Moral, inmoral y amoral

Osho

Fragmento

Título

INTRODUCCIÓN

El hombre puede vivir de dos maneras: conforme a los dictados de otros —los puritanos, los moralistas— o de acuerdo con su propia luz. Es fácil seguir a otros, es conveniente y cómodo, porque si se sigue a otros ellos se sienten bien y están contentos con uno.

Nuestros padres están felices si seguimos sus ideas, aunque carezcan de valor porque no han iluminado sus vidas, y es evidente que así es. No pueden ver un hecho simple: que su vida ha sido un fracaso, que no ha sido creativa, que nunca ha tenido el sabor de la dicha, que no han sido capaces de descubrir la verdad. No han conocido el esplendor de la existencia, no tienen idea de lo que es. Sin embargo, sus egos insisten en que sus hijos deben ser obedientes, que deben seguir sus dictados. Los padres hindúes forzarán a sus hijos a ser hindúes, y ni por un momento pensarán en qué les ha ocurrido. Han seguido esas ideas toda su vida y su vida es vacía; nada ha florecido. Han vivido en la miseria, en el infierno, y sus hijos vivirán en la miseria y en el infierno, pero ellos creen que aman a sus hijos. Con toda la buena intención y destruyen el futuro de sus hijos.

Los políticos intentan en todas las formas posibles que la sociedad viva conforme a sus ideas, y desde luego fingen ante otros y ante ellos mismos que están realizando un «servicio público». Y todo lo que están haciendo es destruir la libertad de las personas. Están tratando de imponer ciertas supersticiones que sus padres, sus líderes y sus sacerdotes les impusieron.

Los políticos, los sacerdotes, los pedagogos; todos tratan de crear una falsa humanidad, de crear seres humanos no sinceros. Tal vez no ha sido ése su propósito, pero eso es lo que ha ocurrido. Y un árbol es juzgado por sus frutos; no importa cuál haya sido la intención del jardinero. Si sembró semillas de hierba y esperaba, pretendía, deseaba que crecieran rosas sólo por sus buenas intenciones, no saldrán rosas de las hierbas: ha destruido todo el campo. Imponer una estructura de carácter a una persona es hacerla no sincera, es volverla hipócrita.

La sinceridad significa vivir de acuerdo con tu propia luz. Por eso el primer requisito para ser sincero es ser meditativo. Lo primero no es ser moral, no es ser virtuoso: lo más importante es ser meditativo, de modo que puedas hallar una pequeña luz dentro de ti y comenzar a vivir de acuerdo con ella. Y a medida que vives, esa luz crece y te da una profunda integridad. Como viene de tu propio ser interior, no hay división.

Cuando alguien te dice: «haz esto, se debe hacer», naturalmente crea una división dentro de ti. No quieres hacer eso, quieres hacer otra cosa. Pero alguien —los padres, los políticos, los sacerdotes, aquellos que tienen el poder— quiere que sigas cierta ruta. Tú nunca quisiste seguirla, así que la seguirás contra tu voluntad. No pondrás el corazón en ella, no estarás comprometido con ella ni te involucrarás con ella. Irás por ella como un esclavo. No es tu elección; no viene de tu libertad.

La sinceridad significa no llevar una doble vida… y casi todo el mundo lleva una doble vida. Dicen una cosa y piensan otra. Nunca dicen lo que piensan, dicen lo que es conveniente y cómodo, lo que será aprobado, aceptado. Dirán lo que otros esperan. Ahora lo que dicen y lo que piensan se vuelven dos mundos separados. Dicen una cosa, siguen haciendo otra, y luego, naturalmente, tienen que esconderla. No pueden exponerse porque entonces la contradicción quedará al descubierto y estarán en problemas. Hablan de cosas bellas y llevan una vida fea.

Esto es lo que la humanidad se ha hecho a sí misma hasta ahora. Ha sido un pasado de pesadilla.

El hombre nuevo es una necesidad absoluta porque el viejo está podrido por completo. El viejo está en conflicto continuo consigo mismo, en lucha consigo mismo. Lo que hace lo lleva a sentirse miserable. Si sigue su propia voz interna siente que va en contra de la sociedad, en contra de la gente de poder, en contra de lo establecido. Y lo establecido ha creado una consciencia en nosotros; esa conciencia es un procedimiento muy tramposo, una estrategia. Es el policía dentro de nosotros, implantado por la sociedad, que insiste en condenarnos: «Esto está mal, no es correcto. No debes hacerlo, debes sentirte culpable… eres inmoral».

Si sigues tu propia voz, tu conciencia está en conflicto contigo; no te dejará en paz, te atormentará, te hará la vida imposible. Y tendrás miedo de que alguien se entere. Y es muy difícil de ocultar, porque la vida significa relacionarse: alguien tendrá que saber, alguien tendrá que descubrirlo; no estás solo.

Por eso los cobardes escaparon a los monasterios, a las cuevas del Himalaya, por una sola razón: que allá nadie los encontrará. Pero, ¿qué vida se puede llevar en una cueva? ¡Ya has cometido suicidio! Estar en una cueva es estar en una tumba… y vivo. Si estás muerto en una tumba, parece bien… ¿dónde más podrías estar? Pero, ¿vivo y en una tumba? ¡Es un verdadero infierno!

En los monasterios las personas llevan una vida miserable. Sus caras largas son un resultado simple de una vida cobarde. Si uno está en el mundo, viviendo con la gente, no puede esconderse mucho tiempo; se puede engañar a algunas personas por un tiempo, pero no para siempre. Y, ¿cómo puede engañarse a sí mismo? Aun si los demás no lo descubren, uno sabe que lleva una doble vida… y vive con culpa.

Todo el mundo siente culpa, y los sacerdotes quieren que sintamos culpa, porque mientras más culpables seamos, más estamos en sus manos. Tenemos que acudir a ellos para librarnos de la culpa. Tenemos que ir al Ganges a darnos un baño, tenemos que ir a La Meca, a La Kaaba, para librarnos de la culpa. Tenemos que ir a confesarnos con el sacerdote católico para librarnos de la culpa. Tenemos que ayunar y someternos a otras austeridades y penitencias para castigarnos. ¡Todos éstos son castigos! Pero, ¿cómo podemos ser felices? ¿Cómo podemos sentirnos alegres y dichosos? ¿Cómo podemos regocijarnos en una vida en la que continuamente nos sentimos culpables, nos castigamos y nos condenamos?

Y si elegimos no seguir nuestra voz interior, y seguimos los dictados de otros —le llaman moralidad, etiqueta, civilización, cultura—, entonces también esa voz interior comenzará a acosarnos continuamente. Nos dirá que no somos fieles a nuestra naturaleza. Y si sentimos que somos infieles a nuestra naturaleza, nuestra moralidad no puede ser un regocijo; sólo será un gesto vacío.

Eso es lo que le ha ocurrido al hombre: se ha vuelto esquizofrénico.

Mi esfuerzo aquí es para ayudarte a volverte uno. Por eso no enseño moralidad alguna, de ningún carácter. Todo lo que enseño es meditación, para que puedas escuchar tu voz interior con más claridad y seguirla a cualquier costo. Porque si sigues tu voz interior sin sentirte culpable, tu recompensa será inmensa, y al mirar atrás verás que el costo no fue nada. Parecía enorme al principio, pero cuando hayas llegado al punto en que la sinceridad se vuelve natural, espontánea —cuando ya no hay división en ti—, verás que ocurre una celeb

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