Con pajarita y sin tapujos

Inocencio F. Arias

Fragmento

cap-1

Introducción

Cuando Plaza & Janés, por boca del convincente Alberto Marcos, me ofreció escribir este libro, pensé por un momento que abordaría únicamente cuestiones de política internacional. No sólo porque he pasado más de cuarenta años en la diplomacia y la política exterior es mi afición, aparte de la que siento por el desmayado Real Madrid, sino, más aún, porque estaba totalmente saturado, en las tertulias radiofónicas, la COPE…, o televisivas, en las que tomaba parte, de darle vuelta a los mismos temas: la lucha partidista, a veces cortoplacista, la tesis y el libro del doctor Sánchez, las vicisitudes, dolorosas a veces, de la cuestión catalana con la equivocada confianza del PP de la época en su manejo, y la corrupción —los ERE, Gürtel, cursos de formación— mayor en volumen y reiteración que la existente en la época de Franco.

Creí ingenuamente que dada la agitación existente en la escena internacional originada con la llegada del locuaz y tosco Trump, amén de otros acontecimientos a los que él es ajeno, el libro podía quedar aseadito quedándome en la pista exterior. No pudo ser así. La editorial me apremiaba para que incluyera asuntos de nuestro país y hube de aceptarlo. Un día te encontrabas leyendo las Acotaciones de un oyente del lamentablemente olvidado Wenceslao Fernández Flórez y te percatabas de que el victimismo gratuito e hiriente de los separatistas catalanes ya había sido recogido en 1931 por el agudo escritor gallego al que, leyéndolo, se le intuye tascando el freno al oír eslóganes o declaraciones parecidas al «España nos roba». Igual que uno de nosotros. Ni siquiera Fernández Flórez pudo imaginar que en los colegios catalanes pudiera ver inspectores para sancionar al que hablara castellano en el recreo.

En otra ocasión, reflexionabas sobre los cambios en el tablero internacional, la distribución del poder, la mejora del nivel de vida de centenares de millones de personas, la transformación de las costumbres… cuando te venía a la cabeza que para cambio, el de España. No es que desaparecieran entre nosotros el sombrero, el luto, los telegramas y los serenos y que ahora la corbata y los periódicos estén de capa caída (hay diarios nacionales que no llegan a las Canarias), es que hemos pasado de una absurda situación decimonónica en la que la mujer no podía viajar al extranjero sin la autorización del marido y había de «seguirlo doquiera éste fijara su residencia» a la actual, evidentemente más justa y lógica pero, llevando el péndulo hasta el otro extremo, en la que se llega a decir desde altas esferas que «la mujer tiene razón sí o sí». Aserto que aparte de infantil tiene un aroma de Mussolini, un político que siempre llevaba razón. Hube también de hincarle el diente.

Metidos en aforismos pueriles, incluso estultos, choqué con aquél, no sé si leyendo un libro de Trapiello que me remontó a mi juventud y niñez u otro de Chaves Nogales, de la «superioridad moral de la izquierda». No cabe mayor sandez, sobre todo si se la afirma con rotundidad y claro convencimiento. El empacho, fílmico y novelístico de los últimos años, sobre las maldades de los franquistas y la proba actitud de los republicanos en la Guerra Civil se daba de bofetadas con alguno de mis recuerdos. Yo me había criado en un pueblo en el que en las paredes de su iglesia se desplegaban los nombres de 82 personas fusiladas por los republicanos en los primeros días de la contienda. ¡82! Recordé, curioso porque mi madre nunca escarbaba en esto, que un tío mío joven, recién graduado en farmacia, tuvo que vivir escondido dos años en otro pueblo porque lo querían apiolar debido a que su familia era religiosa; mi primer jefe había visto que a su padre y a su hermano les daban el paseo fatídico en agosto del 36; un pariente mío, del que nunca me hablaron, había sido torturado y ejecutado estrictamente por ser sacerdote; mis colegas chilenos habían acogido a centenares de personas en su embajada porque los republicanos podían despacharlos para Paracuellos… La lista para el que quiera es larga. Llegué a la conclusión de que si en el franquismo nos habían lavado sectariamente el cerebro con lo malos que eran los «rojos», ahora había otra ola avasalladora en sentido contrario: los franquistas, todos, eran unos desalmados, antes, durante y después de la guerra, y los republicanos, salvo algún elemento aislado e incontrolado, eran gente bien intencionada que no había cometido fechorías.

La tesis es risible. Tan jocosa como la de afirmar que en el campo internacional los desmanes provienen normalmente de la derecha, o aquella otra de que en la derecha la corrupción es algo sistémico, que está en su ADN, cosa que no se puede afirmar de la izquierda. (La mitificación del Che Guevara, si has estudiado el personaje, también es para gente imberbe, romántica e impresionable.) Lo chocante no es que esta sensación de superioridad moral esté extendida entre la progresía, sino que muchas personas la creen a pies juntillas. Cuestionarlo es casi blasfemo. Por grotesco que parezca está más arraigado que el dogma de la Inmaculada en un católico. Hube asimismo de agitarla un pelín en mis reflexiones para el libro a riesgo de parecer fascista con la equiparación. Ventajas de estar entrado en años. (¡Qué diría algún político si coloco al mismo nivel ético a sus dos abuelos, al republicano y al nacional!)

Si el panorama nacional está convulso —un militante del PSOE de hace quince o veinte años te hubiese retado a un duelo «hasta que brotara la sangre» si le decías que podía llegar el momento en que su líder subiera al poder con la ayuda decisiva de políticos que quieren romper a España sin dilación y con la de herederos de la terrorista ETA—, no menos agitado está el internacional, al que he dedicado más espacio. Aflora aquí igualmente lo inesperado. La llegada del lenguaraz e inquietante Trump a la Casa Blanca deja perplejos a los europeos que, llenos de voluntarismo, especialmente en España, suspiran por que sufra tropiezos desde el primer día. Casi le negamos la legitimidad, no queremos ver sus logros, de los que no es el menor que ha trufado el Supremo con gente de su ideología, y rezamos por que lo inhabiliten. No nos damos cuenta de que puede ser reelegido aunque implique imprevisibles consecuencias.

Similar ignorancia o ingenuidad es el tratamiento del tema de la emigración. Una cosa es que España deba ser generosa, otra, suicida, que abramos las puertas de par en par.

Imprevista asimismo es la fulgurante subida de China, espectacular, casi increíble por sus características, un país comunista en el que hay muchos millonarios, y su magnitud, pero que es codiciado y adulado —su mercado, sus inversiones, sus millones de turistas—, mientras que empieza a alarmar a Estados Unidos, su rival y gran deudor económico, y a todos los países del Pacífico que atisban ya la voracidad estratégica del país más poblado de la tierra. Parecidamente imprevisible hace un par de décadas es la espantada y el declive de Gran Bretaña, cuya desintegración ya no es descartable, el desdibujamiento de Europa, persistentemente dividida, en el teatro del mundo, y el papel cada vez más secundario de la ONU. Kissinger espetó a un subordinado que no le «diera la lata con esas chorradas de las Naciones Unidas», y el comentario peyorativo habrá sido utilizado por más de uno de sus sucesores.

Me he relajado además con unas consideraciones sobre la influencia del sexo en la política, alegrado con la aparición con fuerza de la mujer en el fútbol, algo que traerá consecuencias benéficas, saludado nostálgicamente el mutis del rey Juan Carlos y realizado algunos pinitos humorísticos, primordialmente en varios capítulos: «La Constitución», «Acotaciones de un televidente (show en las Cortes)» y algún otro.

Ojalá el amable lector no se aburra. Llegará algún varapalo a mis espaldas, normal cuando te pronuncias, pero espero que sea sólo de un sectario. He querido escribir el libro con un poco de humor y, de verdad, sin acritud. Semanas antes de que se desencadenara la brutal guerra mundial, el fino observador Stefan Zweig afirmó que «creer en una guerra mundial entre naciones europeas es como creer en brujas y fantasmas». Espero no haber desbarrado yo con mis conjeturas.

INOCENCIO F. ARIAS

cap-2

1

La superioridad moral de la izquierda

MI PERPLEJIDAD

Hay cuestiones que cuando uno va teniendo cierta edad no acaba de entender. Axiomas, dichos populares y «verdades» incontrovertibles que empiezas a cuestionar.

Una de ellas es la superioridad moral de la izquierda; muy extendida aunque, si uno mira a su alrededor, no se tiene en pie.

En los sesenta, cuando estudiaba Historia para entrar en la diplomacia, tuve la osadía de preguntarme por qué Hitler era un malvado cabrón y Stalin un político con aspectos censurables pero aceptable. Y pensé: ¿acaso no eran dos figuras políticas execrables, dos tiranos similares en sus atrocidades?

Ya entonces, con más audacia aún y temor de que me llamasen de todo, empecé a preguntarme si podía ser verdad que el bando franquista en la Guerra Civil cometiese toda clase de tropelías sistemáticas, mientras que en el republicano fuesen unas poquitas aisladas y siempre obra de elementos incontrolados.

En el campo de la diplomacia tampoco entendía por qué la intervención de Estados Unidos en Irak era espantosa, violadora de principios del derecho internacional, mientras que la de la Unión Soviética en Afganistán, aunque no elogiable, podía resultar comprensible, neutra. Igual ocurría con el apoyo de Putin al régimen actual de Siria, que, por cierto, gasea a su población con armas químicas. No aplaudimos, pero nos resbala; no nos indignamos, como sí ocurre con los estadounidenses.

En España también me deja perplejo escuchar de adultos bien formados que no se puede comparar el caso Gürtel pepero con los ERE sociatas. El primero, te argumentan con seriedad, muestra que la corrupción es algo sistémico, innato en la derecha, mientras que los ERE son cosas aisladas, con cifras que han sido muy exageradas y, ¡acojónate, Pereira!, el dinero de los ERE «se repartía entre mucha gente, no iba a parar al bolsillo de unos cuantos burgueses aprovechados» (sic).

Hay un jeroglífico que también tiene miga, y no poseo las luces para desentrañarlo: ¿por qué Vox es un partido fascista y Podemos es plenamente democrático? No logro verlo. El grupo de Abascal quiere meterle mano a las autonomías, localizar miles de emigrantes ilegales y, eventualmente, enviarlos a su país. No he leído, sin embargo, que quiera recurrir a las armas para limar las autonomías ni castrar a los emigrantes varones y levantar la toca de las emigrantes islámicas para pelarlas al cero. El grupo de Podemos llama a la gente a las barricadas al ver que Vox saca pacíficamente 400.000 votos en Andalucía, no acaba de ver clara la separación de poderes y, entre otras cosas, estaba encantado al nacer cuando en la Puerta del Sol se exhibía aquella frase inmortal de que «la soberanía no está en las Cortes sino en esta plaza». Aserto este que te pone un pelín los pelos de punta: huele a frase de las Juventudes de Hitler o de los sóviets rusos.

Esta distinción entre los dos partidos me turba al no entenderla. He paseado por el campo a solas dándole vueltas. Sin éxito. Una noche me desveló la sutil diferencia, y mientras mi mujer, quejándose de que no duermo bastante, me pedía que volviera a la cama, le contesté casi bruscamente que me dejara cavilar porque no veía la luz en algo trascendental. Refunfuñó algo como que empiezo a chochear.

Entré por fin en una iglesia. Estaba desierta. Era un buen momento para meditar e imploré, primero a la Inmaculada y luego a santa Rita, abogada de lo imposible, para que me resolvieran el acertijo, para que me mandaran una señal aclaratoria. Nada. Silencio.

Al abandonar el templo me topé con un compañero en activo que, quejoso, empezó a hacerse cruces con algunos nombramientos de embajadores del gobierno Sánchez. (Es un tema recurrente en las conversaciones en el diplozoo: el nuevo gobierno ha trufado las embajadas con adictos ideológicos. Cuando éste cambia, se repite la cantinela de diplomáticos del signo opuesto.) Lo escuché distraído. Yo estaba con mi duda kantiana. En un momento me pareció oír el nombre de alguien totalmente incompetente que había sido nombrado para una embajada de cierto peso. Mostré mi extrañeza e inquirí sobre las razones: ¿era del partido del gobierno?, ¿era íntima del nuevo ministro? Mi interlocutor, obsesionado con un tema trivial como el de los nombramientos e ignorante de la duda que me atenazaba en uno mucho más importante, me dijo: «En el ministerio hay explicaciones que los pecadores no entendemos y diferencias, ¿inexistentes?, que no acabamos de captar».

Me había dado la clave. La providencia, muda en el templo, me enviaba el mensaje por boca del colega: no te obsesiones, las diferencias pueden ser inexistentes, y a lo mejor resulta que Vox no es más fascista que Podemos. (Que los «pacíficos» demócratas de la CUP bramen contra el fascismo agresivo de Vox, mientras zarandean, acosan e intentan abortar una conferencia de la pepera Cayetana Álvarez de Toledo, me plantea asimismo problemas de comprensión. Una vez más, esto es fascismo de izquierdas.)

El ejemplo de Vox y su fulminante descalificación me convenció de nuevo de que la sociedad española actual es mucho más permisiva con los pecadillos de la izquierda, mucho más intransigente con los de la derecha, y más importante aún: es una confirmación de que mucha izquierda está imbuida de la convicción, casi religiosa, de que la base ética de su actuación es normalmente elevada, de que su constante superioridad moral no admite discusión.

Es una creencia totalmente pueril, absurda, desmentida a diario rotundamente por los hechos, pero profundamente arraigada incluso en mentes muy sensatas de la izquierda. Recuerdo el comentario de un honrado y lúcido exministro socialista cuando alguien le reprochó que, si Aznar había estado asesorando a Iberdrola, también González lo había hecho con Endesa. El exministro contestó que los dos casos no eran comparables, que «sólo había que mirar el pasado y la trayectoria de Felipe González para darse cuenta…».

Yo no veía nada reprochable en esas asesorías; respeto enormemente a José María Aznar y a Felipe González, he trabajado muy a gusto con los DOS y el matiz del interrogado me sumió en la confusión.

¿Quería con ello decir el antiguo ministro que la trayectoria honesta de González era conocida mientras que el pasado de Aznar era un tanto vidrioso? Algo quedaba flotando en el aire. ¿Era Aznar moralmente tortuoso? ¿Se había llevado el dinero cuando estaba en Castilla y León? ¿Había acosado sexualmente a dos secretarias y a un bedel? ¿Le había construido gratis una mansión una constructora a cambio de favores? ¿Había copiado repetidamente en la universidad? ¿Le habían hecho la tesis y no lo habían sancionado por ser su papá muy amigo de un ministro franquista? Algo tenía que haber hecho con su bigote siniestro si su asesoría no era nada comparable con la de Felipe González.

La respuesta del no nombrado ministro era infantil pero espontánea. Se trataba de alguien serio y honrado. Pero debía de estar embriagado desde pequeñito con la superioridad moral de la izquierda. Cuando ésta hace algo censurable o parece serlo —tanto González como Aznar no habían incurrido en nada reprobable—, la reacción inmediata es que: a) tal cosa no se ha producido; b) si se ha producido, está totalmente exagerada por la derecha; c) la situación no tiene equivalencia con un hecho similar de la derecha, o d) la situación fue producto de una emergencia y hay que desentrañar las razones por las que se produjo. Esta negación o interpretación pro domo de los hechos es frecuente en cualquier partido político. Los demás no están exentos de culpa. Para nada. Ahora bien, son menos proclives a restregarte, con absoluta fe, su superioridad moral. De ahí que le dediquemos un capítulo.

Examinemos tres períodos: nuestra Guerra Civil y el franquismo; la Guerra Fría, y la situación actual en España.

GUERRA CIVIL

Es un hecho evidente y aceptado, excepto por algún sector de la derecha, que el alzamiento del 18 de julio de 1936 fue un levantamiento, una rebelión, contra un gobierno que, sectario o no, era un gobierno legítimo.

Esto es archisabido y admitido. Lo menos sabido y escasamente aceptado es que la izquierda, con el Partido Socialista profundamente involucrado, intentó hacer lo propio dos años antes, sublevarse, porque la derecha había ganado las elecciones y eso era difícilmente asumible. Los socialistas se levantaron aunque la CEDA, que había ganado, ni siquiera se hacía cargo del gobierno como parecía lógico, sino que se limitó a entrar en él con tres carteras. Esto resultaba insufrible para la izquierda. Largo Caballero sería el inspirador de la revuelta e Indalecio Prieto compró armas en Bélgica para la insurrección. Años más tarde (México, 1942), don Inda admitiría honestamente que «se consideraba culpable de haber participado en ese movimiento revolucionario». En septiembre de 1934, El Socialista había proclamado: «Que todo el mundo renuncie a la revolución pacífica, a una utopía; bendita sea la guerra».

Eso fue lo que hubo en 1934: una breve pero cruenta guerra civil que el gobierno de la República ganó sometiendo a los mineros asturianos y a los sublevados. Esa rebelión la historia actual la niega u oculta, y a mucho escritor socialista le entra amnesia al considerar numerosos aspectos de la Segunda República, aunque Madariaga haya escrito que «con la revuelta de 1934 la izquierda perdió los vestigios para condenar el alzamiento de 1936».

Ya hemos calificado de ilegítimo el alzamiento que originó nuestra infausta Guerra Civil, aunque existan estudios documentados que muestran que en las elecciones de febrero de 1936 hubo pucherazos puntuales que favorecieron a la izquierda. Veamos la contienda.

En nuestra niñez y juventud en pleno franquismo se nos comió el coco con frecuencia sobre la maldad de los «rojos» y las barbaridades que hicieron. Me crie en un pueblo andaluz en las paredes de cuya iglesia estaban los nombres de setenta y dos personas a las que los republicanos habían «dado el paseíllo», es decir, que los habían montado en un camión, sin juicio, y en una carretera les habían pegado dos tiros. Cuando alcanzaba la pubertad empecé, con todo, a dudar de esa maldad innata de los rojos. Los que había en el pueblo parecían claramente pacíficos, y en un par de ocasiones mi madre había dicho que tal persona «era muy rojo pero muy buen hombre, un tío honrado a carta cabal», o que tal otro era «un exaltado de izquierdas pero incapaz de matar una mosca o de robar».

Aquello de que los rojos, metiéndolos a todos en el mismo saco, eran desalmados, crueles y sinvergüenzas ya no acababa de casar. Otro día me enteré de que don Augusto Álvarez, un abogado amigo de mi padre, había sido condenado a muerte en 1940 «por ser muy rojo». Me resultaba incomprensible. Aquel señor parecía cívico y bien intencionado. ¿Cómo era posible que hubiera sido condenado a muerte? Y, por otra parte, ¿por qué en una foto de 1946 estoy yo, junto a él y mi padre, encorbatados ellos, renacuajo endomingado yo, paseando por la plaza del pueblo? Descubrí entonces dos cosas: que ni aquel señor de izquierdas era un desalmado sanguinario y sinvergüenza, y que ni el régimen de Franco había pasado por las armas o hecho sufrir penas de treinta años a todos los que juzgó en los meses siguientes a la guerra. La historia era más compleja que la narración que se nos hacía.

Es un hecho, sin embargo, que nuestra niñez y juventud fueron bombardeadas con la propaganda del régimen de Franco: el alzamiento del 36 estaba plenamente justificado, en la contienda ellos no habían hecho nada censurable y los contrarios, todo el mal previsible.

Eso no era creíble y en los años sesenta ya empezaba a oír y comentar abiertamente tropelías de ambos bandos. Con la democracia, sin embargo, el péndulo ha ido casi al otro extremo. La izquierda perdió la guerra pero viene ganando la batalla de la propaganda. De forma descarada y casi aplastante. Nuestra filmografía reciente está llena de relatos en que los franquistas, durante la guerra y después de ella, son sistemáticamente los malos y los del bando contrario, honestos e incluso angelicales.

Una de las razones por las que decidí redactar este capítulo es por dos hechos de los que tuve conocimiento en estos años y que he mencionado en otro libro: el inexplicable bombardeo de Cabra, un objetivo demostrado no militar, por dos aviones rusos republicanos bastante al final de la guerra y que causó más de cien muertos. El ABC de Córdoba titularía: «Un centenar de muertos y otro de heridos, ancianos, mujeres y niños en su mayoría. El Mercado de Abastos, un Colegio de niñas y un barrio modesto, bombardeados y ametrallados».

La diferencia narrativa con Guernica es pasmosa. El bombardeo de Cabra simplemente no existe, es ignorado. Hugh Thomas, el especialista británico que escribió que «nuestra guerra fue una serie de acontecimientos lamentables en los cuales nadie de importancia actuó correctamente», no menciona Cabra en su monumental obra. Mientras tanto Guernica es, con mucha diferencia, el hecho militar más comentado de nuestra contienda. Ha influido el cuadro de Picasso, que, por cierto, no lo regaló. Cobró por hacerlo.

El segundo suceso chocante lo viví en un pequeño pueblo granadino al que acudí a dar una charla. Durante la cena, la teniente de alcalde, una comunista que respiraba sinceridad y amabilidad, me comentó que la bodega en que nos encontrábamos había sido una cárcel de los franquistas en la guerra y allí habían pasado muchos meses varios demócratas republicanos. Me resultó raro porque todos los pueblos de la comarca habían sido republicanos durante toda la lucha fratricida y parecía chocante que el lugar fuera una isla nacionalista dentro de aquel mar rojo. Mi interlocutora insistió, pero, ante mi extrañeza, educadamente se levantó excusándose, para volver al poco diciendo: «Llevaba razón, embajador. Ésta era una cárcel de la República en la que hubo durante un par de años presos franquistas».

Su honestidad y diligencia para aclarar la duda que le planteé eran encomiables, pero ¿cuánta gente en el pueblo, en otros sitios de Andalucía, en España, recibe ahora unos recuerdos históricos en los que todo es negro o blanco?

Más hilarante, cuando redacto estas páginas, es la explicación de la periodista María Rey describiendo en televisión, en directo, la conmemoración del Dos de Mayo madrileño: era la fecha en que años antes se había producido el levantamiento del pueblo «contra las tropas franquistas». Fue tal vez un lapsus, imaginemos que sí, un desliz basado en que en el ambiente flota que cualquier tropelía ha sido invariablemente cometida por la derecha.

El relato de la izquierda no vacila, tampoco, en alterar los hechos, consciente o inconscientemente. Un profesor de la Universidad Pablo de Olavide, de nombre poco andaluz como Xavier Coller, explicaba recientemente a un enviado británico en las penúltimas elecciones en esa tierra las causas por las que en la democracia ganara constantemente el Partido Socialista (Financial Times, 20 de marzo de 2015) y se quedaba tan pancho: «Hace treinta años la gente en Andalucía se moría porque no había médico en su pueblo. Ahora tienen un médico y eso lo valoran». La explicación era una penosa fabulación, geográfica y cronológicamente: en Murcia o Valladolid, donde no gobierna el PSOE, también hay médico en los pueblos, y, por otra parte, durante el franquismo, en todas las pequeñas localidades en las que viví (don Trini, don Pepe Gómez, don Juan Motos en Vélez Blanco, por ejemplo) había tantos o más médicos que ahora. Que no dejaban a nadie sin asistir.

Es frecuente que los enviados especiales de un periódico al extranjero escriban sin cotejar datos ni hacer investigaciones si están ante un interlocutor simpático, persuasivo o que hable su lengua, y el Financial Times recogía fielmente la peregrina afirmación del docente andaluz. Es posible —improbable en un catedrático— que éste no tuviera conciencia de que estaba contando una trola; su convicción frecuentemente es otra: en temas sociales, y la sanidad lo es, la derecha es una despreocupada que está tocando el violón, en cambio la izquierda es progre, humana y se preocupa del bienestar del individuo.

Las tesis actuales sobre la Guerra Civil están llenas de simplificaciones o trolas similares. Empezando por el millón de muertos, cifra que ahora se redondea al alza para estigmatizar más al franquismo, que fue el que inició la contienda y al que se hace responsable de casi la totalidad. (Durante el franquismo se la citaba igualmente para denigrar a los malísimos rojos.) La cifra real, para muchos, sería de 500.000 muertos, e imputables a los dos bandos. Resulta ocioso y delicado enzarzarse en quién mató a más gente. Sin embargo, en la versión actual de moda, Franco asesinó a muchos más, sin comparación, se alega, y nadie razona a cuántos habría fusilado el Frente Popular si la República hubiera ganado la guerra. ¿A menos que Franco? Es dudoso. Chaves Nogales afirmaba con pena que España «será gobernada por un dictador independientemente del bando que gane».

Por supuesto que es de buen tono recordar los bombardeos franquistas en la carretera de Málaga a Almería o los fusilamientos en las tapias de Valencia, pero resulta de un gusto fascistoide, reprobable, mencionar Paracuellos del Jarama. ¿Tiene Santiago Carrillo, importante figura de la transición, responsabilidad en una parte de las matanzas en ese siniestro lugar? Matanzas que el historiador Michel del Castillo, hijo de españoles, califica de carnicería metódica. ¿Puede alguien creerse que el gobierno de Largo Caballero no pudiera impedir que los socorridos «incontrolados» ejecutaran, sin juicio, a 2.800 personas en Paracuellos? A 2.800 nada menos ¿y no pudo pararlo? ¡Hombre! Mencionar que en Madrid hubo más de un centenar de checas en las que los republicanos torturaban y asesinaban, muchas de infausta memoria como la de Bellas Artes (luego de Fomento) no está de moda. Recordar a los sacrificados, como de tarde en tarde hace el Vaticano beatificando a algunos de los curas o religiosas asesinados (¿fueron 8.000?), es de mal gusto, tiene un tufillo clerical, de sacristía.

La amnesia selectiva que hubimos de tener en el franquismo se reproduce ahora en la izquierda. Evocar como hacía Rosa Montero en El País la figura del anarquista Melchor Rodríguez, director de Prisiones y último alcalde republicano de Madrid, que logró salvar la vida de 11.000 personas que iban camino de la checa o dispuestas a ser sacadas de ella para sufrir el «paseíllo» en el que serían asesinadas, es valiente pero poco creído. (También es objeto de un libro de Leguina y Buren.) Leer que el humanitario Neruda, como diplomático chileno en Madrid en 1936, tenía toda clase de remilgos —a veces rechazo— a la conducta hospitalaria de Carlos Morla Lynch, encargado de su embajada, que fue acogiendo en la dependencia diplomática a unas 2.300 personas que temían ser enviadas a Paracuellos o que les dieran el fatídico paseo, te deja tristemente patidifuso. ¡MI admirado Neruda, reticente a salvar a alguien al que por razones políticas le esperaba un tiro en la cabeza!

Hay una memoria histórica que señorea los relatos y otra que no tiene credibilidad o legitimidad. La izquierda es superior y no puede cometer desmanes.

Recordar que Negrín o Prieto tienen zonas bastante oscuras tampoco mola políticamente. A Negrín, cuando nos caíamos del guindo de las falsedades esparcidas por el franquismo sobre los republicanos, lo teníamos por personaje demócrata e íntegro. Luego nos hemos enterado de que en privado manifestaba que se necesitaba «una dictadura con ropajes y formas democráticos que haga posible la preparación del pueblo para el futuro» (decepcionante). Emerge, además, que fue el principal responsable del atraco al Museo Arqueológico Nacional, de donde se llevó un increíble y valiosísimo tesoro numismático (tropelía bien contada por Martín Almagro Gorbea). Miles de monedas antiguas de oro y plata, visigóticas, de la Edad Media, fueron trasladadas al extranjero. ¿A México? Al parecer, quería «remediar el infortunio de nuestros compatriotas (futuros exiliados después de la guerra) en la emigración». Pero ¿robando miles de monedas históricas del patrimonio nacional? No es una conducta de caballeros y seguro que Azaña no lo aprobó o lo desconoció.

En la contienda la superioridad moral de la izquierda lleva pareja la superioridad cultural. Según la versión divulgada, la inmensa mayoría de los escritores estaban con el bando republicano. Andrés Trapiello, en su documentado y ameno libro Las armas y las letras (Península, 2002), demuestra que no, pero el dogma es difícil de rebatir con un volumen. Trapiello, si insiste, será considerado un cavernícola.

Describir que Ernest Hemingway fue, como corresponsal de guerra, un farsante que embellecía los hechos republicanos y escamoteaba las tropelías de ese bando es de mal gusto. (John Dos Passos peleó con él porque, argumentaba, no podía entender cómo la República había podido asesinar a José Robles, un aristócrata de izquierdas, y don Ernesto increpaba su pusilanimidad: «¿Estás con nosotros o contra nosotros?».) Mencionar que el íntegro George Orwell escribió que nunca como en la guerra de España había visto tantas mentiras contadas sobre los acontecimientos —y es evidente que se estaba refiriendo en bastante medida a la zona republicana— no resulta aceptable. («Vi reportajes periodísticos que no guardaban la menor relación con los hechos, se escribía la historia no según lo ocurrido, sino según lo que debería haber ocurrido de acuerdo con las directrices del partido. No se crean nada de lo que lean acerca de los asuntos del bando del gobierno», etc. Orwell, Ensayos, Debate, 2013.)

El malabarismo en el lenguaje utilizado por los discípulos de la memoria histórica queda patente en las siguientes descripciones: la represión franquista en Badajoz ha pasado ya a ser el «genocidio» franquista, mientras que las catorce religiosas que fueron torturadas y asesinadas en noviembre del 36 por los republicanos se ha transformado en que «las monjas desaparecieron».

Como conclusión, volvamos a Trapiello: «De modo que unos y otros, entre los pocos que quedan vivos o sus herederos directos, siguen teniendo una memoria prodigiosa para los errores y crímenes de sus contrarios, y poca o ninguna para los suyos».

GUERRA FRÍA

Veamos la posguerra y la época de la guerra cuando al parecer, según el tópico difundido por la progresía, todo se desarrollaba en un tono gris, sin alegría, sin colores. No son mis recuerdos y me pregunto yo si en la Francia de la posguerra, y no digamos en Alemania, todo era festivo y lleno de colores.

Comencemos con la figura de Stalin. Casi nadie se atreve a negar ahora que es uno de los personajes más siniestros de la historia. Se engulló sin pudor a los tres países bálticos y se repartió Polonia con la Alemania de Hitler. Molotov envió un telegrama de felicitación a Hitler cuando los alemanes entraron en París.

Nuestra Pasionaria, una autoproclamada luchadora por la libertad, también se unió al aplauso por la vergonzosa invasión de Polonia. Tuvo la osadía de escribir en España popular, México, 1940, que «los trabajadores de todo el mundo habían saludado con entusiasmo la nación libertadora del Ejército rojo sobre el antiguo estado de los terratenientes polacos». No cabe mayor fanatismo para explicar la aniquilación de una nación.

El periódico comunista francés L'Humanité, otro lacayo de Moscú, también aplaudió el reparto de Polonia.

Stalin es responsable directo de la muerte de millones de personas; hay infinidad de testimonios, pruebas insoslayables. La hambruna causada por la Colectivización (1929-1933), que sería, por cierto, un atraso para el país, y el Gran Terror debieron de causar unos 20 millones de muertos. Stalin le confesaría a Churchill que habían muerto unos 10 millones de campesinos. El dictador, siguiendo a Lenin, se había propuesto conseguir el monopolio estatal de la alimentación, con resultados funestos. Anne Applebaum (Hambruna roja: La guerra de Stalin contra Ucrania, Debate, 2019) concluye que los 5 millones de muertos en Ucrania no se debieron a un desastre económico, sino que fue un asesinato masivo proyectado para sofocar cualquier brote de nacionalismo ucraniano.

En los primeros años del reinado de Stalin, un niño de doce años podía ser condenado a muerte; hablar del hambre en la Unión Soviética podía acarrear la misma pena. Las purgas en el partido, con condena al gulag o al patíbulo, fueron ingentes: unos 43.000 oficiales militares fueron reprimidos en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, lo que explica parcialmente los reveses iniciales ante Hitler. El estado policíaco que Lenin legó a sus sucesores fue perfeccionado por Stalin. El culto a la personalidad fue llevado hasta límites insospechados. El dictador, como apunta Martin Amis (Koba el Temible, Anagrama, 2004), fue el primer negador del genocidio nazi. El escritor británico añade lapidariamente: «El enemigo del pueblo era el régimen. La dictadura del proletariado era mentira; Unión era mentira, de Repúblicas era mentira, Socialistas era mentira y Soviéticas era mentira. Camarada era mentira».

Esta desolación fue ignorada por la progresía europea o iberoamericana; a veces, incluso, cantada.

Veamos algunos ejemplos de cantos al bondadoso Stalin.

Que mi admirado Miguel Hernández cantara a Stalin es casi excusable. El oriolano salía de una guerra civil, su bando tenía el apoyo de Moscú, y en 1942 tenían que ser escasos sus conocimientos de la realidad soviética.

Ahora bien, que a la muerte del tirano, ya en el 53, Alberti, viviendo en Italia, donde podía y debía estar mejor informado, entonara a la muerte del soviético:

Padre y maestro y camarada:

Quiero llorar, quiero cantar.

Que el agua clara me ilumine,

que tu alma clara me ilumine

en esta noche que te vas.

[…]

No ha muerto Stalin. No has muerto.

Que cada lágrima cante

tu recuerdo.

Que cada gemido cante

tu recuerdo.

El epitafio da un poco de dentera.

Parecida al bochorno que produce la larga ODA a Stalin de Neruda:

[…] y llegó del mar una ola grande

[…] y se elevó llorando sobre el mundo

[…] y arribó a mis puertas su mensaje de luto

con un grito gigante

como si de repente se quebrara la tierra.

(Por fin, en 1971, el Nobel chileno admitiría al periodista francés Édouard Bailby: «Je me suis trompé», es decir, me equivoqué. Tardó.)

No olvidemos tampoco a los intelectuales franceses. El poeta Paul Éluard escribió a finales de los cuarenta: «La vida y los hombres han elegido a Stalin para que exista sobre la tierra su esperanza sin límites». Louis Aragon, en el 53, no se quedaba corto: «Stalin es el mayor filósofo de todos los tiempos».

Lo del bueno de Allende en 1953 no tiene parangón. Exaltó al hombre «que encarnó una doctrina», símbolo de paz y construcción, elogió su obra, la criminal socialización de la agricultura, y su aporte cultural: «Hombres de la Unión Soviética: nosotros los socialistas compartimos vuestro luto que tiene conmoción universal. Jóvenes: estiramos hacia vosotros los brazos para daros fuerzas. Niños soviéticos: vosotros…». Ruboriza leerlo.

Dos pinceladas más: Bernard Shaw tuvo la desfachatez de decir en 1930 que «los soviéticos eran las personas mejor alimentadas de Europa», y el cínico de Sartre regresó de la Unión Soviética en 1954 afirmando, sin que, como apunta Vargas Llosa, se le cayera la cara de vergüenza, que «el ciudadano soviético es completamente libre para atacar el sistema».

¿Cómo se explica la ceguera generalizada de los intelectuales progres europeos? El régimen soviético era maestro en tapar sus desnudeces y adular a los intelectuales, pero éstos, aquí está de nuevo la madre del cordero, estaban dispuestos a engullir todas las falsedades porque un régimen de izquierdas no puede hacer barbaridades por sistema. Es moralmente superior.

Algo parecido ocurrió en Nicaragua con la revolución sandinista que Javier Nart, buen conocedor de la misma, define con tino como un camelo y una estafa. Los desmanes de la Junta sandinista perduran escandalosamente en nuestros días: 325 personas han sido asesinadas en estos años por razones políticas o en manifestaciones; 70 periodistas, denuncia Amnistía Internacional, se han exilado por temor a que el poder atente contra su vida; el presidente Ortega manipuló las elecciones en el 2016 para otorgarse un tercer mandato, y ahora trata arteramente que su mujer lo herede; el gobierno intenta silenciar publicaciones en internet… Nuestra atención a Nicaragua es escasa. No ocurriría igual si se tratara de una dictadura de derechas.

Más sangrientas fueron las atrocidades que ocurrieron en Camboya, antigua colonia francesa. Hubo un genocidio. China y Estados Unidos, satisfechos con que los nuevos dueños comunistas de Camboya crearan problemas al fronterizo Vietnam (Washington había salido descalabrado de la guerra con Vietnam, y China, antigua aliada, se había convertido en enemiga) miraron para otra parte cuando los Jemeres Rojos asesinaron a millón y medio de personas de una población de nueve millones. (Tragedia narrada en la película Los gritos del silencio, de 1985, y en el reciente filme de animación Funan, del 2018.) Lo curioso es el extendido silencio de la progresía mundial. Recuerdo que, por ejemplo, el entonces izquierdista Le Monde no le daba mayor importancia al genocidio. Una vez más, los autores, se pensaría, eran políticos probablemente bien intencionados de izquierdas. ¿Qué habría ocurrido si se hubiera tratado de un Pinochet de derechas?

No debemos olvidar tampoco cómo la Unión Soviética invadió Checoslovaquia en 1968 abortando el anhelo de apertura de los checos. La sofocó con tanques y Fidel Castro aplaudió.

Resulta conmovedor leer la reacción de Max Aub en los años cincuenta cuando España ingresó en la UNESCO: «Esto es el florón de la ignominia, una paletada más de cieno que recibimos en la cara el sinnúmero de personas decentes que todavía nos empeñamos en andar por el mundo». Aparte de conmovedor, da regomello. Aub era un escritor culto y viajado. Durante nuestra guerra fue agregado cultural en París, creo que intervino en la compra del Guernica a Picasso. En consecuencia, uno no puede asimilar que un intelectual rodado se pasme de que Franco entre en una organización en la que está Stalin. ¿Había protestado alguna vez porque la Unión Soviética estuviera dentro? ¿Se apartaba el cieno de la ca

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