Guardianas

Emilia Diaz

Fragmento

PRÓLOGO

Primer plano de mano de una niña tomada por otra mano anciana

En un lugar sagrado de mi corazón guardo la escena más acogedora de mi vida. La piel de una mano más grande que la mía, envolviéndome con perfume a sabiduría y acompañándome en mis descubrimientos. Era una mano vieja, curtida, suave. No disolvía la pequeñez de las mías en su grandeza y experticia, no intentaba ayudarme a encontrar respuestas. Hacía crecer la confianza en mis preguntas.

Primer plano de la mano de la niña acariciando una hierba que brota del pasto

¿Cómo nacen las cosas? Me hice esta pregunta una mañana, con cinco años, tirada boca abajo después de una lluvia. Sentí profundo el aroma de la tierra y luego despegué una mejilla para quedar tendida con la nariz de costado. Veía con un ojo el mundo hecho mitad pasto y mitad cielo. Me sentí ese cielo y esa hierba, una partícula minúscula de algo mucho más grande y más poderoso que yo.

Vi moverse un insecto a contraluz hasta volar hacia el cielo. Quedó mi ojo pegado al pasto seco de verano, con eco de haber sido regado la tarde anterior, un aroma viejo a tierra de ayer mojada, pronta para resquebrajarse.

Me vi ahí, como ese insecto, ni sola ni acompañada, toda una con el pasto, toda una con el bicho y con ese cielo que estaba en mí y en la sombra que proyectaba mi silueta, que no era más que el mismo cielo al revés.

Mi pequeñez gigante para ese bicho y la gigantez del cielo para mí: todo uno, toda yo y mi pequeña existencia.

Plano abierto. Contraluz. Perfil de cuerpo de mujer embarazada con contracciones sobre sillón.

Amanecer de un 25 de diciembre. Año 2010

Eran las nueve de la mañana. El trabajo de parto comenzó a las cuatro. Algo de la ensalada rusa y el lechón de Navidad descansaba en la pileta de la cocina. La familia invitada a la velada tuvo que ser despedida enseguida de los fuegos artificiales que pintaron el cielo del barrio Palermo. Se anunciaba así la llegada de Vicente, mi primer hijo.

Amanecía. Tumbada en el living, el cansancio y el sueño lograron aplastarme. El sol salía con fuerza, anunciando uno de los días más calurosos de aquel verano. Mariana, mi comadrona, tomó mi mano y con una dulzura insospechada me dijo:

—¿A qué le tenés miedo?

No entendí la pregunta. Solo sentía agotamiento. No había registrado la emoción hasta que ella me invitó a mirar ahí. Hurgué en mí. Abrí una puerta que tenía muy a mano y no sabía, porque contesté rápido.

—Al dolor, le temo al dolor. —Y rompí en llanto.

Agua ancestral, que venía de todas las mujeres de mi vida, de todos los partos de esas mujeres, de todas las veces que se abrieron para dar a luz; a pesar de sus heridas emocionales y corporales. El agua de mis ojos limpiaba en ese acto todo miedo, toda oscuridad y toda duda.

—¿Sentís dolor ahora? —siguió.

—Tengo miedo del dolor que vendrá —respondí aún llorando.

—No falta nada… Ya estás con siete centímetros de dilatación.

Y como el sol que subía en el horizonte se abrió el agua de mi útero, mi alma y mi árbol; inundándolo todo de fuerza y confianza en mí misma.

Primer plano mano de mujer sosteniendo mano de anciano

Silencio. Goteo de suero. Mi padre se iba en la misma cama donde me trepaba de niña los domingos a pedirle que me rascara la espalda. Sus manos ya no tenían aquella fuerza, pero su suavidad era extrema. Brotaron palabras que nunca ensayé ni en sueños. Agradecí cada paso que dio, cada carcajada compartida, cada abrazo de los buenos. Le recordé sus viajes, su osadía, su valentía. Le di confianza para partir. Permiso. Abrí las puertas oxidadas del olvido y sentí su cuerpo alejarse. Soltó mi mano, lento, melodioso, elegante. Se fue confiado. Agradecido. Bello.

Primer plano manos de mujer sobre teclado

Escribo llevada por un viento sin capacidad de destrucción. Un calmo viento al que me subo para recorrer territorios que desconocía, pero intuía.

Me mueve la memoria de la ausencia de abrazos y relatos de abuelas. Me mueve extrañar lo que no tuve.

Me motiva la incógnita de la vida y la muerte. La magia del trayecto vital, lo que llamamos «casualidades de la vida». El misterio oculto en el dolor y el mensaje que sobrevive bajo manos curtidas que brindan alivio.

Escribo habiendo escuchado atenta la palabra de mujeres sabias, sin espíritu redentor. Curiosa cabalgo el perfume de sus magias. Creo en el poder del alma y del espíritu. Me río de lo que creo, me río de lo que creí antes de ellas. Mi mente racional se burla cada tanto mientras brotan evidencias que avergüenzan mi soberbia androcéntrica.

Claro que no fui sola. Compartí distintas etapas de este viaje con la comadrona Mariana Muslera, la periodista Carla Colman y la fotógrafa y docente Mery Slinger. Emocionadas asistimos a varios revolcones vitales durante el proceso. Todos finalmente felices, por suerte. Pero «que las hay, las hay», dijimos ante algún que otro evento inesperado.

Un misterio, estas criollas magas que se esconden en las rutas de este Uruguay tempranamente secularizado, tomado por otra religión a la que llamamos modernismo y Barrán tradujo «disciplinamiento».

Brujitas que quedaron a la vera del progreso técnico y la ciencia, «por suerte», pienso. «Supercherías», lo que hacían, les llamaron. Calmaban donde no llegaban los médicos, y cuando los médicos llegaron y no calmaron, siguieron iniciando con su magia a otras generaciones.

En un mundo donde tercerizamos los afectos y «solucionamos» problemas físicos y emocionales con técnicos instruidos en academias prestigiosas, llevando una vida cotidiana vertiginosa entre recetas de especialistas laureados, sería una locura proponer mirarnos a los ojos y escucharnos sin intermediarios para llegar al fondo mismo del corazón, y que eso solo, tan chiquito y tan gigante, nos sane. Este libro es una invitación a esa locura. Les invito a sanar en relación.

Estas guardianas, desde el río Queguay hasta las Sierras de Rocha, desde el cerro Batoví hasta Villa Rodríguez, recorren un camino más largo para sanar. Uno emocionalmente más costoso e ideológicamente más debatible: sortear los prejuicios de lo que muchos llaman «magia carente de toda ciencia». Todo lo que no podemos tocar, ni medir, mucho menos categorizar. Lo que sucede en los límites de la cordura y la certeza, todo eso que supervive al costado del camino —oculto, silenciado y sin voluntad de brillar—, es lo que late en estas páginas.

Quizás sea el camino que recorrimos o recorreremos cuando, habiendo probado ya todos los otros, nos quede por transitar uno que siempre estuvo allí, donde nunca «vimos» bien.

Nacimiento y muerte, intriga eterna. En el centro: la vida. Y como luz tintineante, las preguntas. Esas que nos hacemos cuando nos permitimos una pausa. Cuando dejamos que surja, bien e

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