Vivir mejor con menos

Albert Cañigueral

Fragmento

cap

1

¿Cuántas cosas poseemos?

Algún día miraremos atrás al siglo XX
y nos preguntaremos por qué
poseíamos tantas cosas.

 

BRYAN WALSH, Time Magazine

 

Mi viaje en primera persona

 

No recuerdo muy bien cómo, unos diez años atrás, recibí un correo electrónico que contenía el texto que sigue a continuación:

Un viajero llegó de visita a la casa de un sabio maestro. Al entrar, se dio cuenta de que la morada del anciano consistía de un colchón en el suelo y unos pocos libros. Extrañado, el viajero le preguntó:

—Disculpe, ¿dónde están sus muebles?

El anciano miró con calma al visitante y le respondió con otra pregunta:

—¿Y dónde están los suyos?

—Pero si yo solo estoy aquí de paso —replicó el viajero.

El maestro sonrió levemente y continúo:

—Yo también estoy de paso en esta vida, y mal haría en cargar mi existencia con todos los armarios de mi
pasado.

Esta historia tiene muchas interpretaciones posibles, en función de lo que uno entienda por «los armarios de mi pasado». En mi caso, la interpretación fue literal, ya que justo había terminado mi tercera mudanza en Barcelona esa misma semana. En cada mudanza había podido experimentar que, sin querer ni ser consciente de ello, iba acumulando un montón de cosas. El resultado era que mover «los armarios de mi pasado» a un nuevo hogar resultaba cada vez más complicado.

Lo cierto es que no le di mayor importancia a la anécdota y seguí con mi vida, trabajando desde casa para una pequeña multinacional dedicada al sector de la televisión digital. Al cabo de casi cinco años llegó la oportunidad de ser trasladado a la oficina de Taipéi, capital de Taiwán, y tras algunas dudas iniciales decidí, junto con Anna, aceptar la propuesta e irnos para allá.

¡De nuevo otra mudanza! Tuvimos que desmontar los muebles y poner en cajas todas nuestras posesiones. Aquel montón de bultos acabó distribuido en tres casas distintas de varios familiares que amablemente nos cedieron algo de espacio. Si no lo habéis hecho nunca, os garantizo que es una sensación extraña almacenar en un sitio todo aquello que has estado usando casi a diario durante los últimos años, sabiendo que a nadie le va a servir para nada.

Con solo un par de maletas cada uno volamos a Taiwán a finales de 2009, sin ser ni remotamente conscientes de que la experiencia de vivir allí cambiaría nuestra manera de pensar.

Visto ahora, pasados unos años, he descubierto que en tu entorno habitual resulta casi imposible frenar y reflexionar sobre el modo en el que vives. Como si fueras un hámster, vas haciendo, y la inercia del día a día te lleva a permanecer en la rueda autoimpuesta, corriendo siempre dentro de ella, porque es justo lo que la sociedad a la que perteneces espera que hagas. La ruta está trazada y solo hay que seguirla: estudios, trabajo, coche, pareja, casa, niños, etc. Si «lo haces bien», una vida tranquila y feliz está casi garantizada.

En Taipéi, al vivir en una cultura muy diferente, se me presentó la oportunidad de frenar y bajar de la rueda. Pude observar otra sociedad y otra cultura, con calma y desde fuera. Los taiwaneses dedican mucho tiempo y esfuerzo a obtener dinero para comprar y acumular cosas, que realmente no necesitan, en sus diminutas casas. Por el contrario, cada vez dedican menos tiempo y espacio a la familia, a los amigos e incluso a ellos mismos. Los lazos económicos se han separado cada vez más de los lazos sociales, y esto ha generado tensiones evidentes que todo el mundo asume como inevitables. Resulta siempre más fácil criticar a otras culturas que a la propia, pero lo cierto es que los españoles y la gran mayoría de pueblos de todo el mundo hacemos exactamente lo mismo que los taiwaneses.

Especialmente durante la segunda mitad del siglo XX hemos sido sociedades hiperconsumistas, acumuladores sin sentido ni límite. La percepción social del individuo se generaba en base a sus posesiones materiales y a menudo por comparación directa con los vecinos y amigos. A cualquiera que se atreviera a cuestionar estos «principios» básicos se le cataloga, como mínimo, de hippy.

Siguiendo estos «principios» se producen situaciones que solo se pueden calificar de absurdas. Para empezar, muchísima gente paga un alquiler mensual por uno o varios trasteros en sitios remotos, donde almacena las posesiones que ya no le caben en casa. Se empieza alquilando por un mes, pero en realidad es muy probable que esas personas nunca más vayan a usar nada de todo aquello. También entra en la categoría de lo absurdo la gente que pierde la vida por defender sus posesiones o que se suicida por no ser capaz de hacer frente a sus deudas. ¿Qué significa realmente «poseer» algo o estar «en deuda» por un préstamo? ¿Tiene sentido morir por ello?

Volviendo al hilo de la vida en Taiwán, después de casi dos años en la isla, decidimos que era el momento de regresar a Barcelona. Gracias a los ahorros acumulados, obtenidos en gran parte por el hecho de comprar de manera muy selectiva durante este tiempo, nos pudimos permitir el gran lujo de cumplir un sueño: regresamos a casa viajando siete meses por el mundo.

En la mañana del 3 de octubre de 2011 nos convertimos en viajeros, como el de la historia que abre el capítulo, pensando en todo momento en que «solo estoy aquí de paso». Tener esta idea en la cabeza te hace actuar de manera muy diferente.

Preparar la mochila para un viaje de siete meses es otra experiencia muy recomendable. Durante ese tiempo nuestras posesiones se limitaron a la ropa y los objetos que cabían en dos mochilas «grandes», de 12 y 15 kilos, y en dos mochilas pequeñas para el día a día.

Esos meses fueron sin duda de los más intensos e interesantes de mi vida. Pude extraer dos conclusiones, muy básicas pero a la vez interesantes:

a. «El acceso a las cosas es mejor que la posesión de las mismas.» Para movernos durante el viaje usamos todo tipo de transporte público y alquilamos motos/coches/furgonetas según los necesitábamos. Para alimentarnos cocinamos usando los utensilios disponibles en la infinidad de casas y hostales por los que pasamos. Cuando la actividad lo requería, alquilamos ropa especial, mientras que las guías de viaje eran regaladas, intercambiadas o compradas de segunda mano, etc. No ser propietarios de aquello que usábamos no supuso ningún problema, sino al contrario, y encontrarse con otros viajeros en la misma situación generaba un sentimiento de camaradería un tanto especial.

b. «Las cosas más importantes de esta vida no son cosas.» Es evidente que no tiene sentido «invertir» dinero en souvenirs si te quedan cinco meses de viaje por delante. Por el contrario «invertir» en las relaciones sociales y las experiencias vitales tenía todo el sentido del mundo. La «inversión» en cultivar estas relaciones sociales nos facilitó ser alojados en casa de amigos (o amigos de amigos, o amigos de gente que conocimos por el camino). Además del ahorro económico que ello supuso, también nos permitió conocer las culturas locales de una manera muy directa. El tiempo que dedicamos a estar y hablar con la gente local y con otros viajeros nos enriqueció de

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