Oliver Twist (Los mejores clásicos)

Charles Dickens

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

(Se advierte a los lectores que esta introducción

explicita detalles del argumento.)

La primera entrega de Oliver Twist, o, lo que es lo mismo, The Parish Boy’s Progress de Boz, apareció en la Bentley’s Miscellany en febrero de 1837, cuatro meses antes de la muerte de Guillermo IV y de la ascensión al trono de la reina Victoria. La segunda novela de Dickens, más sórdida y breve que la anterior, publicada en la nueva revista donde él ejercía de editor, resultó una sorpresa para aquellos que todavía leían Los papeles póstumos del Club Pickwick, la extensa serie cómica que se estaba publicando desde abril de 1836 y que no se cerró hasta noviembre del año siguiente. Las geniales aventuras del gafe y acomodado gordinflón señor Pickwick, y de su fiel sirviente cockney, Sam Weller, habían cautivado al público, y la tirada de las entregas mensuales se había multiplicado por cuarenta, hasta llegar a los veinte mil ejemplares. Ahora, no obstante, Dickens se había concentrado de forma deliberada en otra clase social y otra estructura moral: el que más se acerca al señor Pickwick en Oliver Twist es el señor Brownlow, un viejo caballero bienintencionado, el protector de Oliver, que se cuenta a duras penas entre la media docena de personajes más memorables o más logrados artísticamente de la obra. Esta expulsaría a su público de las amplias carreteras con alegres carruajes de Pickwick para introducirlo en los callejones y antros más oscuros y peligrosos.

Lord Melbourne, el joven primer ministro y mentor de la reina Victoria, fue uno de los primeros lectores de la novela. Su primera reacción, que nos llega a través del diario de la reina, fue de repulsión: «Todo ocurre entre hospicios, fabricantes de ataúdes y carteristas [...], no me gustan esas cosas; deseo evitarlas; no me gusta que existan en la realidad, así que no me gusta que se representen en la ficción». Ella, en cambio, la encontró «excesivamente interesante».[1] Había, además, algo nuevo en la «forma» que tenía Dickens de describir esas escenas de la vida de los desfavorecidos. El superventas de Pierce Egan, Life in London, de 1821, dedicado a Jorge IV, e ilustrado, como Oliver Twist, por el genial George Cruikshank (junto con su padre y su hermano), había ofrecido una imagen moderna y excitante, además de entrañable, de los inmorales bajos fondos. Con sus protagonistas Tom y Jerry de visita por los suburbios, «deambulando y de juerga por la metrópolis», Egan introdujo al público en el «atractivo» mundo de las hermandades criminales y de apuestas, pero a través de un trasfondo cómico y siempre con un escape seguro por el que regresar a las comodidades del West End. Cuando los adinerados protagonistas acaban en el tribunal de paz de Bow Street después de una pelea, se trata solo de un episodio sentimental para dar testimonio de la humanidad de un juez y generar lástima por los problemas de una pobre chica, víctima de un cruel estafador. La moraleja es que «nunca se había visto que la justicia sirviera de mayor provecho». En cambio, el tribunal de paz donde termina Oliver Twist después de que lo arresten por error es un lugar completamente distinto, los dominios del abusivo señor Fang, brutal y severo al aplicar una «justicia» que, entre otras cosas, juega cada día «suficientes malas pasadas –dice Dickens– para que los ángeles lloren grandes lágrimas de sangre». El juez Fang condena sumariamente a Oliver a tres meses de trabajos forzados por un hurto que no ha cometido, la misma sentencia que recae sobre el protagonista de Paul Clifford de Bulwer-Lytton (1830). Aparece un testigo que exonera a Oliver, pero este pasa tan mal rato que se desmaya: «Estaba pálido como un cadáver y le temblaba todo el cuerpo». El estilo áspero, rápido y sardónico de Dickens, su tono cargado de sutilezas, que recuerda al estilo periodístico de las Escenas de la vida de Londres por «Boz» (1836-1837), denuncia la plausibilidad escandalosa de que injusticias de este tipo tuvieran lugar en una Inglaterra que no se preocupaba lo más mínimo por lo que pudiera ocurrir a aquellos que no tenían contactos en las altas esferas ni fondos en el banco.

El reverendo R. H. Barham, otro colaborador de la Bentley’s Miscellany, amigo de toda la vida de Bentley y consejero literario a sueldo, encontró que el inicio de Oliver Twist era preocupante en el ámbito político: «Por cierto –dijo a un amigo en abril de 1837– hay una especie de tono radical en Oliver Twist que no me gusta nada. Creo que se le pondrá remedio pronto, pues Bentley es leal hasta la médula».[2] La observación de Barham concuerda con el comentario del crítico moderno Steven Marcus: «El radicalismo social que se esconde detrás de la idea moral de Oliver Twist se manifiesta en el hecho de que está escrito desde un punto de vista que [...] le permite observar a la sociedad desde fuera».[3] En ningún momento de la novela se da a entender que el huérfano Oliver tenga la posibilidad de recurrir a las instituciones públicas, sean benéficas o legales, a por compasión o defensa.

De entrada, Oliver Twist no es una «novela victoriana». Al final, la policía reclama que abran la puerta «¡En nombre del rey!», y la Inglaterra donde transcurre la historia apenas ha empezado a convertirse en lo que podríamos considerar «moderna». Quizá lo que nos resulte más ajeno sea la amenazante presencia de la pena capital a lo largo del libro, cuyas implicaciones merecen observarse de cerca. Cuando conocemos a Oliver en el orfanato, recién nacido, está acostado «jadeando sobre un pequeño colchón de borra», y enseguida nos damos cuenta de que corre el peligro de que la sociedad le corte la respiración que se esfuerza por mantener. El caballero del chaleco blanco afirma que «ese muchacho acabará sus días en la horca». En el mundo donde lo emplaza su creador, un mundo habitado por individuos como Bumble, Sowerberry o Fagin, el final más plausible para el pequeño y marginal protagonista de Dickens parece ser el patíbulo. El apellido que Bumble otorga a Oliver no solo sugiere retorcimiento, sino su propio destino: uno de los significados de «twisted» en jerga es «ahorcado», y tal uso deriva, en el sentido más gráfico, de dar vueltas (twisting) por el balanceo de la cuerda.

Dickens nos introduce en un mundo atestado de horcas cuya extrema severidad legal es propia de su época. Entre 1801 y 1835 se sentenciaron a muerte a ciento tres niños menores de catorce años por delitos de robo (no obstante, la sensibilidad estaba cambiando y ninguna se llevó a cabo). Para que no parezca que el número de ahorcados disminuyó de forma natural gracias al progreso, hay que remarcar que en los primeros treinta años del siglo XIX se ajusticiaron al doble de personas que en los últimos cincuenta del siglo XVIII. Este incremento espantoso se puede asociar con la inestabilidad social que causaron las guerras Napoleónicas, la industrialización y el crecimiento de las ciudades, así como con el miedo hacia las clases bajas que creció entre las privilegiadas después de la Revolución francesa. En 1830 se dictó la extraordinaria cifra de 18.017 sentenc

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