El último golpe tupamaro

Antonio Mercader

Fragmento

INTRODUCCIÓN

En 1969, junto con Jorge de Vera, publicamos el primer libro que se escribió sobre los tupamaros.1 Durante seis meses fue un éxito editorial, quizás como pocos en la historia del país, hasta que el gobierno de Jorge Pacheco Areco prohibió su venta. Ese libro fue portador de venturas y desventuras. Entre estas últimas la más relevante fue el juicio penal que nos inició el entonces director policial de Información e Inteligencia y que sorteamos con la generosa ayuda del escritor y abogado Carlos Martínez Moreno. Del lado de los tupamaros no nos fue mejor pues desde sectores afines al MLN surgió la ridícula versión de que la mano de la CIA había guiado la nuestra. Del otro lado, la sospecha de complicidad con los tupamaros nos persiguió en los años de la dictadura. Así, aquel Uruguay radicalizado se rehusó a aceptar un trabajo periodístico que pretendía dar testimonio sobre un aspecto acuciante de la realidad uruguaya. Ojalá que este nuevo libro, dedicado al último golpe armado con participación de tupamaros, merezca otro tipo de acogida.

En efecto, se trata de explicar por qué el último golpe armado en donde intervinieron tupamaros ocurrió el 24 de agosto de 1994 ante el hospital Filtro, es decir 31 años después de aquel robo de armas en el Club de Tiro Suizo, en Colonia, que marcó el comienzo de la andadura del MLN. Un golpe asestado para resistir la extradición de tres miembros de ETA, la banda terrorista que azota a España desde hace más de medio siglo. Lo que se ofrece es una visión distinta de la que hasta hoy, propulsada por la izquierda, predomina sobre el trágico episodio del Filtro en donde perdió la vida un joven y hubo decenas de heridos.

Esos sucesos ocurrieron casi diez años después de recobrada la democracia en Uruguay, cuando dirigentes tupamaros se postulaban por primera vez como candidatos a legisladores en las elecciones de noviembre de ese año. Aquello parecía la señal de que los viejos guerrilleros optaban por las urnas y abandonaban para siempre las armas. Sin embargo, en el Filtro se vio que no era así. La policía, mal equipada, fue sorprendida por el número y la belicosidad de los manifestantes que lanzaron piedras, cócteles Molotov y, más grave aún, dispararon armas de fuego contra los agentes, como pudo comprobar la Justicia. Es cierto que la actuación de los uniformados fue caótica y brutal, pero también es verdad que una vez desatada la violencia callejera los excesos suelen ser incontrolables.

Después, hubo dos reacciones consecutivas, pero de distinto signo en el Frente Amplio y el PIT-CNT, propulsores de la protesta ante las extradiciones. La primera fue de autocrítica y condena a los tupamaros, señalados por los líderes de la izquierda como los principales culpables de lo sucedido. Después, la ola de denuncias contra el MLN cedió ante los llamados a concentrar los ataques en los conductores de la represión. Con el paso del tiempo, aquel rasgarse de vestiduras de la izquierda, la admisión de culpas y los reproches a los tupamaros, fueron quedando en el olvido para atribuirle la entera responsabilidad al gobierno de la época. Así, la versión final de los hechos quedó desbalanceada, una situación que este trabajo pretende enmendar.

Al mismo tiempo, se procura analizar la incidencia de los sucesos del Filtro en el resultado de las reñidas elecciones nacionales de 1994 y, más importante todavía, su influencia en la interna del MLN, en donde lo ocurrido aquel 24 de agosto determinó el abandono definitivo de la idea de un eventual retorno a la lucha armada. Una decisión entre cuyas consecuencias más relevantes figura el arribo, por la vía electoral, de un exjefe tupamaro –y exprotagonista de aquella trágica jornada– como José Mujica a la presidencia de la República.

Borroneada por el paso del tiempo y distorsionada por versiones interesadas, la relación MLN-ETA, cuyo origen se remonta a los años sesenta, también quedó en el olvido. Sin tomar en cuenta los vínculos entre ambas organizaciones guerrilleras, la solidaridad existente entre ellas y la ayuda que se brindaron recíprocamente en diversas etapas de su trayectoria, es imposible entender esta historia. Por eso, aquí se explican los nexos entre ambos grupos que permiten entender por qué los tupamaros se jugaron tanto contra la extradición de aquellos etarras a la postre condenados por la Justicia española.

Por último, se muestra la confusión de muchas de las personas que concurrieron al Filtro de buena fe, convencidos de que los tres detenidos eran nobles luchadores por la causa vasca y merecedores del asilo político. Si bien algunos fueron conscientes de que se trataba de terroristas, la mayoría de los manifestantes no los consideraba como tales sino como víctimas de una persecución por parte de los gobiernos de Uruguay y España. La excelente reputación de los vascos en nuestro país, así como la falta de información sobre las actividades criminales de ETA, también jugaron su papel.

Huelga decir que el libro pudo completarse gracias a la cooperación de numerosas personas. En España, el escritor y periodista Florencio Domínguez, una autoridad sobre la historia de ETA y en particular sobre sus conexiones en América Latina, estuvo siempre dispuesto a auxiliarnos. Del mismo modo, el jefe del Instituto de Estudios de Policía del Ministerio del Interior de España, José Cabanillas Sánchez, nos brindó en Madrid valiosos datos. En Uruguay colaboraron dos protagonistas: el exministro del Interior, Ángel Gianola, que nos suministró documentación de su archivo privado, y el exdirigente e historiador del movimiento tupamaro, Eleuterio Fernández Huidobro, que nos concedió una larga entrevista. A ellos y a otros que prefieren no ser citados cabe agradecerles y, por supuesto, aclarar que son inocentes respecto al contenido de esta obra.

Disparos contra la democracia

A las ocho de la noche del 24 de agosto de 1994, Julio Arocena Nocetti, un afable bodeguero de Florida, entraba al despacho presidencial en el séptimo piso del Edificio Libertad. Tenía una audiencia fijada con un mes de antelación para hablar sobre la difícil situación de los viticultores, pero permaneció mudo apenas se sentó en un sofá junto al presidente de la República, Luis Alberto Lacalle.

Algo grave ocurría afuera, ante la Casa de Gobierno, a juzgar por el griterío y el ulular de las sirenas. Instantes después, asomados a la ventana, Lacalle y Arocena no daban crédito a sus ojos. Un convoy de tres vehículos, encabezado por motos y patrulleros policiales, abría el paso a tres ambulancias que bordeaban el monumento a Luis Batlle. Horrorizado, Arocena vio que “desde el grupo de personas apostadas en la esquina de Luis Alberto de Herrera y bulevar Artigas disparaban una ráfaga de balazos contra la caravana”.

¿Quién podía disparar sus armas contra la Policía en aquel Uruguay democrático y pacificado desde hacía una década?, se preguntó Arocena.

Casi un cuarto de siglo había transcurrido desde que el país presenciara disturbios callejeros de ese calibre. Es c

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