La ciudad que nació grandiosa y otros relatos

N.K. Jemisin

Fragmento

Introducción

Introducción

Hubo un tiempo en el que pensaba que no podía escribir relatos cortos. Fue en el año 2002. Acababa de cumplir treinta años y tuve mi primera crisis de la «mediana edad». (Ya, ya lo sé.) Vivía en Boston, que es un lugar frío en el que cuesta hacer amigos y nadie le pone condimentos a nada. Acababa de romper una relación que hacía tiempo que no me motivaba y aún debía un pastón por el préstamo de la universidad, como la mayoría de mis coetáneos. En un intento de aplacar la frustración que sentía por cómo me iba la vida, decidí comprobar si mi afición de siempre por la escritura podría convertirse en un currillo con el que ganar unos pocos cientos de dólares. Con tanto dinero (¡o incluso con solo cien dólares al año!) podría pagar alguna que otra factura, por lo menos. Incluso podría saldar la deuda en doce o trece años en lugar de hacerlo en quince.

No esperaba mucho más, por razones que poco tenían que ver con el pesimismo. En esa época había quedado patente que los géneros literarios especulativos estaban estancados hasta un punto casi peligroso. La ciencia ficción se vanagloriaba de ser la ficción del futuro, pero casi toda ella era un homenaje a los rostros y las voces del pasado. Pocos años después llegaría la slush-bomb con la que las escritoras intentaron mejorar unos de los bastiones más sexistas de las Tres Grandes; los Grandes Debates de la Muerte sobre Apropiación Cultural y el Racefail, una andanada de miles de entradas de blog de protesta del fandom para quejarse sobre el racismo institucional e individual en el género. Como consecuencia de esta sucesión de acontecimientos se les dio algo más de espacio a personas que no eran hombres blancos cishetero, justo a tiempo para el lanzamiento de mi primera novela publicada: Los cien mil reinos. Pero en 2002 aún no había ocurrido nada de esto. En 2002 sabía que, como mujer negra a la que le gustaban la fantasía y la ciencia ficción, no tenía casi ninguna posibilidad de conseguir que se publicase mi obra, llamar la atención de los reseñadores ni ser aceptada por un grupo de lectores que no parecía dispuesto a hacer caso a nada que se alejase de las múltiples variantes de la Europa medieval y la colonización americana que solían leer. Y sí, podría haber regurgitado mi propia versión de la Europa medieval y de la colonización americana, y debería haberlo hecho si realmente quería terminar de pagar mis facturas antes, pero no me interesaba. Quería hacer algo nuevo.

Los escritores ya establecidos me aconsejaron acudir a uno de los talleres Clarion o los Odyssey, pero no podía: mi trabajo solo me permitía cogerme dos semanas de vacaciones. En lugar de ello, le pedí prestados seiscientos dólares a mi padre y asistí al Viable Paradise, un taller de una semana que tiene lugar en la isla de Martha’s Vineyard. Con una semana no bastaba para mejorar de manera sustancial la calidad de la escritura de los asistentes, por lo que el VP se centraba en otros asuntos, como la manera de prosperar en el oficio de la ficción. Aprendí muchísimas cosas sobre cómo conseguir un agente, el proceso de publicación y cómo sobrevivir como escritora, que era justo lo que necesitaba en ese momento de mi carrera. También me dieron otro fantástico consejo: que aprendiese a escribir relatos cortos.

Fue el único consejo del VP al que no presté la menor atención, ya que me sonaba muy absurdo. Había leído algunos relatos cortos en los últimos años, y también disfrutado unos pocos, pero nunca sentí la necesidad de escribirlos. Sabía lo suficiente como para razonar que los relatos cortos eran un tipo de arte muy diferente de las novelas, de modo que ¿por qué no iba a emplear el poco tiempo libre del que disponía en refinar mi auténtica vocación en lugar de aprender una disciplina diferente que, a decir verdad, me resultaba algo aburrida? Además, las tarifas de los relatos cortos eran ridículas. En aquella época, la tarifa profesional y aceptada por la SFWA era de tres centavos por palabra, y uno de mis objetivos era que me alcanzase para pagar las facturas. Si vendiese algún relato corto, el dinero no sería suficiente ni para pagar el gas de la cocina.

Pero los profesores del VP[1] fueron muy persuasivos. El argumento que terminó por convencerme fue muy sencillo: aprender a escribir relatos cortos me ayudaría a mejorar mi ficción más larga. No sabía si creérmelo o no, pero decidí dedicar un año a descubrirlo. Realicé una suscripción anual a la F&SF y a la ya desaparecida Realms of Fantasy, leí revistas en línea como Strange Horizons y me apunté a un grupo de escritura. Al principio, el proyecto no fue nada bien. Mi primer relato «corto» se había disparado a diecisiete mil palabras y aún no tenía final. Pero mejoré. Me rechazaron muchas historias cuando empecé a enviarlas a las revistas. Mi grupo de escritura me ayudó a entender que esos rechazos forman parte del proceso de escritura, que hay que aprender a aceptarlos y celebrarlos igual que celebramos que nos los aceptan. Después empezaron a aceptarme relatos, primero en medios semiprofesionales, y luego di el salto a los profesionales.

Así fue como, a lo largo del proceso, aprendí que los relatos cortos me ayudarían a mejorar mi ficción más larga. Escribir relatos cortos me enseñó a captar antes la atención del lector y crear personajes más profundos. Los relatos cortos me proporcionaron un sitio donde experimentar con tramas y estilos narrativos poco convencionales (escribir en futuro, los textos epistolares o los personajes negros) que, de otra manera, habría considerado demasiado arriesgados como para usarlos en un proyecto más largo, como una novela. Empecé a disfrutar de la escritura de relatos cortos como un fin en sí mismo, no como una manera de practicar para las novelas. Y, como era de esperar, después de tantos rechazos mi piel fina se volvió resistente como la de un elefante.

Un momento. Volvamos atrás. Sí, he dicho personajes negros. Ya los había usado en las novelas que escribí de adolescente y que nunca verán la luz, pero nunca había enviado nada con personajes negros. Recordad cómo describí la industria del año 2002. Los editores, las editoriales y los agentes solían repetir que «estaban abiertos a todos los puntos de vista», ese era el eufemismo que usaban, pero a las pruebas me remito. Bastaba con abrir una revista por el índice o la página web de una editorial y mirar cuántas mujeres o nombres «extranjeros» había en la lista de autores. Cuando me ponía a investigar las novelas y los relatos de alguna editorial en particular, prestaba atención a si había muchos o pocos personajes que no fuesen blancos. Yo seguía usando personajes negros porque no me podía permitir excluirme de mi propia ficción, joder. Mi objetivo era ganar dinero, pero, como he dicho, tampoco esperaba gran cosa.

Os podréis imaginar cómo me sentí cuando mi primera venta profesional («Cielos de nubes dra

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