Maoismo. Una historia global

Julia Lovell

Fragmento

Introducción.

Introducción

Pekín, otoño de 1936. Una amplia casa con jardín: la residencia allí de los periodistas estadounidenses Helen y Edgar Snow. Helen —casi en la treintena, de complexión delgada y sin curvas, atractiva al estilo Hollywood— se prepara para una mañana de escritura. La puerta de la calle se abre: por ella se asoma Edgar. No lo ve desde hace cuatro meses, desde el pasado mes de junio, un lapso en el que ha estado prácticamente incomunicado a raíz de su travesía al Estado comunista chino desplegado al noroeste del país.Viene, en las siempre agudas palabras de Helen, «sonriendo con una expresión tontorrona detrás de su barba entrecana, como un niño con un juguete nuevo». Bailoteando alegre alrededor de la estancia con «una gorra gris con una estrella roja en su desteñida parte frontal», ordena a su cocinera china un desayuno americano abundante, con huevos, café y leche.[1] Su mochila viene repleta de libretas con anotaciones, película fotográfica y un texto de veinte mil palabras transcritas de Mao. En los próximos meses, transformará ese material en un libro titulado La estrella roja sobre China,que llegará a ser un superventas mundial.La estrella roja sobre China marcará no solo la carrera profesional de Snow como cronista de la Revolución comunista china y mediador entre los comunistas chinos y las varias audiencias internacionales, sino que también convertirá a Mao en una celebridad política. La obra servirá para traducir el pensamiento del líder y su revolución a los nacionalistas indios y la intelectualidad china, los partisanos soviéticos, los sucesivos mandatarios estadounidenses y hasta a los insurgentes malayos, los rebeldes que luchan contra el apartheid, los sectores radicales de Occidente, los insurgentes nepalíes y muchos otros. La estrella roja sobre China significó el inicio del maoísmo global.

Selva de Perak, Malasia, a finales de la década de 1940. Soldados del ejército colonial británico (británicos, malayos, australianos, gurkhas) hurgan entre los restos de los campamentos abandonados por el Partido Comunista Malayo (PCM), donde encuentran docenas de ejemplares de La estrella roja sobre China en su traducción china. En 1948, el PCM —dominado por dirigentes de origen étnico chino— llama a una insurrección antibritánica que los gobernadores coloniales de Malasia bautizan como «la Emergencia». Es una de las más tempranas rebeliones a favor de la descolonización, dirigidas contra los viejos imperios europeos tras la Segunda Guerra Mundial. Mao y su revolución son una fuente de inspiración para estos rebeldes: por su dedicación a una guerra de guerrillas prolongada; por la creación de un partido y ejército firmemente adoctrinados; y por su desafío al imperialismo europeo, estadounidense y japonés.

Washington, noviembre de 1950. La Guerra Fría provoca nerviosismo en las oficinas del Departamento de Estado. Se confirma la intervención de la China comunista en la guerra de Corea y prolifera el temor a una insurrección maoísta de carácter global. El senador Joe McCarthy —«el gran intimidador nacional»—[2] exacerba el pánico de la población por la infiltración comunista en Estados Unidos, lo que causa la destitución de dos senadores liberales tras acusarlos de relaciones con los «rojos». Para los líderes estadounidenses, la Emergencia malaya es parte de la Guerra Fría, no una lucha anticolonial; se dice que su causa es la subversión china de carácter transnacional y que tiene que ser derrotada para evitar la victoria global del comunismo.Nace la «teoría del dominó»;la idea de que sin la intervención de Estados Unidos los territorios del Sudeste Asiático caerán uno tras otro en manos del comunismo chino. Cuando ese invierno la guerra de Corea se recrudece y unos siete mil efectivos del ejército estadounidense son capturados por oleadas de soldados chinos que rompen sus líneas en dirección a Seúl,Estados Unidos se obsesiona con la idea de una presunta guerra psicológica al nuevo estilo maoísta,que estaría poniéndose a prueba con los prisioneros de guerra en Corea. Un periodista estadounidense (y quizá agente de la CIA) llamado Edward Hunter publica denuncias de la nueva y aterradora arma de Mao contra la humanidad: el «lavado de cerebro».Altos funcionarios de la CIA, periodistas, científicos conductuales, novelistas y cineastas se confabularán en los años cincuenta para especular en torno a una poderosa maquinaria de control maoísta del pensamiento. Esta amenaza del «lavado de cerebro» chino —cimentada en el terror previo a la manipulación psicológica soviética— inflará la «esfera encubierta» en Estados Unidos, justificando así la existencia de un estado secreto dentro de otro y el vasto programa de operaciones psicológicas de la CIA. Mediante una serie de iniciativas en clave durante los años cincuenta y sesenta —Azulejo,Alcachofa, MK-Ultra—, la CIA buscará desarrollar una modalidad de ingeniería para revertir las técnicas chinas y soviéticas de control mental, que considera en extremo peligrosas. Eventualmente, este programa se transformará en los «interrogatorios especiales o reforzados» de la actual guerra contra el terror, lo que socavará los cimientos de la democracia estadounidense.

El Bronx, Nueva York, 1969. Un joven radical estadounidense llamado Dennis O’Neil discute con un amigo. Como muchos de su generación, O’Neil es un apasionado admirador de Mao Zedong y su Revolución Cultural. En cambio, su amigo es más afín a Trotski. Entre ambos diseñan un experimento científico para determinar quién tiene una estrategia política superior.Todos los días, durante un periodo de tiempo determinado, cada uno de ellos le leerá obras escogidas de su ídolo a distintas plantas de marihuana en el balcón de su apartamento, situado en la decimocuarta planta de un edificio. «Mi planta floreció y la suya se secó —recuerda O’Neil—. Resultado positivo.» Mientras tanto, en una librería de San Francisco llamada China Books and Periodicals —el mayor local de la Costa Oeste donde se pueden leer las palabras de Mao—, bulle incluso una mayor excentricidad. Entre los montones apilados del Libro rojo, unos «ultrademócratas» con estilo propio, conocidos como «los Siete Excavadores», permanecen en la posición de loto mientras absorben energía de unas magdalenas rellenas de cannabis y leen la obra de Mao y sus impresiones sobre la Revolución china y la guerra de guerrillas. Un par de funcionarios del FBI, con las habituales gabardinas, rebusca entre los sellos postales chinos a un lado de la tienda para monitorear la situación.[3]

En los años sesenta y setenta, los experimentos de la CIA con el LSD durante la implementación de su propio programa de control psicológico desempeñan un papel clave en las rebeliones juvenile

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist