Para acabar con Eddy Bellegueule

Édouard Louis

Fragmento

9788415630852-5

Encuentro

De mi infancia no me queda ningún recuerdo feliz. No quiero decir que no haya tenido nunca, en esos años, ningún sentimiento feliz o alegre. Lo que pasa es que el sufrimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuanto no entre en su sistema.

En el pasillo aparecieron dos chicos: uno, alto y pelirrojo; otro, bajo y encorvado. El pelirrojo alto escupió: ¡Toma, en toda la jeta!

El escupitajo me fue resbalando por la cara, amarillo y espeso, como esas flemas ruidosas que se les atraviesan en la garganta a las personas mayores o a los enfermos, de olor fuerte y nauseabundo. Risas chillonas y estridentes de los dos chicos Mira, toda la jeta pringada el muy hijo de puta. Me resbala del ojo a los labios, hasta metérseme en la boca. No me atrevo a limpiármelo. Podría hacerlo, bastaría con el revés de la manga. Bastaría con una fracción de segundo, con un gesto diminuto, para que el escupitajo no me llegara a los labios, pero no lo hago por temor a que se ofendan, por temor a que se irriten aún más.

No pensaba que fueran a hacerlo. Y eso que la violencia no me era desconocida, ni mucho menos. Llevaba toda la vida viendo, desde siempre, por mucho que me remontase en mis recuerdos, a mi padre, borracho, pegarse a la salida del café con otros hombres borrachos y partirles las narices o los dientes. Hombres que se habían fijado en mi madre con excesiva insistencia; y mi padre, bajo los efectos del alcohol, echaba pestes ¿Tú quién te has creído que eres para mirar así a mi mujer, cabrón asqueroso? Mi madre intentaba calmarlo Cálmate, cariño, cálmate, pero él no hacía ni caso de sus protestas. Sus amigos, claro está, acababan por intervenir, ésa era la norma, ser un buen amigo, un buen colega, y serlo consistía también en eso, en meterse en la pelea para separar a mi padre y al otro hombre, la víctima de la borrachera de mi padre que ya tenía la cara llena de heridas. Yo veía a mi padre, cuando alguna de nuestras gatas paría, meter a los gatitos recién nacidos en una bolsa de plástico del supermercado y pegar con la bolsa contra un bordillo de cemento hasta que la bolsa se llenaba de sangre y ya no se oían maullidos. Lo había visto degollar cerdos en el jardín y beberse la sangre aún caliente, que recogía para hacer morcillas (sangre en los labios, en la barbilla, en la camiseta) Esto es lo bueno, la sangre cuando acaba de salir del bicho mientras revienta. Los chillidos del cerdo agonizante cuando mi padre le cortaba la caña del pulmón se oían en todo el pueblo.

Tenía diez años. Como empezaba el bachillerato, era nuevo en el centro. Cuando aparecieron en el pasillo, no los conocía. No sabía ni cómo se llamaban, cosa que no solía suceder en ese centro, pequeño, en que apenas si había doscientos alumnos y donde todo el mundo se conocía enseguida. Andaban despacio, sonreían, no se les notaba ni pizca de agresividad, hasta tal punto que, de entrada, pensé que venían a conocerme. Pero ¿por qué iban a querer los mayores hablar conmigo, que era nuevo? El patio de recreo funcionaba igual que el resto del mundo: los mayores no se trataban con los pequeños. Mi madre lo decía, al hablar de los obreros Los pequeños no le interesamos a nadie, y menos todavía a los mandamases.

En el pasillo me preguntaron si era yo ese Bellegueule del que todo el mundo hablaba. Me hicieron esta pregunta que me pasé luego meses y años repitiéndome incansablemente.

¿Tú eres el marica?

Esa pregunta, al hacérmela, me la grabaron para siempre, como un estigma, como eso que los griegos marcaban en el cuerpo, con un hierro al rojo o con un cuchillo, a los individuos que se apartaban de la norma y eran un peligro para la comunidad. Imposibilidad de librarme de ella. Lo que se me quedó clavado fue la sorpresa, y eso que no era la primera vez que me decían algo así. Nunca se acostumbra uno a que lo insulten.

Una sensación de impotencia, de estar perdiendo el equilibrio. Sonreí, y la palabra marica, que retumbaba y me estallaba en la cabeza, latía en mí acompasada con mi ritmo cardíaco.

Yo era flaco, debían de haber calculado que mi capacidad para defenderme era poca, casi inexistente. A esa edad mis padres me apodaban muchas veces Esqueleto y mi padre repetía sin parar las mismas gracias Podrías colarte por detrás de un cartel sin despegarlo. En el pueblo, el peso era una característica que se valoraba mucho. Mi padre y mis dos hermanos eran obesos, y también varias mujeres de la familia, y a la gente le gustaba decir Más vale no dejarse morir de hambre, es una buena enfermedad.

(Al año siguiente, cansado de los sarcasmos de mi familia sobre mi peso, me propuse engordar. Compraba bolsas de patatas fritas a la salida del colegio con el dinero que le pedía a mi tía —mis padres no habrían podido darme nada— y me ponía ciego. Yo, que hasta entonces me había negado a comer los guisos tan grasientos de mi madre, precisamente por temor a llegar a ser como mi padre y mis hermanos —y a ella la irritaba: Que no se te va a atascar el ojo del culo—, empecé de pronto a zamparme todo lo que se me ponía a tiro, como esos insectos que se desplazan formando nubes y se cargan paisajes enteros. Engordé veinte kilos en un año.)

Primero me empujaron con las puntas de los dedos, sin gran brutalidad, sin dejar de reírse, mientras yo seguía con el escupitajo en la cara; luego cada vez más fuerte, hasta que di con la cabeza en la pared del pasillo. Yo no decía nada. Uno me sujetó los brazos mientras el otro me daba patadas, cada vez menos sonriente, interpretando cada vez con mayor seriedad su papel y, en la cara, cada vez más concentración, más ira, más odio. Lo recuerdo: los golpes en el vientre, el dolor de la cabeza al chocar con la pared de ladrillo. Es un elemento en el que no pensamos, el dolor, el cuerpo que de pronto padece, herido, magullado. Pensamos —ante escenas así, quiero decir: visto desde fuera— en la humillación, en la incomprensión, en el miedo, pero no pensamos en el dolor.

Los golpes en el vientre me cortaban el resuello y se me quedaba bloqueada la respiración. Abría la boca cuanto podía para que me entrase el oxígeno, hinchaba el pecho, pero el aire se negaba a entrar; esa impresión de que se me habían llenado de pronto los pulmones de una savia compacta, de plomo. De repente, me pesaban. Me temblaba el cuerpo, era como si ya no fuera mío, como si no obedeciera ya a mi voluntad. Como un cuerpo que envejece y se emancipa de una mente que lo abandona, y se niega a obedecerla. El cuerpo se convierte en una carga.

Se reían cuando me ponía rojo porque me faltaba el oxígeno (esa espontaneidad de las clases populares, la sencillez de la gente de a pie, los que disfrutan de la vida). Me subían maquinalmente las lágrimas a los ojos, se me nublaba la vista como sucede cuando nos atragantamos con la saliva o con algo que estamos comiendo. No sabían que si me corrían las lágrimas era porque me estaba asfixiando; creían que lloraba. Se les acababa la paciencia.

Noté su aliento cuando se me acercaron, ese olor a lácteos podridos, a animal muerto. Era probable que nunca se lavasen los dientes, como yo. Las madres del pueblo no le daban mucha importancia a la higiene dental de sus hijos. El dentista era muy caro y la escasez de dinero determinaba la elección. Las madres decían De todas formas hay cosas más importantes en la vida. Todavía me está costando

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist