Soy Adriana Eslava

Fragmento

Soy Adriana Eslava

3.
Efecto mariposa

Un día cualquiera, hace poco, vi El efecto mariposa, en la que el protagonista viaja en el tiempo, hacia su infancia, para cambiar el curso de su dolorosa historia. Con esta película, entendí que todo lo que había pasado en mi vida había sido PERFECTO; que no importaba la imperfección de aquellos con quienes compartía mi tiempo, ni la maldad que debí enfrentar, ni los egos, ni las envidias, ni mis propias debilidades y equivocaciones. ¡Todo ocurrió de manera adecuada para que llegara ese día! Tan solo habían pasado veintitrés años y nueve meses desde el momento en que nací.

Mi primer contacto con los medios de comunicación fue a las pocas horas de nacida, pues algún reportero decidió que el país quería y debía oír en primicia el llanto de la hija de mi padre y de mi madre. Con esa motivación, una de las religiosas del hospital en el que nací —el San Rafael, de la ciudad de Ibagué— me pellizcó, para que ese hoy colega tuviera su exclusiva. Por fortuna, nunca tuve, ni tengo, recuerdo de ello; de lo contrario, mi apertura de corazón hacia la Iglesia católica seguramente no hubiera sido la misma.

Ser fotografiada por reporteros y objeto de publicaciones acerca de nuestro bello hogar fue lo que obtuve en los inicios de mi vida. Quizá por eso decidí NO SER FAMOSA; sabía que lo que se publicaba distaba mucho de la realidad, y que se contaban historias de cuentos de hadas que la gente esperaba que sucedieran, aunque nunca a ellos mismos.

Nací rodeada de todo lo que las personas creen importante: fama, dinero, belleza, éxito… los privilegios del universo. Pero nada de esto significó mucho cuando empezó en mi vida el primer caos, cuatro años después de llegar al mundo, con la destrucción de ese intento de familia… Digo intento porque estoy segura de que mi padre y mi madre lo deseaban y lo intentaron, solo que no estaban preparados y, muchas veces, toma media existencia entenderlo.

Sí, mis padres se separaron antes de que yo cumpliera los tres años, cuando mi hermanito contaba con tan solo diez meses de edad. Fue en la década de los sesenta, en Bogotá, cuando eso, sencillamente, aún no sucedía. Creo que durante los primeros años fui la única niña de mi colegio con esta situación.

Tal vez desde entonces, la vida misma me fue preparando para aceptarme y sentirme cómoda siendo diferente.

Eran las dos de la tarde y debía apresurarme a almorzar algo antes de ir a la prueba de un comercial de televisión, cuyo eslogan era “El rostro perfecto”. Aunque yo no buscaba ese tipo de trabajos, debo reconocer que aparecer en una que otra propaganda les ayudaba mucho a mis cuadres de caja; tenía muchas obligaciones y pocas fuentes de ingresos.

Salí de la oficina de arquitectos donde trabajaba como diseñadora y decoradora, y con uno de mis compañeros nos fuimos en mi carro al sitio del corrientazo (almuerzos caseros de restaurantes populares), donde ellos comían; de camino hacia allí nos cruzamos con otros que venían ya de regreso.

“Como no nos esperaron, voy a invitar a Guillermo a almorzar a Pajares Salinas”, les reclamé. Este ha sido, desde 1953, en Bogotá, la mejor expresión de la gastronomía española: un restaurante emblemático, y por siempre el mejor.

Entre risas continuamos el camino, hasta que mi compañero me dijo: “¡Es aquí!”.

Tenía un Renault 4 rojo, cuya placa empezaba con las letras “ALE”; justamente por ese motivo lo compré, pues parecía venir marcado para mí, con mis iniciales. Como era la primera vez que iba, tuve que dar un fuerte giro para parquear en el sitio y me encontré de frente, a muy corta distancia, con dos hombres en una moto; uno de ellos, el “parrillero”, tenía una pistola en la mano, me apuntó y disparó.

Solo recuerdo que se me vino a la mente un evento que había sucedido hacía poco, en el restaurante de un amigo, donde unos sicarios entraron y les dispararon a varias personas. Pensé que debía quedarme muy quieta, como si estuviera muerta… Sí, esa era la aterradora realidad con la cual nos había tocado convivir a los colombianos en los años ochenta.

Aún dentro del carro, cuando oí que la moto se había alejado lo suficiente, me senté de nuevo y pedí que me ayudaran. ¡No veía! O, mejor dicho, ¡veía muy poco!

Al tocar mi cara sentí un orificio en el pómulo derecho; deduje que, por el impacto de la bala, la inflamación me impedía abrir ese ojo, y que el izquierdo había sido lesionado por la explosión del vidrio, ya que el proyectil entró a través de la ventana.

El disparo estaba dirigido a mi sien izquierda. Pero estos carros, llamados el “amigo fiel”, tenían una particularidad: para abrir la puerta del conductor, era necesario girar la cabeza, el tronco y la mano derecha hacia la izquierda. Es por esto que la bala entró por el ángulo interno del ojo derecho y salió por el temporal del mismo lado, y al mismo tiempo destruyó el párpado, el globo ocular y la cavidad misma.

Les pedí a mis compañeros que me llevaran a la clínica, me deslicé a la silla del copiloto, y uno de ellos tomó el volante rumbo a la Fundación Santa Fe, la misma institución donde, hacía tan solo tres meses, mi padre había pasado sus últimos veintisiete días de vida… ¡Un lugar que me resultaba muy familiar!

Soy Adriana Eslava

4.
Teletón

En 1980 se realizó en Bogotá la primera Teletón en Colombia; precisamente el 5 y 6 de diciembre, fecha en la que estaba graduándome del Colegio San Patricio, por lo que creo que pasó desapercibida en mi vida.

Pero un año después no sucedió lo mismo. Rec

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