La crisis de los 38

Fragmento

El mensaje de WhatsApp vibró en el bolsillo de su pantalón, así que no pertenecía a ninguno de los 327 grupos a los que había sido agregado sin preguntar y que había silenciado de inmediato. La notificación significaba que otro ser humano buscaba comunicarse directamente con él. Repasó en su mente la corta lista de sospechosos: su madre con algún pedido, su mejor amigo con algún chisme o su ex con ganas de seguir complicando las cosas entre los dos.

No acertó. El remitente era un compañero de facultad con quien jamás había intercambiado mensajes más allá del grupo «Compañeros de facultad» al que había sido agregado sin preguntar y al que solo entraba periódicamente para borrar los videos sexuales que llenaban la memoria del teléfono.

«Soy Carlitos. Perdoná la joda, pero Esteban se murió, les estoy avisando uno por uno». Santiago respondió con el sencillo emoji del rostro amarillo con una gota al costado de la cara. Se cuidó de no enviar el rostro amarillo con una gota en la frente, ya que había leído que para los japoneses significaba algo diferente a la tristeza. Y no era que Carlitos fuera japonés ni se apasionara con esa cultura; de acuerdo a su participación en el grupo de WhatsApp, su pasión eran las mujeres con tetas grandes.

Santiago dejó el celular sobre el escritorio y se llevó las manos a la frente. Lo invadió un único pensamiento: «¿quién mierda es Esteban?». De todos modos, ya le había pedido a su jefe que le permitiera salir más temprano para ir al velorio, y como trabajaba en una oficina pública no le hicieron preguntas; alcanzó con llenar un formulario digital que habilitaba el abandono del puesto.

Mientras viajaba en Uber hasta la sala velatoria creyó recordar, por fin, el rostro del muerto. Menuda sorpresa se llevó cuando terminó de bajarse del auto y vio ese rostro fumando un cigarrillo en la vereda.

–Santiago, viniste. Espero que mi mensaje no te haya llegado en un momento inoportuno –dijo Carlitos.

–¡Carlitos! –gritó Santiago. Un poco para alegrarse de no haber visto un fantasma y otro poco como ejercicio para memorizar la combinación de cara con nombre. Algo que no había hecho con Esteban, quienquiera que hubiera sido.

–El corazón le falló, pobre. Tan joven. Él sabía que tenía que cuidarse con las comidas, pero no daba pelota –ese dato redujo la lista de sospechosos a tres gordos con los que había compartido la carrera de Administración de Empresas y un asado de reencuentro que terminó con vómitos en el salón comunal de un edificio (por suerte) ajeno.

Le llevó un rato saludar a tantos rostros anónimos hasta poder acercarse al féretro, con la esperanza, por primera vez en su vida, de que estuviera abierto. Lo estaba, y allí vio a Esteban, de cachetes maquillados y duro como una estatua. Esteban, el que una vez se había negado a prestarle los apuntes de Contabilidad Financiera. Sintió algo parecido a una helada venganza, hasta que escuchó un sollozo dentro de aquella pequeña habitación.

–Esteban siempre habló muy bien de vos.

Se dio vuelta y encontró a una joven en evidente estado de viudismo. Estaba seguro de no haberla visto en toda la vida, aunque con su experiencia temía que resultase una prima hermana con la que hubiera compartido varias vacaciones de verano. Prometió revisar el grupo de WhatsApp de los primos hermanos cuando volviera a su casa.

–Todos lo queríamos mucho –respondió Santiago a la mujer desconocida.

Decidió quedarse un par de horas en ese espectáculo de la muerte, no por lo bien que el occiso había hablado de su persona, sino porque tenía el resto del día libre y las cafeterías de las empresas fúnebres se caracterizaban por la buena cantidad y calidad de ofertas gastronómicas. Tomó un café y comió una medialuna, mientras escuchaba de fondo a la viuda de Esteban repetir diecisiete veces la historia de cómo su marido se había desplomado sobre el volante mientras esperaba a ser atendido en el AutoMac. Cada vez que ella recuperaba las fuerzas, entraba un nuevo doliente a quien contar la anécdota y con quien volver a explotar en llanto.

De paso se enteró de las biografías actualizadas de muchos de sus excompañeros, que en quince años habían acumulado viajes a sitios exóticos, ascensos en compañías multinacionales, casamientos y descendencias. Pese a su memoria de pez, descubrió que los patrones de conducta se repetían: la cheta ahora era cheta con hijos, el que cagaba a la novia ahora cagaba a la esposa (que había sido su amante) y el que copiaba en los exámenes era suplente de diputado. Contaban todas sus vidas sin que él les preguntara, aunque en ocasiones se veía obligado a dar alguna respuesta.

–¿Vos en qué andás?

–Trabajo en una dependencia del Estado. Gané un sorteo hace doce años.

–¿Y ahora qué sos, director? ¿Jefe de área?

–No, sigo en el mismo puesto que tenía cuando entré.

–Típico tuyo, Ferreri. El día que tengas ambiciones nos vamos a caer de culo.

Una carcajada colectiva inundó la cafetería y le dejó un cuarto de luna (media medialuna) atragantada en el buche. Se imaginó las siguientes décadas contando los días para jubilarse y mirando la misma mancha de humedad debajo del aire acondicionado de la oficina, cuya temperatura era lo único que realmente le importaba durante nueve horas, cinco días a la semana. Así pasaría el resto de los días hasta que, retirado y recluido en su hogar, los órganos dejaran de funcionarle y los vecinos encontraran su cadáver, no por notar su ausencia sino por notar el hedor. Deseó que en el futuro inventaran detectores de olor a muerte similares a los detectores de humo, para facilitarles la tarea.

Tiempo después, Santiago recordaría aquel momento en la cafetería como el «clic» que precipitó tantos sucesos inéditos en su existencia. El «clic» había sido el de Restuccia, quien se abrochó la riñonera, pagó la Coca-Cola y corrió a encontrarse con su amante antes de que «la Bruja» sospechara. La Bruja podía tolerar un marido que usara riñonera, así que seguro podía tolerar muchísimas cosas más.

*

Lo bueno de tener un amigo freelancer (un amigo de verdad, no uno de esos «amigos» a los que había abrazado durante las últimas horas) era la flexibilidad absoluta de sus horarios. Eran las tres de la tarde y Alejandro no solo había aceptado la invitación de Santiago para comer en un bar; ni siquiera había desayunado.

–Ayer me quedé terminando un laburito hasta las cinco de la mañana –no valía la pena preguntarle a Alejandro de qué se trataba. Lo único que Santiago había entendido del trabajo de su amigo, luego de una década de conocerlo, era que involucraba computadoras, que le llevaba más tiempo del que debía y que jamás le pagaban lo que merecía.

–Escuchame, Ale. No puedo seguir así. Tengo casi 40 años y siento que no hice nada con mi vida.

–Pará, che. Sos un tipo exitoso. Tenés tu propio apartamento, tenés esa colección de revistas raras...

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