Secretos y sombras

Mary Nickson

Fragmento

cap-3

1

 

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Echada y con los ojos cerrados, Luciana descubrió que se había vuelto invisible —invisible para todos salvo para la pequeña—. Tenía la desagradable sensación de que la niña no solo la observaba, sino que además no se había dejado engañar. «Pero lo que no sabe es que voy disfrazada», pensó Luciana. «Ninguno de ellos lo sabe.»

Carlos sí lo habría sabido, y por eso ella le mandó un cáustico mensaje: «No tendrías que haberme abandonado. Habíamos quedado en que cuidarías de mí. Siempre. Pero has incumplido nuestro acuerdo y ni siquiera sé dónde estás».

Llegaban nuevos huéspedes al hotel. La avioneta que los transportaba desde la isla principal ya había aterrizado, deslizándose por la banda de asfalto que servía de pista en St. Matt con la misma naturalidad con que los patos surcan la superficie del agua, aunque los pilotos tenían que vigilar por si había cabras tumbadas en la pista de aterrizaje. El camino hasta la Old Sugar Plantation se hacía interminable porque la calzada estaba muy maltrecha en determinados puntos y los tramos mejor conservados terminaban de repente con tanta brusquedad que resultaba temerario recorrerlos a gran velocidad. Aun así, en general los taxistas que ejercían su oficio entre el aeropuerto y los hoteles de la isla conducían sus destartalados coches con la animación de un cortejo fúnebre. Las prisas no eran bien vistas entre la población de St. Matt.

La Old Sugar Plantation se extendía por la ladera boscosa de un volcán, que en realidad era lo único que había en la isla; por eso, desde el aire parecía como si al mar caribeño le hubiera salido un grano verde en la cara. Stella y Mike Burrows habían adquirido la propiedad en muy malas condiciones, aunque la estaban convirtiendo en uno de los mejores hoteles con encanto de las Antillas. De hecho era Stella, con su arrojo incansable, la única responsable. Mike consideraba que era inútil esforzarse. Como, hiciera lo que hiciese, solo recibía críticas, había decidido que le convenía más que le reprocharan su indolencia que escuchar gritar a su mujer si se equivocaba.

Luciana oyó a Stella recitando su acostumbrada bienvenida. Su voz era agridulce como un plato chino (sobre todo cuando pillaba a Mike haciendo una de sus breves siestas). Le gustaba afirmar que trataba a sus huéspedes como si fueran sus propios amigos, aunque ese trato solían recibirlo más bien los famosos o los que estaban en posesión de algún título, y no quienes consideraba que no encajaban en la atmósfera del lugar.

—Entrad y tomad un refresco. Seguro que os irá bien a ambos. Las primeras consumiciones corren por cuenta de la casa —decía Stella con mimo para dejar claro que cargaría el resto de bebidas, que además les saldrían por un ojo de la cara, en su factura.

Luciana observaba la escena con los ojos entrecerrados. Por el tono almibarado de la voz de Stella, adivinó que los recién llegados gozaban de su consideración; la misma consideración a la que ella misma se veía sujeta, a pesar de saber que la había decepcionado profundamente insistiendo en cenar en una mesa individual y resistiéndose a sus intentos de incorporarla al grupo. No obstante, daba por supuesto que Stella se vanagloriaba de contar con su nombre en la lista de huéspedes.

—Patsy y Colin estarán encantados de conoceros. Son una pareja fantástica y estamos muy contentos de tenerlos en casa —explicaba Stella a los recién llegados.

Era mentira. Luciana había oído a sir Colin Fowler, el marido en cuestión, un hombre joven, próspero y ya un tanto entrado en carnes, quejarse de todo lo imaginable, y de lo inimaginable también. Pensó que si despertaba simpatías no era tanto por su encanto como por su abultada cartera. Su bella esposa americana, que siempre ponía mala cara, parecía mortalmente aburrida y la pareja, al entender de Stella, había caído en el tedio más absoluto al traerse consigo a la niña. Luciana supuso que a Stella le disgustaban tanto los niños como a ella. «No es un lugar indicado para los pequeños ni para los convalecientes», afirmaba con rotundidad el folleto del hotel, información que se basaba más en las preferencias de los propietarios que en el hecho de que el terreno no fuera seguro.

Los huéspedes se alojaban en unos bungalows de madera distribuidos en unos exquisitos jardines y pintados con colores vivos, similares a los de las viviendas de los pueblos de la zona. Sin embargo, cualquier parecido con la realidad terminaba ahí: en los poblados, los miembros de una familia convivían en una sola habitación, pero en el hotel, cada bungalow constaba de un lujoso baño y de una habitación doble cuya decoración era más fiel al estilo de Sloane Square que al de las Antillas Menores. Reinaba el buen gusto y, a diario, cambiaban las flores frescas de los jarrones y los tocadores de mimbre: una ramita de las primorosas buganvillas que se mostraban por doquier; un ramillete de plumbago, quizá; o una única y volátil flor de hibisco. Mattie y Hazel, encargados de la limpieza de las habitaciones, realizaban preciosos adornos, alegremente despreocupados por armonizar los colores.

—Seguro que querréis ver vuestras dependencias —dijo Stella—. Os hemos instalado junto a Colin y Patsy. Ellos han bajado a la playa en nuestro minibús gratuito, pero regresarán pronto. Mike, ¿le has dicho a Sam que se encargue del equipaje de John y Delia?

Stella era buenísima recordando los nombres de pila. «La deliciosa y relajada atmósfera de una reunión de amigos en un domicilio particular», decía otra cita del folleto, escrita por Stella en persona. Mike iba por el segundo daiquiri helado y había clavado los ojos en los protuberantes pechos de Delia.

—Mike, ¿me oyes? El equipaje, querido —dijo Stella dándole un empujoncito.

Luciana, echada en una tumbona junto a la piscina, calentaba sus huesos al sol. Cuando Stella y los recién llegados se hubieron marchado, se metió en el agua azul y nadó lentamente de un extremo al otro, observada tan solo por la niña, cuya mirada era tan inescrutable y fija como la de un lagarto. «¿Qué estoy haciendo aquí, entre esta gente que no significa nada para mí?», pensó Luciana. «¡Oh, Carlos! ¿Dónde estás? ¡Vuelve conmigo!»

Chaca-chaca-chaca, cantaba un sinsonte de ojos perlados desde el franchipán. Chaca-chaca. Más tarde, otras especies de sinsontes vendrían a arremolinarse junto al bar, y sus ojos, en lugar de parecer perlados, estarían vidriosos a causa del ponche de ron.

Empezaban a regresar los huéspedes que habían ido a pasar el día fuera. Se oyeron carcajadas y besuqueos entre los Fowler y sus amigos recién llegados.

—¡Querida mía! ¡Esto es el cielo! ¡Qué lugar tan adorable!

—¡Qué ganas tenía de veros! ¡Es estupendo que estéis aquí! Teníamos muchísimas ganas de que vinierais. La mayoría de los que se alojan aquí son un muermo, unos auténticos carcamales. Hay una condesa italiana, vieja y loca, que dicen que es inmensamente rica, pero es tan desagradable que resulta difícil de creer; y también unos ingleses horteras. ¡No hace falta que te diga que no son gente de nuestro estilo!

Sus confiadas voces mostraban e

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