El silencio entre nosotros

Fragmento

silencio-1

Capítulo 1

Silvana

Padua, 1943

Eran las tres de la tarde cuando la sirena antibombas cortó la siesta en Badia Polesine. Ni los cuarenta y un grados que freían todo lo que caminaba sobre estas tierras ni sus 72 años le habían impedido al padre Pino subir en pocos segundos hasta lo alto del campanario de la iglesia San Giovanni Battista a girar la manivela de la alarma. La sirena ahuyentó a las palomas, luego a los comerciantes que rodeaban la plaza y, finalmente, a los pobladores que vivían entre el límite de la zona urbana y la campiña. La mayoría eran mujeres y niños; los hombres sanos se encontraban en los distintos frentes de batalla.

Rosaria zurcía una media por enésima vez, mientras cuatro de sus hijos jugaban sobre la alfombra persa que se extendía frente a ella. Cuando oyó la alarma, saltó de su silla y arreó a los pequeños al sótano. Allí los aguardaba el refugio familiar que había reforzado su marido Rafaello antes de ser reclutado por los camisas negras de Mussolini. Él era topógrafo y su tarea en el ejército consistía en diseñar las trincheras, así que Rosaria confiaba mucho más en aquel refugio que en el de la Iglesia, a donde corría el resto del pueblo.

Entre el susto y la agitación, Rosaria se percató demasiado tarde de que faltaba una de sus hijas.

Descalza y con tierra entre las pestañas, Silvana se arrastraba por el campo de frambuesas del vecino. Tenía que mantener esa posición para no ser descubierta mientras llenaba con los frutos el pequeño saquito de yute que solía llevar atado a la cintura. Al sentir una fuerte vibración en su cuerpo flaco, Silvana asomó la cabeza entre los arbustos y pudo ver, no muy lejos de donde se encontraba, un grupo de tanques acercándose, triturando los sembríos que la separaban de estas máquinas. Corrió despavorida hacia la casa, pero, al acercarse, se dio cuenta de que era imposible alcanzar el refugio sin ser vista. Así que, sin poder detenerse a pensarlo, se escabulló por la puerta trasera de la cocina para esconderse en la parte baja de la despensa, donde su madre guardaba el carbón. Una vez allí, la invadió el extraño presentimiento de que había alguien más en su casa.

Mientras ella temblaba en su improvisado escondite, tres soldados ingresaron por la entrada principal. Dos de ellos se apresuraron al segundo piso, donde dispararon uno que otro tiro para amedrentar a los posibles habitantes. El tercer soldado, el cabo Fellmann, era difícil de engañar y estaba seguro de haber escuchado un ruido proveniente de la cocina. Sigiloso, entró en ella sin sacar el dedo del gatillo, tomó un profundo respiro y, antes de exhalar, entendió que su presa se ocultaba delante de él, en el compartimiento. Tomó una cuchara de palo del mesón central y la lanzó hacia el otro extremo de la cocina para intentar distraer a quien, estaba seguro, se escondía tan solo a cuarenta centímetros de sus botas. De inmediato abrió la puerta del gabinete y apoyó la punta de su rifle en la frente de Silvana.

Fellmann no titubeó porque se tratara de una niña, sino porque, lejos de llorar, ella comenzó a gritarle con esa voz partida que tienen los sordos. Aquel alarido que acompañaba sus gestos de animal acechado, de ese lenguaje de señas que él conocía perfectamente, lo llevó a recordar la única amistad real que había tenido en toda su vida. La familiaridad hizo que Fellmann titubeara. Fue ese segundo de pausa el que salvó la vida de Silvana y dio ventaja a la bala que disparó un soldado americano por detrás. El proyectil acabó con su evocación y derribó a Fellmann ante los ojos incrédulos de la niña. Los aliados habían estado esperando a los nazis y los superaban en número. Ese era el fin de la guerra para Italia.

Rafaello Mattellani había decidido acampar al pie de una de las colinas de la localidad de Norcia. Le decían Il Dottore porque, aunque se negaba a ser reconocido con algún rango militar, estaba al mando del campamento. «No soy un soldado, ¡soy un topógrafo, por Dios!», se le escuchaba reclamar. Pero, para sus hombres, él lo era todo, así que, en la búsqueda de un rango que no lo ofendiera, optaron por una distinción de carácter civil.

Esa noche, a cargo de veintidós soldados, organizaba la retirada de su pelotón en las montañas de Umbría. Había perdido muchos hombres, entre ellos al comandante Cirillo, devorado por la septicemia luego del último enfrentamiento con los americanos. Como la gran mayoría, seguía en el frente de batalla a pedido de su país y porque no tenía opción, pero una cosa era pelear en defensa de la patria y otra darse cuenta de que sus manos se habían manchado de sangre combatiendo del lado equivocado y que su propio país, hoy, aplaudía el paso libertador de los supuestos enemigos. Había sido esa y no otra la verdadera infección que mató a Cirillo: más de doscientos muertos en su conciencia le habían envenenado la sangre y las ganas de vivir. Una peste que, años después, cobraría también la vida de muchos otros soldados.

Por ahora, Mattellani encontraba aliento en el deber de llevar a veintidós almas de regreso a un cuartel que ya no existía y la esperanza de abrazar otra vez a su familia.

—Dottore Mattellani —exclamó el teniente Solina—, déjeme relevarlo. La noche está fría y lleva mucho tiempo despierto.

—Gracias, Solina, pero no podría dormir, créame.

—Entonces, permítame acompañarlo —Solina sacó un arrugado paquete de cigarrillos y le ofreció uno. Luego de encenderlos, ambos fumaron su primera pitada en silencio. Desde la cima, donde se encontraban, se podían avizorar las luces de un poblado no muy lejos de allí. Hogares parecidos a los suyos, donde alguna mujer estaría recalentando una sopa de verduras, mientras sus hijos terminaban los deberes escolares.

—La nostalgia es una droga con muy mala resaca —sentenció Rafaello, luego de exhalar una gran cantidad de humo. Al ver que el soldado lo quedó mirando desconcertado, intentó explicarse un poco mejor—. Cuídate de ella, Solina, que pasado el efecto te sientes mucho peor.

—Dígame la verdad, Dottore, ¿por qué nos dirigimos hacia Padua si nuestro cuartel estaba en…?

—El cuartel no existe. La Roma del Duce no existe. La Italia que defendimos no existe. No existe más. Existe otra Italia ahora, una Italia que se arrepiente de la guerra y que condena todo lo que le recuerde el gran error que cometimos.

—Pero ¿cuál error? Nosotros solo hemos cumplido órdenes, hemos dado la vida por nuestro país. Si alguien tiene que ser juzgado, ese es el Duce.

—No solo arriesgamos la propia, también hemos destruido otras vidas.

El soldado, algo exaltado, se alzó de golpe y lanzó la colilla contra la hierba, para luego encender otro cigarrillo.

—Era nuestro deber, no teníamos alternativa.

—Siempre hay alternativa, Solina. En lugar de arriesgar nuestra vida disparándole al enemigo, pudimos haber optado por el riesgo de negarnos, ir presos, o incluso desertar.

—¿Y ahora qué vamos a hacer en Padua? ¿Qué nos espera de regreso?

—Los llevo al único lugar donde puedo hacer algo por ustedes. Mi familia es muy respetada allá y, aunque eso no nos va a librar de mucho, por lo menos las autoridades me concederán el derecho de hablar. Quiero darles la opción de que sean escuchados y tratados con justicia.

—Pero, si yo voy a mi pueblo, puedo volver a mi casa y a mi vida… No necesito ir a Padua.

Rafaello se puso de pie e int

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