Ahora imagino cosas

Julián Herbert

Fragmento

Título

Acapulco Timeless

Sylvia y yo trepamos al yate Acarey a las nueve de la noche. Queremos bailar, ver las luces decadentes de la Zona Dorada desde el corazón de la bahía, beber alcohol adulterado y besuquearnos al aire libre, con la insolencia torpe de la que sólo son capaces los estudiantes de bachillerato y los turistas.

Tampoco andamos solamente de paseo: traspusimos recién la puerta de lámina que conduce a la gente perdida al Bar del Puerto, en el zócalo, donde me entrevisté con un policía turístico cuyo nombre no puedo revelar. Me contó que es licenciado en Ciencias de la Comunicación y que gana un sueldo muy bajo; se siente subempleado. Me contó que cobra ochenta pesos a cada patrullero por desbloquear las frecuencias de los radios oficiales que les da el Ayuntamiento, lo que permite al usuario hablar sin costo a Canadá con sus parientes o dar pitazos estratégicos a los cárteles del crimen. Me contó que no existe personal suficiente para dar mantenimiento a las cámaras de vigilancia del municipio. Me contó que, para no poner en riesgo de despido a ningún elemento de la corporación, la policía acapulqueña manda siempre a los mismos candidatos a tomar los exámenes de control y confianza implementados por la autoridad federal. Me contó que no tiene uniforme porque su jefe y el director de policía están peleados, así que el presupuesto se destinó a otra cosa.

Mañana haré un recorrido por el Polígono D: distópicas barriadas posrurales cortadas a tajo por el bulevar Vicente Guerrero, la avenida por la que circula el Acabús, un moderno transporte público que atraviesa el maxitúnel no sólo para llegar más rápido desde la periferia lumpen hasta la zona hotelera, también para pasar debajo de la carne humana en descomposición sin tener que mirarla.

La tradición porteña de la violencia cansa, y cuando no te cansa es una caricatura criminal.

—Tengo unos primos que vivían en la cañada de Los Lirios —me confió Virgilio en nuestro primer encuentro; bebíamos expresos en el Starbucks de Las Torres Gemelas—. Siempre hablaban de robos, de la gente a la que habían golpeado. Yo me decía: estos costeños son delincuentes por naturaleza. Tardé años en comprender que tanta sangre no viene en la sangre: viene de la historia social.

La banda del yate toca pésimas canciones de Luis Miguel mientras a bordo flotamos en brazos de la vulgaridad y la indolencia. Sylvia y yo estamos sentados en la tercera cubierta. Conforme nos alejamos del embarcadero, intento descifrar para mi novia las luces de la costa: “Aquello es el Acapulco Plaza, ése ha de ser Elcano y este otro, el Presidente…”. Existen pocos lugares que me conmuevan tanto como la playa de mi pueblo natal. Es una beldad a tientas donde se mezclan el erotismo adolescente y el lujo decrépito, los hoteles que cauterizaron la visión del océano, la infranqueable puerta del Baby’O (“la disco más increíble de planeta” según Carlos Pietrasanta, alias Gardel, su eterno director), un prostíbulo llamado La Huerta y el fantasma de mi madre, Grandmaster Flash y un videoclip de Duran Duran en la pantalla gigante de Le Dom, el patinadero y Marlén, mi novia por la que perdí una muela en un pleito: un semicírculo de destellos contra el que choca, grácil, el agua salada y primordial de la memoria.

—Llevamos siete décadas intentando estrangularla —le digo histriónicamente a Syl—. Y mírala: sigue siendo la bahía más bonita de México.

Descendemos a la primera cubierta y bailamos, porque están tocando una de La Sonora Dinamita. Pienso en los señores que a veces publican consternadas crónicas sobre morir en Acapulco, el peligro en las calles, la droga, la prostitución infantil, el resentimiento y los damnificados, la podredumbre y las autodefensas: ¿acaso esas personas nunca bailan? ¿No han aspirado el tufo a ostión de la entrepierna de costeña? ¿No han visto a los costeños agarrándose la verga a toda hora: en el mercado, en las cantinas, en los quicios de las puertas? ¿No ordenaron margaritas en el hotel El Mirador mientras los clavadistas saltaban de La Quebrada, no comieron paletas de nanche en la avenida Cuauhtémoc bajo una humedad del ochenta por ciento, no fueron al pozole un jueves por la tarde ni al hotel de Johnny Weissmüller un domingo? No soy insensible al presente, pero tampoco puedo resignarme del todo a no ser el Scott Fitzgerald Región Cuatro de mi pueblo. Siento que algo recóndito quedará del Acapulco arruinado y sin embargo glamoroso y romántico que atisbé en mi niñez. Quiero encontrarlo.

Por otro lado, la crudelísima guerra entre facciones y microfacciones de algo que ya no sé si llamar crimen organizado me recuerda al Guerrero rural de los años setenta: una pila de históricos fracasos rebeldes y oficiales. No digo esto para exculpar a los cárteles: por supuesto que son criminales y los principales responsables de la plaga de plomo que aqueja al país. No creo que la violencia guerrerense del presente sea una fatal consecuencia histórica, pero sí creo que el fracaso en el combate a esa violencia tiene que ver, al menos en parte, con una carencia de reflexión histórica.

Acapulco es un lujo derritiéndose al sol: es todos los episodios de su historia al unísono. Acapulco es timeless como el yate Acarey, esta nave de los locos cuya cheesy embriaguez anhelé de más joven por creerla suntuosa. Desde aquí, Sylvia y yo vemos pasar los edificios de la Costera Miguel Alemán: negros icebergs rellenos de luz artificial que se pudren de miedo bajo la noche sola.

* * *

Es mediodía. Virgilio y yo caminamos rumbo al pedestal en forma de ola que sostiene a la Diana Cazadora. Nuestro plan es recorrer, a pie y en camión, parte del Polígono D: un enclave de cañadas al noreste de Acapulco donde se localizan las colonias Emiliano Zapata, Paraíso, Las Cruces, Ciudad Renacimiento, Libertadores y Simón Bolívar. En el vórtice de estos tradicionales barrios bravos y pobres, la autoridad estatal decidió construir hace tiempo —con un tino que resultaría risible si no fuera ominoso— el Centro de Readaptación Social (CERESO) de Las Cruces.

—La primera vez que vi un cuerno de chivo fue en la tele —dice Virgilio—, el día que se dio a conocer el EPR. Me sorprendió que una guerrilla local tuviera armas de ese calibre. Pero la primera vez que los acapulqueños supimos lo que era un rifle de asalto fue en el 2006, aquí en la esquina: un tipo venía bajando en una pick-up por Farallón del Obispo y, al dar vuelta en la Diana, un comando lo atacó. De él no dejaron nada. Es el primer recuerdo que tengo de la narcoviolencia en Acapulco. Luego pasó la balacera en La Garita y la ciudad se hundió en el caos.

Virgilio es periodista; trabaja en medios impresos y ha escrito un par de libros. Después de leer el primer draft de esta crónica, me autorizó a publicarla con la condición de no revelar su nombre. Sustituí su identidad con el seudónimo Virgilio por obvias razones.

En Farallón del Obispo tomamos un destartalado ruta que nos subirá hasta la colonia Emiliano Zapata. Mie

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