Ladrones en el foro (Misterios romanos 1)

Fragmento

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Flavia Gémina resolvió su primer misterio en los idus de marzo del año décimo del emperador Vespasiano.

Siempre se había dado mucha maña para encontrar las cosas que su padre perdía, como su mejor toga, su pluma de ganso e incluso, en una ocasión, la daga de ceremonia. Sin embargo, esta vez se trataba de un verdadero delito, obra de un delincuente de verdad.

Aquella tarde era tranquila y calurosa, pues aún no se había levantado la brisa del mar. Flavia acababa de instalarse junto a la fuente del jardín con una copa
de zumo de melocotón y su rollo favorito.

—¡Flavia! ¡Flavia! —llegó la voz de su padre desde el estudio.

Flavia tomó un sorbo de zumo y recorrió el rollo con el dedo para ver hasta dónde había llegado. Pensó que tenía tiempo de leer una o dos líneas más, ya que el estudio estaba muy cerca del jardín, justo al otro lado de la higuera. La casa, al igual que muchas otras del puerto romano de Ostia, tenía un jardín interior que no se podía ver desde la calle. Desde allí no había más que unos cuantos pasos hasta el comedor, la cocina, la despensa, una pequeña letrina y el estudio.

—¡Flavia!

—¡Ya voy, padre! —gritó la niña, que sabía lo que significaba aquel tono de voz.

Dejó al instante la copa sobre el banco de mármol y puso un guijarro sobre el rollo desplegado para saber dónde se había quedado.

En el estudio, su padre rebuscaba desesperadamente entre los rollos y los pergaminos que había en la mesa de madera de cedro. Aunque Marco Flavio Gémino era muy diestro en el manejo de su nave, en tierra era un despistado incorregible.

—¡Oh, padre! —Flavia trató de disimular su impaciencia—. ¿Qué has perdido ahora?

—¡No he perdido nada! ¡Lo han robado!

—¿Qué? ¿Qué es lo que han robado?

—¡Mi sello! ¡Mi anillo de amatista con el sello! ¡El que me dio tu madre!

—¡Oh! —Flavia se estremeció.

Su madre había muerto de sobreparto años atrás, y ambos la echaban mucho de menos todavía.

Flavia tomó a su padre del brazo para tranquilizarlo.

—No te preocupes, padre. Yo lo encuentro siempre todo, ¿no es así?

—Sí. Sí, es cierto...

Por mucho que se lo dijera con una sonrisa, Flavia se dio cuenta de lo preocupado que estaba.

—¿Dónde lo viste por última vez? —preguntó la niña.

—Aquí mismo, en la mesa. Había dejado estos documentos para que se secaran antes de sellarlos.

El padre de Flavia iba a zarpar hacia Corinto a finales de aquella semana, y tenía la responsabilidad de cumplimentar todos los trámites, en su calidad de armador y capitán de la nave.

—He salido un momento del estudio para ir a la letrina —explicó—. Al volver, el anillo había desaparecido. Mira, aquí están los documentos, la cera y la vela, que todavía está encendida. Pero ¡mi anillo ha desaparecido!

—No ha sido el viento, porque no sopla ni pizca de aire —musitó Flavia con la mirada puesta en la higuera—. Los esclavos están en plena siesta en sus habitaciones. Scuto está dormido bajo el jazmín y ni siquiera ha ladrado. Realmente, es un misterio.

—Es una de las pocas cosas que me quedan de tu madre —murmuró Marco Flavio pasándose con angustia una mano por el cabello—. Además, lo necesito para sellar estos documentos.

—¿Tienes otro sello, padre? —preguntó Flavia, pues se le había ocurrido una idea.

—Sí, aunque apenas lo uso. Quizá mis proveedores no lo reconozcan...

—Pero tiene un grabado de Cástor y Pólux, ¿verdad?

Su padre asintió. Siempre se había relacionado a Cástor y a Pólux, los mitológicos gemelos, con la familia Gémino, conocidos como los Gémini.

—Pues entonces todo el mundo sabrá que es tuyo. ¿Por qué no lo usas para terminar de sellar los documentos, mientras yo trato de encontrar el sello robado?

El rostro del capitán Gémino se dulcificó y miró a su hija con cariño.

—Gracias, mi pequeña lechuza. —La besó en la cabeza—. ¿Qué haría yo sin ti?

Flavia echó un vistazo a su alrededor, mientras su padre iba a buscar el sello en el arcón de su dormitorio. El estudio era una sala pequeña y luminosa, con las paredes enlucidas y pintadas de rojo y amarillo y el suelo de mármol. Por todo mobiliario había una silla de cedro, la mesa que servía de escritorio y una lámpara de pie de bronce. Junto a la mesa se hallaba además un busto del emperador Vespasiano sobre una columna de mármol rosa.

En el estudio había dos puertas: una pequeña y plegable que daba al atrio de la entrada de la casa y, en la pared de enfrente, otra más ancha que daba directamente al jardín. Esta puerta podía cerrarse mediante una pesada cortina.

En ese momento, la cortina estaba descorrida y la luz del jardín caía de lleno sobre la mesa e iluminaba los pergaminos de tal manera que parecía que brillaban. El pequeño tintero de plata, que estaba fijado a la mesa para que no se perdiera, refulgía a la luz del sol. La pluma de ganso plateada también estaba atada a la mesa, mediante una cadenilla de plata, por idéntica razón. Flavia jugueteaba con la cadenilla entre el pulgar y el índice prestando atención solamente al brillante reflejo del sol.

Entonces, sus penetrantes ojos grises se fijaron en algo. En uno de los pergaminos —una lista de provisiones para el barco— había una pequeña mancha negra que no era ni una letra ni un número. Sin tocar nada, Flavia acercó la cara hasta que casi pegó la nariz al pergamino.

No cabía la menor duda. Alguien o algo había tocado la tinta aún fresca y había hecho aquella extraña marca en forma de V. En una inspección más detenida, Flavia distinguió una línea recta entre los dos trazos oblicuos de la V, igual que la letra griega psi: Ψ

Entonces, sintió el ruido de un aleteo en el jardín. Flavia levantó la vista y vio un gran pájaro blanco y negro posado en una rama de la higuera. Era una urraca. El pájaro giró la cabeza y le echó una mirada despierta e inteligente.

Flavia se dio cuenta al instante de que estaba ante el ladrón, pues sabía que a las urracas les encantan las cosas relucientes. El pájaro había pisado el pergamino antes de que la tinta se secara y había dejado su huella, pero la niña tenía que descubrir dónde estaba el nido.

Flavia reaccionó inmediatamente. Necesitaba un señuelo, algo brillante y reluciente. Observó el estudio sin volver la cabeza ni hacer movimientos bruscos. En las estanterías de las paredes había varios rollos, pero eran de pergamino o papiro, y los letreros que colgaban de ellos eran de cuero. Las tablillas de cera de la mesa eran demasiado grandes para que se las llevara el pájaro, y la pequeña lámpara de aceite de bronce, demasiado pesada.

Sólo había una cosa que le serviría para atraer al pájaro. Se llevó despacio las manos al cuello y soltó el cierre de la cadena de plata. Como todo niño romano nacido libre, Flavia llevaba un am

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