Veggies al poder

María Inti David

Fragmento

Veggies al poder

Cinco años antes de que yo naciera, mi mamá se hizo vegetariana.

En aquella época no era tan común: no era una de las ideas más aceptadas entre las nuevas corrientes de la alimentación saludable; no estaba de moda; no había tantas celebridades de la cocina ni locales especializados ni productos alternativos ni libros que lo promulgaran.

Sin embargo, mi mamá lo decidió de pronto, como de un sacudón, una tarde en la que se le rompió el auto al lado de un matadero. Cuando se bajó, se sorprendió con el llanto de las vacas en plena agonía. Nunca antes las había escuchado mugir de esa manera, en un sonido que era casi un aullido, y este encuentro fortuito la llevó a replantearse una vida entera como omnívora. Ahí mismo decidió que no iba a volver a comer carne.

Me crié en Tres Arroyos, una ciudad en el extremo sur de la provincia de Buenos Aires, que hoy tiene unos 80.000 habitantes. Cuando nací tenía la mitad y un poco más de alma de pueblo. Mi familia siempre vivió ahí, una zona de campo, muy sojera y ganadera. Una zona donde hacerse vegetariano era algo desconocido, donde la generación de mi mamá y mis tías se criaron con gallinas en el patio de la casa. Donde abundaban los frigoríficos, todos los restaurantes eran parrillas y en consecuencia la cultura gastronómica dominante era la de la carne. Hasta que mi mamá tomó la decisión de cambiar de hábitos, en su casa se consumía la dieta tradicional argentina: bife con ensalada, asado del domingo, pasta con estofado, milanesas con puré.

Para acompañar su decisión con bases fundamentadas, mi mamá empezó a leer e investigar cómo comer de forma ovolactovegetariana (que es a lo que comúnmente se llama “vegetariana”, pero que es una expresión más precisa porque contempla una alimentación que incluye huevos y productos lácteos, además de alimentos vegetales como cereales, legumbres, frutas y verduras), y se fue instruyendo sola. Cuando cinco años más tarde quedó embarazada, decidió cursar esos nueve meses también como vegetariana. Y tuvo que escuchar cosas terribles como “tu hija va a salir deformada”, “se va a morir en la panza” o “va a tener problemas madurativos”. Tal era el desconocimiento general que había en la época (hace no tanto, apenas tres décadas, acá nomás) acerca del tema. Básicamente, le decían que el embarazo no era viable con esa forma de alimentación. Pero, fiel a su profesión, a su formación como docente y a su espíritu de investigación, siguió buscando en libros información que pudiera ayudarla, y encontró material de autores españoles sobre embarazo y vegetarianismo. Así se hizo su propio camino de alimentación, y yo nací pesando 3,250 kilos, un bebé súper sano.

Después del tiempo de lactancia exclusiva, llegó el momento de empezar a incorporar alimentos sólidos. Y nuevamente, mamá quiso criarme como una vegetariana. Pero en Tres Arroyos no había un nutricionista que supiese guiar en ese proceso a madres de niños pequeños, así que cada vez que me llevaba al pediatra se encontraba con advertencias parecidas a las que había escuchado durante su embarazo: que me iba a enfermar y que mis defensas no iban a estar nunca altas. Todas cosas muy crueles para decirle a una madre. Pero la mía estaba muy segura de la decisión que había tomado, por lo que siguió recurriendo a libros y profundizando su conocimiento sobre el tema.

Empezó la rebelión

A pesar de los pronósticos oscuros que los médicos le hicieron a mi mamá, mi salud de chiquita fue impecable. Hasta los seis años me mantuve en mi peso ideal, casi sin resfríos, gripes ni ninguna enfermedad. Era totalmente normal, nada me distinguía de los otros chicos de mi edad. Lo que sí pasó hacia mis siete años fue que empecé a aumentar de peso.

Esto coincidió con mi entrada a la escolaridad, porque hice el jardín de infantes con mi mamá, maestra jardinera. Por eso, vivía un poco dentro de una burbuja, siempre con mi familia y a lo sumo con mis amigos del barrio, que ya conocían mi forma de comer. Pero cuando entré a la primaria cambié de compañeritos, tuve una maestra que no me conocía y me choqué de frente con la realidad. Me empezaron a invitar a los cumpleaños y a jugar a las casas, y conocí otras formas de vida. Recuerdo que mi mamá llamaba a las madres de los cumpleañeros y explicaba que yo no comía nada con carne, preguntando si iba a haber algo para mí o si era mejor que me llevara un tupper. Y aunque fuera con mi vianda, antes de ir siempre me hacía comer. Sufrí mucho esta diferencia. Odiaba llegar y ver la mesa llena de pebetes de jamón y queso, panchos, pizza con jamón y sentarme a sacar mis bastoncitos de zanahoria. Y las veces que me decían que no llevara tupper, las madres me convertían en el centro sin quererlo, llegando con un plato especial que nadie más podía tocar.

Si bien la situación era incómoda, nunca me tenté y comí algo que estuviera fuera del modo de alimentación que había desarrollado con mi mamá. Apenas tuve edad para entenderlo, mi madre me había explicado de dónde venía la carne. Y lo hizo con sus propios miedos y dolores, por lo que a mí me agarró una culpa enorme. Así que veía los pebetes y solo podía pensar: “pobrecito el chancho”.

Tenía 6 años cuando empecé a decirle que no a mi madre. De golpe dejé de querer comer verduras para pedir pizza, helado, papas fritas, galletitas. Solo comía una ensalada si le ponían mayonesa. Comenzó como una rebelión, al haber visto cómo se comía en otras casas, porque en la mía nunca había golosinas, gaseosas, jugos, chocolatadas ni papas fritas. Y aunque hoy es mucho más común que haya padres que críen a sus hijos sin estos alimentos, en ese momento todos los chicos tomaban Coca-Cola. En casa también había otras reglas más relacionadas con lo natural y la ecología: no se usaba suavizante porque mamá decía que le hacía mal al agua, lavábamos mucho a mano, el jabón era ecológico y la basura se compostaba. Todo muy de avanzada para aquella época. Pero a mí me gustaba más cruzarme a lo de mi amiga Juliana, donde su mamá nos hacía la merienda con jugo y tostadas con margarina y azúcar. Así que me rebelé, y enseguida empecé a engordar. En mi casa tampoco había una cultura del deporte, yo era más bien de leer, dibujar, pintar, actividades en las cuales no había un gran desgaste de energía física. Además, como hija única vivía recibiendo plata de mis abuelos, tíos y padres, con la que iba al kiosco del colegio y me compraba caramelos de a veinte.

A medida que engordaba también se incrementó el bullying, que ya me hacían mis compañeros de colegio por ser vegetariana, pero con el cambio de peso, el ab

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