La economía al alcance de todos

Fragmento

Introducción

“Hola, Laura, ¿cómo estás?, esta es la sala anterior al quirófano. Yo soy Roberto y voy a estar a cargo de ti antes de que pases a la operación. Te voy a ir dando un sedante. ¡Qué bravo que viene este año!, ¿no? Decime, ¿se nos viene una crisis? ¿Mejor irse preparando?”.

 

“Hola, Laura. ¿Estabas dormida? Soy la radióloga que asiste en la operación, para que vean bien dónde está la piedra. Disculpame si te desperté, pero no podía dejar pasar la oportunidad: ¿qué va a pasar con Argentina? ¿Explota antes de las elecciones o se aguanta?”.

 

“Hola, Laura, ya estás en la sala de operaciones, soy tu anestesista. Te doy el suero de la verdad y ahora sí nos vas a decir a cuánto va a estar el dólar a fin de año”.

 

Aunque parezca disparatada, esta anécdota es 100% real. Así empezó mi día el 17 de junio de 2015. ¿El motivo? Una piedra en el riñón. ¿Las preguntas? Las mismas que suelo recibir cuando me subo a un taxi, voy de compras o tomo un ascensor.

Entender las noticias, prever lo que pueda suceder, calcular cómo esto va a afectar nuestra vida personal y nuestro trabajo…: la avidez de las personas por dominar la economía es mucho mayor de lo que se cree y cala hondo en todas las capas de la sociedad.

No es para menos: de la economía depende cómo vivimos, si a la empresa que nos contrata le va bien, si llegamos o no a fin de mes, si le festejamos el cumple de 15 a la nena, si reformamos la cocina o si compramos los pasajes y hacemos aquellas vacaciones soñadas.

No en vano la economía ha impulsado y derrocado presidentes. Como muestra basta recordar la frase popularizada por quienes impulsaron la campaña de Bill Clinton, cuando competía contra George Bush en la carrera hacia la Presidencia de los Estados Unidos, en 1992: “The economy, stupid” (“La economía, estúpido”). Los asesores de Clinton aseguraban que la economía y su impacto en la vida cotidiana eran lo que más importaba a los votantes, mientras que Bush apoyaba su campaña en sus éxitos en política exterior. Las urnas le dieron la razón a Bill.

A pesar de la influencia que esta materia tiene en la vida de la gente, muchos economistas suelen hablar con un lenguaje complicado, usan palabras técnicas y se impacientan si una persona no les sigue su rápido razonar. Es el dialecto que incluye el stock, los ciclos, las desaceleraciones, los arbitrajes o las leyes monetarias… A tal punto reinan los números, los porcentajes y las curvas que por momentos se duda de que la economía sea una ciencia social.

Desde que empecé a dar clases en la Facultad de Ciencias Económicas, a los 21 años, intenté bajar la economía a tierra. Hice lo posible por explicar que se trata de personas que toman decisiones y de una cadena de efectos que se producen a causa de esas decisiones. Más adelante, trabajar en un diario me hizo poner esas explicaciones por escrito. Pero sin duda el desafío más grande que enfrenté en esta materia fue la pantalla de la TV: tuve que aprender a comentar una noticia económica –y cómo esta impactará en las personas– en apenas tres minutos, con tan solo una gráfica de apoyo.

Mi columna semanal en Telemundo me acercó a la gente, y con este acercamiento llegaron la curiosidad y las preguntas en lugares tan insólitos o variados como una sala de operaciones, una góndola de supermercado, una reunión de amigos o la vereda de mi casa.

Este libro recopila algunas de esas interrogantes y trata de responderlas, brindando un material de lectura ágil para entender mejor la realidad, las noticias y cómo estas se encadenan para afectar nuestra vida personal y profesional.

Capítulo 1

MÁS POR MENOS

LA INFLACIÓN

–Les voy a hacer la prueba del millón. Les digo lo que compré en el súper y tienen que adivinar cuánto me salió. Y tiren para arriba porque cada vez le dejo más plata a la cajera.

Boleta en mano, Anita desafió a sus amigos:

–1 paquete de 6 jugos chicos, 6 empanadas de carne, 6 barritas de cereal, ½ kilo de manzanas, 1 pan para tostadas, 2 leches y 1 chocolatada.

–500 pesos –tiró a embocar uno de ellos.

–Vos que nunca preparaste una vianda no tenés chance –se rio la más experimentada en góndolas, mientras hacía cuentas cerrando un ojo, para rematar con gesto de tenerlo claro–: 800.

Estuvo cerca: el importe total ascendía a 815 pesos. Hace diez años hubiera pagado alrededor de 374 pesos.

 

No hay nada más frustrante para nuestro bolsillo que ir a hacer el surtido en el supermercado o en el almacén y descubrir que comprando lo mismo que antes ahora hay que pagar más. O visto de otra manera: que ese billete de mil pesos rinde cada vez menos.

La pérdida del poder adquisitivo se da cuando en una economía hay una suba persistente y generalizada del nivel de precios. A esta suba se le llama inflación y se la compara con un impuesto silencioso que se mete en el bolsillo de las personas quitándoles parte de lo que ganan. De ahí a que a veces se utilice la expresión impuesto inflacionario.

A la inflación se la compara con un impuesto silencioso que se mete en el bolsillo de las personas quitándoles parte de lo que ganan.

¿Cómo se mide la inflación?

Para medir la inflación, es necesario establecer el “nivel” de precios de una economía y calcular cómo varía mes por mes. Ese “nivel” de precios se construye identificando cuál es la canasta de consumo representativa de los hogares de ese país, incluidos rubros tan variados como vivienda, transporte, esparcimiento, alimentos, mantenimiento del hogar, medicamentos o educación.

Una vez identificada esta canasta, solo resta ver cuánto cuesta y calcular cómo varía ese costo. De esta manera, se podrá tener la inflación mensual y anual de una economía.

En Uruguay la inflación es calculada y publicada mensualmente por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Para estimar la inflación, el INE toma en cuenta dos factores:

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos