La saga de los malditos

Chufo Lloréns

Fragmento

—Gracias, no quiero nada.

Insistió.
—Toma algo, Hanna.
—¡He dicho que no me apetece nada!
—Si la señora se encuentra mal, puedo traerle un té o un poleo —intervino el mozo.

—Muy amable, pero no me encuentro mal. Gracias, no quiero nada.

El mesero se volvió hacia Eric.
—¿El señor?
—Tráigame una cerveza negra y dígame qué le debo. —Si me da el número de su habitación, se lo cargarán en cuenta.

—Gracias, prefiero pagar.

El hombre se retiró para comparecer al punto con la comanda.

Eric intentó romper aquel silencio ominoso. —¡Hanna, nos han tomado por una pareja de recién casados!

—¡Antes muerta que casada con un racista como tú! Y termina pronto la cerveza que quiero volver a casa.

Horas inciertas

En la mansión de los Pardenvolk habían ocurrido muchas cosas en el transcurso de los últimos tiempos. Aquel lunes, al caer la tarde, Leonard y Stefan se reunieron en la biblioteca. El ambiente era tenso, y las precauciones que tomó Leonard fueron extraordinarias. Primeramente, corrió las gruesas cortinas de terciopelo morado que separaban la biblioteca de la galería acristalada que daba al parque; a continuación, hizo lo propio con la puerta corredera que daba al vestíbulo central de la casa, luego de observar si alguno de los sirvientes rondaba por las inmediaciones; finalmente, tras encender la lámpara de pie que estaba junto al tresillo y cuya apergaminada pantalla matizó de amarillo la luz de la bombilla, ocupó su acostumbrado sitio en uno de los sillones chesterfield y esperó a que Stefan hiciera otro tanto. Cuando los amigos se encontraron frente a frente, Leonard rompió el silencio.

—¿Te apetece tomar algo, Stefan?
—Gracias, tal vez luego. Me ha inquietado tu llamada; prefiero que me cuentes.

—Bueno, ya ves, Stefan, que el tiempo me está dando la razón. Todo lo que te profeticé el último Yom Kippur28 está sucediendo.

—Leonard, comprendo que estés asustado, pero como te he dicho infinidad de veces, lo que está ocurriendo no va contra gentes como vosotros. Ya te he dicho en repetidas ocasiones que no tienes nada que temer; más aún, tú sabes que, aunque no pertenezco a él, simpatizo con el partido, soy el médico particular de Reinhard Heydrich29 y me debe la vida de su hijita; si fuera necesario, recurriría a él por ti.

—No te entiendo, Stefan. Un liberal como tú, un científico, un intelectual, alguien que siempre ha defendido la igualdad entre todos los hombres… y que me digas que simpatizas con esa ralea de fanáticos. Créeme si te digo que no te entiendo.

—No es tan sencillo como tú lo planteas. Este país estaba hundido, el Tratado de Versalles y la ineptitud de nuestros dirigentes habían hecho de Alemania el estercolero de Europa, nuestra autoestima estaba por los suelos, el marco se hundía en todos los mercados, el desempleo asolaba la mayoría de los hogares alemanes, no teníamos ejército… Y en el fondo de este desalentador panorama aparece el hombre providencial que hace que el orgullo nacional renazca, que la sonrisa vuelva al rostro de las gentes, que ya no nos miremos por las calles temerosos y avergonzados de ser alemanes, y consigue que su idea del partido único, el Nacionalsocialista, triunfe no sólo en Alemania sino también en la Italia de Mussolini, cuyo fascio es casi lo mismo, y el pueblo con el fino instinto que le caracteriza, a la hora de escoger al hombre oportuno, lo elige a él. No dudes, Leonard, que Adolf Hitler conducirá al pueblo alemán a la cabeza de los pueblos del mundo; son horas de cambio, querido Leonard, ¡no lo dudes! «Deutschland, Deutschland über alles30

Tras esta diatriba, Leonard miró a los ojos de su amigo intentando ver en ellos alguna señal que le indicara que, en el fondo, no creía lo que estaba diciendo. Sin embargo, Stefan le aguantó la mirada, impertérrito, y un largo suspiro se adelantó a sus palabras.

—Y ¿cuál es el precio que debemos pagar por todo este mundo feliz de Huxley31 que preconizas, Stefan? ¿Ignoras lo que está pasando en las calles? ¿Cierras los ojos ante el hecho de que hay gentes que desaparecen en la noche y ni vecinos ni allegados se atreven a preguntar que ha sido de ellos? ¿No te han dicho que pegan carteles en los escaparates de nuestras tiendas recomendando que nadie entre a comprar en ellas, y que paralizan nuestras fábricas? ¡Y si solamente fuera eso! Pero se habla de que hay lugares donde se encierra a los disminuidos físicos y a otros que ellos llaman diferentes o razas inferiores, como gitanos o testigos de Jehová, etcétera?

—En lo que dices respecto a los gitanos tal vez sea así, pero es porque se intenta reeducarlos. En cuanto a los judíos... que cuatro exaltados cometan alguna tropelía y quemen algún comercio no puedo negarlo; sin embargo, debo decirte que no es nada oficial, y si algunos han merecido alguna sanción ha sido por ser elementos antisociales e indeseables, gentes de raros pelajes, como tú bien has dicho, pero no por ser judíos.

Leonard se encrespó.
—Y ¿qué me dices de los comunistas?

—Que son subversivos, y la subversión se ahoga en sangre o te destroza. Es como la espuma de la cerveza: cuando empieza a escaparse de la botella no se puede parar intentando taparla; hay que tirarla y abrir una nueva. El mismísimo cardenal Eugenio Pacelli los teme hasta tal punto que cuando era nuncio, si mal no recuerdo, firmó el concordato en el que se recomendaba a los católicos votar a Hitler.

—¿Puedes negarme que hasta entre ellos se matan en una total impunidad? ¿No fue acaso tu cliente quien montó la Noche de los Cuchillos Largos?32

—El cuerpo humano crea sus defensas ante una infección, ¿qué de extraño tiene que el cuerpo social expulse de su seno a gentes que son peligrosas para la grandeza del partido? Las SS acabaron con el mal que representaban algunos elementos de los camisas pardas de Ernst Röhm, pero esto ¿qué nos va a nosotros?

—Hablo del fuero no del huevo, Stefan. Si el Estado no respeta el orden, y el poder ejecutivo invade los espacios del legislativo y del judicial, y hay jueces venales que se prestan a ello, dime, ¿adónde vamos a parar?

—No quieres entenderlo, Leonard. Ya lo dijo Goethe: «Es mejor un orden injusto que un desorden justo». ¡He aquí el problema! Si una idea debe imponerse, y esa idea está dirigida al bien común, entonces, nos guste o no, tienes que admitir que el fin justifica los medios. Amén de que el orden establecido no es injusto; tú sabes que salió de las urnas y que el pueblo lo eligió.

—Pero ¿de dónde sales, Stefan? ¿Qué argumentos falaces arguyes? Lo que está sucediendo es muy grave, te lo repito por si no me has entendido o, mejor, no has querido entenderme. Cuando el Estado se constituye en legislador, juez y ejecutor de planes indignos, entonces no hay donde recurrir ante cualquier abuso. En nuestras leyes, que tienen más de cuatro mil años, se preconiza que la obligación de un buen judío es levantarse contra el tirano cuando éste gobierna mal, pero te confieso que yo ya no estoy para heroísmos, y creo que es una sabia medida la decisión que he tomado y que espero me ayudes a llevar a cabo. Y perdona si me he acalorado, pero todo lo que está pasando me desborda y tengo los nervios a flor de piel.

—Leonard, creo que te precipitas. Comprendo tus nervios, pero no tienes que tomar medida alguna; lo que debes hacer es quedarte quieto en casa. Una revolución es un parto, y un parto es inconcebible sin sangre, pero de la revolución nacionalsocialista nacerá una Alemania renovada y poderosa a la que el mundo libre no tendrá más remedio

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