Pecado inolvidable (Trilogía Tentación 2)

J. Kenner

Fragmento

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1

Devlin Saint se apoyó en un codo y miró a la mujer desnuda que dormía a su lado, con esa piel tan clara iluminada por un rayo de luz de luna y la suave melena ondulada revuelta sobre la almohada blanca.

Con cuidado, le acarició un hombro desnudo y después fue descendiendo por el brazo, deleitándose con su calor y con la suavidad de la piel que sentía bajo la palma de la mano.

Era suya, pensó.

Esa idea brilló con luces de neón en su cabeza, y tuvo que contener una risa sarcástica. No había sentido ese afán posesivo por una mujer desde su primer amor, y por aquel entonces era un hombre muy distinto. Con un nombre distinto. Y un aspecto también distinto.

En los años transcurridos desde que dejó atrás a Alex Leto para convertirse en Devlin Saint, las mujeres habían sido algo desechable en su vida, y no esperaba que eso cambiase. Ninguna mujer lo había hechizado ni desafiado. Ninguna mujer había dado alas a su corazón. No había sentido el menor afán posesivo por ninguna de ellas. Solo por su primer amor perdido.

La misma mujer que, por un milagro que no merecía, estaba acurrucada a su lado en ese instante, mientras su piel clara le atormentaba los sentidos y su mente se afanaba por creer que volvía a ser suya después de tanto tiempo. Que, por algún motivo, pese a quién era y a lo que había hecho, creía lo suficiente en él como para luchar por regresar a su vida.

Su El. Su amor. Su luz.

Se había convertido en su corazón muchos años antes. En la mejor parte de sí mismo. En la parte que le hacía desear ser mejor.

En esa parte a la que se había aferrado, la que había atesorado e intentó mantener viva durante los infernales años que pasaron después de que ella se fuera.

No quiso dejarla y, al mirarla en ese momento, no recordaba cómo encontró la fuerza necesaria para ello. Pero tuvo que hacerlo. No le quedó otra alternativa. No lo hizo por sí mismo, sino por ella. Para mantenerla a salvo. Porque estar con él en aquellos días fríos y negros no habría sido vida.

«¿Y ahora? —le preguntó con severidad la voz de su cabeza—. ¿Ahora es distinto?».

Suspiró y se levantó de la cama con cuidado de no despertarla. Cruzó el dormitorio hasta la puerta corredera y clavó la mirada en el océano iluminado por la luna. La noche era silenciosa, tranquila, y se dispuso a disfrutar, muy consciente de que esos momentos eran demasiado escasos.

Después se volvió para mirar a Ellie y se deleitó con el brillo que la luz de la luna arrancaba a su piel. Desde que la conocía, siempre había brillado desde dentro, tan indomable y fulgurante como una llama que le iluminara el camino.

¡Si es que lo era todo para él!

Despacio, a fin de no despertarla, regresó a la cama y se tumbó junto a ella para acariciar de nuevo esas suaves curvas.

Se merecía que lo colgaran por haberla abandonado. Y se merecía que lo colgaran en ese momento por luchar por ella. Por reclamarla. Por acercarla a él en vez de alejarla cuando tuvo la oportunidad, además de la fuerza necesaria para hacerlo.

Sin embargo, no soportaba la idea de estar sin ella. Por eso le permitió entrar en su órbita, a sabiendas de que era un lugar muy peligroso.

Era un cabrón egoísta, pero ¿cómo alejarla cuando por fin había comprendido lo muerto que había estado por dentro los últimos diez años? Ella lo había devuelto a la vida. Había conseguido que se sintiera completo.

Él había dicho la verdad cuando juró protegerla. Ojalá pudiera hacerlo. Porque los lobos acechaban. Pronto atacarían, soltando una andanada de secretos que había intentado contener. Secretos que había ocultado a ojos del mundo. A ojos de la opinión pública, que lo consideraba un filántropo ermitaño y misterioso.

Y sí, secretos que todavía ocultaba a El.

No secretillos, como la identidad de su padre o la verdad sobre la muerte de su tío. Eran confidencias muy íntimas y mentiras peligrosas.

Su mayor miedo era volver a perderla cuando todo saliera a la luz.

De momento era suya, y sus secretos estaban a salvo.

E iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que las cosas siguieran así.

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2

Me despierto con la sensación del cuerpo de Devlin pegado al mío, abrasada por su calor. No me muevo, me limito a respirar y a disfrutar de la todavía novedosa sensación de tener cerca al hombre que quiero.

No sé qué hora es, pero la luz del sol entra a raudales en el dormitorio a través de los huecos de las cortinas que cubren las ventanas orientadas al este. Tengo los ojos entreabiertos y la mente aún abotargada por los rescoldos de la pasión y el deseo mientras observo las diminutas motas de polvo que flotan a la luz del sol.

Supongo que son más de las diez, y aunque sé que deberíamos levantarnos de la cama, no quiero hacerlo. Me encantaría quedarme aquí para siempre, a salvo entre los brazos de Devlin, lejos de las garras del mundo exterior.

«No sabes dónde te has metido. Descubre la verdad. No te fíes de nadie».

El recuerdo del mensaje que recibí anoche me produce un escalofrío. No se lo enseñé a Devlin. Pero no sé si lo hice para proteger la íntima sensualidad de nuestra noche juntos o porque me asustaba lo que asomaría a su rostro, lo que podría verse obligado a contarme. Y por la sombra de los secretos que ocultaba.

Al fin y al cabo, todo lo que he descubierto de un tiempo a esta parte ha estado a punto de hacerme polvo. Descubrir que es el hijo de uno de los criminales más famosos de la historia ya fue un mazazo. Pero cuando me enteré de que fue él quien mató a mi tío Peter hace unos cuantos años, mi mundo se puso patas arriba.

Necesité largas conversaciones y profundas reflexiones conmigo misma hasta llegar al fondo de mi alma y aceptar la verdad; hasta comprender sus motivos y no solo perdonarlo, sino reconocer lo mucho que lo necesito. Anoche vine a verlo con una muda de ropa y la determinación de convencerlo de que las cosas podían salir bien entre nosotros.

Y entonces me llegó el mensaje.

¿Y si hay otra horrible revelación? Quizá pueda hacerle frente en este momento, a la luz de la mañana. Pero ¿anoche? ¿Con velas, besos y el ardor de la reconciliación?

Ni hablar; ni siquiera me lo planteé.

Así que, en vez de enseñarle el mensaje, me tragué los miedos.

Ni siquiera me he planteado la posibilidad de que el misterioso mensaje se refiera a otra cosa, no a Devlin. Por supuesto, se refiere a él.

Me dijo sin rodeos que aún guarda secretos. Pero los secretos son huidizos. Rara vez se quedan en un cajón. Alguien más está al tanto de lo que trata de ocultar.

Sin embargo, no sé si el mensaje pretendía ser una advertencia o una amenaza. En cualquier caso, quería separarnos.

Pero no lo permitiré, y saco fuerzas de la certeza de conocer al hombre que tengo al lado. Al hombre real, no a la fachada que le enseña al mundo.

Salvo que sé que eso no es del todo cierto, y me estremezco. No porque conozca los secretos que oculta, sino porque temo que me quiere lo suficiente como para alejarse si dichos secretos me convierten en un objetivo. Al fin y al cabo, ya lo hizo una vez.

Esa certeza me agobia, y cierro los ojos anhelando volver a dormirme. Deseo despertar de nuevo, pero en esta ocasión sin recordar el mensaje. Quiero que se convierta en los restos de una pesadilla. En algo que pueda olvidar.

En algo de lo que no tenga que hablarle.

Como si el torbellino mental que tengo en la cabeza lo hubiera despertado, siento que su mano sube por mi muslo hasta acariciarme la cadera. Me roza la nuca con los labios, y mi cuerpo responde de inmediato: se me endurecen los pezones y noto un deseo palpitante entre los muslos.

Sin decir una palabra, me doy media vuelta y me encuentro ese rostro cincelado que me sonríe. El pelo oscuro, que le llega a la barbilla, le enmarca la cara, y esos ojos, de color castaño claro en este momento, me miran con una ternura y una intensidad tal que me duele el corazón.

Hemos pasado por mucho en muy poco tiempo. Secretos, mentiras, promesas. Sus revelaciones me impresionaron y horrorizaron a la vez, pero aquí sigo, a pesar de que hizo lo posible por alejarme.

Ahora hay alguien más presionando, insinuando secretos aún más sombríos. Pero no me importa. También estoy luchando contra esa persona.

He pasado de odiar a Alex Leto por alejarse de mí hace tantos años a amar de una forma tan profunda a Devlin Saint que sé que sacrificaría lo que fuera para mantenerlo a mi lado. Es cierto que lo rodea cierta oscuridad, pero me gusta pensar que soy la luz que necesita en su vida.

Sé, sin lugar a dudas, que yo lo necesito en la mía. Y sería idiota si dejo que mi confianza en él se tambalee por unas amenazas anónimas y casuales.

Me mira a la cara serio, y el silencio que nos rodea parece cargado de posibilidades. No le pongo fin. En cambio, uso el índice para recorrer suavemente la cicatriz de su rostro.

De joven no la tenía, y aunque aún no me ha contado la historia completa de lo que le sucedió, sé que es una marca de identidad del hombre en el que se ha convertido. Le divide en dos la ceja derecha y le recorre la mejilla, porque por suerte el ojo no recibió el menor daño de la afilada hoja que lo hirió. Termina en el labio superior, bajo ese bigote tan bien recor­tado que acaricio con suavidad antes de tomarle el mentón con la mano, encantada de sentir la aspereza de la barba en la palma.

Cuando éramos jóvenes siempre iba afeitado, pero por aquel entonces era una persona distinta. Y la verdad, no me quejo. El Alex Leto al que quería en aquella época llamaba la atención, no cabe duda. Pero Devlin Saint lo tiene todo. Seguridad, autocontrol y un toque de peligro, envuelto en un hombre que los dioses debieron diseñar en un día de gran inspiración.

Y lo mejor de todo es que es mío.

—Hola —digo con un hilo de voz que apenas se oye.

No replica. Al menos no con palabras. Se mueve hasta dejarme de espaldas en el colchón y se coloca a horcajadas sobre mí, mientras me acaricia el cuerpo y se inclina para besarme en la boca.

Es un beso lento y apasionado, y me dejo llevar, ansiosa por fundirme con él. Separo las piernas porque necesito todo lo que esté dispuesto a darme, y doy un respingo al recordar un detalle.

—Espera —susurro al tiempo que le doy un apretón en los hombros—. ¿Tienes un condón?

Me percato de que duda más de lo previsto antes de estirar el brazo para abrir el cajón de la mesita de noche. Tal vez no se haya dado cuenta de que ha vacilado, pero yo sí. Y sé por qué.

Anoche nos olvidamos de usar protección. Pero eso no supone un problema, pues llevo un implante anticonceptivo subcutáneo. Sin embargo, antes de que Devlin apareciera, no puede decirse que me anduviera con mucho ojo. Llevo años sin tener cuidado. Al contrario: desde mi pasión por los coches veloces hasta los polvos con desconocidos, me he pasado gran parte de los últimos diez años haciendo equilibrios al borde de un volcán metafórico y desafiando al mundo a darme un empujón.

No temía a la muerte. La retaba, la tentaba a que se atreviera a reclamarme, como había hecho con toda mi familia.

Ahora, sin embargo, sé lo que es el miedo.

Ahora tengo algo que perder. Ha pasado un tiempo desde que me hice las pruebas para saber si había pillado algo y me atormenta la idea de que pueda contagiar alguna enfermedad a Devlin.

Pero desde su perspectiva… En fin, seguro que ha pensado que anoche no lo presioné porque por fin estábamos juntos. Así que ¿qué pensará si se lo pido ahora?

Sin embargo, no dice nada. Se pone el preservativo y me mira con una sonrisa alegre mientras dice:

—Toma dos.

Me río, un poco más de la cuenta porque la broma es un pelín tonta, y le echo los brazos al cuello.

—Bésame —murmuro—. Hazme el amor.

—Nena, es justo lo que pretendo.

Estamos más que preparados, como si nuestros cuerpos abrazados mientras dormíamos hubieran bastado a modo de preliminares. Arqueo la espalda, suplicándole en silencio que me la meta, porque este hombre es lo único que deseo: las caricias de sus manos, su polla dentro. Todo sucede muy rápido y con frenesí, al tiempo que nos dejamos llevar por el torbellino de pasión y deseo.

No tardo nada en jadear, al borde del orgasmo.

—Ahora —me dice—. Córrete, nena.

Es una orden que no puedo desobedecer, y estallo a su alrededor, aprisionándolo en mi interior y haciendo que se corra conmigo, de manera que ambos caemos juntos al vacío, dando tumbos una y otra vez hasta que acabamos agotados y jadeando, abrazados, mientras la luz del sol invade el dormitorio y recibimos el nuevo día.

Me desperezo con languidez, él se aparta de mí y se quita el condón.

—Esto es mejor que la alarma del despertador —digo.

—Un cumplido precioso —replica con deje burlón mientras me acaricia el pelo—. ¿Te apetece un café?

Hago ademán de incorporarme en la cama.

—Siempre —contesto—. Voy a poner la cafetera.

Niega con la cabeza y se inclina para besarme en los labios con delicadeza.

—No, quédate aquí. Me gusta la idea de que estés en mi cama el mayor tiempo posible.

Levanto una ceja y me inclino hacia atrás.

—¿Vas a traerme el desayuno? Igual hasta me acostumbro y todo…

—Esa es la idea. —Me guiña un ojo, y me río.

Me quedo sentada en la cama disfrutando de las vistas, él se levanta y se pone unos pantalones deportivos que estaban en una silla.

Me da la espalda cuando echa a andar hacia la puerta, y contemplo ese culo tan perfecto mientras se aleja. Suspiro de felicidad. Jamás se me ha pasado por la cabeza que pudiera ser mío de nuevo, no después de todo lo que perdimos de jóvenes.

Siento que el miedo me atenaza el corazón, y soy incapaz de controlar el temor de que lo nuestro sea efímero, como la otra vez. De que no sea permanente. De que las sombras oscuras de nuestra juventud regresen para perseguirnos, y de que todos mis recelos sobre el regreso a Laguna Cortez acaben cobrando sentido.

Dejé Manhattan y regresé a mi ciudad natal para escribir un artículo sobre la Fundación Devlin Saint, además de tener un plan para investigar las circunstancias que rodearon el asesinato de mi tío Peter, que sucedió hace ya diez años. Pero, aunque nací y me crie aquí, era como volver al infierno.

Esta ciudad representa el sentimiento de pérdida de mi vida. Mi madre murió en un accidente de tráfico; mi padre, en acto de servicio. Y después mi tío Peter, que se convirtió en mi tutor al morir mis padres, fue asesinado de un disparo en la cabeza, dejándome perdida y sola.

La noche que murió fue la primera vez que su asistente, Alex Leto, y yo hicimos el amor, ya que nos rendimos al dolor, al sentimiento de pérdida y a la pasión.

Yo tenía diecisiete años, él casi veinte, y el deseo que existía entre nosotros acabó alcanzando el punto de ebullición. Alex me colmó por completo y me hizo vibrar. Me ayudó a olvidar el horror de la muerte de mi tío, al menos durante aquellos preciosos instantes.

Me tranquilizó y me dijo con palabras y con su cuerpo lo mucho que me quería.

Y luego me hizo trizas. Porque aquella fue la última vez que lo vi.

Cuando regresé a Laguna Cortez diez años después para investigar esas dos historias, no me encontré a Alex, sino a Devlin Saint. Un hombre nuevo, un hombre distinto.

Un hombre que juró que no tendría nada que ver conmigo por culpa de su peligroso pasado. Sin embargo, aquí estoy, en su cama, y no pienso moverme de ella.

«No sabes dónde te has metido. Descubre la verdad. No te fíes de nadie».

Recuerdo de nuevo esas sombrías palabras y cojo el móvil, decidida a verlas escritas. Intento concentrarme en el hecho, no en la emoción.

Quienquiera que me las haya enviado ni ha irrumpido en mi casa ni me ha agredido por la calle. Sin embargo, el mensaje me parece igual de hostil. Me lo ha enviado alguien para hacerme daño y, sin lugar a dudas, la flecha ha dado en la diana.

Por supuesto, podría estar equivocada sobre el significado del mensaje. Pero, si no se refiere a Devlin ni a los secretos que lo rodean, no entiendo nada. Y si se refiere a él, Devlin y yo tendremos que enfrentarnos a muchas más cosas, además de superar los fantasmas de nuestra juventud.

Cuando regresa al dormitorio con dos humeantes tazas de café, estoy sentada en la cama abrazándome las rodillas. Al verlo fruncir el ceño, supongo que mi expresión no es la que esperaba encontrar después de una deliciosa mañana en la cama.

Deja el café en la mesita de noche y se sienta en el borde del colchón.

—¿Qué te pasa?

Titubeo, consciente de que, si abro esta puerta, alimentaré sus temores de que tanto sus secretos como él suponen un peligro para mí. Pero, si me quedo callada, quienquiera que haya enviado el mensaje habrá ganado, pues abrirá una silenciosa brecha entre nosotros.

Así que respiro hondo, lo miro a los ojos y le digo:

—Tenemos que hablar.

Tuerce el gesto y levanta la ceja partida.

—¿Ya te has cansado de mí?

Me río y me siento como si se hubiera abierto una válvula de presión.

—Necesito enseñarte algo —le digo, y cojo el móvil, que está a mi lado encima de la cama.

Se pone serio de repente.

—¿Qué ha pasado?

—Debería habértelo enseñado anoche, pero no quería… —Dejo la frase en el aire al tiempo que me encojo de hombros, consciente de que él lo entenderá.

Era nuestra primera noche juntos después del distanciamiento. Seguro que entiende que yo no quisiera que hubiera nada desagradable en la habitación con nosotros.

Sin embargo, desbloqueo el teléfono y se lo paso. Mientras lee el mensaje, observo su rostro en busca de algún indicio de preocupación, enfado o incluso confusión. Pero no descubro nada. Y vuelvo a recordar quién es realmente Devlin Saint. Un invento. Un enigma. Un hombre con un pasado oscuro y secreto. Un muchacho que tuvo que aprender a esconderse y a ocultar sus emociones para convertirse en el hombre que es ahora.

Y aunque sé que confía en mí, no puedo negar que el dolor me atraviesa el corazón cuando veo que, ahora mismo, me oculta esas emociones.

Levanta la mirada y soy incapaz de descifrar lo que veo en sus ojos.

—Supongo que no sabes quién te lo envió.

—No. Busqué el número, pero no hay información sobre él. Supongo que es un móvil desechable, pero puedo pedirle a Lamar que investigue un poco —añado, refiriéndome a mi amigo, el policía.

—No. Yo me encargo. Tengo recursos.

Asiento con la cabeza y no me sorprende que se niegue a involucrar a Lamar. Mi amigo no solo desconoce mi pasado con Devlin, sino que, cada vez que están juntos, percibo la tensión que existe entre ellos. Ambos quieren protegerme, pero no acaban de fiarse el uno del otro, así que, en la medida de lo posible, prefiero evitar esa situación.

En cuanto a que Devlin cuente con recursos, tiene sentido. Al fin y al cabo, su fundación no solo ayuda a víctimas de todo tipo de delitos, sino que también brinda apoyo y acceso a organizaciones paramilitares que pueden colaborar en misiones de rescate. Así que, aunque la Fundación Devlin Saint carezca de los medios necesarios para rastrear el número, estoy segura de que Devlin conoce a alguien que pueda hacerlo.

—De acuerdo —le digo—. No hay problema.

Extiende el brazo para coger mi móvil, pero lo alejo de su mano.

—Te daré el número con una condición: cualquier cosa que descubras, dímela.

Lo veo titubear, pero acaba asintiendo con la cabeza mientras le envío un mensaje con el número.

Cuando levanto la mirada, descubro que tiene una expresión tensa en la cara. Se pone de pie, se pasa los dedos por el pelo y empieza a andar de un lado a otro por el espacioso dor­mitorio; irradia una furia helada.

—Siempre será así, ¿no? —dice con un deje tenso en la voz. Controlado—. Mi pasado nos perseguirá. Mis secretos amenazarán con interponerse entre nosotros.

Me levanto de la cama, cojo la camiseta que él no se ha puesto y me la paso por la cabeza. No sé por qué siento la necesidad de que me arrope en este momento, pero la siento. En cuanto me pongo la camiseta, que me llega hasta los muslos, me acerco para abrazarlo.

—No. —Meneo la cabeza con firmeza—. Es solo un incordio. Una intromisión. Una amenaza. Pero no se interpondrá entre nosotros.

En un primer momento, su cara se muestra impasible. Después, veo el brillo de una sonrisa en sus ojos, que siguen siendo castaños. No se ha puesto las lentillas verdes que forman parte del hombre en el que se ha convertido. Ahora es un poco Devlin y un poco Alex, y estrecho con fuerza entre mis brazos las dos versiones del hombre que amo.

—Me apuesto lo que quieras a que ha sido alguien que no sabe que conozco la identidad de tu padre.

Echo la cabeza hacia atrás para mirarlo y lo veo asentir despacio, como si de verdad considerase esa posibilidad. Estoy casi segura de que llevo razón, porque ¿qué otra cosa puede ser?

—Supongo que es eso. Pero, sinceramente, no sé quién habrá sido.

Yo tampoco tengo la menor idea.

—Quizá alguien ha descubierto tu verdadera identidad. Tal vez ha guardado silencio a la espera de hablar cuando le convenga.

Me doy cuenta de que la neutralidad lo abandona y de que su actitud se torna gélida. Vuelvo a ver un indicio de lo peligroso que puede llegar a ser.

Como sigue en silencio, lo presiono:

—Además de Anna, Tamra y Ronan, ¿quién sabe que eras Alex?

Ronan Thorne es su mejor amigo, con quien sirvió en el ejército tras alistarse como Alex después de huir de su padre.

En cuanto a Tamra Danvers, conocía a la madre de Alex y lo buscó al morir esta, cuando él aún era joven y vivía casi como si fuera un rehén de su padre, un cabecilla del hampa conocido como El Lobo. Tamra lo cuidó durante años e incluso llegó a Laguna Cortez al mismo tiempo que él. Trabajó como enlace de la comunidad con la comisaría de policía justo cuando yo estudiaba secundaria y estaba allí de becaria.

La adoraba entonces y la adoro ahora que trabaja como directora de publicidad de la Fundación Devlin Saint. Tanto Devlin como yo confiamos en ella. De hecho, fue quien más me apoyó los días posteriores al descubrimiento de que Devlin mató a Peter, y le estaré eternamente agradecida por haberme ayudado a encontrar el camino de regreso a él.

Anna Lindstrom, la tercera integrante del trío más cercano a él, es su asistente. Es solo un par de años mayor que Devlin y creció con él en el complejo que El Lobo tenía en Nevada. También es la primera chica con la que Alex se acostó, una mujer voluptuosa y guapa. La primera vez que la vi con un ceñido vestido plateado, me entraron ganas de arrancarle los ojos. Ahora nos llevamos bien, pero debo confesar que los celos no me han abandonado del todo.

Claro que son cosas mías. Anna es leal al máximo, y no me la imagino haciendo daño a Devlin.

Aun así, debe de haber otros.

—Me dijiste que, aunque no entraste en el programa de protección de testigos, contaste con ayuda del Gobierno para establecerte como Devlin Saint después de que mataran a tu padre.

Lo veo asentir con la cabeza.

—A cambio de información sobre su red, sí.

—Bueno, pues esa gente sabe la verdad. Y seguro que sus conocidos también lo saben. Algún administrativo. Algún transcriptor. Alguien que no crea que mereces empezar de cero con un padre como ese.

Su expresión se endurece, y en este preciso instante me hubiera gustado tragarme esas palabras. Porque sé que eso es justo lo que siente una parte de Devlin: que no merece esta nueva vida porque lleva el estigma de su padre. Y por sus actos.

Le cojo una mano y le doy un apretón.

—No es cierto. No lo veo así. Pero tal vez alguien sí. Y si te han estado vigilando, al acecho de la mejor oportunidad… —Dejo la frase en el aire.

Devlin asiente con la cabeza.

—Es una posibilidad —reconoce—. Lo investigaré.

Frunzo el ceño, todavía pensando.

—Tal vez alguien de aquellos días piensa que estás dirigiendo una empresa ilegal a través de la fundación…, los pecados del padre y tal —digo, con un deje en la voz tan seco como su expresión. La posibilidad no me gusta nada. No lo veo así, pero tal vez alguien sí. La Fundación Devlin Saint es una organización filantrópica de renombre que ha subido como la espuma en cinco años desde que se creó. Y eso significa que ha llamado mucho la atención—. La Fundación Devlin Saint ha crecido muy rápido, y la financiaste con el dinero de tu padre —añado pensando en voz alta.

Devlin heredó una parte importante de la fortuna de su padre porque nunca se hallaron pruebas suficientes para que el Gobierno embargara esos fondos de manera legal.

—Porque quería limpiar ese dinero. Hacer el bien en vez del mal.

—Lo sé. Pero la gente ve lo que quiere.

Ronan me viene de nuevo a la cabeza. Han sido amigos desde su paso por el ejército. Es leal a la fundación, y trabaja con Devlin en muchas causas nobles. Pero no puedo evitar preguntarme quién era antes. ¿Se sintió celoso de la repentina fortuna de Devlin?

En el ejército, seguramente eran iguales. Pero Devlin se ha convertido en el nombre y el rostro de una organización de renombre mundial. ¿Aplaude Ronan los esfuerzos de Devlin porque cree en ellos o porque espera el momento oportuno para que se enfrente al castigo que merece?

Me obligo a desterrar esas sospechas. Ronan me cae bien, en serio. Pero no se puede negar que empezamos con mal pie, después de que me dijera que lo mejor sería que me alejara de Devlin porque era una «distracción» para él.

Sí, en fin, que se joda. Estoy encantada de distraerlo.

Aunque quizá sea mejor no dejar que mi irritación se transforme en una acusación sin fundamento.

—¿Se te ha ocurrido algo?

Miro hacia arriba y veo que Devlin me está mirando, así que niego con la cabeza.

—No. La verdad es que no. —Logro esbozar una sonrisa—. Esperaba que me llegase la inspiración, pero nada. ¿Vas a hablar con tus antiguos contactos? ¿Comprobarás si alguien de tu pasado te ha prestado demasiada atención?

—Te aseguro que lo haré. No me gustan las amenazas, y menos aún cuando van dirigidas a ti.

—No te lo discuto —replico—. Yo también veré qué puedo averiguar.

—No, déjalo —me dice Devlin—. Estaré atento para ver si se comenta algo, pero no quiero que vayas escarbando por ahí. Alguien te ha enviado una advertencia. Eso significa que tal vez corras peligro.

—¡Venga ya! —El peligro no me asusta, pero perderle sí. Y si cree que me voy a quedar de brazos cruzados… Cuadro los hombros y lo miro a los ojos—. Al parecer, alguien cree que has levantado de nuevo el negocio de tu padre. Y quiero ayudarte a demostrar que no es cierto.

—No tienes por qué…

—Además —añado interrumpiéndolo, pues empieza a aparecer mi mal genio—, he recibido yo el mensaje, ¿lo has olvidado? ¡Joder, tu nombre ni siquiera aparece! A lo mejor no tiene nada que ver contigo. Y si alguien me está amenazando, lo menos que puedo hacer es tomar medidas para protegerme. Así que no me digas lo que puedo y no puedo investigar. Por si se te ha olvidado, mi trabajo es ese: investigar. Soy perio­dista, ¿recuerdas? Con puntos extra por mi pasado como po­licía.

Veo que comienza a irritarse, y me preparo para discutir.

—¿Periodista? —suelta de mala manera—. ¿Me estás diciendo que vas a publicar esto?

Doy un respingo.

—Por supuesto que no. Me refería a que cuento con las habilidades necesarias y a que tengo la intención de usarlas.

—¡Joder, El! Debes alejarte de esto. No te acerques a nada que aún quede de los negocios de mi padre.

—No soy una niña, Devlin. Este es mi…

—¡No me jodas! —me interrumpe—. No estoy jugando al troglodita protector. Pero necesito tiempo para hablar con mis fuentes sin hacer ruido. Como empieces a investigar, quienquiera que te haya mandado el mensaje sabrá que te ha dado donde más te duele.

Estaba a punto de hablar, pero sus palabras me silencian. Tiene razón. Pero no de la manera que él cree.

Tiene razón en que, si empiezo a investigar, el remitente del mensaje sabrá que me interesa lo que me ha dicho, y lo más probable es que sea lo bastante arrogante como para creer que puede convencerme de que hable. Y eso significa que tal vez sean suficientes unas cuantas preguntas para que yo suelte una avalancha de información.

—Vale —digo al final, con frialdad—. Puede que tengas razón.

Pero no he accedido a estarme quietecita.

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3

Devlin la agarró de la espalda de la camiseta cuando ella hizo ademán de pasar junto a él y la detuvo.

—¿Se te ha olvidado que te conozco a la perfección?

Ella lo miró por encima del hombro, con esos ojos de color whisky clavados en la mano con la que la agarraba de la camiseta de las fuerzas especiales del ejército.

—¿Algún problema, señor Saint?

—Tienes que olvidarte de esto, Ellie. Deja que me ocupe.

—Mmm…

Lo miró de arriba abajo con una expresión distante muy diferente a como solía hacerlo. Devlin estaba seguro de que era la misma expresión que usaba cuando era policía. Joder, debía de formar parte del uniforme. El componente esencial en su transformación de mujer menuda a poli dura.

En ese momento supuso que era la expresión que mostraba al entrevistar a un posible informador testarudo. No esperaba esa cara en el dormitorio, pero no podía negar que le gustaba. Ellie era fuerte, siempre lo había sido.

Claro que también era terca, y en ocasiones como esa aquel rasgo acababa siendo peor que un dolor de muelas.

—Has dicho que hay gente con la que puedo hablar —insistió él—. Deja que me ocupe.

—También hay gente con la que yo puedo hablar —replicó ella—. Y para señalar lo evidente de nuevo, el mensaje lo he recibido yo. Cabe la posibilidad de que no tenga nada que ver contigo.

—Y una mierda.

La vio adoptar una postura de derrota.

—Joder, Devlin.

Al oírla, creyó que había ganado, pero después la vio inclinarse hacia delante, pasarse la camiseta por la cabeza y dirigirse hacia el cuarto de baño, completamente desnuda, mientras él se quedaba con la camiseta en las manos.

—El…

—No vamos a discutir sobre esto —lo cortó—. Quieres que me quede, vale. Eres más grande que yo. Joder, usa la dichosa camiseta y átame a la cama. Pero, al margen de eso, yo haré lo que creo que es mejor, y tú puedes aplicarte el cuento. Y lo que pienso hacer es identificar al cabrón que me está mandando anónimos como si pudiera asustarme.

Se dio media vuelta y desapareció en el cuarto de baño cerrando de un portazo. Devlin hizo ademán de seguirla, pero se detuvo y decidió calmarse. Era muy obstinada, él también, y estaba más que claro que Ellie no se amedrentaba cuando se asustaba. Al contrario, se enfrentaba a sus miedos.

Debería haber sabido que no debía intentar convencerla de que lo dejara estar porque podría agitar el avispero. Ellie agitaba avisperos por el subidón que implicaba. Y él comprendía el motivo mejor que nadie.

El problema era que ella no entendía hasta qué punto era grande y peligroso ese avispero en concreto. El mundo de Devlin era inseguro, y había muchas personas a las que les gustaría verle caer. Si ella metía las narices donde no debía, podría acabar atrapada en un enjambre mortal.

Demasiado secretos. Demasiadas mentiras.

Se repetía sin cesar que, cuanto menos supiera, más segura estaría. Porque, cuanto más hilo cogiera Ellie, más tiraría de él y más probabilidades habría de que su mundo —y el que habían construido juntos— se desmoronase.

Tal vez ella no tuviera miedo a esos lugares peligrosos, pero él sí.

Antes no había sido así. Hasta que ella regresó a su vida, le había hecho un corte de mangas al peligro sin problemas. Porque ¿qué podía perder?

En ese momento se sentía vulnerable, cuando antes era acero puro. En ese instante tenía un punto débil. Y bien sabía Dios que mataría a cualquiera que hiciera daño a su El.

Quería contárselo todo. Quería estrecharla contra su cuerpo y ver cómo se acurraba a su lado, con los ojos cerrados, mientras asimilaba sus secretos. En sus fantasías, ella lo entendía. Todo lo que él hacía, todo lo que él era, tendría sentido para ella.

Sin embargo, no terminaba de creérselo.

En realidad, estaba acojonado.

«Es eso», pensó. Así de sencillo.

No se había sentido tan asustado desde el día que huyó de su padre, pero Ellie había conseguido aterrarlo de nuevo. Por su culpa, tenía algo que perder, algo que arriesgar.

Más aún, algo que proteger. Y eso era lo que estaba haciendo, aunque en parte implicara protegerla de él. De los recovecos oscuros de su alma que, si ella los viese, harían que lo mirase de otra forma.

«Mierda».

Sin darse cuenta de que se estaba moviendo, llegó a la puerta y la abrió de un tirón. Ella estaba en la ducha, y el contorno de su cuerpo se entreveía a través del cristal empañado por el vaho. La única luz de la habitación la proporcionaba una claraboya tintada, de modo que la escena que tenía delante parecía sacada de una película erótica.

Pese a la rabia, sintió que se le ponía dura. ¿«Pese»? Joder, tal vez era porque lo frustraba a más no poder. Quería poseerla de nuevo. Doblegarla a su voluntad. Sentir que tal vez —solo tal vez— tenía un mínimo de control sobre el torbellino que empezaba a formarse a su alrededor.

Y si eso lo convertía en un troglodita, que así fuera.

Ellie tenía la cabeza echada hacia atrás mientras el chorro de la ducha le caía en la cara, y no se había dado cuenta de que él había entrado.

Devlin se desató el cordón de los pantalones de chándal, los dejó caer al suelo antes de apartarlos de una patada. Ya la tenía dura, y eso que ni la veía bien. Bajó una mano y se la acarició despacio al tiempo que la observaba a través de la mampara. ¿Alguna vez en su vida esa mujer no lo había puesto cachondo? Solo tenía dieciséis años cuando se conocieron, y el impacto de verla aquella primera vez fue como un golpe en el estómago.

Era su debilidad, lo sabía, y no le gustaba ser débil. Pero merecía la pena porque era suya.

Pasara lo que pasase, ella era la personificación de todo por lo que había luchado en la vida, de todo por lo que seguía luchando: el amor, el bien, la esperanza y el futuro. Todo eso se concentraba en una mujer que le pertenecía. Una mujer por la que siempre lucharía, aunque implicase luchar contra ella.

Cruzó la estancia llena de vapor y abrió la mampara de la ducha. Ella se sobresaltó. Acto seguido, la rodeó con un brazo y tiró de ella a la vez que Ellie se relajaba, aliviada tras la sorpresa inicial.

—Dev… —comenzó ella, pero él la silenció con un beso abrasador, antes de soltarla el tiempo justo para pegarla a los azulejos negros de la pared, inmovilizándola con un brazo mientras la acariciaba entre las piernas con la mano libre.

Estaba mojadísima, y la vio entreabrir los labios con un quedo gemido que pronto se convirtió en un jadeo cuando le metió dos dedos al tiempo que le acariciaba el clítoris con el pulgar.

—Si te portas así cuando te cabreas —murmuró Ellie—, me dedicaré a sacarte de tus casillas a todas horas.

Se inclinó hacia ella y le mordisqueó una oreja.

—Cariño, no estoy furioso. No me has visto cabreado. Dudo que quieras verme así.

Se apartó lo justo para verle la cara, ya que esperaba una réplica mordaz. En cambio, ella se limitó a contestar:

—Lo mismo digo.

Devlin fue incapaz de controlarse. Soltó una carcajada.

—Solo hago mi trabajo —siguió ella—. Y alguien me ha mandado ese mensaje. Quiero saber quién. Y por qué. ¿Por qué quiere que te tenga miedo? ¿Por qué le importamos? Ya que estamos, ¿es por nosotros? ¿O se trata de lo que soy, periodista, y de quién eres tú? ¿Intenta obligarme a que te delate? ¿O pasa algo más gordo? —Extendió un brazo para que la acariciara con más fuerza antes de mirarlo a los ojos y empezar a frotarse contra él, y entreabrió los labios cuando se estremeció—. A lo mejor cree que soy su aliada. Que te estoy usando para conseguir lo que quiero.

—¿Y qué quieres? —La tenía tan dura que casi no podía hablar.

—A lo mejor busco el peligro —contestó ella—. A lo mejor solo quiero un buen polvo.

—A ver —contestó él con tranquilidad—, ¿quién no? Pero, cariño, si anhelas el peligro, tienes que apartarte de mí. A lo mejor no te gusta lo que descubres.

Ella alzó la barbilla mientras lo miraba con furia en los ojos.

—¿No me va a gustar?

El corazón le retumbaba en los oídos, como si la sangre le pidiera a gritos que se lo contara. Que le confesase hasta el último dichoso detalle. Pero se limitó a preguntar:

—¿Crees que soportaría perderte de nuevo?

Devlin movió los dedos en su interior y se alegró al ver que ella se retorcía frotándose contra él, mientras se mordía el labio inferior en un claro intento por no gritar.

Se inclinó para besarla, con la polla tan dura que creyó estar a punto de explotar. Quería darle la vuelta y penetrarla desde atrás, sentir sus pechos en las manos hundiéndose en ella hasta el fondo.

Sin embargo, cuando hizo ademán de apartar la mano, ella se la sujetó, lo miró a los ojos y meneó la cabeza.

—Solo podrás perderme si eres tú quien se va —le aseguró—. Y para que conste, da igual lo mucho que desee que me la metas ahora, porque follándome no conseguirás que te obedezca. —Se escabulló por debajo de su brazo y se alejó hacia la puerta de la mampara con agilidad—. Ahora tengo trabajo —añadió—. Y creo que tú también.

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4

Ellie? —La voz de Brandy resuena en el silencio del pasillo.

—Sí, soy yo —le contesto a gritos mientras me quito los zapatos con los pies.

—¿Se puede saber qué coño haces aquí?

Brandy dobla la esquina y aparece en pijama y con el delantal puesto. Lleva el pelo rubio con las puntas teñidas de azul, así que parece que el rosa ha pasado a mejor vida. Al mismo tiempo, Jake sale trotando al pasillo, y me inclino para acariciarle el cuello mientras se retuerce y gimotea de placer. Jake es un cruce de labrador dorado y tiene casi once años, pero sigue convencido de que es un cachorro.

—Jake, a tu cama —le ordena antes de pasarle una mano por el lomo cuando él se dirige muy obediente hacia el enorme colchón que hay junto a la puerta del patio. Me mira de nuevo—. ¿Por qué no sigues en casa de Devlin haciéndolo como locos en plan reconciliación? ¿Necesitas ropa? Suponía que la ropa no iba a ser un problema…

Deja la frase en el aire con un guiño travieso, y pongo los ojos en blanco.

—Qué graciosilla —digo—, pero he venido a verte. Y porque Devlin tiene reuniones todo el día. A ver, dirige una organización benéfica multimillonaria. Cualquiera diría que puede hacerse un hueco en la agenda, ¿no?

—El mundo está loco.

—¿A que sí? —Olfateo el aire—. Si estás haciendo muffins, tendrás el honor de alegrarme el día.

Menea la cabeza como si estuviera exasperada.

—Si ya vas flotando en una nube… Tenga reuniones o no, de ánimo se te ve estupenda.

—Pues sí —admito, y la sigo a la cocina—. Y estaré mejor cuando me des una de esas.

Brandy es un genio en la cocina. Y con la máquina de coser. Está labrándose una carrera con Bolsos BB, el negocio que empezó en Etsy para vender sus bolsos de lona encerada.

Ahora mismo los vende en varias boutiques locales, por no mencionar algunas tiendas de moda en Los Ángeles. Pero estoy segura de que podría abrir una pastelería y tendría cola todos los días. Es alta y delgada, y juro que es capaz de comerse todo lo que prepara sin que un solo gramo l

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