Disciplina sin lágrimas

Fragmento

DisciplinaLagrimas.html

Introducción

Disciplina relacional, con poco drama:

estímulo de la cooperación mientras se desarrolla

el cerebro de un niño

No estás solo.

Si no sabes cómo actuar para que tus hijos discutan menos o hablen de forma más respetuosa..., si no sabes cómo impedir que tu niño pequeño trepe a la litera de arriba, o cómo conseguir que se vista antes de ir a abrir la puerta..., si estás harto de tener que usar una y otra vez la misma frase («¡Corre! ¡Que llegas tarde a clase!») o de librar otra batalla por la hora de acostarse, o por los deberes, o por ver demasiado la tele..., si has experimentado alguna de estas frustraciones, no estás solo.

De hecho, ni siquiera te sales de lo común. ¿Sabes lo que eres? Un padre. Un ser humano y un padre.

Es difícil saber imponer disciplina a los hijos. Es difícil y punto. La cosa suele ir así: ellos hacen algo que no deberían. Nosotros nos ponemos furiosos. Ellos se alteran. Hay lágrimas. (A veces las lágrimas son de los niños.)

Es agotador. Es exasperante. Todo el drama, los gritos, los sentimientos heridos, la pena, la desconexión.

Tras una interacción especialmente angustiosa con tus hijos, quizás alguna vez te hayas hecho estas preguntas: «¿No soy capaz de hacerlo mejor? ¿No puedo ser más hábil, ser un padre más efectivo? ¿Cómo impongo disciplina de manera que la situación se distienda en vez de que aumente el caos?» Quieres que cese la mala conducta, pero también deseas reaccionar de una forma que valore y potencie la relación con tus hijos. Quieres construir una relación, no dañarla. Quieres que el enfrentamiento disminuya, no que aumente.

Puedes hacerlo.

De hecho, este es el principal mensaje del libro: Realmente eres capaz de disciplinar con respeto y estímulo, pero también con límites claros y coherentes. Puedes imponer disciplina de forma que privilegie la relación y el respeto, y relegue el enfrentamiento y el conflicto a un segundo término, y en el proceso, puedes fomentar un desarrollo que favorezca buenas aptitudes relacionales y mejore la capacidad de los niños para tomar decisiones acertadas, tener en cuenta a los demás y adoptar actitudes que los preparen para el éxito y la felicidad durante toda la vida.

Hemos hablado con miles de padres de todo el mundo, les hemos enseñado lo esencial acerca del cerebro y cómo afecta este a la relación con sus hijos, y hemos visto lo ávidos que están por aprender a abordar la conducta de los niños de una manera más respetuosa y efectiva. Los padres están cansados de chillar tanto, de ver malhumorados a sus hijos, de que estos sigan portándose mal. Saben qué clase de disciplina no quieren utilizar, pero no saben qué alternativa elegir. Quieren imponer disciplina de una manera amable y afectuosa, pero cuando se enfrentan a la tarea de conseguir que los hijos hagan lo que deben hacer, se sienten abrumados y hasta cansados. Quieren una disciplina que funcione y con la que se sientan a gusto.

En este libro te introduciremos en lo que denominamos el «enfoque del Cerebro Pleno, Sin Lágrimas» de la disciplina, en virtud del cual sugerimos principios y estrategias que eliminarán la mayor parte de los enfrentamientos y las emociones fuertes que suelen caracterizar la disciplina. Como consecuencia de ello, tu vida como padre será más fácil y la crianza de tus hijos acabará siendo más efectiva. Y lo más importante: en el cerebro de tus hijos se establecerán conexiones relacionadas con destrezas emocionales y sociales que les servirán ahora y a lo largo de toda su vida, al tiempo que fortalecerás la relación con ellos. Esperamos que descubras que los momentos en que se requiere disciplina son realmente algunos de los más importantes en la crianza de los hijos, precisamente las situaciones en que se presenta la oportunidad de moldear a nuestros hijos de forma más efectiva. Cuando surjan estos desafíos —y surgirán—, serás capaz de observarlos no solo como temidas situaciones de disciplina en las que predomina la ira, la frustración y el enfrentamiento, sino también como oportunidades para conectar con los niños y redirigirlos hacia conductas que les sean más útiles a ellos y a toda la familia.

Si eres educador, terapeuta o instructor responsable también del crecimiento y el bienestar de niños, descubrirás que estas técnicas funcionan igual de bien con tus alumnos, pacientes, clientes o equipos. Recientes descubrimientos sobre el cerebro nos brindan profundas percepciones sobre los niños que cuidamos, lo que necesitan y cómo imponerles disciplina de tal modo que se favorezca un desarrollo óptimo. Hemos escrito este libro para todo aquel que se ocupe de un niño y esté interesado en estrategias afectuosas, con base científica, efectivas, que ayuden a los pequeños a desarrollarse bien. A lo largo del texto usaremos la palabra «padre», pero si eres abuelo, profesor o cualquier otra persona importante en la vida del niño, este libro también es para ti. Nuestra vida es más valiosa en colaboración, y esta unión puede comenzar con los muchos adultos que cooperan en la crianza de un niño a partir de sus primeros días de vida. Esperamos que todos los niños tengan en su vida muchos cuidadores preocupados por su interacción con ellos y, cuando sea preciso, los disciplinen de manera que se creen destrezas y se intensifique la relación.

REIVINDICACIÓN DE LA PALABRA «DISCIPLINA»

Empecemos con el verdadero propósito de la disciplina. Cuando tu hijo se porta mal, ¿qué quieres conseguir? ¿Tu objetivo fundamental son los «correctivos educativos»? En otras palabras, ¿la meta es castigar?

Claro que no. Si estamos enfadados, quizá sintamos que queremos castigar a nuestro hijo. La irritación, la impaciencia, la frustración o simplemente la inseguridad pueden hacer que nos sintamos así. Es del todo comprensible e incluso habitual. Sin embargo, en cuanto nos hemos calmado y las aguas han vuelto a su cauce, sabemos que aplicar correctivos no es nuestro objetivo primordial.

Entonces, ¿qué queremos? ¿Cuál es el objetivo de la disciplina?

Bien, comencemos con una definición formal. La palabra «disciplina» procede directamente del latín disciplina, que se utilizaba en el siglo XI con referencia a enseñar, aprender y dar instrucciones. Así pues, desde sus inicios, «disciplina» ha estado relacionada con la enseñanza.

En la actualidad, la mayoría de las personas asocian a la práctica de la disciplina solo el castigo o los correctivos. Es el caso de la madre con un hijo de dieciocho meses, que preguntó a Dan lo siguiente: «A Sam le he enseñado muchas cosas, pero ¿cuándo empiezo a disciplinarlo?» La madre consideraba que necesitaba abordar el comportamiento de su hijo, y daba por supuesto que de la disciplina resultaba el castigo.

Mientras leas el libro, queremos que tengas presente lo que explicó Dan: que siempre que imponemos disciplina a los niños, el objetivo global no es castigar ni aplicar correctivos, sino enseñar. La raíz de «disciplina» es la palabra discipulus, que significa «alumno», «pupilo» y «educando». Un discípulo, aquel que recibe disciplina, no es un prisionero ni un destinatario de castigo

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