La promesa del Sucesor (La Ley del Milenio 3)

Trudi Canavan

Fragmento

cap-2

1

Más que oír el sonido, lo sintieron: un estremecimiento profundo que producía un temblor a través de los pies y una vibración en el pecho. Todos a una, los torneros alzaron la vista; luego, cuando la sensación pasó, se volvieron hacia Tyen.

Desplazó la mirada por sus preocupados rostros, en los que se reflejaba un temor creciente e impreciso. Como todos estaban muy quietos, un pequeño movimiento cerca de la puerta principal del taller captó la atención de Tyen al instante. Una sombra con forma humana había aparecido y se tornaba más definida y oscura por momentos. Era una mujer, con los labios apretados en un gesto adusto.

—Arcillarca Fursa —dijo él, y cuando los demás se volvieron hacia la hechicera, adoptaron una expresión respetuosa y se llevaron dos dedos al corazón para saludar a su líder. Tyen siguió su ejemplo.

—Tyen Tornero —dijo la mujer mientras emergía al mundo—. Han atacado el Gran Mercado. Necesitamos ayuda. —Miró alrededor—. De todos vosotros.

Tyen asintió.

—¿Y los atacantes?

—Se han ido. —Inspiró profundamente y exhaló, con un brillo de angustia en sus negros ojos—. Se ha hundido medio tejado. Muchos han quedado sepultados.

Los fabricantes de tornos intercambiaron miradas de espanto. Tyen recogió un trapo para limpiarse la grasa de las manos.

—Iremos para allá de inmediato.

Ella movió la cabeza afirmativamente antes de desvanecerse.

—Yo os llevo —se ofreció Tyen. Los otros torneros se apartaron de las máquinas con las que estaban trabajando y se unieron a él en el único espacio despejado de la habitación, la zona situada frente a la puerta principal. Cada artesano tocó al que tenía más cerca; hombres y mujeres unidos por el contacto—. ¿Listos?

Se oyó un murmullo de asentimiento, y todos respiraron hondo. Tyen absorbió la magia que había a gran altura, dejando la que envolvía la ciudad a disposición de los hechiceros más débiles con un alcance menor. Aunque Doum era un mundo rico en magia, y el hueco que él iba a dejar no tardaría en rellenarse cuando la energía que lo rodeaba fluyera para ocupar el vacío, Tyen no quería ser el culpable de que otros hechiceros no pudieran prestar ayuda en el lugar del desastre.

Cuando se impulsó para alejarse del mundo, el taller pareció palidecer hasta perder todo rastro de color, y todos los sonidos cesaron. Tyen percibió una hendidura reciente en la sustancia del espacio entre mundos que conducía a la sede del Consejo, con toda seguridad creada por la arcillarca Fursa cuando se había abierto paso hasta ellos. Consciente de que sus empleados y él solo sobrevivirían en el espacio intermedio durante el rato que fueran capaces de aguantar sin aire, los impulsó con rapidez hacia arriba, a través del techo y la primera planta, hacia un cielo azul apagado. Una vez en lo alto, oteó Alba, la ciudad de alfareros más grande y célebre de Doum, buscando la conocida silueta arqueada del Gran Mercado.

Cuando la avistó, se quedó paralizado por la impresión. O Fursa había minimizado la magnitud de los daños, o se habían producido más desde que ella se había marchado. Solo quedaba en pie una cuarta parte del extraordinario tejado ondulado, formado por varias capas de azulejos unidas entre sí con cemento.

Se propulsó hacia allí.

El Gran Mercado había sido un edificio hermoso. Albergaba puestos donde se vendían los mejores artículos de la ciudad, de día y de noche. «¿Por qué iba alguien a intentar destruirlo?», se preguntó. ¿Procedía el ataque de una ciudad rival o del exterior del mundo? Un ataque contra el Gran Mercado constituía un ataque contra la principal fuente de ingresos de Alba. Y también contra el lugar que él se había esforzado en convertir en su nuevo hogar desde hacía cinco ciclos, un lugar que amaba más que su mundo natal. La rabia empezó a apoderarse de él.

Sin duda los arcillarcas, elegidos por los maestros artesanos de las ciudades de Doum, conocían más detalles de lo sucedido. Tyen podía leerles el pensamiento en busca de información, pero ellos, al igual que muchos pueblos de los mundos, prohibían la lectura mental sin permiso. Él se había habituado a obedecer dicha ley, entre otras cosas porque, si la transgredía, bastaría un desliz por su parte para delatarse y perder toda la aceptación que había conseguido granjearse. Quizá gozaba de cierto respeto como hechicero poderoso y como inventor de los primeros tornos que funcionaban con magia, pero como forastero aún despertaba recelos.

La ciudad se tornó borrosa al desplazarse a toda velocidad a sus pies. El edificio ruinoso se agrandó y cobró nitidez con la proximidad. Conforme se acercaban a las paredes derruidas e irregulares, un gran montón de escombros apareció en las sombras que se extendían en medio. Fragmentos de cristal relucían entre los cascotes. Unos pocos restos de los puestos sobresalían de aquel amasijo, pero tanto la mercancía como los ocupantes habían quedado totalmente sepultados. Había gente recogiendo y llevándose trozos. Otros yacían en el suelo entre los puestos que quedaban, con la ropa ensangrentada. Unos se movían, otros no.

Esta escena trajo consigo el recuerdo de una elevada construcción que se venía abajo y un profundo sentimiento de culpa. Tyen ahuyentó ambas cosas de su mente. Habían transcurrido diez ciclos desde el trágico derrumbamiento del Castillo de la Torre —los ciclos eran una medida de tiempo equivalente a los años utilizada por hechiceros y mercaderes intermundiales, pues no había dos mundos cuyos años coincidieran de forma exacta—, pero él aún lo recordaba con claridad. Su determinación de prestar auxilio se tornó más férrea. «Esta vez puedo hacer algo por estas personas —se dijo—. Si me dejan.»

Hizo descender a sus artesanos, buscando un lugar seguro donde materializarse. Decidió no devolverlos al mundo en el interior del edificio, por temor a que la parte del tejado que quedaba se desplomara. «Fursa ha dicho que éramos los hechiceros más próximos, así que es posible que aún no hayan llegado muchos. Será mejor que proteja a todo el mundo con un escudo por si las paredes se derrumban hacia fuera.» La plaza situada frente al edificio estaba repleta de curiosos. Los voluntarios salían corriendo del edificio y arrojaban escombros en montones que crecían con rapidez antes de volver a entrar a toda prisa. Como no había cerca un espacio despejado al que emerger, Tyen eligió una zona que se encontraba a veinte pasos de distancia y aguardó a que los que estaban allí de pie se dieran cuenta y se apartaran de su camino.

No tardaron mucho. Al vislumbrar a aquel grupo semitransparente, los mirones se apresuraron a hacerse a un lado. Una vez desalojado aquel espacio, Tyen devolvió a sus artesanos al mundo. Todos tomaron grandes bocanadas de aquel aire polvoriento y rompieron a toser. Algunos se llevaron las manos a la cara cuando recobraron de golpe la capacidad de manifestar físicamente las emociones, algo imposible entre los mundos. Sin embargo, tras respirar hondo para recuperarse del viaje, enderezaron la espalda, y las manos con que cada uno se aferraba a su vecino para que Tyen los transportara a todos pasaron a dar palmaditas y apretones de aliento.

—Veamos qué podemos hacer —dijo Tyen, y echó a andar hacia el edificio.

Cuando entraron, alzó la vista hacia lo que quedaba del te

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