La tentación de existir

E.M. Cioran

Fragmento

Un pesimismo alucinado

UN PESIMISMO ALUCINADO

Se trata de un ejercicio que requiere de una inmensa paciencia. Me refiero al de emular el pulso y el nervio propios de un insomne. Jorge Luis Borges lo consiguió con un poema: «El universo de esta noche tiene la vastedad / del olvido y la precisión de la fiebre». Se refería a ese trastorno del sueño que algunas veces llevaba a los integrantes de su doliente secta a la cima de la desesperación, y otras a una llanura lúcida, propicia para la conversación con uno mismo, es decir, para la infinita elucubración de teorías, de imágenes y de ideas. Una precisión febril, sí. Una vastedad tan incalculable como la de los recuerdos de los muertos.

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En las primeras páginas de un ensayo dedicado al «mal dormir», el historiador David Jiménez Torres propone una descripción diferente para la sucesión de palabras acumuladas en el cerebro de un insomne:

la floración de pensamientos y recuerdos parece suceder porque sí. Las palabras e imágenes van apareciendo como fuegos artificiales que surgen de un mismo sitio pero que, al final, siguen trayectorias independientes. Un pensamiento asciende, estalla y se desvanece; luego le toca al siguiente, luego al siguiente, y así.

Parece como si las ideas de quien no duerme tuvieran su propio camino. Uno ajeno al del cuerpo que las medita. Parece como si en la imaginación de los insomnes el torrente de pensamientos tuviera la textura de una arena movediza. O de una alucinación. Y las ideas no cuesta apresarlas porque sean particularmente veloces y esquivas sino más bien porque sus densidades son robustas. Como peces fofos y lentos de un estanque japonés. La madera de la caña cede: comienza a astillarse. La seda, ¿aguantará? La idea naciente, ¿nos hundirá con ella?

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«No quiero ir nada más que hasta el fondo», escribió Alejandra Pizarnik sobre la pizarra que decoraba su zulo, la noche insomne que precedió a su hundimiento suicida. Vasta vastedad. Como si los versos también marcaran su propio camino, ajenos, aunque hermanados, a los planes y a los designios del organismo en el que fueron forjados. Qué cansancio. Cuánto dolor. ¿O acaso es posible prever de qué manera influirá el sueño —en este caso, su ausencia— en la capacidad de quienes escriben? Que el sueño, junto al deseo y junto a la muerte, es el tema predilecto de poetas y filósofos ya lo sabemos. Lo que a veces nos falta es el por qué. De acuerdo con Delmore Schwartz es en los sueños donde comienzan las responsabilidades del ser humano. Ya sea por el exceso o por la falta de los mismos, su esencia no es sólo temática, sino anímica, estética, formal.

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A lo largo de su vida, Emil Cioran ensayó muchas respuestas a todas las preguntas que el insomnio nos ha procurado. Para él, «la manera de hacer de un escritor está condicionada fisiológicamente; posee un ritmo propio, constrictivo e irreductible». Será que Cioran conocía bien a las poetas de la desesperación. Muy al comienzo de sus cuadernos íntimos de finales de la década de los cincuenta, confesó que desde hacía meses vivía todos sus momentos de angustia en compañía de Emily Dickinson. La poeta de Amherst había versificado en más de una ocasión a propósito de «los enemigos del dormir». Algunos años más tarde, al saber de la poesía y del historial clínico de Alejandra Pizarnik a través de un intercambio epistolar con Alina Diaconú, Cioran escribió lo siguiente: «Cuántas veces me habré cruzado con esa desconocida que arrastraba una desesperación que yo comprendo bien». Resulta que Emil Cioran y la poeta argentina compartieron barrio parisino durante un tiempo. Y también resulta que no hay texto crítico, conferencia o documental a propósito del pensador franco-rumano en el que no se destaquen sus largos paseos hasta el alba. ¿Se cruzarían, alguna vez, esas dos almas desesperadas? Regodearse en esa casualidad también responde a la alucinación. La escena está bien clara: el sonido de las suelas de los zapatos de Emil Cioran contra el asfalto de París, o antes el de Múnich, o antes el de Bucarest, o primeramente el del suelo empedrado de Sibiu; ciudades que pateó por no tener dónde caer desfallecido; calles oscuras en las que, de tanto pensar con la precisión de la fiebre y la aleatoriedad de los fuegos artificiales, deambuló y se hundió hasta convertirse en lo que más temía: un escritor condenado al ritmo de su fisiología.

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Retrato robot de un enemigo del dormir: la pregunta por la eternidad; la obsesión por la palabra exacta; el pulimiento del estilo; el no saber qué es noche y qué es día; el hablar con uno mismo como único sistema; la técnica de la infinitud; el leve gusto por el sufrimiento; el recrearse en la inmortalidad; el desear, sin embargo, la muerte; el regocijo de saberse solo, de no necesitar a nadie, de no necesitarse ni siquiera a uno mismo; la paciencia; la entereza; la autocienciaficción; el juego de tentarse a existir.

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Y entonces, ¿con qué postura hay que leer a un escritor insomne? ¿Se puede gozar de su literatura desde la comodidad de una cama o con el dulce vaivén de una siestecilla? ¿Hay que solidarizarse con su sufrimiento? ¿Debemos devorar su ideario hasta la somatización de su disgusto? Somatizar: transformar problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua. No es descabellado asumirlo así. Si entendemos la literatura y la filosofía como dos problemas psíquicos, que venga entonces a chocarse su esencia contra nuestra fisiología. Que la destroce. Que nos atraviese como un dios erótico. Así es. Famoso y enrevesado es el aforismo de Jacques Lacan, para quien amar es dar lo que no se tiene a quien no es, y de la misma manera podríamos decir que para Emil Cioran escribir es dar lo que no se tiene —pues imaginar es mentir, esto es, generar imágenes desde la nada— a quien no lo necesita —porque el lector ideal no existe, y el texto, corrigiendo la fórmula célebre de Wolfgang Iser, sólo es un generador de afectos—. Para leer a un escritor insomne, para leer, específicamente, a Emil Cioran, la postura sólo puede ser una: deslumbramiento, contagio, sumisión.

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Pero es que Emil Cioran odiaba los fanatismos literarios —sólo hay que acercarse a sus lamentos ante el devenir mediático de Albert Camus, o de Jean-Paul Sartre, o hasta de Jorge Luis Borges, a quien deseó «soledad», pues el exceso de atención destruiría a los genios—. Así que para ser consecuentes con su lucha, deberíamos odiarlo a él. Pero es que también ocurre que Emil Cioran detestaba la obediencia, la consecuencia, la adulación. Lo cual, irónicamente, nos devolvería el derecho a decir que lo amamos, que queremos contagiarnos de sus alucinaciones, que por él nos someteríamos a la secta del insomnio sin dudarlo, con tal de seguir degustando sus impresiones sobre el valor de la vida, sobre los sinsabores de la política europea o sobre la n

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