La increíble historia de... la abuela gánster

David Walliams

Fragmento

1

Sopa de repollo —Pero es que la abuela es taaan aburrida... —se quejó Ben. Era una fría tarde de viernes del mes de noviembre, y como de costumbre, iba repantigado en el asiento trasero del coche de sus padres, camino de la casa de la abuela, donde se vería obligado a pasar la noche una vez más—. Todos los viejos lo son.

—No hables así de tu abuela —le regañó su padre con desgana. Su gran barriga se aplastaba contra el volante del pequeño coche marrón.

—Odio quedarme con la abuela —protestó Ben—. ¡Tiene la tele estropeada, solo piensa en jugar al Scrabble y apesta a repollo hervido!

9

La abuela gánster —En lo del repollo tiene razón, hay que reconocerlo —observó su madre mientras se retocaba los labios con el lápiz perfilador.

—No me estás ayudando, querida —dijo su padre entre dientes—. Como mucho, mi madre desprende un ligero olor a verduras hervidas.

—¿Por qué no puedo ir con vosotros? —suplicó Ben—. Me encanta el baile de tacón, o como se llame —mintió.

—Se llama baile de salón —lo corrigió su padre—. Y no te encanta. Según tus propias palabras, preferirías comerte tus propios mocos a ver esa bazofia.

A los padres de Ben, en cambio, el baile de salón les gustaba más que nada en el mundo, incluido su propio hijo, o eso pensaba Ben a veces. Los sábados por la noche nunca se perdían un programa de la tele llamado Baile de estrellas en el que varios famosos formaban pareja con bailarines profesionales.

Sopa de repollo

De hecho, si hubiese un incendio en la casa y su madre tuviera que elegir qué salvaba de las llamas, entre un zapato de claqué dorado que había pertenecido a Flavio Flavioli (el célebre bailarín y galán italiano de piel bronceada y reluciente que salía en todas las temporadas del gran éxito televisivo) y su único hijo, Ben estaba convencido de que escogería el zapato. Esa noche, sus padres iban al teatro a ver Baile de estrellas en directo sobre el escenario.

—No sé por qué no te olvidas de esa tontería de querer ser fontanero, hijo mío, y no te planteas ganarte la vida como bailarín —comentó su madre. En ese momento, el coche saltó por encima de un badén y le hizo temblar el pulso, por lo que se rayó la mejilla de punta a punta con el lápiz perfilador. Su madre tenía la costumbre de maquillarse en el coche, y a menudo llegaba a los sitios hecha una mona—. Quién sabe, a lo mejor

abuela gánster

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hasta podrías salir en Baile de estrellas —añadió emocionada.

—No me lo planteo porque no se me ocurre nada más tonto que dar vueltas como una peonza en medio de una pista de baile —replicó Ben.

Su madre gimoteó un poco y sacó un pañuelo.

Sopa de repollo —Vas a darle un disgusto a tu madre. Haz el favor de estarte calladito, Ben, y portarte como es debido —ordenó su padre con firmeza mientras subía el volumen del reproductor de CD, en el que sonaba, cómo no, un recopilatorio del concurso de baile. Cincuenta grandes éxitos del programa estrella de la televisión, anunciaba la carátula. Ben tenía buenos motivos para odiar aquel disco, empezando por el hecho de que lo había oído millones de veces. Tantas que se había convertido para él en una forma de tortura.

La madre de Ben trabajaba en un salón de belleza local, el Centro de Estética Gail. Como tenían pocos clientes, mamá y la otra señora (que se llamaba —oh, sorpresa— Gail) se entretenían haciéndose la manicura la una a la otra. Se pulían las uñas, las limpiaban, cortaban, remojaban, hidrataban, sellaban, reparaban, limaban, pintaban y adornaban. Se pasaban todo el santo día haciéndo

abuela gánster se cosas en las uñas (a menos que Flavio Flavioli saliera en la tele, claro), lo que significaba que la madre de Ben siempre volvía a casa luciendo larguísimas extensiones de plástico multicolor en las puntas de los dedos.

El padre de Ben, a su vez, trabajaba como guardia de seguridad en el supermercado del barrio. Hasta la fecha, el gran éxito de sus veinte años de carrera había sido la detención de un anciano que llevaba escondidos en los pantalones dos paquetes de margarina. Aunque había engordado tanto que no podía salir corriendo tras los ladrones, era muy capaz de cortarles el paso e impedir que huyeran. Sus padres se habían conocido el día que él la había acusado —injustamente, dicho sea de paso— de robar una bolsa de patatas fritas, y un año después ya estaban casados.

El coche dobló la esquina con un brusco viraje y enfiló Grey Close, donde vivía la abuela en una

Sopa de repollo hilera de tristes casuchas, habitadas en su mayoría por gente mayor.

El vehículo se detuvo y Ben volvió la cabeza despacio hacia la casa. Allí estaba la abuela, asomada a la ventana del salón con aire expectante. Esperándolo. Siempre estaba asomada a la ventana aguardando su llegada. «¿Cuánto tiempo llevará ahí? —se preguntó Ben—. ¿Desde el viernes pasado?»

Era su único nieto y, que él supiera, nadie más iba a verla.

La abuela lo saludó con la mano y dedicó una sonrisa a Ben, que, enfurruñado como estaba, se la devolvió de mala gana.

—Bueno, uno de nosotros vendrá a recogerte mañana por la mañana, a eso de las once —anunció el padre de Ben, que había dejado el motor en marcha.

—¿No puede ser a las diez?

La abuela gánster —¡Ben! —bramó su padre desbloqueando el cierre de seguridad de la puerta del chico, que se apeó a regañadientes.

No necesitaba cierre de seguridad, dicho sea de paso. Tenía once años y difícilmente se le ocurriría abrir la puerta del coche en marcha. Sospechaba que su padre lo usaba para impedir que se escabullera antes de que llegaran a casa de la abuela. La portezuela se cerró a su espalda y su padre dio gas.

Antes de que llamara al timbre, la abuela salió a abrir. El olor a repollo hervido era tan fuerte que lo golpeó en la cara como si lo hubiesen abofeteado.

Físicamente, la suya era lo que se dice una abuela de manual:

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Gafas de culo de botella

Pelo canoso

Dentadura postiza

Audífono

Barbilla peluda

Rebeca malva

Pañuelo usado asomando bajo la manga

Una bolsita
de caramelos de menta a mano

Olor a repollo hervido

Vestido con estampado floral

Gruesas medias de color marrón

Zapatillas de color granate —¿Tus papás no van a entrar? —preguntó un poco abatida. Esa era una de las cosas que Ben no soportaba de la abuela: siempre le hablaba como si fuera un bebé.

La abuela gánster

¡Brummm, brrruuuummm, brrruuummm-mmm! Ben y la abuela vieron como el pequeño coche marrón arrancaba a toda velocidad y salvaba los badenes a trompicones. Estaba claro que a sus padres tampoco les hacía ninguna ilusión visitar a la abuela. Era tan solo un lugar en el que podían dejarlo aparcado los viernes por la noche.

—No, hummm... Lo siento, abuela... —farfulló Ben.

—Bueno, qué se le va a hacer... Pasa, vamos... —musitó la

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