Bosque quemado

Roberto Brodsky

Fragmento

Mi padre dice soy yo, tu padre, ábreme. Sin hacerme ninguna idea, obedezco. Pulso el botón del portero eléctrico y giro hacia Victoria que se acerca en calzones desde la pieza.

–¿Quién es? –pregunta ella.

–Mi padre –respondo, y suena como si dijera: la policía.

Asombrada, ella abre los ojos, se detiene a medio camino, gira y vuelve a meterse en la pieza en busca de algo que ponerse mientras yo salgo afuera. La noche es clara y veo la sombra de mi padre apretada bajo los faroles del estacionamiento, vacilando entre dos pasajes de entrada que conducen a distintos conjuntos de pequeñas casas agrupadas como cuadras. Una súbita perversión me demora en silencio bajo el foco que ilumina la tupida enredadera de espinas que sirve de linde natural a la casa. Espío sus movimientos, pero enseguida me arrepiento.

–Por acá –llamo desde unos cincuenta metros para evitar que se desvíe.

Él se detiene, vacila, levanta la cabeza y enfila hacia el esmerado parquecito levantado sobre una loma de terreno irregular, donde sobresalen pequeños bancos de madera ordenados por sector. Dos o tres árboles jóvenes acompañan este diseño básico que separa el condominio en un ala sur y otro poniente, que es donde alquilo yo.

Mientras se acerca, el tranco pausado y las manos siempre enfundadas en los bolsillos de la chaqueta, trato de imaginarme lo ocurrido desde la última vez que lo visité en la villa del cerro donde se fue a vivir con una actriz judía experta en teatro Noh. Pero es difícil llegar a una conclusión. Con ella había mantenido durante muchos años una amistad de tientos y retrocesos, de promesas no declaradas y largas interrupciones, y a poco de volver del exilio mi padre y la discípula del Noh abrigaron un romance heroico que parecía dispuesto a declararle la guerra al pasado, al tiempo perdido y a las situaciones imposibles, al punto de que por primera vez desde la separación con mi madre él había decidido enfrentar los hechos para solicitar la nulidad matrimonial con los oficios de un abogado.

–Lo mejor es que cada uno haga su vida –sentenció un día de manera sorpresiva e inopinada, tras veinticinco años de divorcio informal y a sólo meses de iniciado su romance con la actriz del Noh–. Habrá que solucionar el tema legal.

–¿Lo dices en serio? –pregunté, impresionado por la determinación.

–Vamos a ver –dijo, alzándose de hombros y con un giro ambiguo que delataba su evidente inseguridad ante una iniciativa que aún no sabía bien dónde colocar–. Uno propone, pero no siempre dispone.

–Se van a arreglar –dije más por tranquilizarlo que otra cosa.

Lo adiviné presionado por su noviazgo al mismo tiempo que temeroso de mi madre, y no me equivocaba. Apenas anunció sus planes, la decisión impactó sobre el acuerdo tácito que mantenía con ella, como si mi padre hubiese corrido de noche la frontera de lo admisible y un campanazo de madrugada alertara del inminente comienzo de las hostilidades tras un cuarto de siglo de cohabitación ejemplar. Él mismo recelaba de una sobrerreacción de mi madre que lo desbordara sentimentalmente, y para evitarse complicaciones propuso de inmediato fórmulas de arreglo que la indemnizaran de su asombro. Sin ley de divorcio a la cual sujetarse, siguieron meses de conciliábulos, tratativas y engorrosas negociaciones patrimoniales, hasta que por fin ella accedió a firmar la nulidad a cambio de ciertas garantías económicas. Mi padre respiró aliviado. La guerra se saldaba con un acuerdo más bien frío, a tono con las relaciones que mantenía con ella, y sin demasiadas bajas que lamentar. Al cabo, había cedido una porción mínima de territorio que no le importaba gran cosa en relación a la libertad conquistada. Atrás quedaban las querellas y los remordimientos que constituían el andamiaje secreto de sus pasiones desde hacía veinticinco años, y algo de esta novedad se coló hacia los nuevos planes que abrigaba en solitario con la actriz del Noh. Creía estar al borde de una nueva vida, por supuesto, y entusiasmado con el cambio determinó que todas sus reservas afectivas y materiales se destinaran a ensanchar las posibilidades que ahora se le ofrecían. Al fin podía decidir algo por su propio interés, sin otra responsabilidad que su bienestar. Confiaba en que lo lograría. La independencia respecto a la trama familiar había requerido de gestos definitivos, espectaculares, y en el momento de echarse al mar a punto estuvo de liquidar incluso el departamento de calle Suecia, el único bien que conservó tras comprometer sus finanzas en la costosa propiedad que adquirió junto a su novia del Noh. Parecía lo adecuado en vísperas del proyecto que inauguraban, pero la actriz tenía también sus ideas y pronto quedó claro que no era suficiente dominar teóricamente la ceremonia del sabbath para entenderse con mi padre, que entre tanto realizaba denodados esfuerzos para acogerse al protocolo japonés que debía seguir en su nuevo hogar instalado en la punta del cerro. Brebajes especiales, pisos insonorizados y biombos de papel mantequilla dispuestos por toda la casa exigían de él un comportamiento sofisticado al que se habituaba con dificultad. Las exigencias lo aturdían. Olvidaba descalzarse antes de poner un pie en el vitrificado de la entrada y durante la cena ensayaba sin éxito complicadas posturas corporales ante las lonjas de sushi, adquiriendo un aire muy similar al que yo recordaba de niño cuando lo veía bajar a la playa perfectamente vestido con zapatos y corbata para leer el diario en medio de la sensual desnudez del verano. De pie con los tacos sobre la arena, nítido bajo un sol destellante, su distraída rigidez contrastaba una vez más con sus deseos de parecerse al mundo que lo rodeaba. Ni con su mejor esfuerzo lograba evitar que se notara, y en la casa japonesa del cerro parecía algo desconcertado cuando recorría los diferentes niveles como otro invitado cualquiera que ha llegado sólo unas horas antes y busca dónde dejar la chaqueta.

–¿Te gusta? –inquirió con una expresión que buscaba misericordia la primera vez que fui a verlo hasta allí, luego de abrir y cerrar puertas interiores para asomarnos a los cuartos con el aire de dos turistas que han alquilado la casa por correo.

–Es grande –dije.

–Para que vengan y no me dejen solo –replicó, en tono acusativo.

Pero la generosidad no bastaba. Visitarlo con niños constituía una invasión de domicilio, y hacerlo con cita mediante podía significar una charla demasiado estirada para repetirla a la semana siguiente, con diaporama incluido sobre los ritos del Noh, el haikú y la poesía del silencio que ella explicaba con celo maníaco mientras mi padre sonreía desde una esfera lejana. El común esfuerzo por un buen desempeño los unía, y yo me alegraba de ver a mi padre involucrado en una empresa sentimental donde no cabía nadie más.

Aparentemente, sin embargo, nada de todo esto estaba dando resultados.

–Hola –me dice, parándose delante, y una sonrisa abnegada, casi una mueca, asoma en la media luz que llega de los faroles. Siento frío y me doy cuenta que he salido a recibirlo sin camisa, sólo con los pa

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