Preludio a la Fundación (Ciclo de la Fundación 1)

Isaac Asimov

Fragmento

MATEMÁTICO

CLEON 1. — … El último Emperador Galáctico de la dinastía Entum. Nació en el año 11988 de la Era Galáctica, el mismo año en que lo hizo Hari Seldon. (Se cree que la fecha de nacimiento de Seldon, que algunos consideran dudosa, puede haber sido manipulada para ajustarla a la de Cleon, a quien Seldon, poco después de su llegada a Trantor, se supone que visitó.)

Habiendo accedido al trono Imperial el 12010, a la edad de veintidós años, el reinado de Cleon I representó un curioso intervalo de paz en aquellos tiempos de agitación. Esto se debió, indudablemente, a la habilidad de su Jefe de Estado Mayor, Eto Demerzel, quien se mantuvo tan cuidadosamente apartado de la luz pública que se sabe muy poco de él.

El propio Cleon…

Enciclopedia Galáctica*

1

—Demerzel —dijo Cleon, disimulando un bostezo—, ¿has oído hablar, por casualidad, de un hombre llamado Hari Seldon?

Cleon llevaba poco más de diez años de Emperador y, en ocasiones, en ceremonias estatales en las que, vestido con la necesaria suntuosidad y luciendo los atributos de soberano, conseguía parecer majestuoso. Lo parecía, por ejemplo, en su holografía, que se hallaba en una hornacina, a su espalda. Estaba situada de tal forma que dominaba ampliamente otras que encerraban holografías de varios de sus antepasados.

Su holografía no era del todo sincera, porque aunque el cabello de Cleon era de color castaño claro, tanto en el holograma como en la realidad, resultaba más abundante en la holografía. Tenía un rostro algo asimétrico debido a que el lado izquierdo de su labio superior quedaba un poco más alto que el derecho. Tampoco eso se reflejaba en la holografía. Y si se hubiera puesto en pie junto a esta se habría visto que medía dos centímetros menos del 1,83 que la imagen reflejaba…, y que, quizá, era un poco más grueso.

Naturalmente, la holografía era el retrato oficial de su coronación y, por entonces, contaba varios años menos. Todavía parecía joven, y bastante guapo también, y cuando no se hallaba agarrotado por las ceremonias oficiales, su rostro reflejaba cierta bondad.

Demerzel contestó con el tono respetuoso que cuidadosamente cultivaba:

—¿Hari Seldon? No me resulta un nombre familiar, Sire. ¿Debería saber quién es?

—El ministro de Ciencia me lo mencionó anoche. Pensé que podías conocerle.

Demerzel frunció la frente ligeramente, pero muy ligeramente, ya que uno no frunce el ceño en presencia del Emperador.

—El ministro de Ciencia, Sire, debiera haberme hablado a mí, como Jefe de Estado Mayor de este hombre. Si vais a ser acosado por todas partes…

Cleon alzó la mano y Demerzel calló al instante.

—Por favor, Demerzel, uno no puede estar siempre aplastado por el protocolo. Cuando pasé ante el ministro en la recepción de anoche y cambié unas palabras con él, se desbordó. No pude negarme a escucharle y me alegré de haberlo hecho, porque resultó interesante.

—¿Interesante, en qué aspecto, Sire?

—Bueno, estos no son los viejos tiempos en que ciencia y matemáticas estaban de moda. Todo eso parece haber muerto en cierto modo, quizá debido a los nuevos descubrimientos llevados a cabo, ¿no crees? No obstante, en apariencia, todavía pueden acaecer hechos interesantes. Por lo menos, se me aseguró que era interesante.

—¿Os lo dijo el ministro de Ciencia, Sire?

—Sí. Comentó que ese Hari Seldon había asistido a una convención de matemáticos que, por alguna razón, se celebra aquí, en Trantor, cada diez años, y dijo que había demostrado que uno podía predecir el futuro de forma matemática.

Demerzel se permitió una pequeña sonrisa.

—O bien el ministro de Ciencia, un hombre de pocas luces, está equivocado, o lo está el matemático. Seguramente, eso de predecir el futuro, es el sueño mágico de los niños.

—¿De verdad piensas eso, Demerzel? La gente cree en esas cosas.

—La gente cree en muchas cosas, Sire.

—Pero cree en tales cosas. Por lo tanto, no importa que la predicción del futuro sea cierta o no. Si un matemático me predijera un largo y feliz reinado, un tiempo de paz y prosperidad para el Imperio…, ¿no estaría bien?

—Por supuesto, sería agradable oírlo, pero, ¿qué se conseguiría con ello, Sire?

—Pues, que si la gente cree esto, actuaría de acuerdo con su creencia. Muchas profecías, por el mero hecho de ser creídas, se transforman en hechos. Se trata de «profecías autocumplidas». En realidad, ahora que caigo, tú mismo me lo explicaste una vez.

Demerzel, asintió.

—Creo que estáis en lo cierto, Sire. —Sus ojos vigilaban con sumo cuidado al Emperador, como para calibrar hasta dónde podía llegar—. De todos modos, si es así, uno podría conseguir que cualquiera hiciera la profecía.

—No todas las personas serían igualmente creídas, Demerzel. No obstante, un matemático, que reforzara su profecía con fórmulas y terminologías matemáticas, podría no ser comprendido por nadie y, sin embargo, creído por todos.

—Como siempre, Sire, sois sensato. Vivimos tiempos turbulentos y merecería la pena apaciguarlos de una forma que no requiriera ni dinero ni esfuerzos militares…, que, en la historia reciente, han hecho poco bien y mucho mal.

—¡Exactamente, Demerzel! —exclamó el Emperador, excitado—. Cázame a ese Hari Seldon. Siempre me dices que tus redes están tendidas por todas partes de este mundo turbulento, incluso hasta donde mis soldados no osarían entrar. Tira, pues, de una de esas redes y tráeme al matemático. Déjame que lo vea.

—Así lo haré, Sire —contestó Demerzel, que ya tenía a Seldon localizado, y tomaba nota mental de felicitar al ministro de Ciencia por un trabajo tan bien hecho.

2

En aquel momento, Hari Seldon no tenía un aspecto nada impresionante. Igual que el emperador Cleon I, contaba treinta y dos años, pero solo medía 1,73 de estatura. Su rostro era liso y jovial, su cabello castaño oscuro, casi negro, y sus ropas tenían un aspecto inconfundible de provincianismo.

Para cualquiera que, años después, conociera a Hari Seldon solo como un legendario semidiós, le hubiera parecido un sacrilegio que no tuviera el cabello blanco, un rostro viejo y arrugado con una sonrisa serena que irradiara sabiduría y que se sentara en una silla de ruedas. No obstante, incluso en su vejez, sus ojos reían alegres. Así era.

Y sus ojos estaban ahora especialmente alegres, porque su comunicación se había leído en la Convención Decenal, despertando allí un cierto interés, aunque a

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