Cuentos Montessori para potenciar la autoestima

Marta Prada

Fragmento

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Capítulo 1. La autoestima. El ingrediente básico de la felicidad

¿Conoces a alguien que no se ame a sí mismo y sea plenamente feliz con su vida? No puedes valorar y amar lo que te rodea si no eres capaz antes de valorarte y amarte a ti mismo.

¿Qué es la autoestima y cómo se construye?

La autoestima es la imagen o percepción que tenemos de nosotros mismos, de nuestra valía personal.

La herramienta principal para construir una autoestima sana es el amor, pero no cualquier amor. Ha de ser un amor incondicional, sincero y respetuoso.

En la infancia dibujamos el esquema básico de esa percepción que tendremos de nosotros mismos durante el resto de nuestra vida.

La autoestima no se hereda. La autoestima se construye. Nuestro ambiente, nuestras relaciones y nuestras experiencias son las herramientas que tenemos para construir esa imagen de nosotros mismos.

La importancia del autoconocimiento

Es curioso, las personas que tienen una autoestima baja no suelen darse cuenta de ello. Las creencias irracionales sobre nuestras limitaciones pueden fijarse con tanta fuerza en la infancia que las tomamos como absolutas y pasan a nuestro subconsciente. Están latentes y determinan no solo nuestro estado de ánimo diario, sino también nuestras relaciones, nuestras decisiones… En resumidas cuentas: determinan nuestra vida. De ahí la importancia de tener una autoestima sana. Y eso pasa por conocerse a uno mismo.

Todos los seres humanos tenemos pasiones, talentos, intereses… Pero muchas personas acaban el instituto, e incluso la universidad, sin haberlos descubierto. Entonces, es el tiempo el que va reforzando esa creencia irracional que domina a las personas con baja autoestima: «no valgo lo suficiente».

¿Cómo influye la libertad en nuestro desarrollo?

¿Por qué? ¿Por qué no han podido conocerse esas fortalezas? ¿Por qué no han podido descubrirse? Voy a resumírtelo en una sola frase: porque no han tenido la libertad suficiente para hacerlo.

• Libertad para tomar decisiones: «¿Me pongo el pantalón verde o el azul?».

• Libertad para trabajar en lo que les gusta: «¿Escojo el alfabeto para construir palabras o pinto en el caballete?».

• Libertad para expresar sus sentimientos: «Me siento triste porque se me ha roto la galleta». (La respuesta típica del adulto es: «No llores, eso no tiene importancia».)

• Libertad para cubrir sus necesidades: «Voy a ponerme este calcetín solo». (La reacción más repetida del adulto en este caso es ponérselo para ahorrar tiempo, sin darle la oportunidad de sentir el logro.)

• Libertad para moverse y descubrir el potencial de su cuerpo: «Este columpio está alto, pero voy a ver hasta dónde puedo subir». (El adulto reacciona con expresiones como: «Bájate de ahí inmediatamente, que te vas a caer».)

Es toda esa libertad, que ha de estar acotada por el respeto y la seguridad, la que nos permite descubrirnos a nosotros mismos de la forma más amplia posible: nuestras pasiones, nuestras habilidades y fortalezas, así como también nuestras limitaciones. De esa manera, podemos construir un autoconcepto mucho más preciso y global.

Esa libertad es la expresión más fuerte de confianza en el niño. Y esos límites, fijados de forma constructiva y respetuosa, son la máxima expresión de amor incondicional hacia él.

¿Cómo influyen las figuras de apego en la construcción de la confianza básica?

No solo las experiencias nos dan herramientas para dibujar esa imagen de nosotros mismos. Nuestras relaciones también son fundamentales. Las principales figuras de apego del niño son su nexo de unión con el mundo, pero también consigo mismo.

Pongamos un ejemplo para verlo más claro. Imagina que estás dando un paseo por la naturaleza con un niño o una niña y de pronto encuentras un pequeño insecto. Si tu reacción es «¡Buahh, qué asco!», lo más probable es que el niño lo repudie también. Sin embargo, si te paras y le invitas a acercarse con delicadeza al animal y describes cuántas patas ves, sus colores, su forma o su tamaño y le haces preguntas que despierten su curiosidad («¿Qué crees que será? ¿Dónde crees que vivirá?»), se enciende de inmediato la llama del interés e incluso se activa el sentido del amor y la belleza. Los padres y las madres somos sus nexos de unión con el mundo.

Del mismo modo, cuando el niño comete un error a nivel social o individual (pegar, morder, romper algo…) y nos enfadamos, le gritamos o le castigamos, le estamos demostrando un amor condicional («Estoy contento y te muestro mi afecto cuando te portas bien; cuando te portas mal te excluyo, te grito y te muestro desprecio»). Por tanto, no solo transmitimos el mensaje de que no aceptamos sus errores, sino que el propio niño deja de aceptarlos como algo natural.

«Sé que puedes aprender de lo que ha ocurrido» es una expresión que denota confianza y amor incondicional, pero también lo es permitirles que se equivoquen y que ellos mismos se den cuenta de sus errores.

Haz la prueba: trata de hacer algo nuevo para ti, algo que no hayas hecho nunca; verás como al principio te equivocas un montón de veces. Si alguien a tu lado está continuamente diciéndote que lo haces mal, al final te desanimas y tú mismo te dices: «No sirvo para esto». Así es como se ha estructurado la educación durante siglos: partiendo de los errores y anulando las libertades de la infancia: «No toques eso», «no corras»… Hay una epidemia de personas con baja autoestima, porque han crecido enfocadas en sus errores y sin la libertad para conocer todo su potencial.

Cuando tú mismo tienes la oportunidad de corregir tus errores, cuando además sientes afecto, apoyo incondicional y cariño se construye otro mensaje interior bien distinto: «Puedo conseguirlo».

Es normal que los niños y las niñas se equivoquen mucho, para ellos todo es nuevo.

¿Y si la autoestima es excesivamente alta?

Como ya hemos visto, las personas que tienen una autoestima sana son las que se conocen y son conscientes de sus fortalezas y sus debilidades. La falta de autoestima supone la creación de un autoconcepto enfocado solo en las debilidades. Sin embargo, también puede suceder, en algunas ocasiones, que esa percepción solo se enfoque en las fortalezas, sin tener en cuenta las limitaciones.

Este exceso de autoestima puede deberse a dos tipos de escenarios durante la infancia:

1. Cuando se reciben estilos educativos basados en la permisividad sin límites: la creencia que se asienta es «Yo puedo hacer todo lo que me dé la gana». Por tanto, se genera un sentimiento de falsa importancia: «Estoy por encima de todo y de todos». También suele ocurrir que estos niños crecen teniendo todo cuanto quieren y cuando quieren, incluso antes de que lo necesiten. No conocen el sentimiento de frustración. Poco a poco, se va forjando así un complejo de superioridad. Las consecuencias de este exceso de ego suelen darse a nivel interpersonal, porque tienen más conflictos en sus relaciones. A esto se le llama, en términos de psicología, narcisismo primario.

2. Cuando se sufre falta de amor, de presencia, de cariño y de afecto: esto puede generar la creencia de que no son suficientes para ser queridos. Lo que hacen en estos casos es crear una «falsa autoestima» de c

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