Autobiografía

José Luis Peixoto

Fragmento

cap-1

1

Saramago escribió la última frase de la novela.

Su mirada penetrante se introdujo en cada una de aquellas palabras, maestro de obras, las examinó por dentro como si fueran casas; ¿se puede vivir aquí?, preguntó en el silencio de su interior, del interior de él y de las casas, recibiendo tan solo la respuesta del eco, evidencia optimista de un lugar creado, espacio viable, hábitat. Después, en la vía que formaba aquella frase, paseó frente a las palabras, calle de fachadas dignas y sólidas, midió el espacio entre cada una, comparó las tonalidades del color que presentaban, reflejos de un sol que brillaba en el centro de la novela.

Aún con la atención en aquel paisaje, apartó las manos del teclado del ordenador, serían dos aves posibles, pero eran realmente las manos de un hombre de setenta y cuatro años, manos con piel humana, provisionalmente sin peso, olvidadas por la gravedad. Las puso sobre el tablero de madera, una a cada lado del teclado, y los dedos encontraron un descanso individual, unos más estirados, otros más acaracolados en las falanges. Bajo la mesa, en la sombra, deslizó los pies hacia fuera de las zapatillas, los dejó a medias, todavía en el bienestar textil y ya en libertad. Pero todo esto era ajeno al arbitrio del escritor, cuando se abandona el cuerpo humano avanza en una existencia independiente, afortunadamente el corazón no espera la orden para latir, los pulmones se organizan autónomos en su afán por respirar, hasta el más anónimo pelo sabe encanecer solo. Detrás, los libros de las estanterías parecían inclinarse sobre sus hombros, ávidos de no perderse lo que fuera, inquisidores, también ya habían sido así, antes de la impresora y de las lecturas críticas, antes del mundo, protegidos por el celo de su creador. Al otro lado del despacho, huyendo de raíces acomodadas a la tierra doméstica, imitación en macetas de los campos, plantas mudas se estiraban en dirección a la claridad, era ese esfuerzo el que las hacía crecer. Tal vez se pueda creer que también esas hojas carnosas hacían crecer la claridad, tal era la abundancia con que julio entero brotaba en aquella ventana, el inicio de julio a través de aquellos vidrios, el día 2 de julio de 1997 surgía entero por aquella ventana. En la otra pared, la puerta cerrada, ruidos cautelosos que alguien podría definir como remanso.

Con un movimiento del cuello, casi incierto, sucedió o no, Saramago alzó la mirada. No llamaría a Pilar inmediatamente, tenía ese lance guardado, lo había previsto durante meses y, ahora, quería disfrutarlo. Entre pensamientos, podía oír su propia voz llamándola, tenía una forma especial de articular el nombre de Pilar en aquellos momentos, podía ver los detalles de su rostro en cuanto le diese la noticia. Había animado esa imagen entre capítulos y jornadas de escritura, hasta el punto de no haber sido pocas las veces en que le pareció la primera razón, la más verdadera, se había entregado al trabajo de aquella novela para ver la cara de Pilar en el momento en que la terminase. Sin alterar la expresión, esta idea juvenil le hacía sonreír. Al mismo tiempo, los personajes aún bullían en su intimidad, daban vueltas asustados, sin saber de su futuro, les faltaban palabras, empezaban a deshacerse; también por eso, el escritor necesitaba algún tiempo más a solas con ellos, necesitaba presenciar esa angustia; ¿y ahora?, ¿y ahora?, se preguntaban los personajes sin descanso. Era preciso un tiempo para explicarles que ahora empezaría su vida.

Estaba aquel despacho y dentro de la cabeza de Saramago había otro despacho, lo mismo sucedía con aquel libro recién escrito y con toda la isla de Lanzarote, el océano Atlántico. No se puede saber qué es más grande, hay muchos tipos de tamaño, igual que el libro estaba dentro de la isla, también la isla estaba dentro del

Sonó el timbre. Pensó inmediatamente en el giro postal, ¿sería eso? Necesitaba aquel dinero, pero no le convenía quebrar la agilidad rara, muy rara, de la escritura. José cerró los ojos, giró el índice sobre el teclado hasta perder el discernimiento de la localización de las letras. Confiaría en el orden alfabético, pero desniveló las probabilidades, abriría la puerta si saliese una letra más baja que la h, seguiría sentado si fuese una más alta. Posó el dedo, levantó los párpados, curiosidad de ratón, tocó la b. Se liberó del sofá que lo engullía hacia el interior de una cueva de napa, muelles rotos, y dio seis pasos medianos, atravesando la habitación. A medio camino llamaron a la puerta, huesos en la madera. No le extrañó, José vivía en un bajo, la entrada del edificio quedaba a poca distancia de su puerta.

Convencido de que se encontraría al cartero, tiró de la manilla con un solo movimiento, llevaba el semblante elegido y la reprimenda lista pero, antes de abrir la boca, uno de los hombres le echó mano al cuello y lo empujó hacia dentro, lo levantó por los aires, tocando el suelo de puntillas, bailarina despreocupada con su elegancia; el otro los siguió y cerró la puerta. Retenido en aquella mano apretada, brazo estirado, José no supo qué decir ni qué hacer, aunque no pudiese decir ni pío con la garganta oprimida ni, por el mismo motivo, tuviese la autoridad de cualquier gesto. ¿Sabes quién nos manda? Solo el puñetazo que recibió en el bazo tras la pregunta habría sido suficiente para José. No cayó de rodillas porque estaba cogido por el cuello. Quizá el hombre fuese zurdo si golpeaba con tanta fuerza a la izquierda pero, en ese caso, impresionaba la competencia con que atizaba a la derecha. En cualquiera de las dos opciones, era verdad que tenía más furia en un brazo, el que quiera que fuese, que José en todo el esqueleto.

Arrugando la cara para atraer el recuerdo, José solo conseguía vislumbrar retales, momentos incompletos que pasaban demasiado deprisa, sin principio, a medias, sin final, terminados en el aire, de repente. Tal vez la angustia cortase instantes al azar. Incluso en el recuerdo, tras la aridez del susto, aquellas imágenes se vieron siempre acompañadas por una opresión en el pecho.

Bartolomeu lo achacó a la bebida. ¿Whisky?, no; ¿vino tinto?, no; ¿coñac?, no, ya le he dicho que no. José se arrepintió de habérselo contado pero, a partir de cierto momento, él mismo dejó de saber en qué creer, empezó a dudar. Aun así, cuando atinaba, cuando ajustaba la mirada por un dedo levantado a dos palmos de la cara, creía que se había tratado de un agotamiento, una fatiga de la cabeza, no aguantó la presión que provocaban las palabras al atravesarle los poros. En aquella época, aún confiaba en que, con persistencia, podría seguir con la novela. En casa, días seguidos, acumulaba sudor, restos de comida podrida y, durante horas, mantenía el cuaderno abierto delante, palabras tachadas, palabras escritas y tachadas. Sufría dolores de cabeza que hacían que le dolieran los ojos, sentía los globos oculares perfectamente definidos dentro del cráneo, dos esferas con venas palpitando. De día o de noche se dormía en el sofá, perdía el sentido. No recuerda cómo salió de casa aquella tarde, afortunadamente vestido y calzado; se acuerda de las calles, quizá Olivais, quizá Chelas, quizá Alcântara o Telheiras, quizá cualquier barrio de Lisboa con edificios y tráfico. También recuerda algunas voces intentando hab

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