La estirpe de Lilith (Trilogía Xenogénesis)

Octavia E. Butler

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Vi Amanecer unas cuantas veces de adolescente, cuando buscaba novelas de ciencia ficción. Empecé a leerlo y, mientras lo hacía, no tenía ni idea de que Butler fuera negra. Pero cuando llevaba unas veinte páginas leídas, vi que sacaba un tema que me hizo pensar: «Espera un momento, este personaje, Lilith Iyapo, soy... soy yo».

Siempre había dado por hecho que la ciencia ficción y la fantasía eran cosas de las que podía disfrutar aunque en realidad no estuviesen hechas para mí, pero a medida que me fui aficionando, vi que ella estaba metida en ello, lo que me llevó a pensar que yo también podría estarlo.

Cuando empecé a ir a convenciones y a actividades para escritores, hablé con unos treinta o cuarenta escritores negros de género que publicaban relatos cortos, novelas y demás, y todos lo hacían porque Octavia E. Butler les había abierto el camino.

Butler hablaba sobre los problemas de las mujeres a causa del sexismo explícito y también del sexismo más sutil, así como del sexismo interiorizado en ellas. Pero no creo que fuese intencionado, creo que simplemente escribía sobre la experiencia realista de un personaje femenino en un mundo diverso y complejo.

La ficción de Butler hablaba de temas horribles que yo veía en el mundo real que me rodeaba, pero también sugería que podíamos ser mejores, que podíamos sobrevivir, crecer, cambiar y mejorar.

N. K. JEMISIN

Nota a la presente edición en castellano

Nota a la presente edición en castellano

Si por algo es tan poderosa la palabra escrita es porque permanece. Es una de las formas en las que el ser humano trasciende su propia mortalidad y puede rozar con los dedos el sueño de la vida eterna. Y esto implica una responsabilidad excepcional cuando adaptamos una obra escrita originalmente en otro idioma. Trasladar según qué términos que no tienen un equivalente claro directo —o que, de tenerlo, aportan cargas de muchos tipos que no estaban presentes en el original— es una labor especialmente compleja en el caso de La estirpe de Lilith.

Más allá de llevar a cabo una revisión de estilo y una actualización más o menos estándar de la traducción original de Luis Vigil, la tarea que se ha realizado ha tenido que ver con garantizar que la obra conserva su espíritu. Esta siempre es una empresa complicada, claro está: ¿cómo ser capaces de aislar una obra de las limitaciones y la visión del mundo de la época en que se tradujo, de sustituir los términos que ahora nos pueden resultar un tanto gruesos o anacrónicos, sin caer en exactamente lo mismo, pero treinta años después? Es decir: ¿cómo evitar que nuestro contexto histórico, el momento en el que vivimos, condicione nuestra adaptación de la obra y la convierta en efímera?

En un caso como el de La estirpe de Lilith, en el que nos encontramos con una especie alienígena inteligente que carece de muchos de los prejuicios que tenemos los humanos y en el que, además, el lenguaje tiene un peso formidable, la tarea se convierte en una labor titánica. Tras muchas reflexiones, el trabajo de la propia Octavia E. Butler ha sido el que ha inspirado la estrategia que se ha seguido y ha servido de guía para esta edición revisada: la sencillez deliciosa del texto original, carente de artificios y sin embargo con tanta potencia como solo una gran pluma es capaz de brindarle, debía marcar las elecciones de nuestra adaptación. Si no, la personalidad de la obra, su subtexto y su intención se habrían perdido, irremisiblemente, en el proceso.

Y volvemos al lenguaje: en esta serie de libros aparece un tercer sexo, ni masculino ni femenino —sexo, no género, pues así lo entendemos en el original—, que recibe un tratamiento neutro a lo largo de toda la obra. En La estirpe de Lilith, donde incluso se habla explícitamente de ese tratamiento concreto en el lenguaje, este detalle no debe tomarse a la ligera, pues está muy presente a lo largo de sus páginas e incluso nos atrevemos a afirmar que, en cierta forma, funciona como una columna vertebral de la trilogía. Mucho menos debe soslayarse aún en un contexto histórico como en el que ahora vivimos: un momento en el que, afortunadamente, se abren al respecto debates lingüísticos interesantísimos, que parten de la voluntad y el deseo general de alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Y, sobre todo, un momento en el que por fin empieza a prestarse atención a las voces de las personas que, a lo largo de los años, han sido injustamente marginadas, repudiadas y apartadas. Esta trilogía de Octavia E. Butler, aun conteniendo algunos conceptos que, lógicamente, han sido superados por el avance de la sociedad —no olvidemos que se publicó a finales de los años ochenta del siglo pasado—, es un arma potentísima contra los prejuicios. Y no solo por los temas que trata, sino por cómo los aborda. Aquí fondo y forma van tan de la mano que una adaptación que no sea capaz de trasladar cada uno de los matices de esta última convertiría la obra en algo absolutamente diferente.

Así pues, la estrategia de adaptación marcó de forma absoluta nuestra revisión de la trilogía. ¿Qué ocurre si en el original se habla de un sujeto como «it» y en español utilizamos el masculino por defecto, «él»? ¿Qué ocurriría si lo adaptáramos como el neutro por el que muchas personas abogan actualmente en nuestro idioma, «elle»? ¿Y qué pasaría si utilizáramos otras fórmulas, como «ellx» o «ell@»…? ¿Qué deberíamos tener en consideración para adoptar una estrategia u otra?

Como ya se adelantaba unos párrafos más arriba, partimos de la convicción de que la literatura debe perdurar y de que, además, la intervención sobre el texto adaptado a nuestro idioma debe ser casi invisible, en el sentido de que no debe sacar a quien lo lee de lo que está leyendo. Por eso, en la presente edición, la opción elegida finalmente para el tratamiento de ese sexo neutro no implica el uso de neologismos que aún no se han asentado en nuestro idioma y que, sobre todo, no vemos presentes en el texto original (si en inglés la obra se hubiese escrito utilizando el lenguaje inclusivo tal como lo entendemos ahora, evidentemente la única adaptación válida posible habría sido utilizar «elle»). Sin embargo, teniendo en cuenta el momento en el que se escribió, creemos que esa opción habría incurrido en un anacronismo (quizá algo menor en el caso de «ell@», descartada automáticamente por su binarismo, y «ellx», utilizada ya en contextos de activismo más cercanos en el tiempo a la fecha de publicación de la obra,

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