Cuentos para niñas sin miedo

Myriam Sayalero

Fragmento

cap-2

En un lejano país, hace muchísimo tiempo, vivían un rey y una reina que se amaban profundamente. Ambos gobernaban con justicia y sabiduría. La reina se ocupaba de los asuntos de palacio, mientras que el rey se encargaba de todo lo relacionado con el reino. Como buenos gobernantes, conocían a los miembros de la corte, a cada uno de sus vasallos, a todos sus siervos e incluso a los campesinos y mercaderes de sus extensos dominios. Sin embargo, aunque el rey amaba a la reina con todo su corazón, se sentía desdichado al verla tan triste, pues nada podía hacer para ayudarla. A pesar de haber solicitado la ayuda de los más sabios doctores del reino, e incluso de haber recurrido a los mejores juglares que pudieran hacerla sonreír, la reina estaba sumida en una tristeza cada vez mayor.

—Nada puedo hacer para ayudarla —se lamentaba el rey mientras paseaba solitario por los jardines de palacio—. Mi reina, mi amada, no puede tener hijos.

Efectivamente, esa era la causa de la infelicidad de la reina. La soledad de su corazón calaba tan hondo como las oscuras madrigueras que horadaban los bosques. Ni siquiera su esposo, el rey, era capaz de llegar hasta lo más profundo de su alma y aliviar su pena.

El día que comenzaron a florecer los almendros, el rey le propuso adoptar a una niña. Las dos podrían hacerse compañía en las largas tardes otoñales, pasear junto a los rosales en las hermosas mañanas de primavera, tejer juntas al calor de la lumbre en los fríos días de invierno y contarse fantásticas historias en el jardín de palacio durante las cálidas noches estivales.

La reina, que ya había perdido por completo cualquier esperanza de concebir un hijo, escuchó a su esposo.

—Agradezco tu preocupación, pues sé que el gobierno del reino ocupa todo tu tiempo y tu pensamiento —contestó la reina, con la mirada perdida en el horizonte—. Sin embargo, no necesito compañía.

Decepcionado, el rey permaneció en silencio, pues esperaba que la reina hubiese aceptado la propuesta de adoptar una niña.

La reina se puso en pie y caminó majestuosamente sobre la alfombra de la estancia. El brocado dorado de su vestido brillaba bajo la luz de la luna y su largo cabello lucía más hermoso que nunca.

—Querido esposo —comenzó a decir—, mi rey. Si adopto a una niña no será para convertirla en mi dama de compañía, sino en mi hija.

Al escuchar esas palabras el rey sintió que su corazón se desbocaba de alegría, pues él ansiaba tener descendencia y, al fin, iba a ver cumplido su deseo.

El piadoso corazón del soberano puso su atención en una pequeña huérfana a la que llevó a palacio. Desde entonces, los reyes se convirtieron en sus padres, la educaron, la cuidaron y la amaron como a su propia hija.

Un día, mientras la princesa jugaba contenta con una mendiga, la reina corrió a su encuentro para evitar que entre ellas surgiera la amistad.

—Vete —ordenó la reina a la mendiga—. Aléjate de mi hija. En cuanto a ti —añadió dirigiéndose a su pequeña—, jamás vuelvas a jugar con nadie tan inferior.

Al escuchar a la reina, la mendiga, herida por la injusticia de aquellas palabras, susurró:

—Aunque seáis la reina, no me hablaríais así si supierais el poder que posee mi madre.

Luego añadió con voz firme:

—Ella sabe cómo podéis quedaros embarazada.

Aquellas palabras despertaron el antiguo anhelo de la reina por engendrar un hijo. Miró a la princesa y por primera vez reconoció la certeza que anidaba en su corazón. Supo que, por mucho que la cuidara y le diera todo el cariño del mundo, jamás la querría como a una hija nacida de sus entrañas.

—Llévame junto a tu madre —ordenó a la mendiga.

Guiada por la pequeña, llegaron a una destartalada choza de barro y paja en la que vivían la niña y su madre.

—Ni poseo el don de que engendréis vida ni tengo el conocimiento para ello —respondió la mujer.

Furiosa por ver nuevamente truncadas sus esperanzas, la reina dio media vuelta desplegando su capa de fino hilo en el aire, como las alas de un águila. Estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta cuando de pronto vio en el suelo una jarra de vino. En su sombrío rostro se dibujó la mueca torcida de una sonrisa, pues había adivinado cuál era la debilidad de la mendiga. Agarró la jarra entre sus manos y buscó una taza de barro para servir a la mujer una copa. Y luego otra, y otra más.

La pequeña mendiga observaba oculta en una esquina. No le gustaba la reina, y menos aún que ofreciera vino a su madre, pues le desataba tanto la lengua que desvelaba sin remedio todos sus secretos.

Cuando la reina vio que la mujer ya estaba lo suficientemente ebria, volvió a preguntarle cómo podía tener un hijo. Esta vez habló alto y claro, detallando cada paso para lograr engendrar.

—Debéis lavaros en dos barreños de agua antes de iros a la cama —dijo la mendiga—. Después, verted el agua debajo de vuestra cama. A la mañana siguiente, veréis dos flores bajo vuestro lecho: una hermosa y otra de aspecto extraño.

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La reina atendía a las palabras de la mendiga con extremada atención.

—Comed la flor hermosa —siguió la mendiga—, pero pase lo que pase por nada debéis probar la otra flor.

La reina siguió los consejos de la mujer y a la mañana siguiente, debajo de la cama, tal como había dicho la mendiga, encontró dos flores. Una era hermosa y olía al rocío de la madrugada, mientras que la otra era desagradable y maloliente. Sin dudarlo, la reina se comió de un bocado la hermosa flor. Era tan dulce y deliciosa que, sin pensarlo, también se comió la otra flor, deseando que calmara su ansia por saborear de nuevo aquel manjar. La reina no sabía qué consecuencias tendría, pero la preocupación, como la vida, creció en su interior.

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La reina pronto descubrió que estaba embarazada. En los meses previos al nacimiento ordenó a sus sirvientes que llevaran a su hija adoptiva con la niña mendiga.

—Ahí es donde pertenece —se dijo la reina—, al menos allí será feliz, pues en cuanto nazca mi verdadera hija todo mi amor será para ella.

Cuando la joven abandonó el palacio, la reina le contó al rey que la pequeña princesa se había escapado para vivir nuevamente con las gentes del pueblo, pues era infeliz lejos de los suyos.

Poco después, nació la ansiada heredera. En cuanto la vio se horrorizó por lo fea y desagradable que era. Aunque el rey sintió el mismo amor y la misma ternura que había sentido por su hija adoptiva, en el oscuro corazón de la reina anidó una desesperación que crecía cada día. La llamó Tatterhood y ocultó su fealdad cubriéndola con una capucha.

Pasó el tiempo, y cuando la tela que cubría las greñas y el sucio rostro de Tatterhood se hizo jirones, nació la segunda hija de la reina.

—Al fin —susurró la reina al ver a la recién nacida—, una hija hermosa como el amanecer.

Por su belleza y rostro sonrosado, a su segunda hija la llamó Calliandra.

Tatterhood y Calliandra crecieron en palacio, y aunque eran tan diferentes como lo son

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