Visiones de robot (Serie de los robots 1)

Isaac Asimov

Fragmento

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VISIONES DE ROBOT

Supongo que debo empezar explicando quién soy yo. Soy un miembro muy joven del Grupo Temporal. Los Temporalistas (para aquellos de ustedes que han estado demasiado ocupados intentando sobrevivir en este duro mundo del 2030 para prestar atención a los avances de la tecnología) son los actuales aristócratas de la física.

Se ocupan del más espinoso de los problemas —el de moverse a través del tiempo a una velocidad diferente de la constante progresión temporal del Universo—. En definitiva, están intentando desarrollar los viajes en el tiempo.

¿Y qué estoy yo haciendo con esta gente, cuando ni siquiera soy físico, sino meramente un ____? Bien, meramente un meramente.

A pesar de no estar cualificado, fue de hecho una observación mía hecha hace algún tiempo lo que inspiró a los Temporalistas a elaborar el concepto VPIT («Trayectorias virtuales en el tiempo»).

¿Saben? Una de las dificultades de viajar a través del tiempo es que la base del viajero no permanece en un lugar relativo al Universo como un todo. La Tierra se mueve alrededor del Sol; el Sol alrededor del centro galáctico; la Galaxia alrededor del centro de gravedad del Grupo Local… Bien, ya se hacen una idea. Si uno se desplaza un día en el futuro o en el pasado —sólo un día— la Tierra se ha desplazado unos 2,5 millones de kilómetros en su órbita alrededor del Sol. Y el Sol se ha desplazado en su viaje, arrastrando a la Tierra con él, y así ha ocurrido con todo lo demás.

Por consiguiente, uno debe moverse a través del espacio así como a través del tiempo, y fue mi observación lo que condujo a una línea de argumento que mostraba que esto era posible; que uno puede viajar con el movimiento espaciotiempo de la Tierra no de forma literal, sino de un modo «virtual» que permitiría al viajero del tiempo permanecer con su base en la Tierra allí donde fuese en el tiempo. Sería inútil que intentase explicarlo matemáticamente si ustedes no tienen una preparación Temporalista. Limítense a aceptar la cuestión.

Fue asimismo una observación mía lo que llevó a los Temporalistas a desarrollar una línea de razonamiento que mostraba que viajar en el pasado era imposible. Los términos clave de las ecuaciones deberían aumentar más allá del infinito cuando los signos temporales hubiesen cambiado.

Tiene sentido. Estaba claro que un viaje al pasado sin duda cambiaría allí algunos acontecimientos, por lo menos ligeramente, y por muy ligero que pudiese ser el cambio introducido en el pasado, alteraría el presente; muy probablemente de forma drástica. Dado que el pasado parece fijado, tiene sentido que viajar atrás en el tiempo es imposible.

Sin embargo, el futuro no está fijado, por consiguiente viajar en el futuro y regresar de él sería posible.

No me recompensaron particularmente por mis observaciones. Supongo que el equipo de Temporalistas presumió que yo había tenido suerte con mis especulaciones y que eran ellos los realmente inteligentes por captar lo que yo había dicho y llevarlo a conclusiones útiles. Dadas las circunstancias, no me dolió, sino meramente me alegré —como un loco, de hecho— porque gracias a ello (creo) me permitieron seguir trabajando con ellos y formar parte del proyecto, aun cuando yo era meramente un ____ bien, meramente.

Como es natural, hicieron falta años para desarrollar un aparato práctico para viajar en el tiempo, incluso después de haber sido establecida la teoría, pero yo no pretendo escribir un tratado serio sobre Temporalidad. Mi intención es escribir sólo sobre ciertas partes del proyecto, y hacerlo únicamente para los futuros habitantes del planeta, y no para nuestros contemporáneos.

Incluso después de haber enviado al futuro objetos inanimados —y luego animales— no estábamos satisfechos. Todos los objetos desaparecían; según parecía todos viajaban al futuro. Cuando los enviábamos a cortas distancias al futuro —cinco minutos o cinco días— al final volvían a aparecer, aparentemente ilesos, sin alteraciones y, cuando empezamos con la vida, todavía con vida y en buen estado de salud.

Pero lo que se quería era enviar algo lejos en el futuro y hacerlo volver.

—Tenemos que enviarlos por lo menos a doscientos años en el futuro —dijo un Temporalista—. El punto importante es ver cómo es el futuro y que el informe de la visión llegue a nosotros. Tenemos que saber si la Humanidad sobrevivirá y bajo qué condiciones, y doscientos años debería ser el espacio suficientemente largo para estar seguros. Con franqueza, creo que las probabilidades de supervivencia son escasas. Las condiciones de vida y el medio ambiente que nos rodea se han deteriorado nocivamente en el último siglo.

(No tiene sentido describir al Temporalista que dijo esto. En total había un par de docenas y la historia que estoy contando no cambiará por saber cuál de ellos hablaba en cada ocasión, incluso aunque estuviese seguro de poder recordar quién dijo qué. Por ello, diré simplemente «dijo un Temporalista» o «uno dijo» o «alguno de ellos dijo» u «otro dijo», y les aseguro que todo quedará suficientemente claro para ustedes. Por supuesto, especificaré mis propias declaraciones y las de otro, pero verán cómo estas excepciones son esenciales.)

Otro Temporalista dijo con bastante tristeza:
—Me parece que no quiero conocer el futuro, si ello significa descubrir que la raza humana tiene que desaparecer o que sólo existirán restos miserables.

—¿Por qué no? —preguntó otro—. Podemos descubrir en viajes más cortos lo que pasó exactamente y entonces hacer lo posible para, con nuestro especial conocimiento, actuar en consecuencia, cambiando el futuro en una dirección más idónea. El futuro, a diferencia del pasado, no está fijado.

Surgió entonces la cuestión de quién iría. Estaba claro que cada Temporalista, él o ella, se consideraba justo un poco demasiado valioso para arriesgarse en una técnica que podía no estar todavía perfeccionada a pesar del éxito de los experimentos con objetos sin vida: o, si con vida, objetos que carecían de un cerebro de la increíble complejidad que tenía un ser humano. El cerebro podía sobrevivir pero, quizá, no así toda su complejidad.

Yo advertí que, de todos ellos, yo era el menos valioso y podría ser considerado como el candidato lógico. De hecho, estaba a punto de levantar la mano como voluntario, pero la expresión de mi cara debió de traicionarme pues una de los Temporalistas dijo, bastante impaciente:

—Tú no. Hasta tú eres demasiado valioso —(no era un gran cumplido)—. Lo que tenemos que hacer —prosiguió— es enviar a RG-32.

Esto tenía sentido. RG-32 era un robot bastante anticuado, perfectamente reemplazable. Podía observar e informar —tal vez sin toda la ingenuidad y la penetración de un ser humano— pero suficientemente bien. No tendría miedo, preocupado sólo por seguir las órdenes, y se podía esperar que contaría la verdad.

¡Perfecto!

Estaba bastante sorprendido conmigo mismo por no haberlo visto desde el principio, y por haberme considerado estúpidamente como voluntario. Quizá, pensé, tenía alguna especie de sentimiento instintivo que me hacía ponerme en una posición desde la cual podía servir a los demás. En cualquier caso, era RG-32 la elección lógica; de hecho, la única.

No fue difícil explicarle de algún modo lo que necesitábamos. Archie (era costumbre llamar a un robot por alguna p

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