Todas las historias de amor son historias de fantasmas

D. T. Max

Fragmento

Prefacio

Prefacio

En el momento de su trágico suicidio en septiembre de 2008, David Foster Wallace era el escritor más destacado de su generación, el que había abierto el camino más novedoso y al que los demás, de forma directa o indirecta, tomaban como guía.

Aclamado a los veinte años, quemado y hospitalizado por depresión y abuso de drogas antes de cumplir los treinta, consiguió salir de todo ello y escribir La broma infinita. Esta novela de 1.079 páginas sobre una academia de tenis y un centro de rehabilitación de adicciones que están separados por «una alta y más o menos desnuda colina», sigue siendo la novela americana más influyente de los años noventa, el mejor intento del que disponemos de capturar la realidad de un mundo irreal. Desgarbado, con su melena desgreñada sujeta por una bandana, sus gafitas de abuela casi perdidas en su ancho y bonito rostro, Wallace la persona, como Wallace el escritor, fue una mezcla inusual de cerebro e impetuosidad.

En las honras fúnebres que se celebraron tras su muerte, se reunieron diversos novelistas en su recuerdo. Zadie Smith, que una vez había dicho célebremente de su amigo que era «tan moderno que se encuentra en un continuo espacio-tiempo diferente del resto de nosotros», alabó «un talento tan evidentemente genial que confundía a la gente». Jonathan Franzen habló de su inigualable «virtuosismo retórico» y del aroma a ozono que la «precisión crepitante» de la prosa de Wallace dejaba tras de sí. Ese crepitar estaba originado por un estilo literario distinto del de todos los demás. Una frase de Wallace se reconoce inmediatamente por su ambición, por su longitud y por una sintaxis que adquiere en ocasiones un ritmo que recuerda a Gerard Hopkins. Vea el lector esta extraída de su famoso artículo sobre el crucero por el Caribe «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer»: «Por fin, sepan que el movimiento de un plato no alcanzado sobre la gigantesca cúpula lapislázuli del cielo abierto del océano se parece al del sol —es decir, es naranja, tiene una trayectoria parabólica y va de derecha a izquierda— y que su desaparición en el mar la lleva a cabo de lado, sin levantar espuma y resulta triste».

Estas palabras son distintas de las que cualesquiera otros autores contemporáneos —incluso aquellos con talento— hubieran escrito. Wallace abordaba sus temas de una forma más personal y más intensa. Y la intensidad de su compromiso es lo que mantenía hasta tal punto cautivados a sus lectores.

Muchas personas —una diversidad notable de personas— han experimentado esa sensación al leer a Wallace. El lamento de otros escritores por la ausencia de Wallace no fue la sorpresa que los numerosos homenajes en su memoria revelaron. Pero ¿qué pensar de todos esos hombres y mujeres jóvenes que aparecieron por decenas y atestaron el servicio especial de la Universidad de Nueva York al que yo acudí, un mes después de su muerte, y para quienes Wallace no era solo su escritor favorito, sino casi su único escritor? Este tipo de lectores, comprendí entonces, estaban cerca de la categoría de groupies. Algunos de ellos tienen las palabras de Wallace tatuadas en el cuerpo. Hablan de los pasajes favoritos de sus libros: «¿Y entonces, tío, cuál es tu historia?», dicen a menudo, citando La broma infinita. O se refieren a la pregunta que Wallace planteó en el artículo «Hablemos de langostas»: «¿Está bien hervir a una criatura viva y sensible solamente para nuestro placer gustativo?». Y disfrutan dando su explicación acerca del ambiguo final de La broma infinita (en un momento dado Wikipedia ofrecía cuatro soluciones posibles).

Pero más sorprendente aún era la cantidad de personas de entre las presentes en la Universidad de Nueva York aquel día que ni siquiera habían leído los libros de Wallace o que, como mucho, habían picoteado alguno de ellos. ¿Qué estaban haciendo allí? Después pude escuchar sus conversaciones y descubrí que de lo que hablaban era de la vida de Wallace. Para esta gente, el trágico final de Wallace les hacía sentirse personalmente menoscabados. El mundo les resultaba ahora un lugar menos navegable o comprensible. Esta sensación de vulnerabilidad volvió a aflorar una y otra vez en la red en días posteriores: «Estoy sorprendido por el modo en que me ha afectado la muerte de Wallace; me afecta no en plan “Oye, qué mal”, sino en plan “Vete, no quiero hablar con nadie”», fue uno de los comentarios escritos en una página web cristiana. «La última vez que experimenté algo parecido relacionado con alguien que no conocía fue con John Lennon.» En otra página web, otra persona escribió acerca de cómo el ejemplo de Wallace le había ayudado a superar su adicción a la heroína.

Uno de los colaboradores de themillions.com dio una explicación certera para esta identificación: Wallace, escribió, «fue como una caricatura extrema de muchos rasgos generacionales: polímata, irónico, brillante, confundido y sometido a una fuerte presión por aparentar». El comentario me hizo ser consciente de la profundidad con la que la gente leía su propia vida en la de Wallace. Se identifican con su genialidad, con su depresión, con su ansiedad, con su soledad, con sus frustraciones, con su éxito temprano, con su asombro ante el hecho de que el mundo no sea más amable, y con su disgusto por lo difícil que resulta decir exactamente lo que uno quiere. Conocen o intuyen sus batallas. Hablan de lo duro que trabajó para mantenerse cuerdo y feliz en un mundo difícil.

¿Cuál es la parte de la vida y la obra de Wallace que les atrae? ¿Cómo llegó Wallace a convertirse en la encarnación de un sentimiento compartido por numerosas personas que no han llegado más allá de la página setenta de La broma infinita? La muerte de Wallace fortaleció esta conexión, sin duda, pero la relación existía ya desde hacía décadas. En los cuarenta y seis años de su corta vida, Wallace había llegado a ser, de algún modo, representativo de toda una generación.

Yo no estaba esperando encontrar un tema biográfico en el que trabajar. Era lector de Wallace, pero también era lector de muchos otros escritores. Era lector de Updike, lector de Martin Amis, lector de Flaubert. Reconocía en Wallace un estilo magistral, a un autor con una habilidad seductora para hacerte ver el mundo tal como él lo veía. Pero fue solamente a partir de los homenajes cuando empecé a entender lo que podía significar contar la historia de la vida de Wallace.

Era posible escribir sobre él de forma diferente porque él tuvo objetivos más allá de lo común. Su vida y su escritura estaban conectadas de una forma única. Había querido hacer que sus lectores reflexionaran sobre cómo asumir una implicación con el mundo, cómo vivir bien en una época difícil. Tras todas esas frases gloriosas, esos pensamientos incesantemente recursivos, esa tendencia a advertir y registrar cada expresión del habla que se convirtió en su firma, había un proyecto moral. «Aprender a pensar significa en realidad aprender a desarrollar cierto control sobre cómo y

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