, algún objeto puntiagudo o algún...?

—No llevo nada, siempre pasa y no sé por qué —contesté dejando que el guardia me toqueteara de arriba abajo—. Seguro que es algún empaste.

Al chico le hizo gracia mi respuesta y, de repente, quise que me quitara las manos de encima.

Cuando se apartó y me dejó ir, cogí mis cosas y me fui directa al duty-free shop. ¿Hola? ¿Toblerones gigantes? Bueno, pues eso. Creo que era lo único agradable de ir a un aeropuerto. Me compré dos, los guardé en la maleta de mano y fui a buscar mi puerta de embarque. El aeropuerto de LAX era grande, pero, por suerte, mi puerta no estaba muy lejos. Caminé por esos suelos medio alfombrados con señales y flechas bajo mis pies, pasé por mil carteles que me decían «Adiós» en decenas de idiomas distintos y llegué a mi destino. Aún no había mucha gente esperando, así que entré sin problemas después de dar mi pasaporte y mi billete. Cuando crucé la puerta del avión, me senté, saqué mi libro y empecé a comer Toblerone.

Las cosas habían ido razonablemente bien hasta que la carta que había metido entre las páginas cayó sobre mi regazo, evocándome recuerdos que había jurado olvidar y enterrar. Sentí un nudo en el estómago mientras las imágenes volvían a mi cabeza y mi día tranquilo se iba al traste.

 

Nueve meses antes...

La noticia de que Nicholas se marchaba me había llegado por vías inesperadas. Nadie me había querido decir nada que tuviese que ver con él, y estaba claro que era porque él debía de haber dado instrucciones muy tajantes al respecto. Ni siquiera Jenna hablaba de Nick y eso que yo sabía que lo había visto en más de una ocasión. Su cara de preocupación era el reflejo de lo que debía de presenciar cuando ella y Lion iban a su apartamento. Mi amiga estaba entre la espada y la pared, y eso era otra de las muchas cosas que tenía que añadir a mi lista de culpabilidades.

No había vuelto a ver a Nicholas, pero sus acciones con respecto a mí no se hicieron esperar. Algunas cajas con cosas mías llegaron apenas dos semanas después de haber roto y cuando vi a N en una caja para animales tuve un ataque de ansiedad que me dejó frita sobre la cama después de que se me agotaran las lágrimas. Nuestro pobre gatito, ahora mío... Se lo tuve que dejar a mi madre en mi antigua casa porque mi compañera de piso era terriblemente alérgica. Fue duro desprenderme de él, pero no tuve otra opción.

Esa época de mi vida en la que solo lloraba y lloraba la he catalogado como «mi época oscura» porque había sido exactamente así: estaba dentro de un túnel negro sin luz, inmersa en una oscuridad total de la que no podía emerger a pesar de la luz de un nuevo día o de la luz artificial de una lamparita junto a mi cama; había sufrido ataques de pánico casi a diario hasta que finalmente una médica me mandó derechita al psiquiatra.

Al principio no había querido ni oír hablar de psicólogos, pero supongo que en el fondo me ayudó porque empecé a levantarme por las mañanas y a hacer las cosas básicas de un ser humano... hasta esa noche, esa noche en la que entendí que si Nick se marchaba, todo se perdería y esta vez para siempre.

Me enteré por una simple conversación en la cafetería del campus. Dios, hasta las universitarias salidas sabían más sobre Nick que yo por aquel entonces.

Una chica había estado coti

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