Temperamento infantil

Andrea Cardemil Ricke

Fragmento

 INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

En tus manos tienes un libro revelador, que va a cambiar la forma en la que ves a los niños, la crianza y a ti mismo... ¿Estás preparado?

Empecé a soñar con este libro, a gestarlo en mi mente y en mi corazón, después del lanzamiento de Apego seguro, mi primer libro. En particular al ver el interés que despertó el capítulo sobre temperamento y lo transformador que fue para muchos padres comprender mejor el comportamiento de sus hijos. En ese momento, me di cuenta de que cada rasgo merecía ser abordado en un capítulo completo para poder explicarlo en profundidad. Mostrar cómo se manifiesta a lo largo del ciclo vital, ofrecer múltiples ejemplos y brindar herramientas prácticas.

Desde entonces han pasado once años. Y aquí estoy hoy, sentada en un café, dándole vida a este sueño. Ansiosa e ilusionada de poder compartir contigo todo lo que he aprendido en este tiempo, con la certeza de que puede marcar un antes y un después en tu vida.

Conocer el temperamento de los niños nos abre una puerta a su mente y corazón. Nos permite comprender su conducta y entender qué necesitan para regularse, sentirse bien y desarrollarse de manera saludable. Nos orienta sobre cómo potenciar sus recursos y acompañarlos en el desafío de superar sus dificultades. Y, algo aún más profundo: nos ayuda a aceptarlos tal como son.

Cuando los comprendemos y aceptamos, podemos ajustar nuestras expectativas y pasar del «quiero que cambie» a «quiero ayudarlo a encontrar su mejor versión». Esto les permite a los niños sentir que está bien ser ellos mismos, que no están «fallados». Y es precisamente esta aceptación (tanto del niño como de los padres) la que abre la puerta real al aprendizaje y a la necesaria vulnerabilidad.

Conocer tu propio temperamento también será revelador, porque además de ayudarte a entenderte mejor, te permitirá comprender por qué en tu infancia te comportabas de cierta manera. Esto te ayudará a liberarte de muchas etiquetas y a sanar tu historia.

Quiero contarte que este libro está pensando para acompañarte a lo largo de toda la crianza. Si tu hijo aún no ha nacido o es un bebé, te ayudará a comprenderlo mejor desde un comienzo. Es probable que, en la medida que tu hijo crezca, vuelvas a leerlo. ¡Asi que déjalo en el velador cerca de ti! Y si tienes un adolescente, quiero decirte que nunca es tarde para mirar a los niños desde un lente amoroso que te permita reparar y hacer las cosas de otra manera. Como dice la Dra. Becky Kennedy: «Hoy es el mejor día para empezar».

Para facilitar la lectura, hablaré de niños en términos generales. Solo especificaré por tramos etarios cuando sea necesario. También me voy a dirigir a ti, preferentemente, como si fueses mamá o papá. Por lo que si eres un profesional, abuela o una tía que muere de amor por sus sobrinos, te pido que ajustes la lectura a tu contexto.

Los casos y las historias que aparecen son reales. Para cuidar la confidencialidad de mis pacientitos y familias, les he cambiado el nombre y, en algunos casos, la edad y el lugar donde ocurrió la situación.

TE RECOMIENDO LEER MI LIBRO ASÍ

Si bien puedes leerlo en el orden que quieras, te voy a contar cómo está pensado y de qué manera le puedes sacar más provecho.

En la primera parte te explico qué es el temperamento y conceptos claves que te permitirán comprender mejor lo que viene en la segunda parte del libro. Por lo que te recomiendo que partas aquí.

En este segmento, para explicar algunos conceptos y ofrecer ejemplos, menciono y describo brevemente ciertas dimensiones del temperamento, pero no las desarrollo en profundidad (eso lo haré en la segunda parte).

En la segunda parte, dedico un capítulo completo a cada dimensión del temperamento, para que puedas comprender a fondo de qué se trata, ver cómo se expresa en las distintas etapas del desarrollo, cómo puntúa tu hijo y estrategias para acompañarlo.

Aunque puedes leer esta sección en el orden que te resulte más atractivo o necesario, te recomiendo seguir el índice propuesto, ya que voy integrando estrategias y conceptos de un capítulo a otro. Para evitar repeticiones, hay elementos que explico en detalle en un capítulo y que en los siguientes solo menciono. Es por esto que los primeros capítulos son más largos.

Debido a que el libro está dirigido en especial a familias, me esforcé por utilizar un lenguaje simple y cercano. Por eso, dejé en las notas al pie algunas investigaciones y explicaciones más psicológicas. Si te interesa profundizar en algún tema, puedes leerlas. Y si no, simplemente puedes saltarlas.

Antes de terminar, quiero invitarte a mirarte con compasión. Recuerda que siempre actuamos según nuestro estado emocional, la información y las herramientas con las que contamos en ese momento. Por eso, si mientras lees te das cuenta de que en alguna ocasión actuaste de una forma que hoy no te parece adecuada, te pido que respires profundo y te digas una frase amable:

  • «Soy una buena mamá, que hizo lo mejor que pudo en ese momento».
  • «Soy una buena mamá. En ese momento no entendía por qué mi hijo actuaba así».
  • «Soy una buena mamá, que en ese momento creía que esa era la mejor manera de responder».

Me siento honrada de poder acompañarte en este maravilloso camino. ¿Estás listo?

HAZ ESTE EJERCICIO ANTES DE PARTIR

Antes de que comiences con el primer capítulo, te invito a tomarte un momento para realizar este ejercicio. Te recomiendo hacerlo ahora, porque más adelante, cuando conozcas los rasgos del temperamento, tu mirada cambiará y la experiencia no será la misma.

Puedes contestar aquí mismo o en otra hoja. Si tienes más de un hijo, te recomiendo hacer una por cada uno.

Haz una lista con las etiquetas que te han puesto (y que te has puesto) a lo largo de tu vida.

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Ahora haz una lista de las etiquetas que le han puesto a tu hijo.

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Guarda estas respuestas. Las volveremos a usar al final del libro.

Primera parte

COMPRENDIENDO EL TEMPERAMENTO

Capítulo 1

¿QUÉ ES TEMPERAMENTO?

Estoy en una plaza con mi hijo y, mientras anda en bicicleta, pongo atención a lo que hacen otros niños. Algunos están jugando a pillarse, mientras que otros permanecen debajo del resbalín jugando a vender galletas. En el arenero hay una niña que se refriega la arena por la cara y otro que llora desconsoladamente porque se le desarmó el castillo que estaba armando. En la banca hay un niño sentado con su papá observando todo lo que está pasando.

¿A qué se deben estas diferencias? ¿Por qué hay niños que evitan tocar la arena mientras otros se la pasan por la cara? ¿Por qué algunos necesitan correr y saltar para pasarlo bien, mientras que otros prefieren juegos más tranquilos? ¿Por qué hay niños que, ante el mínimo obstáculo, explotan en llanto cuando otros solo fruncen el ceño? ¿Por qué a algunos les cuesta más separarse de sus padres, mientras que otros se van a jugar apenas llegan a la plaza? ¿Por qué a algunos niños les resulta fácil irse de la plaza, mientras que otros se resisten y lloran? ¿Por qué algunos niños buscan ser el centro de atención, mientras que otros prefieren jugar tranquilos?

Desde el comienzo de la historia nos hemos hecho estas preguntas. Gracias a los avances en psicología, estadísticas, genética y neurociencias, hoy sabemos que estas diferencias se deben a lo que se conoce como temperamento.

El temperamento es el conjunto de características innatas del sistema nervioso, que determina de manera significativa la forma en que tendemos a experimentar y responder a los estímulos internos (señales del cuerpo) y externos (personas, situaciones, ambientes).

Estas características están presentes desde el nacimiento e influyen en cuán sensible es nuestro sistema nervioso, qué cosas lo estresan y qué cosas lo regulan. Imagínate una sala cuna con bebés recién nacidos. Ante un ruido fortuito, habrán algunos que seguirán durmiendo, otros que se van a despertar y otros que van a llorar y necesitar brazos para calmarse. Estos bebés tienen días de haber nacido, por lo que estas diferencias se deben principalmente a su genética. En específico, a cuán sensible es su sistema nervioso a los estimulos externos, cómo los experimenta (¿es seguro? ¿amenazante?) y, por lo tanto, cómo reacciona (sigo durmiendo, me despierto, lloro). En palabras simples, podríamos decir que el temperamento es algo así como nuestro estilo personal de experimentar y enfrentar la vida.

Estudios de Janet Di Pietro incluso han mostrado que algunos aspectos del temperamento se pueden observar desde el período prenatal. Por ejemplo, que los niveles de actividad fetal predicen niveles de actividad postnatal (es decir que los fetos más activos tienden a ser niños con mayor energía y dificultad para quedarse quietos) y que la reactividad fetal a la luz y sonidos, predice sensibilidad emocional.1

Esto te lo cuento para que te des cuenta de que el temperamento tiene que ver más con la genética que con la crianza. Somos muy buenos para responsabilizarnos de todo lo que le pasa a nuestros hijos, cuando hay aspectos que están determinados por nuestra biología. Esto no quiere decir que el ambiente no sea significativo. Profundizaremos en ello más adelante.

Quiero compartirles una cita de Danielle Dick, experta en genética y comportamiento infantil. «El ADN no solo define si alguien tendrá los ojos castaños o azules, o el pelo liso o rizado; también determina la configuración de nuestro cerebro y nuestra actitud básica ante la vida. Sienta las bases del temperamento individual, de nuestras tendencias naturales y el modo único con el que cada cual interactúa con el mundo».2

Las características del temperamento influyen en cómo percibimos las situaciones y por tanto cómo nos aproximamos a ellas. Por ejemplo, si mi sistema nervioso es más sensible a las señales de amenaza del ambiente, voy a tener una aproximación más cautelosa que una persona que no les presta mayor atención.

María de ocho años está dudando si se tira por canopy. Por su temperamento, las cosas nuevas la ponen en alerta y tiende a prestar más atención a los posibles peligros. Teme que vaya muy rápido o que sea doloroso parar cuando llega al final. Entonces prefiere que sus compañeros se tiren primero para sentirse segura.

Diego pidió ser el primero. Por temperamento las cosas nuevas lo motivan y tiende a prestar más atención a los aspectos positivos que a los malos. Él no piensa como María en los peligros. Solo ve diversión.

Podemos ver en el ejemplo cómo el temperamento puede determinar nuestra percepción de las cosas. Mientras María se pone en alerta y presta más atención a las posibles consecuencias negativas, Diego siente motivación y les presta más atención a las posibles consecuencias positivas. Esta diferencia hace que María sea más contenida y cautelosa, y que Diego sea más impulsivo y arriesgado.

Hoy en día, la investigación sobre el temperamento está creciendo exponencialmente. Es de interés para psicólogos, antropólogos, genetistas, neurobiólogos y muchas otras disciplinas. Desafortunadamente, no han alcanzado un consenso sobre una única definición de temperamento, ni están de acuerdo en cuanto a los rasgos. Por lo que, dependiendo del autor, los nombres de los rasgos y sus clasificaciones pueden ir cambiando.

Los modelos más importantes son el de los psiquiatras Thomas y Chess y el de la investigadora Mary Rothbart. Estos son las que más me gustan y los que vamos a usar en este libro.

Thomas y Chess definieron temperamento como «El propio estilo individual de responder al medio ambiente y que determina las características de la conducta»3 y plantearon que existen nueve dimensiones del temperamento:

  1. Intensidad: cuán rápida e intensa es mi respuesta emocional.
  2. Niveles de actividad: cuánto necesito mover mi cuerpo para sentirme bien.
  3. Aproximación: cuál es mi primera respuesta ante lo novedoso (personas, lugares, situaciones).
  4. Adaptabilidad: cuánto tiempo y energía me toma adaptarme a cambios y transiciones.
  5. Persistencia: grado en que persisto en una tarea a pesar de los obstáculos.
  6. Sensibilidad: cuán grande tiene que ser el estímulo para percibirlo.
  7. Distractibilidad: grado en que los estímulos externos interrumpen mi actividad.
  8. Estado de ánimo predominante: tendencia a responder de manera positiva o analítica a las experiencias.
  9. Regularidad: grado de predictibilidad en funciones fisiológicas.

Cada una de estas dimensiones conforman un continuo, en el cual puedes puntuar alto, medio o bajo. Y estas puntuaciones conforman un perfil único de temperamento.

Por su parte, Mary Rothbart define temperamento como diferencias individuales en la reactividad y la autorregulación, que tienen una base constitucional.4 La reactividad hace referencia a intensidad y rapidez con que respondemos a un estímulo, la autorregulación a la capacidad de modular esta reactividad y la base constitucional a que estas diferencias tienen una base biológica. En su modelo plantea que el temperamento tiene quince dimensiones y las agrupa en tres factores: extraversión, afectividad negativa y control esforzado.

Antes de seguir, te quiero contar algunas cosas que me pasaron con estos modelos al momento de escribir el libro. Siempre he usado la categorización de Thomas y Chess porque es más fácil de comprender y aplicar que la de Mary Rothbart. Pero en la medida en que me he ido actualizando, me he dado cuenta de que a nivel de investigación se está usando más el modelo de Rothbart. Esto se debe a que el de Thomas y Chess nace de la descripción de conductas, mientras que el de Mary Rothbart de la explicación de estas.

Cuando me percaté de este detalle, me surgió la duda existencial de cuál de los dos modelos iba a usar para escribir mi libro. Después de meses de estudio y conversaciones con distintos profesionales, se me ocurrió una idea genial: integrar lo mejor de cada uno.

Quiero aclarar que con esto no busco hacer una categorización nueva, ya que no cuento con estudios ni con la experticia para hacerlo. Mi propósito es brindarles conocimiento actualizado, que sea fácil de comprender y de llevar a la práctica. Y tal como me enseñó Roberto Opazo cuando estudié mi Máster en Psicoterapia Integrativa: ¿Por qué elegir una teoría por sobre otra si ambas tienen aportes con validez científica? Mejor integrar esos aportes y enriquecer el conocimiento.

Por lo tanto, voy a usar el Modelo de Thomas y Chess por su simplicidad, y lo iré complementando con los aportes de Mary Rothbart para darle consistencia y rigurosidad.

¿TEMPERAMENTO ES LO MISMO QUE PERSONALIDAD?

No. La personalidad se va conformando hasta la vida adulta por la acción recíproca constante entre el temperamento (disposición biológica inicial) y el medio (experiencias). Me encanta como lo explica Mary Sheedy: «La personalidad es la combinación entre temperamento, experiencias de vida e influencias culturales»5.

Además, la personalidad está compuesta por muchas otras características: nuestro autoconcepto, motivaciones, valores, logros, estilos de afrontamiento, formas de manejo emocional y muchas cosas más. Estas cualidades están influenciadas por el temperamento, pero aún más por las experiencias que vive el niño con otros, especialmente con sus figuras cercanas.

TEMPERAMENTO NO ES DESTINO

¿El temperamento es para siempre? Esa es una de las primeras preguntas que se hacen los padres. Me gustaría darte una respuesta absoluta, pero no la hay. Ha sido muy difícil estudiar la estabilidad del temperamento por la cantidad de variables que influyen en el comportamiento y los cambios que ocurren entre la infancia y la adultez. Los estudios más recientes plantean que el temperamento presenta tanto estabilidad como variabilidad. Pero que, por su origen biológico, tiende a presentar mayor estabilidad que variabilidad.6

Investigaciones muestran que la acción del medio puede tanto favorecer la regulación del rasgo como dificultarla. Por ejemplo, se ha visto que los niños que por temperamento tienden a ser más tímidos, cuando se les acompaña y enseña estrategias de autorregulación, con el tiempo experimentan menos ansiedad.7

La madurez del sistema nervioso también puede influir en la variabilidad del rasgo. Los primeros años el temperamento tiende a estar fuera del control de los niños y, por tanto, a gobernar sus comportamientos.8 Pero en la medida que van creciendo y desarrollando estrategias de regulación, van siendo capaces de regular sus predisposiciones biológicas. Veamos un ejemplo.

Isidora puntúa alto en intensidad emocional, por lo que tiende a pasar de cero a cien rápidamente. Cuando era bebé, lloraba con fuerza cada vez que tenía hambre, sueño o alguna incomodidad. En los años preescolares, dejó de llorar por estas cosas, pero comenzó a hacer pataletas cuando quería hacer algo y le decían que no. Sus pataletas eran difíciles de acompañar y le tomaba mucho tiempo calmarse. Con los años, esas pataletas se transformaron en protestas verbales del tipo «ya no te quiero» o «eres la peor mamá del mundo». A medida que fue creciendo, Isidora se dio cuenta de que le costaba mucho quedarse callada cuando estaba enojada, por lo que empezó a irse a su pieza para evitar decirle palabras feas a sus papás.

En el ejemplo podemos ver cómo la expresión del rasgo fue cambiando en la medida que Isidora fue creciendo y aprendiendo a regularse. El desarrollo del lenguaje le permitió expresar sus emociones con palabras y pasar de una descarga corporal a una descarga verbal. El desarrollo del control de impulsos, a su vez, le permitió irse a su pieza para evitar decirle palabras feas a sus papás.

Es importante tener en mente, como veíamos más arriba, que estos cambios no solo se deben al desarrollo, sino también a la acción del medio. Porque si los padres de Isidora hubiesen empleado prácticas inadecuadas, quizás a sus ocho años seguiría haciendo las mismas pataletas que a los tres.

CRIANZA Y TEMPERAMENTO

Por años hemos pensado que el comportamiento de los niños depende 100 por ciento de la crianza. Nuestro foco solo ha estado puesto en cómo las prácticas parentales influyen en el desarrollo de los niños. Esto nos ha llevado a ver solo una cara de la moneda, acentuando en exceso la responsabilidad de los padres en todo lo que les pasa a los niños. Si vemos a un niño corriendo por el restaurant, tendemos a pensar que le faltan límites. Si vemos a otro llorando el primer día de clases, que lo sobreprotegen.

Esta tendencia ha generado, a mi parecer, dos problemas importantes: que los padres se culpen por todo y se sientan inseguros en su rol, y que no sepamos cómo ayudar a los más pequeños. Porque al ver solo una cara de la moneda, no entendemos realmente lo que les pasa y, por tanto, qué necesitan.

En los últimos años se ha visto que temperamento y ambiente se relacionan de manera bidireccional. Es decir, que las características de los niños influyen en las prácticas de crianza que emplean los padres, y viceversa. Veámoslo con un ejemplo para entenderlo mejor.

Emilia tiene cuatro años y presenta más conductas agresivas que sus compañeros:

  • Foco en la crianza (efecto de las prácticas parentales): estudios refieren que padres severos tienden a tener niños que presentan más conductas agresivas, versus padres que son más afectivos. Por lo tanto, Emilia presenta conductas agresivas porque sus padres tienden a ser severos.
  • Foco en los niños (efecto de las características del niño): investigaciones han demostrado que los niños que presentan más conductas agresivas que el promedio, pueden hacer que sus padres sean más severos. Porque estos, al ver que su hijo pega más que otros niños, se angustian y tratan de controlar la situación poniéndose más duros. Por lo tanto, los padres de Emilia tienden a ser más estrictos dado que ella presenta más conductas agresivas que sus compañeros.

Comprender que el temperamento de los niños influye en nuestras prácticas de crianza es un gran cambio de paradigma. Danielle Dick incluso refiere que «ser buenos padres depende tanto del niño como de los padres».9

Nancy Eisenberg, destacada psicóloga especialista en desarrollo infantil, comparte algunas investigaciones que muestran esta relación bidireccional: «Un bebé con un temperamento fácil puede permitir que los padres se sientan más efectivos, ya que son capaces de calmar al niño fácilmente y de provocar sonrisas y balbuceos. Por otro lado, un bebé irritable puede generar menos reacciones positivas de sus padres y puede llevar a que los padres se sientan menos efectivos en su rol. Con el tiempo, los padres de niños más difíciles pueden volverse más punitivos y menos pacientes con sus hijos. Los padres que tienen un hijo más irritable están menos satisfechos con sus matrimonios y enfrentan mayores desafíos para equilibrar los roles laborales y familiares. Por lo tanto, el temperamento infantil es una de las características de los niños que influye en cómo los padres se comportan con sus hijos».10

La gran pregunta ahora es: ¿Cuál de estos dos factores es más importante? ¿Las prácticas parentales o el temperamento? No hay una sola respuesta, porque depende del caso y de otras variables. En algunos, las prácticas pueden ser más determinantes, mientras que en otros el temperamento del niño. Lo importante es comprender que la relación entre la crianza y el temperamento es bidireccional, independientemente de que el grado de participación de cada factor varíe caso a caso.

La importancia de la acción del medio, y la interacción bidireccional entre las prácticas de crianza y temperamento, nos lleva a hablar de uno de los conceptos más importantes: Bondad de ajuste (que veremos en profundidad en el próximo capítulo).

Capítulo 2

BONDAD DE AJUSTE

«La crianza es un ejercicio de paciencia. Se trata de ver a nuestros hijos por quienes son y por lo que necesitan, separado de quiénes somos nosotros y de lo que necesitamos».11

BECKY KENNEDY

La bondad de ajuste (goodness of fit en inglés) es un concepto de Thomas y Chess y hace referencia al grado de sincronización entre el estilo de crianza del padre y el temperamento del niño.

Se dice que hay bondad de ajuste cuando las expectativas, el entorno y las prácticas de crianza son coherentes con el temperamento del niño y su nivel de madurez. Veámoslo como un puzle en el cual cada pieza representa uno de estos elementos. Podemos decir que hay bondad de ajuste cuando las piezas hacen match.

Veamos algunos ejemplos concretos para ir entendiéndolo mejor:

Magdalena, de seis años, por temperamento presenta altos niveles de actividad. Cuando salen a comer a un restaurant, sus papás siempre tratan de sentarse en un lugar donde pueda pararse sin molestar y evitan hacer sobremesa porque saben que los tiempos de quietud de Magdalena son cortos.

Juan, de cuatro años, por temperamento es muy sensible a la estimulación ambiental, por lo que tiende a abrumarse en lugares ruidosos y con muchas personas. Sus padres le organizan un cumpleaños pequeño y tranquilo (sin música ni monitores).

A Francisco, de siete años, por temperamento le cuesta transitar de una actividad a otra, en especial cuando tiene que dejar algo inconcluso. Para ayudarlo a regular su conducta y que le resulte más fácil transitar, cuando lo anticipan no usan tiempo, sino cierre de actividad. Por ejemplo, en vez decirle «te quedan cinco minutos y luego hay que ir a bañarse» le avisan «puedes armar una torre más y te vas a bañar».

Como se puede ver en los ejemplos, la bondad de ajuste se puede lograr de distintas maneras. En el caso de Magdalena, adaptando el nivel de exigencia a su necesidad de movimiento. Los padres saben que a su hija le cuesta estar quieta mucho rato y que las veces que le han exigido más de la cuenta, la situación no termina bien.

En el caso de Juan, la bondad de ajuste se logra adaptando el entorno a su temperamento. Los padres saben que su hijo se abruma en ambientes con mucha estimulación, entonces, para que lo pase bien en su fiesta de cumpleaños, se preocupan de que sea tranquila.

Y en el caso de Francisco, se logra adaptando las prácticas de crianza. Sus padres saben que anticiparlo con tiempo no funciona porque si no logra terminar lo que está haciendo, de todos modos le cuesta transitar. Esto no significa que anticipar con tiempo sea una mala práctica, sino que no es tan efectiva con Francisco porque no hace match con su temperamento.

La bondad de ajuste la podemos lograr:

  1. Ajustando el nivel de exigencia
  2. Ajustando el entorno
  3. Ajustando las prácticas de crianza

Quiero aprovechar estos ejemplos para aclarar algo que es muy importante: la bondad de ajuste no requiere que evitemos todo tipo de situaciones o que sobreprotejamos a los niños. En el caso de Magdalena, la bondad de ajuste no se logra dejando de ir a lugares donde no puede moverse. Se logra teniendo expectativas realistas de lo que puede lograr con un poco de esfuerzo. Que Juan se abrume en ambientes con mucha estimulación, no significa que no pueda ir a una kermesse o a un cumpleaños ruidoso. ¡Claro que puede ir! Pero para lograr bondad de ajuste en un entorno que no depende los padres, tienen que ajustar lo que sí está bajo su control: las prácticas de crianza. Por ejemplo, evitar llevarlo antes a otro lugar ruidoso para que llegue con su batería cargada al cumpleaños, estar menos tiempo o estar atentos a su conducta para ver cuándo necesita un receso de estimulación (con esto me refiero apartarse un ratito para descansar y luego volver a integrarse).

Esto que les estoy explicando es demasiado importante, porque al exigirle a Magdalena un poco de esfuerzo, la están ayudando a adaptarse a lugares donde no puede moverse. Y en el caso de Juan, al llevarlo a un cumpleaños ruidoso, le están permitiendo que comparta con sus amigos y aprenda estrategias que lo ayudan a regularse en esos ambientes.

Quiero que grabemos en nuestra mente y corazón: los niños necesitan que los ayudemos a conocer su temperamento, aceptarse y desarrollar estrategias que les permitan regularse y adaptarse. Es por esto que la bondad de ajuste no implica sobreprotección, sino regulación.

Esto también nos muestra que este es un proceso constante, multifactorial y dinámico. No es algo que hacemos una sola vez: depende de muchas variables y va cambiando. Por ejemplo, cuando es el cumpleaños de Juan, implica adaptar el entorno. Pero cuando es el cumpleaños de un amigo, implica adaptar las expectativas y las prácticas de crianza.

Cuando hay bondad de ajuste todo se da más fácil porque hay mayor regulación y conexión. A los niños se les hace más fácil cumplir con lo que les pedimos y a nosotros ayudarlos a ser exitosos. Esto baja los roces, aumenta la cooperación y le permite a los niños sentir que son capaces de cumplir con lo que se les pide y a nosotros sentirnos competentes en nuestro rol.

La bondad de ajuste genera condiciones que cuidan la ventana de tolerancia de los niños, lo que facilita la regulación y les permite enfrentar de mejor manera los desafíos del día a día. Permite que salgan de su zona de confort y desarrollen las habilidades que necesitan para crecer, relacionarse con otros y adaptarse a distintos entornos.

Por el contrario, cuando no hay bondad de ajuste todo es más difícil y caótico. Al pedirle a los niños más de lo que pueden dar o que actúen de maneras que les resultan poco naturales, con el tiempo terminan pensando que no son capaces o que hay algo malo en ellos.

Estudios muestran que cuando presionamos a un niño a actuar de manera distinta a como es, el rasgo se intensifica.12 Esto ocurre especialmente cuando la demanda es exagerada (es decir, cuando les pedimos algo que va más allá de sus capacidades). Por ejemplo, si a un niño que puntúa alto en niveles de actividad se le exige que esté quieto por mucho rato, va a llegar un momento en que no va a lograr regular su cuerpo y su movimiento será más desorganizado. Si a un niño que necesita tiempo para integrarse a un cumpleaños se le presiona para hacerlo rápido, le tomará aún más tiempo lograrlo.

Ojalá todos los padres supieran esto, porque muchas veces, con la intención de ayudar, presionan a sus hijos a actuar de manera distinta y sin querer obtienen el resultado opuesto al que buscan.

Bondad de ajuste no significa ausencia de conflicto. Cuando le pedimos a nuestro hijo que haga algo que le cuesta, es normal que ponga resistencia o que se estrese un poco. Pero cuando comprendemos lo que le pasa, tenemos expectativas realistas y empleamos prácticas que lo ayudan, los niveles de estrés se mantienen en un nivel que puede tolerar.

Imagina que los niveles de estrés van del 1 al 10, donde 1 es ausencia total de estrés y 10 es el máximo. Para que un niño pueda salir de su zona de confort y enfrentar con éxito un desafío, su nivel de estrés debe estar entre 4 y 5. Si es menor, no hay impulso para el desarrollo. Si es mayor, se vuelve intolerable y el niño termina confirmando que es mejor no intentarlo.

En función de todo lo anterior, hay autores que plantean que el bienestar de los niños depende más de la calidad del ajuste que de su temperamento. No importa si tu hijo puntúa alto, medio o bajo; si logras sincronizar tu estilo de crianza a su temperamento, tendrá un buen desarrollo socioemocional.

A partir de esto quiero hacer otra aclaración importante: los niños que puntúan en la media, y que, por tanto, presentan menos desafíos que los niños que puntúan en los extremos, igual pueden desarrollar dificultades si la bondad de ajuste es pobre. Es más, muchas veces a estos niños les tendemos a exigir más que a otros.

COMPATIBILIDAD NO ES LO MISMO QUE IGUALDAD

A continuación, veremos algunas ideas que son muy importantes para comprender bien qué es la bondad de ajuste y cómo lograrla. Te van a ayudar a tomar consciencia de algunos procesos, lo que te permitirá regularte y hacer un mejor match.

La bondad de ajuste a veces se da de manera natural, otras veces requiere esfuerzo. Por ejemplo, madre e hijo son sensibles al ruido, por lo que se hablan en un tono suave, prefieren actividades tranquilas y la casa tiende a ser silenciosa. Pero otras veces exige que una de las partes (o ambas) se esfuercen. Veamos un ejemplo:

Padre e hijo de tres años por temperamento tienden a ser llevados a sus ideas y les cuesta flexibilizar cuando quieren algo. Para no pasar el día entero peleando, el padre se esfuerza por elegir bien las batallas y flexibilizar para dar opciones aceptables cuando a su hijo le cuesta hacer lo que le pide.

Si retomamos la metáfora del puzle, podríamos decir que el padre, para hacer match con su hijo, tiene que regular su propia predisposición biológica a insistir en que las cosas se hagan a su manera.

En este ejemplo, solo el padre se está esforzando para lograr bondad de ajuste porque su hijo es muy pequeño y está en plena etapa de oposicionismo. Esperar que a sus tres años sea él quien se regule es una expectativa poco realista.

Esto nos introduce otra idea muy

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