Crianza para principiantes

Alberto Grieco

Fragmento

Corporativa

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Penguin Random House

Al doctor Florencio Escardó, maestro de la pediatría; a Eva Giberti, creadora de la Escuela para padres, cuyas ideas nos siguen acompañando, y a todas las familias que nos inspiraron durante tantos años de consultas.

PRÓLOGO
Del cuidado del deseo

Leer este libro fue reencontrarme con nuestras visitas al consultorio de Alberto. Él fue un médico que nos trató sin culpa, sin miedo y sin autoritarismo. Nos enseñaba de qué somos responsables, pero nunca nos transmitió “esto es culpa de ustedes”. Básicamente lo recuerdo con dos reacciones: inclinar la cabeza y sonreír, que yo traducía como “te estás preocupando demasiado y esto lo vi muchas veces”, o bien inclinar la cabeza sin sonreír, que yo traducía como “esto no es grave pero no hay que perderle la pista”. En ninguno de los casos nos transmitía miedo, sino alivio. Finalmente, uno no sentía que había preguntas “bobas”, demasiado elementales, y tampoco estaba mal si necesitábamos repetir una consulta. Como papá, no sentí vergüenza ni distancia ante alguien que usara el diploma como una herramienta de poder en la relación.

Este manual nos anima a confiar en nuestro criterio o conocimiento. En mi caso, iba con tantas inseguridades y preguntas. Antes no se me ocurría que había algo, alguien, adentro mío a quien recurrir. Ser padres es exponerse a una reunión de consorcio en la que todos opinan. Desde que asoma la panza en la mamá, sea en una plaza o en un autobús, no falta quien prediga el sexo o anticipe alegrías o preocupaciones, si uno lo abriga demasiado o lo lleva descalzo donde debería usar botas de construcción. En fin. Voces y más voces. Y en medio de ese “aullido benefactor”, uno intenta descifrar qué es lo mejor, encontrar el frágil hilo de la propia voz. Saber si uno lo va a hacer bien, si voy a ser un buen papá para mi hijo. Entonces aparece alguien como Alberto y nos va enseñando como un buen baqueano.

Nos olvidamos, para bien y para mal, con demasiada ligereza de las épocas de las que venimos: mis abuelos convivieron con guerras, mis padres con dictaduras, yo también. No fue hace tanto. No eran tiempos en que una persona tuviera un valor especial ni único. Ahora estamos en una época en la que por un lado se alienta a un gran individualismo, a ser nosotros mismos, a tener nuestra propia configuración… casi de lo que sea. Pero lo cierto y de base es que hay una estandarización como nunca la hubo. Si a tal edad no hizo tal cosa, si a tal edad no conseguiste tal otra, y ya uno queda fuera de carrera. Luego no faltará una nota en un periódico que diga que Newton no pronunciaba la “erre” o que Einstein tardó en hablar, y ahí sentiremos alivio como padres, pero lo cierto es que la presión por el patrón normalizador es grande.

Con gran sorpresa encontré entonces que una de las palabras que más se repiten aquí es “propio”. Me encantó leer “El bebé es el autor de su propio desarrollo”. Otras expresiones recurrentes: “Cada niño…”, “Cada familia”, “Cada padre encontrará la propia…”. Así una y otra vez. Cada familia es única. Y esa apelación constante a la singularidad era la lección de la consulta con Alberto, que se refleja en este libro. No nacimos para ser reclutados, estandarizados, sino para crecer y crearnos como personas únicas. Hay lugar para ser un ser nuevo, que encuentre un lugar en el “nosotros”, pero somos parte de la creación, no de la fotocopiadora.

Les escribí cartas a mis hijos cuando eran muy pequeños, del tipo “cápsulas en el tiempo”. En una le cuento al mayor la experiencia de ir a lo de Alberto y ver cómo iban creándose el vínculo y la confianza:

Fue una gran lección para mí ir a las consultas del doctor Grieco y que siempre tuviera paciencia en el acercamiento con vos. Nunca lo forzó, no lo apuró, no se puso ansioso ni se sintió cuestionado si te mostrabas remiso.

Jugaba a que te prestaba el estetoscopio, porque no dejabas que lo apoye en vos. Y, consulta a consulta, un día empezaste a jugar, en casa, a que vos eras el doctor y nos revisabas a mamá y a mí… por supuesto nosotros tenemos que hacer que lloramos y pedimos: No, no, no. Mientras vos sonreís feliz como perdiz, y a veces comentás:

—Tranquilo, papá, tranquilo.

Con voz dulce y calma.

Nos oís el corazón apoyando un estetoscopio de juguete, y lo apoyás sea en el pecho, o en un brazo o en el pie, ¡de poderoso que debe ser ese estetoscopio! Y sos vos el que

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