Cuentos Montessori para crecer felices

Marta Prada

Fragmento

cap-1

Introducción

¿Te preocupa que tu hijo sea una persona feliz, integrada, con valores y segura de sí misma?

Tienes en tus manos un libro de acompañamiento para toda la familia, desde una filosofía de respeto, conciencia y amor.

Montessori es un método educativo basado en la observación científica de la naturaleza del ser humano. El niño es el maestro. Un soplo de aire fresco para alentarnos, cada día, a ser nuestra mejor versión. ¡Los niños pueden cambiar el mundo!

¿Necesita una planta que tiremos de ella para crecer? La respuesta es no. Solo necesita una temperatura y un sustrato adecuados, agua, luz… En definitiva, un entorno apropiado. Todo lo demás lo hará ella misma con su increíble energía natural. Esa es nuestra humilde misión como adultos: acompañar al niño y crear un entorno físico y emocional conveniente.

Muchos padres aún desconocen la trascendencia de la primera etapa en la vida del ser humano. De los cero a los seis años, el cerebro funciona de una manera prodigiosa. El niño posee, en este primer plano de desarrollo, una mente absorbente que recoge, procesa y almacena de forma inconsciente e instantánea: algo que no puede hacer el adulto, quien necesita tiempo y realizar un esfuerzo consciente para aprender. De los cero a los seis años se crean los circuitos y conexiones neuronales que determinarán la estructura cerebral de la persona para el resto de su vida.

¿Quién imaginaría que un niño de apenas dos años es capaz de caminar varios kilómetros? Lo es; solo necesita ir a su ritmo, que le demos tiempo y la oportunidad para equivocarse y aprender. Para que pueda desarrollar sus potencialidades de forma natural, es crucial que confiemos en el niño, sin meterle prisas. Debemos dejar de ser «policías» a la hora de educar («¡No te ensucies!»), de pedirles que hagan lo que nosotros no hacemos («¿Has dicho gracias a tu tía?»), de hacer las cosas por ellos porque no confiamos en su autonomía («Dame, ya te lo pongo yo»). Hay que empezar a actuar como guías, modelando nuestra mejor versión, la que seamos capaces de ofrecer, que seguro que será mejor de lo que pensamos. El mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos es algo muy básico: tiempo.

La llave que abre la puerta a un acompañamiento respetuoso del niño es la consciencia.

La forma en que el niño recibe toda esta información y experiencias configurará su propio orden (o desorden) mental, servirá de base para marcar la forma básica de relacionarse con el mundo, creará claridad (u oscuridad) para recibir ideas y construir (o destruir) habilidades.

¿Qué tal si, para comprenderlo mejor, comparamos el cerebro del niño en la primera etapa con una habitación? Imaginemos una habitación oscura, llena de trastos por todas partes. Es difícil meter más objetos allí, ¿verdad? Ahora imaginemos una habitación luminosa y ordenada, llena de estanterías. ¡Qué fácil resulta seguir colocando las cosas y ordenándolas!

Nosotros podemos crear un ambiente que permita al niño orden y luminosidad. ¿Cómo?

· Debemos mostrarle cómo hacer las cosas por sí mismo y no hacerlas en su lugar: el niño que solo ve cómo lo hacen todo por él asimila que no tiene capacidad para hacerlo por él mismo y luchará por su autonomía. La sobreprotección es una forma insana de amar.

· Debemos respetar el ritmo natural de los niños: cuando un niño limpia una mesa, lo hace buscando dos tipos de objetivos. Uno externo: ver la mesa limpia, y otro interno: trabajar, repetir, perfeccionar el movimiento y explorar el agua.

A través del trabajo y la repetición llega a la concentración. Esto es lo que le permite desarrollarse. El niño disfruta tanto del proceso como del resultado. Por ello, se recrea en cada acción, su ritmo natural es lento. El ritmo de los adultos es rápido. Esta diferente naturaleza produce una gran brecha entre niño y adulto. Tenemos que permitir que el niño repita cuantas veces quiera, que se recree, que termine sus trabajos sin interrumpirle. Es una cuestión de confianza, de priorizar, de gestionar el tiempo de manera diferente. Como padres, no podemos estirar las horas del día, pero podemos establecer prioridades. Tú puedes elegir pasar más tiempo con tu hijo o con la lavadora/plancha/trabajo. ¿Y si le integras en las tareas del día a día? Quizá llegues a menos cosas y no quedarán perfectas… Pero mañana echarás la vista atrás y seguramente no te acordarás de la ropa que llevasteis sin planchar o del jersey que empapó fregando los platos. Sí te acordarás de la ropa que no tendiste con él y de los cacharros que no fregasteis juntos.

Es nuestra responsabilidad proporcionar un buen ambiente preparado:

· Físico: el niño debería tener un hogar que cubra su necesidad de pertenencia y autorrealización. Esto pasa por ser uno más en las tareas del día a día. Para el niño, trabajo y juego es lo mismo, y el juego más constructivo es aquel que le permite realizar lo que ve en su entorno y, además, produce resultados útiles. Para preparar un buen ambiente en casa basta con reorganizarse un poco. Debemos buscar la manera de que sus herramientas y materiales estén visibles y a su alcance en la medida de lo posible. El ambiente deberá transmitir orden y belleza. Un niño no necesita muchos juguetes; es más, son contraproducentes. Lo mejor que podemos regalar a un niño es tiempo de calidad.

· Emocional: un ambiente emocional que transmita amor y respeto entre los miembros de la familia que lo integran. Un hogar donde buscamos soluciones en lugar de culpables, donde expresamos sentimientos, encontramos límites necesarios y concretos, y nos disculpamos cuando erramos. Un ambiente donde hay hábitos que fomentan el sentido de cohesión: compartimos momentos, cooperamos unos con otros, nos escuchamos, tenemos ciertas rutinas y aprendemos de nuestros errores. No se trata de modelar perfección. No existen las familias perfectas. Se trata de hacernos conscientes del impacto que causan nuestras acciones y aprender de nuestros errores. Si perseveramos, día a día, en un camino de consciencia, estaremos dando lo mejor de nosotros, y eso será la mejor y más imperfecta prueba de amor para nuestros hijos.

Desde el nacimiento hasta los seis años, el niño pasa por una serie de períodos sensibles. Son oportunidades para aprender de una forma natural y sin esfuerzo. Estos períodos sensibles son universales, tienen una duración limitada y se darán una sola vez en la vida. Marcarán la hoja de ruta del desarrollo mental.

· Lenguaje: desde el nacimiento hasta los cinco años y medio o seis. Ya nunca más podremos aprender una lengua (o varias) con la misma naturalidad e inconsciencia. Su adquisición sigue un programa fascinante impuesto por la naturaleza.

· Orden: desde el nacimiento hasta los cuatro años y medio, aproximadamente. Tiene sus manifestaciones más evidentes entre el año y medio y los dos años y medio. Hay una sensibilidad externa: el niño muestra interés por que los objetos estén en su lugar. Es una forma de tener seguridad sobre la relación que hay entre ellos. También muestra una sensibilidad interna en cuanto a la secuencia de acciones, rutinas, orden y economía de movimientos…

· Movimiento: desde los cero a los dos años y medio se desarrolla el movimiento voluntario. A partir de los dos años y medio se refina el movimiento, integrando inteligencia y

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