Caraclasa

Magdalena Helguera

Fragmento

Yo te voy a contar todo, Luna, pero tú me tienes que prometer que vas a guardar el secreto, porque para algo somos hermanas. Ahora ya sé que no vas a contar nada porque todavía no sabes hablar, pero cuando aprendas –y yo te voy a enseñar bien, vas a ver– tampoco le puedes decir nada a nadie, ¿eh? Ahora que te trajeron a dormir acá a mi cuarto, que desde hoy es nuestro cuarto, ahora que vamos a tener tanto tiempo para conversar, yo te voy a enseñar a hablar como nosotros, y también te voy a enseñar cómo hablan aquí para que cuando vayas a la escuela los demás no te miren raro. Te voy a enseñar todo así como hablan ellos, sí, no te preocupes, pero acá en casa tienes que prometerme que vas a hablar como nosotros para que no desaparezca el mundo como era antes.

César apenas llegamos se puso a hablar como ellos: vení, andá, decime. ¡Hasta vos dice, en vez de ! César es nuestro hermano, el grande. Nunca me acuerdo de que tú no sabes nada y yo tengo que enseñarte todas las cosas. No sé por qué a César le gusta más todo lo de los otros. Estábamos allá y era lindo, sí, era lindo, Luna, y eso que tú todavía no estabas con nosotros. (Aunque un poco sí estabas, porque mi papá y mi mamá se pasaban hablando de ti todo el tiempo). Y estaba la abuela Ana, con sus manos arrugaditas y su tejido que no terminaba nunca pero igual era lindo. Era todo lindo, y era de nosotros, pero César miraba la tele y todo lo que veía le gustaba más que lo nuestro y decía que allá en Maldonado era una porquería y que cuándo nos íbamos a ir de una vez por todas a Montevideo, o sea, a venir para acá. Y al final se hizo el gusto y nos vinimos y dejamos allá todo lo que era nuestro, o casi todo. Dejamos la casa. La parra y las hortensias de la abuela Ana. La plaza y la escuela, mi escuela. Mi maestra Elina y mis amigas y mis amigos se quedaron allá y nunca más, nunca más. Como si se hubieran muerto. Y la que sí se murió después fue la abuela Ana, pero ya te voy a contar eso otro día si me prometes que me guardarás el secreto.

Casi todo nuestro mundo se quedó allá, pero yo pude traerme un pedacito, chiquito nomás, para hacerlo crecer aquí, en Montevideo, donde no hay parra ni hortensias y la plaza está tan lejos. Me traje ese pedacito en mi bolsa de secretos, apretado en la mochila entre las bombachas y las medias porque si me lo descubrían me lo iban a querer tirar, porque todos decían que en el apartamento de Montevideo no había lugar para llevar porquerías. Me traje de allá algunas de las cosas de mi cajón de secretos y me traje también nuestras palabras, aquí, en la garganta, y esas sí que nadie me las va a poder quitar nunca.

¿Ves? Acá está todo, todo lo de mi bolsa de secretos en este cajón, que por eso ahora es mi cajón de secretos y también mi cajón de magia. Sí, de magia, Luna, no me mires así. Allá, en Maldonado, mi cajón de secretos no era mágico, pero acá sí. Fue la palabra que encontré en esta casa la que lo hizo mágico, ¿sabes? Yo venía entrando, buscando las plantas que me habían prometido, no una parra ni hortensias porque ya sabía que no iba a haber, pero sí otras plantas, pastito, un poco de tierra, algo, y no había nada, nada de nada. Y yo me quería ir, quería volver a Maldonado a mi casa y a mi escuela, con mis amigas y mis amigos y mi maestra Elina y todos decían que no podíamos, pero entonces, entonces la escuché y me di cuenta de que esa palabra era para mí, que me estaba esperando, porque nadie más la oyó. Bajito, la escuché: CaraclasaCaraclasaCaraclasa

Yo no sabía lo que era pero igual la guardé, bien apretada en mi oído como mi bolsa de secretos entre las bombachas y las medias. Y después… después pasó todo lo que pasó, que ya te voy a contar otro día porque ahora te me estás durmiendo y yo no me voy a quedar hablando sola como una boba. Pero lo importante es que sepas, Lunita, que ya no nos vamos a ir otra vez a otro lado. Vas a ver; vas a ver que no.

¿Ves, Luna?, esta eres tú, con el sonajero y el chupete. Si se te cae yo te lo doy desde aquí, así no lloras. Ahora está llegando papá, ¿lo escuchas? Cuando yo quiera él va a abrir la puerta y va a subir a darnos un beso y me va a preguntar qué estoy haciendo y yo le voy a decir: “Estoy haciendo cosas con plasticina, y conversando con Luna, enseñándole lo que ella no sabe porque es chiquita”. Y vas a ver qué contento se va a poner cuando le diga eso. Seguro que me repite otra vez, como siempre: “¿Viste cómo iba a ser lindo tener una hermanita?”, y yo le voy a decir que sí, que tenía razón, y todo eso. Y después va a preguntar por César y se le va a ir la cara de contento porque yo le voy a tener que decir que no sé, que dijo que nos quedáramos acá tranquilas que él ya venía y papá va a rezongar: que cómo nos va a dejar a las dos solas, y qué disparate, y que ese muchacho está cada vez más irresponsable y que ya no sabe qué hacer con él. Pero yo le voy a decir que estamos bien, que fue recién, recién que se fue y que no nos quedamos casi nada solas. Y tú no vayas a llorar, ¿eh, Lunita? Porque si no papá después va a hablar otra vez de eso con mamá: que ya no sabe qué hacer con su hijo, que está imposible, que no se le puede tener confianza para nada, pero que en realidad no es su culpa porque en este país los jóvenes no tienen futuro y por eso andan desorientados y no estudian y no se toman nada en serio, y va a empezar otra vez a acordarse de Suecia. ¡Suecia, Luna! No, no se come. Es un país. Un país que está muy lejos y tiene nieve. Nieve es una cosa blanca y muy fría, sí, que cae del cielo y es linda, pero no creo que sea tan linda como la arena de la playa que allá no sé si hay porque no sé si hay playa, tampoco.

Yo estoy haciendo mucha nieve, por las dudas, pero no te puedo decir para qué es porque es un secreto. Y César, nuestro hermano, el grande, que ya te conté que apenas nos vinimos a Montevideo se puso a hablar como ellos, ahora también está aprendiendo a hablar sueco, como en Suecia. El sueco no es parecido a como hablan acá ni es parecido a como hablamos nosotros; el sueco es medio parecido al inglés, pero peor; se habla haciendo ruidos así, como si alguien estuviera arrastrando los muebles p

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