Mi peor cuplé, mi mejor retirada

Fragmento

Prólogo

A Piruja siempre le gustó contar historias.

Siempre cuando charlás con él aparecen las historias, propias y ajenas.

Parece que para Hugo la vida es la suma de esos pequeños momentos. Piezas de rompecabezas que van conformando el relato de la vida.

Con sus historias nos va dibujando personajes, momentos, ideología, lugares..., para cada cosa Piruja tiene una.

Sería muy fácil pensar que Hugo cuenta anécdotas. Relatos divertidos destinados a pasar el rato y amenizar las reuniones.

Cuando era chico yo pensaba que era así, me reía como loco de los cuentos del Piruja, ya fueran de aventuras propias o ajenas.

Con los años me di cuenta de que las historias de Piruja eran mucho más que anécdotas. Eran relatos que fotografiaban momentos de la vida, que regalaban reflexiones sobre el mundo y las personas.

Hablaban de la solidaridad, el engaño, el amor, la traición, la creatividad, la mentira... sus historias venían acompañadas de humor, pero este era solo el envase de algo mucho más importante: enseñanzas de vida.

Viví muy de cerca su condición de alcohólico, la sufrí, como la sufrimos todos lo que lo queremos y lo rodeamos.

En uno de sus momentos malos, recuerdo que en casa se habló un poco de Alcohólicos Anónimos, no recuerdo si fue mi madre o yo que hablamos con una persona que había pasado por esa experiencia. Recuerdo poco de eso, pero algo me quedó grabado a fuego, no sé si será cierto o simplemente es un recuerdo entreverado de aquellos días.

Decía que el alcohol hacía pasar por tres etapas, el mono, el león y el chancho. Como que eran las fases de una borrachera, uno empieza siendo gracioso, pasa a envalentonarse y llevarse el mundo por delante, para al final terminar revolcándose en el lodo.

Cuando leí este libro me acordé de inmediato de aquello. Fue como ver la historia de una borrachera arrastrada durante décadas.

Este libro es como acompañar a un amigo en curda, nos divierte al principio, nos mete en líos después por las estupideces que quiere o logra hacer y al final terminamos contemplando su decadencia cuando se vomita encima y no logra enfocar su mirada.

Cuando terminé de leer estuve varios minutos en shock.

Puse las hojas impresas en la mesa de luz y me quedé con los ojos abiertos, descansando, porque leer me había quitado energías.

Estaba triste. Impotente.

Ver que estuve ahí todos esos años, todos estuvimos ahí y no pudimos frenar ese tren que iba derecho a chocar. Pero no podíamos ayudarlo, porque el problema era que Piruja no se quería ayudar, él quería chocar, él quería seguir haciéndose daño.

Perdón si por momentos esto se vuelve un prólogo-catarsis, pero todo esto me movilizó mucho y creo que lo más justo es compartirlo. Compartirlo como lo hace Piruja, en una increíble muestra de valentía, abrazando sus demonios y presentándolos a todos quienes quieran verlos.

Creo que este libro tiene una doble función, la más importante, la de ayudar a otros.

La de alertar a aquellos que tienen problemas con el alcohol o tienen familiares o amigos que los tienen.

El alcohol destruye. Nos destruye el cuerpo, pero lo que es peor: destruye todo y a todos los que tenemos alrededor.

No crean que el alcohol es algo inocuo, no crean que solo los afecta a ustedes, lean las historias de Piruja y se van a dar cuenta de todo el daño que provoca el alcohol.

Piruja lo sabe y lo cuenta.

Miró de frente todas las cagadas que hizo en su vida porque estaba enfermo; cuando el alcohol se evaporó de su cuerpo se puso en los zapatos de ese amigo, de esa compañera, de ese familiar a los que les hizo daño y tuvo el coraje de aguantar, sentir el dolor del otro y soportarlo.

Le debe haber carcomido las entrañas, el remordimiento lo retorcía por dentro y no tengo dudas de que estaría desesperado por tomar un whisky, por servirse un buen farol donde ahogar todos esos remordimientos.

Muchas veces lo hizo, pero al final dijo basta y aguantó, y aguanta.

Cada día es una prueba y cada noche cuando pone la cabeza en la almohada debería dormirse con una sonrisa, porque logró vencer a sus demonios un día más.

Porque crean que es así: Piruja y otros miles en el mundo libran esta batalla día a día, hora a hora y muchos miles piensan que es una batalla perdida, imposible de ganar.

Pues no, eso tiene de bueno este libro, que demuestra que después de que a Piruja lo tiraron a la lona round tras round él sigue de pie y luchando, con la guardia en alto, dispuesto a seguir combatiendo.

Dije que el libro tiene una doble función y hasta ahora sólo hablé de una, lo que puede representar el libro para quien lo lee, pero también creo que es un paso más para Piruja en reconciliarse consigo mismo. No sólo está dispuesto a asumir sus errores sino que está dispuesto a ponerlo sobre un papel y que la gente lo pueda leer.

Después del shock cuando terminé de leer, después de esa tristeza de pensar en tanto dolor, el libro me dejó muy contento, porque siento que Piruja ganó y le quiere enseñar a otros que pueden ganar también.

GONZALO CAMMAROTA

Prefacio
Del corazón a la mano que escribe

Esta es una historia que puede sucederle a cualquiera.

Es la historia de alguien que, durante muchísimos años de su vida, no supo que la química que contenía en su cuerpo era la de un alcohólico.

Nací el 30 de agosto de 1949, descendiente de inmigrantes gallegos que, a fuerza de trabajar mil horas al día lograron una buena estabilidad económica, la que fue legada a sus hijos y nietos (mis padres, mi hermano, mis primos y yo), simbolizada en una herencia que continúa hasta estos días: mesas amplias en las que se destaca la abundancia desbordante de alimentos en cada comida.

Siempre fue así. Generación tras generación.

El barrio que me vio llegar al mundo fue el del Parque Rodó.

En aquellos años de vacas gordas que empezaban a adelgazar, los vecinos nos conocíamos entre todos y, durante la niñez y la adolescencia, jugábamos en la calle al fútbol sin preocupaciones y sin tiempo exacto.

Durante ese lapso etario, en el verano iba a la playa, compartiendo inolvidables picados de fútbol que, muchas veces, finalizaban en grandes trifulcas, que inexorablemente terminaban con la clásica zambullida que nos dábamos en la casi siempre marrón agua de la playa Ramírez.

Mi padre me anotó con el nombre de Hugo

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