No amarás

Lorena Pronsky

Fragmento

Nota de la autora

¡Soy la herida y el cuchillo!

CHARLES BAUDELAIRE

Cuando me decidí a escribir este libro estaba muy entusiasmada. Si hay algo que me interesó en mi formación como psicóloga, fueron los conflictos vinculares. Las relaciones insalubres. Patológicas. Pero, sobre todo, los motivos que hacían que una persona permaneciera allí, donde podía hacer cualquier cosa menos amar o ser amado. Esperando eternamente a que crezca una flor, plantando una semilla en medio del asfalto.

Me refiero a todos los vínculos que constituyen nuestra vida de relación, incluso y fundamentalmente, al que mantenemos con nosotros mismos. Y digo fundamentalmente porque entiendo que cada vez que nos relacionamos lo hacemos con todo lo que somos.

Nuestros miedos, nuestras heridas, nuestros duelos, nuestros nudos irresueltos, nuestras vivencias pasadas, nuestro presente, nuestra proyección de cara al futuro.

Entonces, cada vez que abrazamos a una persona o a un árbol, toda nuestra identidad se pone de manifiesto. De esta manera, uno descubre aspectos de sí mismo que, hasta que no son desplegados, le resultan desconocidos.

Esa ignorancia es la que muchas veces nos empuja a cruzarnos con el otro, sin haber peleado nuestras propias guerras, convirtiendo el escenario en una batalla, creyendo de manera errónea que son exactamente lo mismo. Lo primero que hacemos es intentar arreglar la batalla, sin saber los motivos reales que la desencadenaron. Y cuando uno desconoce el nombre de la enfermedad, lo más probable es que todos los remedios resulten inútiles.

Si alguien me preguntara cuánto tiempo me llevó escribir estas páginas, diría que toda mi vida.

La modalidad que recorre este libro se basó en una premisa fundamental: la libertad. Me refiero a que no quise encorsetar mis ideas usando una sola herramienta literaria. Es que yo no quiero contar una historia. Yo quiero dejar un mensaje a través de varias historias.

El lenguaje, tanto como mi formación en la psicología, incluye instrumentos que decidí tocar como quiera, como sienta, y darme el permiso para formar melodías. O lo que no es menor, dejar las notas preparadas para que sean ustedes quienes elijan su canción.

Prosa, poesía, ensayo, cuentos, narrativa, lo que sea. El lenguaje a mi disposición y no yo a disposición del lenguaje. Palabras que guíen, que orienten, que sumen, que interpelen y, sobre todo, que dejen enseñanza.

Palabras.

Palabras.

Mi forma de conectarme con las cosas siempre fue mediante el silencio. Nada en la vida me ayudó tanto, y lo sigue haciendo, como las charlas rutinarias que mantengo en estado de quietud, en soledad, conmigo misma.

El silencio es mi patria. Lo defiendo de todos aquellos que no logran entenderlo y, por eso, no pueden respetarlo. No creo que haya nada más invasivo y perturbador en mi vida que aquel que intenta sacarme de mi tierra. El lugar donde reposo. Donde piso y germino. Donde vibro con la paz y la fascinación por la vida. El silencio, para que quede bien claro, es el único lugar que no voy a abandonar por nadie ni por nada del mundo.

Cuando el otro no lo acepta, lo cuestiona, se enoja o me demanda, siento rechazo. No lo quiero ver más. Así de determinante es la cuestión.

Sin embargo, y atentando contra mis propias certezas, hubo algo que me sacudió de manera inédita. Realmente me atormentó tanto que ir a mi paraíso encontrado me resultaba perturbador. Ahí, donde todo era hermoso, de repente se había transformado en un lugar del que quería huir a cada rato.

Por primera vez, en toda mi vida, el silencio me estaba incomodando.

¿Qué fue lo que me expulsó de mi propia tierra? Este libro.

Todas las palabras acá escritas son auténticas, provienen de experiencias y relatos de la vida real. Modificadas un poco, cuando el texto lo pedía, para preservar la identidad de los protagonistas.

Puedo decir con absoluta honestidad que ninguno de estos relatos me pertenece y, sin embargo, todos ellos también son míos.

Después de cada punto final, cerraba la computadora y aparecía una coma en mi cabeza. Me costó mucho separarme de los relatos y continuar con mi vida cotidiana.

Cada palabra, cada historia que no me pertenecía, me confrontaba con mis propias carencias. O lo que es probable, las había olvidado. Mi propia mano no solo redactaba, sino también me delataba.

Es que sí.

Yo también silencié, acepté, no escuché, di, me ofrecí, insistí, permití, me tapé los ojos, me tapé los oídos, minimicé, me mentí, me engañé, me vendí, me apagué, me dormí, me abandoné, me ridiculicé.

Yo también actué de buena, de divertida, graciosa, generosa, solidaria, inocente, incondicional, de abierta, de comprensiva, de amiga, de amante, de secretaria, de psicóloga. De boluda.

Yo también lloré en silencio, grité en silencio, rogué en silencio, y escribí millones de cartas que tenían un remitente de carne y hueso, pero un destinatario que no sabía dónde vivía.

Yo también aluciné, inventé, edité, estrangulé, acomodé, desacomodé, deseé, me ilusioné. Mendigué. Me humillé. Descorché mi dignidad más de una vez, mientras el champagne se lo tomaba otro.

Yo también me victimicé, engañé, mentí, inventé. Me fui. Me escapé.

Y podría estar escribiendo miles de “yo también”. Pero, sobre todo, lo que más me importa dejar asentado frente a mis propios ojos es que todo eso que hice fue por lo mismo que hacemos lo que hacemos: para que el otro no nos abandone. No nos deje. No nos lastime. Nos valide.

Finalmente, para que el otro nos quiera.

Tenemos hambre de amor y, en esa voracidad, comemos lo que sea. Nos volvemos poco selectivos. Animales que intentan llenar el estómago con lo que haya. Confundiendo amor con necesidad. Gratuidad con utilitarismo. Dar para recibir.

De eso se trata este libro.

De todos los espacios donde pretendemos amar y ser amados y, sin embargo, eso no sucede. Y no porque el problema lo tenga el amor, sino porque hay algo recurremente fallido, que se encuentra en dónde y en cómo lo estamos buscando.

De los vínculos patológicos.

De nuestros propios síntomas arrojados y puestos en evidencia en el encuentro con el otro.

De nuestros mecanismos defensivos que intentan defendernos de un mal mayor.

De nuestra tolerancia construida sobre el miedo de que el otro se marche.

De esos lugares en los que uno se esconde para no confrontarse con la verdadera historia, con el verdadero iceberg que hay que derrotar.

Lo que no sabemos es que ese iceberg, durante mucho tiempo, fue solo agua. Y que el agua se transforma en hielo cuando la llenamos de inviernos.

La buena noticia es que, con un poquito de fuego, podemos empezar a derretir el edificio que fuimos construyendo con nuestras miserias, intentando así regresar al estado originario. Donde lo único que teníamos que resolver

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