La revolución axial

Juan Miguel Zunzunegui

Fragmento

cap-1

LA REVOLUCIÓN AXIAL

El origen de las religiones

La idea de lo divino y de los dioses fue surgiendo y cambiando lentamente en la historia de la humanidad. No ha dejado de cambiar nunca. Hoy en día, alrededor de la mitad de la población comparte la idea de un solo Dios que, con variaciones culturales, resulta ser el mismo. Hablamos de la tradición judeocristiana, en cuyo dios, llámese Yavé, Jehová, Alá, o simplemente Dios, creen unos 3 200 millones de seres humanos.

Unos mil millones de hinduistas, a pesar de las apariencias simbólicas, comparten la idea de un solo poder divino detrás de toda la existencia: Brahmán, una fuerza impersonal que sería más “lo creador” que “el creador”. Otros mil millones de budistas, taoístas, sijistas, mazdeístas, jainistas, yorubas…, entre otros, no hablan de dios o dioses, pero comparten en términos generales la idea de la unidad, de que toda la existencia fenoménica es en realidad una sola cosa.

Pero cómo llegó hasta nuestra mente la idea de Dios. En este punto, es fundamental distinguir entre Dios y la idea de Dios. La idea de Dios es eso, una idea, un concepto, y por lo tanto una invención humana; la invención que ha servido para cimentar cualquier cantidad de órdenes ficticios (entrega 2: Civilización e imperio), para legitimar imperios y monarquías, para encabezar guerras, para justificar asesinatos y conquistas.

Esa idea, ese concepto, es fruto del matrimonio perverso entre política y religión que existe desde el inicio mismo de la civilización. Es, evidentemente, un concepto enseñado y transmitido sin mucha reflexión de generación en generación. Es una idea asociada a una palabra, y ya que toda idea, todo pensamiento y toda palabra, son una invención humana derivada de nuestra capacidad de pensamiento abstracto y simbólico (entrega 1: La revolución del Sapiens), se hace evidente que el concepto humano de Dios muy poco tiene que ver con Dios.

Los humanos entendemos e interpretamos el mundo a través de símbolos y palabras, por eso creamos palabras y símbolos sobre Dios, conceptos humanos racionales que poco pueden acercarnos a algo que va mucho más allá de la razón, ya que la razón humana, una vez más, está llena de palabras, ideas y conceptos inventados por nosotros mismos.

La razón es incapaz en si misma de comprender la abstracción pura, de captar el nombre sobre todo nombre, el símbolo de todos los símbolos, la palabra detrás de todas las palabras, la causa incausada de todas las causas. Sin embargo, la razón no es el límite de la mente humana, y varios han sido los maestros que han comprendido la realidad que subyace a nuestra realidad: Lao Tse, Zoroastro, Heráclito, Platón, Siddhartha el Buda, Jesús el Cristo, el Profeta Muhammad.

La humanidad entera gira hoy en torno a sistemas de pensamiento religiosos, místicos y filosóficos basados en pocos grandes maestros, venerados de formas diversas a lo largo del mundo. Pero cómo lograron ellos comprender lo incomprensible, en qué ideas previas se basaron, cómo tuvieron la experiencia mística de lo divino y, lo más importante, qué contexto y acontecimientos de la historia humana permitieron, hace más de 2 mil años, el surgimiento de todas las religiones en las que hoy se sustenta la civilización.

CAOS EN LA FRANJA DE LA CIVILIZACIÓN

Cuatro cunas tuvo la civilización según el consenso actual: Egipto, Mesopotamia, India y China, donde en torno a grades ríos florecieron los primeros estados e imperios agrícolas alrededor del 3000 a.e.c.

Una cosa tienen en común estos cuatro emplazamientos, además de surgir en torno a ríos caudalosos que permitían el riego y la agricultura; todos comparten básicamente la misma latitud, entre el Ecuador y el Trópico de Cáncer. Es decir que se ubican en zonas climáticas comunes, cálidas y fértiles, la única zona del planeta en no quedar bajo los hielos en la última glaciación y donde fue posible la agricultura.

Desde hace unos 12 mil años se fueron fundando establecimientos humanos en torno a los valles fértiles generados por los ríos. Las pequeñas aldeas agrícolas fueron evolucionando lentamente hasta que alrededor del 3000 a.e.c habían nacido los primeros imperios. A partir de entonces la historia de la civilización es la historia de la guerra y la conquista.

La agricultura requiere de un esfuerzo colectivo, y dicho esfuerzo requiere de control social, es decir, de una estructura de poder. Toda estructura de poder está basada en el sometimiento, a veces más burdo, como ejercer la fuerza bruta de manera directa; y otras veces más sutil, como moldear las mentes de los individuos a través de los sistemas educativos y los medios de comunicación.

Así pues, la agricultura permitió establecimientos humanos permanentes donde era necesario llegar a acuerdos y administrar el trabajo. También generó excedentes que permitieron la manutención de élites de poder que llevaran a cabo la tarea de generar los acuerdos y administrar la riqueza del trabajo. Fue por eso que la agricultura generó los primeros sistemas de números y de letras; hacer cuentas y leyes era necesario para sostener la civilización.

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