¡Guau!

Ricardo Bruno

Fragmento

¡Guau!

INTRODUCCIÓN
Historia de una amistad

¿Cuál es el origen de los perros? ¿Quiénes fueron sus antecesores? ¿Cómo evolucionaron junto al hombre? Estas son preguntas que alguna vez se han hecho todos aquellos que gustan de los caninos domésticos de compañía. Es muy lógico que esto ocurra porque la relación entre ambos es tan fuerte y estrecha que resulta imposible no intentar conocer cómo se generó este vínculo.

Que el perro es el mejor amigo del hombre es algo que todo el mundo ha escuchado y se acepta como verdadero, especialmente los amantes de los perros, pero el porqué de esta aseveración, el motivo del origen de esta frase que la mayoría repite a las generaciones siguientes, muy pocos lo conocen.

La respuesta la da, por un lado, la etología, ciencia que estudia el comportamiento animal, y, por otro, la especialidad médico-veterinaria del comportamiento animal en particular. Pero no es algo sencillo. Veamos por qué.

Es que las personas y los perros somos tan iguales en lo que respecta a nuestra estructura social que no resulta tan raro que cuando la gente aún no imaginaba tener esta vida moderna y citadina se incorporara a los perros como “uno más”.

El gato es una mascota apreciada, el caballo ha sido fundamental para el avance de la humanidad y otros animales nos han ayudado a sobrevivir y florecer como especie, pero el perro simplemente se ha transformado en uno más de nosotros, uno más de nuestra familia. Se podría decir, sin temor a exagerar, que el perro nos ha robado el corazón.

El perro desciende del lobo. Esto no se puede poner en tela de juicio. Ahora bien, ¿cómo se ha llegado desde un lobo a un perro?

Se estima que hace varios miles de años, cuando el hombre comenzó a establecerse y dejar de ser nómada, los cazadores, al conseguir una presa, terminaban rodeados siempre por alguna manada de lobos. Eran mantenidos a raya hasta que un día a algún cazador más iluminado que los otros, en lugar de ahuyentarlos, se le ocurrió arrojarles parte de los restos de lo que acababan de obtener. Al poco tiempo, ese grupo de humanos y de lobos comenzaron a cazar juntos y todo se precipitó: primero los lobos iban detrás de los cazadores y luego lo hacían por delante, persiguiendo al desafortunado animal. Cuando lo rodeaban, llegaban los hombres con sus lanzas y mataban a la presa y luego de trozarla y repartirla, arrojaban algunos restos a los lobos.

Posteriormente, algunos cachorros huérfanos habrían sido llevados a las precarias aldeas y ahí crecieron. Cada vez que los hombres salían de cacería, estos lobos domesticados los acompañaban e incluso los defendían de otros animales salvajes. Resulta obvio pensar que aquellos individuos domesticados que presentaban excesiva agresividad hacia la gente eran eliminados inmediatamente, lo que llevó a que se reprodujeran los más dóciles. En poco tiempo la población de lobos domesticados fue dócil y sumisa, pero seguían siendo fieles y excelentes compañeros de cacería.

Es fácil imaginar cómo continuó esta historia. Estos primeros perros siguieron reproduciéndose y junto a la evolución de nuestra especie también fueron evolucionando ellos, hasta convertirse en una especie distinta, a lo que hoy conocemos como perro doméstico.

La capacidad intelectual del ser humano le ha permitido, en el transcurrir de los tiempos, controlar la reproducción de estos primeros perros orientada a conseguir animales con un cuerpo más afín a la utilidad que luego se les daría: patas más largas para los galgos de carrera, patas más cortas para los que tenían que cazar comadrejas, cuerpos diminutos para los que iban a ser llevados en las carteras de las cortesanas de la alta sociedad francesa e inglesa de unos siglos atrás, olfato agudizado para encontrar objetos o personas perdidas o atenuar su instinto de cacería en grupo para arriar el ganado sin lastimarlo.

Dentro de esta manipulación genética hubo algo que el hombre logró (tal vez porque no quiso modificarlo) y que se encuentra en lo más profundo de la herencia genética: la conducta social que esos lobos transmitieron a sus descendientes domesticados. Y aquí está la razón por la cual el ser humano prefiere al perro por sobre todas las demás especies animales: porque el perro no lo acompaña, sino que lo “entiende” por tener, básicamente, las mismas estructuras sociales y de comportamiento que él. Es que, a pesar de los miles de años pasados y la “culturización” sufrida por nuestro cerebro, aún hoy las personas nos seguimos manejando como un grupo social; con la familia como eje central.

Entonces, para comprender a nuestros perros tenemos que saber que los lobos son una especie gregaria, que viven en comunidad, de manera que un grupo está compuesto casi exclusivamente por animales emparentados entre sí, o sea que viven en familia, lo que a su vez lleva a que el éxito de un individuo redunde en beneficio de toda la familia o grupo social y viceversa. La unión entre el macho y la hembra es estable y duradera y los hijos de mayor edad de esa pareja ayudan en la crianza de los cachorros más pequeños hasta que alcanzan la adultez y ocurre lo que se denomina “fenómeno de dispersión”, cuando estos animales dejan su grupo familiar a fin de encontrarse con individuos del sexo opuesto que se dispersaron de otras comunidades para formar su propio grupo social. En muchos casos las hembras jóvenes se quedan en el grupo de sus padres y no se dispersan, pero los machos jóvenes siempre lo hacen.

Los lobos cazan en forma cooperativa, es decir en grupo, sincronizada y mancomunadamente. Reparten la presa cazada y llevan la comida al cubil para alimentar a sus pequeños cachorros. También poseen un lugar donde instalan el cubil, que se denomina casa central u hogar, y tienen un territorio de caza que mantienen libre de otros grupos de lobos, y al que utilizan como fuente de recursos, obteniendo de él su alimento para luego regresar al hogar, que generalmente se encuentra en el centro de ese territorio.

Protegen a sus cachorros de los depredadores y las hembras más jóvenes cuidan y llegan a dar de mamar a los cachorros cuando la madre está de cacería (esta es la base genética y conductual de la famosa “falsa preñez” de las perras domésticas, que es la capacidad que tienen las hembras caninas de producir leche en sus mamas sin estar preñadas realmente).

Poseen un lenguaje de gestos, posturas y vocalizaciones para comunicarse con sus compañeros y hacerles conocer su estado de ánimo y sus requerimientos (es la explicación de cómo se dan cuenta de nuestros estados de ánimo). Y también, en paralelo a nuestro comportamiento, tienen un estricto orden jerárquico que respetan todos los miembros del grupo y es la base de la alteración de conducta conocida como agresión dominante en los perros.

Los perros domésticos actuales, como nosotros los humanos, ya no tienen la necesidad de c

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