El papa Borgia

José Catalán Deus

Fragmento

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Prólogo

 

 

 

 

En su afán de limpiar la memoria de la Iglesia, el papa Juan Pablo II ha pedido perdón por diversos pecados cometidos en sus casi dos mil años de historia, y ha hecho denodados esfuerzos por explicar actuaciones discutibles del pasado. El Pontífice se ha cuidado mucho de responsabilizar de aquéllos y éstas a sus antecesores, pues una regla no escrita obliga al ocupante del Vaticano a aceptar la labor de su antecesor sin fisuras ni críticas.

Existe, sin embargo, una llamativa excepción a esta norma: el papa Borgia, condenado sin paliativos ni eximentes por la propia institución desde el mismo momento de su muerte hasta el día de hoy. Su mismo sucesor —y enemigo acérrimo—, Julio II, sancionó con la autoridad que le confería la tiara papal la leyenda difamatoria contra los Borgia orquestada por sus enemigos. Luego, con los años, han sido los propios historiadores católicos los que más severamente han juzgado a este papa, dando alas a los artífices del mito novelesco de los Borgia, convertidos en sinónimo de todas las perversiones.

¿Por qué este ensañamiento? Sin duda hay pecados y pecados, y los del sexto mandamiento resultan de especial peso para la Iglesia. Alejandro VI, hábil político y extraordinario negociador que aseguró la supervivencia del Vaticano en momentos dificilísimos fortaleciendo su poder temporal, ha sido presentado —sin suficientes pruebas— como un hombre de desmesurado apetito carnal, engendrador de hijos ilegítimos, algunos de ellos tan famosos como Lucrecia o César Borgia. Sin embargo, ello no bastaría para explicar su ejemplar condena, pues otros papas antes y después de Rodrigo Borgia se saltaron sin mayores problemas las normas del celibato sacerdotal, especialmente en el Renacimiento.

Habría que pensar que en el papa español confluyeron una serie de circunstancias que le convirtieron en el chivo expiatorio ideal de todos los males de ese largo y complejo periodo. Para decirlo en pocas palabras, Alejandro VI ha sufrido profusión de detractores y ausencia de valedores. Hoy, a quinientos años de distancia, la figura de Alejandro VI emerge de nuevo, con luces y sombras, aciertos y errores, pero libre de la leyenda monstruosa y del ensañamiento injustificable con el que la Iglesia le ha pagado.

Ésta es la historia de una figura de primera magnitud, un papa excepcional al que la Iglesia católica debe mucho, pero que por abandono de propios y envidia de extraños, por azares del destino y caprichos de la historia, fue convertido en personificación del mal, y cuya memoria, obra y dimensión histórica han estado sometidas a cinco siglos de leyenda negra, esencialmente injusta.

Es la historia de un español avant la lettre de aquellos tiempos memorables en que España se forjaba. Fue un valenciano, ciudadano de la Corona de Aragón, que asimiló sin problemas la italianidad necesaria para ascender al trono de Pedro en tiempos de máxima confusión entre los poderes temporal y espiritual. Rodrigo Borgia, como todos los papas del último Medievo, del periodo renacentista y posrenacentista, fue un monarca absoluto al frente de una Monarquía similar en todo a las de las naciones europeas, salvo en un aspecto clave: la herencia. La soledad suprema de los papas, rodeados de extraños, a menudo enemigos, y en su caso de vasallos traidores, convertía a la propia familia en el único soporte fiable para el pontífice. La de Alejandro VI contribuyó extraordinariamente a la empresa de unificación y fortalecimiento del poder de la Iglesia, pero el papa español no consiguió dar continuidad a su obra y su empresa finalmente naufragó repentina y estrepitosamente.

Si Alejandro VI y su familia hubieran conseguido apuntalar su poder en el Vaticano y el control de la Curia arrebatado a las familias romanas e italianas que lo habían usufructuado hasta entonces, páginas históricas muy distintas se habrían escrito en los siglos posteriores.

Nuestro interés por el personaje nació en el año 2000, con la presentación en Roma del Año Borgia que iniciaba de forma increíblemente tardía una tímida reivindicación de su memoria. Poco a poco, la ciudad nos fue mostrando la huella de este pontífice denostado en calles y monumentos, desde el escudo con el buey de los Borgia en una esquina de Campo dei Fiori al enorme blasón pétreo presidiendo el castillo de Sant’Angelo.

El impulso para acometer la tarea de escribir este libro llegó con la exposición I Borgia, l’arte del potere, celebrada en 2002. Al iniciar la visita, la mirada aún titubeante del visitante se encontraba de frente con cuatro pequeños retratos. Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, ocupaban el centro, escoltados a su derecha por el almirante Cristóbal Colón y a su izquierda por el papa Rodrigo Borgia. Sin quizá pretenderlo, los organizadores de la exposición parangonaban el Descubrimiento de América, obra de un genovés al servicio de la Corona de España, con otro descubrimiento también notable, el de Roma y el cetro de la Cristiandad, obra de un valenciano no menos audaz y osado, al servicio de una Iglesia a la que había sido destinado desde los siete años. De los dos «descubrimientos», el uno, América, era todo un Continente; el otro, San Pedro de Roma, era la dirección política y espiritual de la Cristiandad, otro «continente» no menos vasto y complejo.

Este libro es un intento de acercarse al verdadero Rodrigo Borja, el papa Borgia, una figura oscurecida por la calumnia. Es un reportaje histórico, la crónica de un viaje en el tiempo, que no aspira a parangonarse con los libros de historia, sino a despertar en el lector las mismas perplejidades sobre la veleidosa fama que afloraron en los autores cuando, embarcados en busca de un personaje legendario, encontraron otro mucho más interesante, una persona de carne y hueso, un Papa en cuerpo y alma.

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CAPÍTULO I

Un seminarista huérfano, de Valencia a Roma

 

 

 

 

No se conoce con exactitud la fecha de nacimiento del que sería uno de los pontífices más famosos en la larga historia de la Iglesia católica. Rodrigo Borja, que reinaría con el nombre de Alejandro VI, nació el 1 de enero de 1431 según Ludwig von Pastor, que ha sentado cátedra en la materia con

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