Las letras son dibujos

Alejandro Magallanes

Fragmento

Título

Para Alejandro Magallanes

“¿De qué sirve un libro sin diálogo ni dibujos?”

Alicia en el país de las maravillas, capítulo 1

Hacia fines del siglo VI a. C., el casi apócrifo poeta Simónides de Ceos escribió que “Poema pictura loquens, pictura poema silens”, verso que generaciones de profesores de estética han traducido como “un poema es un dibujo que habla, un dibujo es un poema que calla”. Más que un aforismo placenteramente equilibrado, Simónides quiso recordar a sus lectores que imágenes y palabras pueblan nuestro mundo de forma igualitaria y que nuestros debates sobre la supuesta invasión de la iconografía electrónica y la anunciada muerte de lo escrito tienen añejas raíces.

Alejandro Magallanes sabiamente no se preocupa por distinguirlas y crea con sus grafías imágenes que son textos o textos que son imágenes. Quizás haya en su trabajo en cubiertas de libros, carteles publicitarios, objetos comerciales, un recuerdo ancestral de los orígenes míticos del idioma escrito. Dicen que los sumerios se inspiraron en los trazos que las aves dejaban con sus patas en el barro del Tigris y del Éufrates para grabar los primeros signos cuneiformes, que quieren ser sonidos y también conceptos hechos de sonidos. El psicólogo Julian Jaynes sugirió que, en sus inicios, la escritura producía alucinaciones auditivas: el lector no sólo veía los dibujos que representaban palabras articuladas, sino que también las oía, dando nacimiento en un acto singular a un evento que unía al menos dos de nuestros cinco sentidos.

Tan poderoso fue sentido este acto de magia que nuestras sociedades de lo escrito intentaron censurarlo. Asociar la palabra escrita a la creación de la vida (dar vida al pensamiento a través del trazado de signos que son también sonidos que comunican ideas) fue juzgado un acto de blasfemia. Sólo un Autor tiene o se arroga el permiso de crear; sus criaturas no deben atreverse a intentarlo. Un texto talmúdico advierte que quien intente crear la imagen de algo vivo será llamado el día del Juicio Final a hacer que su creación cobre vida; si no logra hacerlo (cosa que el Primer Autor no permite) será precipitado al fondo del Infierno. Dante ve en su ascenso al Monte Purgatorio imágenes esculpidas que dan la impresión de absoluta verosimilitud: pero éstas son la obra de Dios, no de los hombres, y Dante, poeta, se siente humildemente cohibido ante esta demostración del Arte perfecto.

Para evitar el pecado de crear, la cultura islámica concibió la caligrafía, el arte de dar a las palabras escritas la configuración de formas que son también imágenes de las cosas del mundo. Las espirales y volutas de los trazos del cálamo no desobedecen la ley del Corán (42:11) que afirma que sólo Alá creó los cielos y la tierra, que por lo tanto no hay nada que se le pueda parecer. La representación de un cuerpo humano o de un animal puede ser vista como un arrogante intento de parecerse al Creador; en cambio, un brochazo de tinta que copie fielmente una línea del Corán, no.

En la Edad Media, los escribas, quizá para animar las muchas horas de tedio que requería la tarea de copiar un manuscrito, imaginaron maneras de hacer “hablar” a las palabras, dando, por ejemplo, a las iniciales formas y colores extravagantes, decorando las márgenes con criaturas grotescas e impertinentes, diseñando páginas enteras a la manera de acrósticos o jeroglíficos en los que las letras actúan como astros en una constelación iconográfica.

Tal vez estas estrategias inspiraron a los poetas del siglo XX —Apollinaire, E. E. Cummings, Mallarmé, Maiakowski, Haroldo de Campos— a componer textos que son al mismo tiempo dibujos. Si bien hay antecedentes en los escritores de siglos anteriores (el cuento del ratón en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll o el “Alas de Pascua” de George Herbert en el siglo XVII), la noción de unir en un mismo acto palabra e imagen parece afirmarse después del modernismo.

Quizá la creación oficial del oficio de diseñador gráfico, que retoma estas estrategias, se remonte al primer año del siglo XX, cuando Frank Lloyd Wright publicó The Art and Craft of the Machine, en el que se asentaban las normas de diseño que se desarrollarían a la par de la incipiente tecnología electrónica. Desde entonces (pero los prestigiosos precursores son muchos) el diseño gráfico entrelaza las propiedades de la imagen y de la palabra en una infinidad de campos. Magallanes es sin duda una de las autoridades máximas en este oficio y su inmenso talento de artista gráfico inspira (pero no limita) la obra que aquí tenemos en nuestras manos.

Bajo la apariencia de garabatos, de líneas trazadas como por azar en momentos de indolencia, los diseños de Magallanes componen una suerte de tesoro de ideas, aforismos y epifanías visuales. “¿De verdad habremos pensado alguna vez algo que nunca nadie haya pensado?”, reza la página inicial, y con aparente inocencia nos lanza en la espiral vertiginosa de los místicos que sostenían (con el rey Salomón) que no hay nada nuevo sobre la tierra y que toda novedad no es más que olvido. También con aparente inocencia, el libro acaba recordándonos a nosotros, sus espectadores o lectores, que nuestro cuerpo es también quienes somos: que la palabra, como intuyó Simónides, se hizo (y se hace) carne.

Alberto Manguel
Lisboa, 31 de julio 2022

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Certezas

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