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Guárdese el judío bárbaro y malintencionado que perturbe el contenido de estas vasijas, pues la maldición de Moisés caerá sobre él; y será maldito en la ciudad así como en el campo, y maldito será el fruto de su cuerpo y de su tierra; el Señor le castigará con una severa fiebre, le infligirá locura y ceguera; y le perseguirá con la peste por siempre jamás.
«¿Qué es esto? —se interrogó Benjamin Messer—. ¿Una maldición?» Desconcertado, dejó de leer el papiro.
Al examinar la vieja escritura, se rascó distraídamente la cabeza. «¿Es posible? —pensó una vez más aturdido—. ¿Una maldición?»
Aquellas palabras, que habían cogido a Ben desprevenido, le hicieron detenerse un momento para preguntarse si no las estaría leyendo mal. Pero no... La escritura era bastante clara. No cabía ninguna duda.
... la maldición de Moisés caerá sobre él...
Ben se recostó en su silla, perplejo por lo que acababa de leer. Observó con detenimiento la escritura de dos mil años de antigüedad que brillaba fuertemente bajo la luz de su lámpara de alta intensidad. El joven paleógrafo reconsideró las circunstancias que le habían conducido hasta ese momento: la inesperada llamada a su puerta a altas horas de la noche; el cartero con su chorreante chubasquero; el sobre empapado con los sellos de Israel; haber firmado por tratarse de una carta de entrega especial; haber llevado el sobre a su estudio; la expectación y emoción al abrirlo y, finalmente, la primera frase.
Esas primeras palabras le causaron tal sorpresa, que ahora Ben permanecía sentado mirando fijamente el papiro como si lo viera por vez primera.
¿Cuál era el significado de esta maldición? ¿Qué le había enviado John Weatherby? La carta adjunta hablaba del descubrimiento de algunos viejos manuscritos a orillas del mar de Galilea. «Posiblemente más importante incluso que el de los manuscritos del mar Muerto», según el viejo arqueólogo Weatherby.
Ahora, Ben Messer observaba ceñudo el manuscrito en arameo que tenía ante sí. Pero no... No se trataba de los manuscritos del mar Muerto. No eran textos bíblicos o religiosos. Sino una maldición. La maldición de Moisés.
Esa declaración inicial le intrigó. No era lo que esperaba. Algo desconcertado, Ben se inclinó de nuevo hacia delante y continuó leyendo:
Soy judío. Y antes de pasar de esta vida a la siguiente, debo descargar mi agitada alma ante Dios y los hombres. Lo que he hecho, lo hice por mi propia voluntad; no pretendo haber sido víctima del destino o de las circunstancias. Confieso libremente que yo, David Ben Jonah, soy el único responsable de mis obras, y que mi progenie es inocente de mis crímenes. Mi descendencia no ha de cargar con el estigma de los errores de su padre. Ni tampoco ha de juzgarme. Pues esto sólo corresponde a Dios.
He llegado a este lamentable estado por mi propia mano. Debo hablar ahora de mis actos. Y luego, por la misericordia de Dios, mi Señor, encontraré, por fin, la paz en el olvido.
Benjamin se enderezó y se restregó los ojos. Bueno, se estaba poniendo aún más interesante. En esas últimas líneas había tropezado con otras dos sorpresas que le hacían repasar el manuscrito para comprobar su traducción. Una de las sorpresas fue la inesperada facilidad para traducir el papiro. Por lo general, era un reto. La mayoría de los manuscritos antiguos abreviaban palabras y prescindían de las vocales, ya que eran en realidad meros apuntes para alguien que ya había memorizado el contenido, lo cual dificultaba la traducción para el paleógrafo moderno. Pero este no. Y la segunda sorpresa resultó ser que el manuscrito no era el texto religioso para el que Ben se había preparado.
Pero, en ese caso, «¿Qué es?», se repetía Ben mientras limpiaba sus gafas, volvía a colocarlas sobre su nariz y se inclinaba nuevamente hacia delante. ¡Qué demonios había encontrado John Weatherby!
Tengo otra razón más para escribir esto antes de morir, y que Dios tenga piedad de mí, pero es una necesidad mayor que lo que dije anteriormente. Es, a saber, que escribo para que mi hijo pueda comprender. Debe ser consciente de los sucesos que tuvieron lugar y también de mis motivos. Habrá oído historias acerca de lo que sucedió ese día. Quiero que conozca la verdad.
«¡Maldita sea! —maldijo para sus adentros Ben—. ¡John Weatherby, no creo que sepas lo que has desenterrado! Dios mío, esto es más que un simple descubrimiento arqueológico, no unos cuantos manuscritos bien conservados para el museo. Parece que has descubierto la última confesión de alguien. ¡Y una última confesión que conlleva una maldición!»
Ben meneó la cabeza. Era increíble...
Estas palabras son, por lo tanto, para tus ojos, hijo mío, estés donde estés. Mis amigos me han conocido como un hombre meticuloso, y seré fiel a mi carácter en este mi último acto. Estos documentos serán preservados para ti, hijo mío, como tu herencia, pues poco más tengo que darte. Hubo un tiempo en que te hubiera legado una gran fortuna, pero ahora ya no existe, y en la hora más oscura sólo puedo ofrecerte mi conciencia.
Aunque sé que no tardaremos en volver a estar unidos en Sión en el nuevo Israel, tendré, no obstante, que luchar para esconder estos manuscritos como si fueran a descansar por toda la eternidad. Los encontrarás pronto, estoy seguro, y, sin embargo, sería la peor de las tragedias que se estropearan antes de que tus ojos los vieran. Por este motivo, invoco a la protección de Moisés para mantenerlos a salvo.
«¿La protección de Moisés?», recabó la mente de Ben como en un eco. Echó de nuevo una mirada a la parte superior del papiro, releyó las primeras líneas y reconoció vagamente la maldición que se hallaba en el Antiguo Testamento.
John Weatherby, en la carta que acompañaba las fotografías de los manuscritos desenterrados, opinaba que él y su equipo habían dado con un descubrimiento arqueológico de tremenda importancia. Pero parecía, ahora se daba cuenta Ben, que el viejo Weatherby no era consciente de lo que había encontrado exactamente.
Ben Messer, cuyo trabajo era traducir los papiros, esperaba que fuesen textos religiosos, extractos de la Biblia, semejantes a los manuscritos del mar Muerto. ¿Pero esto? ¿Una especie de diario? ¿Una maldición?
Estaba aturdido. ¿Qué demonios era esto?
Ruego ahora, hijo mío, al Dios de Abraham para que Él te conduzca al escondite de este pobre tesoro. Ruego con todo mi corazón y con todas mis fuerzas, amén de con mayor desesperación que si implorase que tuviera piedad de mi alma, que un día no muy lejano, amadísimo hijo, leas estas palabras.
No me juzgues, ya que este es privilegio sólo de Dios. Acuérdate de mí en tus momentos difíciles y recuerda que te amé por encima de todo. Y cuando nuestro Maestro aparezca a las puertas de Jerusalén, examina los rostros de los reunidos en su despertar, y, con la benevolencia de Dios, verás entre ellos el rostro de tu padre.
Benjamin se recostó en su silla con una mirada de desconcierto en la cara. ¡Era absolutamente increíble! Dios mío, Weatherby tenía razón sólo a medias. Unos manuscritos valiosos, sí. Un descubrimiento arqueológico que «conmocionará al mundo civilizado», sí. Pero se hallaba ante algo más.
Ben sintió una gran emoción. Algo más...
Sintió la necesidad de mover su alto y delgado cuerpo; el paleógrafo, de treinta y seis años, se puso en pie, avanzó hacia las ventanas y apretó su frente contra el cristal. Aparte de su propio reflejo inmediato —las gafas con montura de asta, el cabello rubio y el rostro delicado— y aparte de la débil imagen del estudio detrás de él, vio cómo las brillantes luces del oeste de Los Ángeles le regalaban su parpadeo.
Fuera, era de noche. La lluvia había cesado, dejando una ligera neblina suspendida en el aire. Era una fría noche de noviembre en Los Ángeles, pero Ben era ajeno a ello. Como siempre cuando traducía un texto antiguo, el profesor Benjamin Messer se perdía durante un rato en el alfabeto y la sintaxis de unos autores muertos antaño.
Autores desconocidos y sin nombre.
Excepto este.
Se volvió poco a poco y contempló un momento su mesa. Un halo de brillo procedente de la lámpara iluminaba un área pequeña; en el resto de la habitación, la oscuridad.
«Excepto este», repetía su mente.
«Qué sorprendente —meditó—, haber encontrado unos cuantos papiros escritos por un hombre corriente, en lugar de un sacerdote, y que parecen ser una carta personal, en vez de los habituales discursos religiosos. ¿Es posible? Y si John Weatherby ha encontrado estos escritos, durante largo tiempo perdidos, de un hombre corriente que vivió hace dos mil años, ¿dónde sitúa eso al descubrimiento? Ciertamente, muy alto. A la altura, seguramente, de la tumba de Tutankhamen y la Troya de Schlieman. Pues, si son las palabras de un ciudadano del común que escribe por motivos personales, ¡entonces los manuscritos son los primeros de su clase en toda la historia!»
Ben regresó al escritorio y miró hacia abajo. Sobre la mesa, una gata lustrosa y negra llamada Popea Sabina inspeccionaba su último trabajo. La brillante fotografía, nítida y con fuerte contraste, era una de las tres que Ben había recibido por entrega especial aquella noche. Eran las fotografías de un manuscrito actualmente sometido a reconstrucción y preservación bajo los auspicios del gobierno israelí. Cada una de las fotos era una sección de un manuscrito entero, entre las tres formaban un manuscrito completo. Llegarían más, le habían anunciado a Ben, más secciones de otros manuscritos. Y cada fotografía era la reproducción exacta de su original, sin ninguna alteración ni reducción de tamaño. Si no fuera por la suavidad y el brillo de las fotografías, Messer creería estar ante los fragmentos auténticos de los manuscritos.
Volvió a sentarse no sin depositar con cuidado a Popea en el suelo, y comenzó a traducir allí donde se había interrumpido.
Escucha, oh Israel, al Señor nuestro Dios; el Señor es el único Dios. Bendito seas, oh Señor, nuestro Dios, rey del universo; que recuerda la alianza, es fiel a su alianza y mantiene su promesa; que hace bien a quien no lo merece y que, por ende, ha derramado todo bien sobre mí.
Sonrió ante lo que había traducido: El Sh’ma y una bendición tradicional. Ambos en hebreo. «Barukh Attah Adonai Eloheinu Melekh ha-Olam.» Esto se aproximaba a aquello a lo que Ben estaba acostumbrado; textos sagrados, listas de leyes, proverbios y escatología. David Ben Jonah, quienquiera que fuese, había sido un judío extremadamente piadoso (ni siquiera se atrevió a escribir el nombre de Dios, sino que había escrito en su lugar el tetragrámaton YHVH)[1] y quiso asegurarse de que no habría ningún error. También fue, observó Ben mientras volvía a comprobar su traducción, un hombre muy culto.
Cuando sonó el teléfono, Ben dio un salto, arrojó su bolígrafo al aire y contestó sin aliento, como si hubiera estado corriendo.
—¿Ben? —era la voz de Angie, por el cable—. ¿Acabas de llegar?
—No —sonrió él—. Estaba aquí, en mi escritorio.
—Benjamin Messer, tengo demasiada hambre para apreciar tu sentido del humor. Dime una cosa, ¿vas a venir o no?
—¿A venir? —miró su reloj—. ¡Jesús!, si son las ocho.
—Lo sé —dijo ella secamente.
—Dios mío, lo siento. Debe de ser media hora...
—Una hora tarde. —Suspiró con sorna—. Mamá siempre decía que los paleógrafos nunca eran puntuales.
—¿Eso decía tu madre?
Angie se rió. Tenía toda la paciencia del mundo en lo tocante a Ben, el hombre con el que estaba comprometida. Era tan de fiar en todo lo demás que, cuando se trataba de su puntualidad —o de su falta de puntualidad—, estaba bastante dispuesta a perdonar.
—¿Trabajabas en el códice? —se interesó.
—No —frunció ahora el entrecejo, recordando de pronto su primer trabajo. Al recibir las fotografías de Weatherby desde Israel, Ben abandonó el códice egipcio en el que trabajaba duramente—. En otra cosa...
—¿Vas a contármelo?
Él vaciló. En una de sus cartas, John Weatherby le pedía a Ben que no hablara con nadie de este proyecto. Él mismo se hallaba aún en las fases de alto secreto y muy lejos del momento de hacerlo público. Weatherby no quería que ciertos colegas supieran de él por el momento.
—Te lo contaré en la cena. Dame diez minutos.
Después de colgar, Ben Messer se encogió de hombros; Angie no formaba ciertamente parte del resto del mundo. No importaba que lo supiera.
Cuando volvía a introducir las fotografías en su sobre, se detuvo por enésima vez a admirar el viejo manuscrito en arameo. Allí estaba, en simple blanco y negro. La voz de un hombre que llevaba siglos muerto. Un hombre cuyo cuchillo había afilado la punta de la caña para escribir, cuyas manos alisaron el papiro, con cuya saliva había humedecido los amasijos para hacer tinta. Aquí estaban sus palabras, los pensamientos que se había sentido impulsado a plasmar antes de morir.
Ben se quedó largo tiempo mirándolo, hipnotizado por el viejo manuscrito; permaneció clavado junto a su mesa, sosteniendo las brillantes fotografías en el aire.
John Weatherby tenía razón. Si se encontraban más manuscritos de David Ben Jonah, este podía ser un descubrimiento que conmocionara al mundo civilizado.
—¿Por qué? —quiso saber Angie mientras vertía más vino en el vaso de él.
Ben no respondió de inmediato. Sus ojos guiaban su mente por una rocambolesca odisea a través de las llamas del hogar. En las lenguas del fuego se dibujaba la escritura de David Ben Jonah, y recordaba cómo, aquella misma noche, le asombró descubrir que el manuscrito había sido escrito por un ciudadano particular y en lengua común. Ben se había preparado para traducir un texto religioso, tal vez el libro de Daniel o Ruth, y, en su lugar, había recibido la mayor sorpresa de su vida.
—¿Ben? —dijo Angie en voz baja.
Le había visto así con anterioridad, en el Templo de Salomón, el año anterior en Israel, cuando, como dos turistas más, se detuvieron frente a la impresionante exposición del famoso manuscrito de Isaías procedente del mar Muerto. El único verdadero amor de su vida —papel roto y tinta desvaída— pareció hacer que Ben se encerrara en sí mismo, que perdiera el contacto con la realidad.
—¿Ben?
—¿Hum? —Volvió rápidamente en sí—. Oh, lo siento. Estaba distraído, supongo.
—Me hablabas de las copias de un manuscrito que has recibido esta noche de Israel. Dijiste que el profesor Weatherby te las había enviado y que daba la impresión de ser un descubrimiento de gran importancia. ¿Por qué? ¿Acaso proceden del mar Muerto?
Ben sonrió y tomó un sorbo de vino. Los conocimientos de Angie sobre manuscritos antiguos eran los de un profano: en el mejor de los casos, los manuscritos del mar Muerto. Quizá también Tácito. Pero, al fin y al cabo, Angie era modelo y no tenía necesidad de tal información. Alta, esbelta y sorprendentemente hermosa, la prometida de Benjamin Messer sólo tenía una vaga idea de lo que él hacía para ganarse la vida.
—No, no proceden del mar Muerto.
Angie y él estaban sentados en el suelo, con los restos de la cena todavía sobre la mesa, y degustaban un buen vino frente a la chimenea. Ben se desplazó ligeramente hacia un lado para verla mejor y vaciló, antes de proseguir, para admirar su bello rostro.
—Fueron hallados bajo lo que apuntan ser las ruinas de una antigua morada, tal vez una casa, en un lugar llamado Jirbet Migdal. ¿Te dice eso algo?
Ella sacudió la cabeza. La luz del fuego convertía su cabello en bronce bruñido.
—Bueno, hace unos seis meses, John Weatherby me habló de gestionar, por fin, el permiso del gobierno israelí para llevar a cabo una excavación en la región de Galilea. El principal interés de Weatherby, como estoy seguro de que te he contado, son los tres primeros siglos de nuestra era. Eso incluiría la Roma antigua y su decadencia, la destrucción de Jerusalén, el nacimiento del cristianismo, etc. De cualquier modo, juntando unas pistas con otras, John tuvo un fuerte presentimiento acerca de un área de excavación, que no describiré, y presentó sus argumentos a los israelíes. Luego, se marchó hace cinco meses con un grupo arqueológico de California, estableció un campamento cerca de Jirbet Migdal y comenzó a excavar.
Ben se interrumpió en este punto, sorbió más vino y se acomodó mejor.
—No entraré en los progresos que hizo, huelga decir que valieron la pena. Sin embargo, lo que en principio buscaba, una sinagoga del siglo II, nunca apareció. Estaba equivocado. Pero, accidentalmente, topó con algo más, algo de tal importancia que me llamó desde Jerusalén hace dos meses. Había encontrado un escondite de manuscritos, dijo, tan herméticamente sellado y enterrado, que los había mantenido en excelente estado de conservación. Normalmente no tenemos tanta suerte.
—Pero ese que vimos, el manuscrito de Isaías...
—El mar Muerto es un área en extremo seca, de ahí que los manuscritos sobrevivieran al deterioro habitual causado por la humedad. Lo mismo ocurre con los papiros de las tumbas egipcias. Pero alrededor de Galilea, donde el aire es más húmedo, la longevidad de materiales perecederos, por ejemplo la madera y el papel, es prácticamente nula. En términos arqueológicos, por supuesto.
—¿Y, sin embargo, Weatherby encontró uno?
—Sí —afirmó Ben con un timbre casi incrédulo—. Aparentemente, así fue.
En aquel momento, Angie, con la imaginación encendida, se puso también a mirar el fuego.
—¿Qué antigüedad tienen esos manuscritos?
—No lo sabemos con seguridad. La última palabra nos corresponde a mí y a otros dos traductores. Por análisis químico, Weatherby estimó la edad de las vasijas que contenían los manuscritos, pero no con demasiada exactitud. El papiro y la tinta fueron también analizados, y eso tampoco fue concluyente. El resultado depende de mí y, como he dicho, de otras dos personas.
—¿Por qué te eligieron a ti?
—Somos tres que trabajamos por separado: uno en Detroit y otro en Londres. Esos otros dos individuos también reciben copias y trabajan del mismo modo que yo. Los traductores suelen trabajar en equipo, pero a Weatherby le gusta que trabajemos por separado y sin colaboración, porque cree que, de ese modo, realizaremos traducciones más exactas. Y nos eligió a nosotros tres, me imagino, porque sabemos guardar un secreto.
—¿Qué secreto?
—Bueno, en su mayor parte se trata de política interna. En ocasiones es precisamente una buena idea mantener oculto un descubrimiento fantástico durante un tiempo, hasta que lo tienes todo preparado y listo para hacerlo público. Podría ser atacado y entonces tendrías que defenderlo. En nuestra especialidad, siempre hay pequeños celos.
Ben no deseaba ir más lejos. Angie no lo comprendería. En realidad, nadie ajeno a ese campo lo haría, puesto que no era fácil de explicar. Por perfecta que fuera tu reputación, por honrados que fueran tus métodos, siempre te cuestionaba alguien. Incluso los manuscritos del mar Muerto provocaron controversias entre los académicos del mundo entero. Los científicos son así.
—Todavía no me has contado qué tienen de especial esos manuscritos.
—Bueno, por un lado, son los primeros de su especie hallados por nadie en ningún sitio. Todos los demás manuscritos antiguos que hay actualmente en todos los museos y universidades del mundo son sobre todo del mismo tipo: religiosos. Y casi todos los escribieron sacerdotes y monjes. El ciudadano medio de la antigüedad nunca escribía cosas, de la manera en que tú o yo lo haríamos, y por ello nunca se ha encontrado antes nada semejante a los manuscritos de Weatherby. ¿Entiendes? Un hombre corriente que escribe con palabras corrientes.
—¿Qué tipo de palabras?
—Parece una carta o una especie de diario. Dice que tiene que hacer una confesión.
—¿Así que el que estos manuscritos sean los únicos de su clase es lo que los hará famosos?
—Eso y, por supuesto —sus ojos se plegaron en una sonrisa—, la maldición.
—¿Una maldición?
—Es en cierto modo novelesco, hallar un escondite de manuscritos antiguos que llevan escrita una maldición. Weatherby me lo comentó por teléfono. Parece ser que el viejo judío que escribió los manuscritos, David Ben Jonah, estaba resuelto a mantener a salvo sus preciosos papiros e invocó por ello una antigua maldición. La maldición de Moisés.
—¡La maldición de Moisés!
—Es del Deuteronomio, capítulo 28. Hay toda una retahíla de terribles maldiciones. Como estar aquejado de una severa fiebre y ser perseguido por la peste para siempre. Supongo que el viejo judío quería proteger de verdad esos manuscritos. Debió de imaginar que bastaba con asustar a todo el mundo.
—Bueno, no asustó a Weatherby.
Ben rió.
—Dudo de que a la maldición le quede demasiado poder después de dos mil años. Pero si Weatherby comienza a padecer los síntomas de la peste...
—No digas eso. —Angie se frotó los brazos—. Brrr. Me da escalofríos.
Ambos volvieron a mirar el fuego, y Angie, recordando el pergamino amarillento que había visto en el Templo, preguntó:
—¿Por qué los manuscritos del mar Muerto fueron un descubrimiento tan fantástico?
—Porque demostraron la validez de la Biblia. Y no es cosa de poca monta.
—¿Y no es eso más importante que lo que los manuscritos de Weatherby tienen que decir?
Ben sacudió la cabeza, repetidamente, asintiendo.
—No desde el punto de vista del historiador. Hemos tenido bastantes textos bíblicos que nos confirmaron o explicaron el desarrollo de la Biblia a lo largo de los siglos. De lo que carecemos es de suficiente información sobre cómo era la vida cotidiana en aquella época. Los manuscritos religiosos, como los del mar Muerto, explican profecías y credos religiosos, pero no exponen nada sobre la época en que fueron escritos o sobre los hombres que los escribieron. Pero los manuscritos de Weatherby... ¡Buen Dios! —exclamó de repente—. ¡Un diario personal del siglo II o III! ¡Piensa en las lagunas que llenaría!
—¿Y si fueran más viejos? Del siglo I...
Ben se encogió de hombros.
—Quizá, pero es demasiado pronto para saberlo. El carbono radiactivo no puede precisárnoslo más. Al final, será mi análisis de estilo del manuscrito lo que nos descubra cuándo vivió David Ben Jonah. Y la mía, querida Angie, no es una ciencia exacta. Por lo que he leído hasta ahora, David Ben Jonah pudo haber vivido en cualquier momento dentro de un período de tres siglos.
Un aire distante cayó sobre el rostro de Angie. Se le acababa de ocurrir una cosa.
—Pero el siglo I sería el más fantástico, ¿no?
—Claro. Aparte de los manuscritos del mar Muerto, las cartas de Bar-Kokba y los manuscritos de Masada, no se sabe de la existencia de ningún otro manuscrito en arameo de la época de Cristo.
—¿Crees que se le menciona?
—¿A quién?
—A Jesús.
—Oh. Bueno, yo no...
Ben apartó la mirada de ella. Para él, la frase «en tiempos de Cristo» era sólo un instrumento de medida histórica. Era más fácil que decir «desde el siglo IV antes de nuestra era hasta alrededor del año 70 de nuestra era» o «post-Augusto y pre-Flavio». Era simplemente una forma abreviada de designar ese período concreto de la historia. Ben tenía su propia teoría acerca del que la gente llamaba Cristo. Y difería de la norma.
—¿Así que podrás averiguar cuándo fue escrito por la forma de escribir?
—Eso espero. El estilo de los manuscritos cambió a través de los siglos. La propia caligrafía, el alfabeto utilizado y el lenguaje son mis tres criterios para la datación. Confrontaré los manuscritos de Weatherby con otros que poseemos, como los de Masada, y compararé la forma de escribir. No obstante, según el análisis químico del papiro, tenemos una fecha hipotética del año 40 d.C. con un margen de doscientos años, lo cual significa que el papiro fue elaborado entre el año 160 a.n.E. y el 240 n.E.
—¿Qué es n.E.?
—Significa «de nuestra Era». Quiere decir lo mismo que anno Domini. Los arqueólogos y los teólogos lo utilizan. En cualquier caso, por lo que respecta a la fecha, el carbono radiactivo funciona bien con los cráneos prehistóricos, donde un margen tan amplio, en realidad, no importa. Mas, cuando se habla de un año que transcurrió justo hace dos mil años, un margen de doscientos años no es prácticamente de ninguna ayuda. Pero es una base para empezar. Posteriormente, intentamos fechar el yacimiento en donde fueron encontrados, con las capas más antiguas en los niveles inferiores y las más recientes superpuestas, de la misma manera que las capas geológicas. Claro que, incluso después de todo esto, aún es preciso recurrir al propio manuscrito para determinar la fecha final. Y hasta ahora, Angie, nuestro viejo judío escribe con una caligrafía similar a la de los manuscritos del mar Muerto, lo cual podría situarle entre cien años a.C. y doscientos años después.
—Tal vez ese David cuente algo en su manuscrito que te dé una fecha exacta, como un nombre, un acontecimiento o alguna cosa por el estilo.
Ben miró fijamente a Angie con el vaso a medio camino de sus labios. Esa posibilidad no se le había ocurrido. Y, sin embargo, ¿por qué no había de ser posible? Ciertamente el primer fragmento demostraba que estos manuscritos de Migdal eran distintos de cualquier otro tipo hallado hasta ahora. Era posible. Todo era posible.
—No lo sé, Angie —sopesó sus palabras—. Que nos dé una fec