Animales domésticos

Fragmento

Nuestro Melrose

Fue durante la época en que Ruth presentaba MTV Latino y el bar más lleno del hemisferio occidental, ubicado en Bogotá y llamado El Antifaz, estaba en su etapa de mayor concurrencia. Era feliz o creía serlo, que viene a ser casi lo mismo. Después de un par de años trabajando en radio estaba prácticamente desempleado. Pasaba mis días leyendo, escribiendo y jugando Playstation. Un día me llamó Fernando Ramírez, que enseñaba Teorías de la Comunicación y de quien fui monitor durante buena parte de la carrera. Yo le decía Ferdinand y él me decía Antoine, un chiste que no vale la pena explicar. Ferdinand me llamó y me dijo Antoine, tengo que renunciar a mi clase por un problema de horarios: lo propuse para reemplazarme. A mis veinticuatro años me convertí en el profesor más joven de la facultad.

Tenía un apartaestudio en el edificio Girasoles, que estaba a dos cuadras de la clínica Marly, y desde hacía seis meses andaba con Laura. Era pecosa y, aunque su pelo era negro, tenía cara de pelirroja. Laura vivía cerca del Hospital Militar, en un apartamento con vista portentosa a la ciudad que contrastaba con mi mediocre panorama de segundo piso frente a un instituto de enseñanza intermedia. Dormíamos juntos casi siempre, la mayoría de las veces donde ella, aunque su casa me producía alergia. Siempre he sufrido una rinitis brutal que, cuando se activa, me hace estornudar sin pausa. Yo permanecía cebado de noxpirines y dristanes, pues Laura tenía cientos de adornos que colgaban del techo, estantes con botellas pintadas a mano, muñequitos de plástico, antigüedades y cachivaches que acumulaban polvo y ácaros. Tirábamos todas las noches, o casi todas. Ese ha sido el tiempo con más concentración de polvos y antigripales de mi vida. Ella no era muy dada a los preámbulos, sexo oral, masaje, lamida de pies y esas cosas: había algo agresivo y urgente en el inicio de nuestras jornadas, que iban adoptando un ritmo cada vez más sosegado. A la inversa de la naturaleza y el sentido común, Laura alcanzaba el clímax por desaceleración. Nunca he visto a nadie, ni en películas ni en la vida real, venirse de semejante manera. Su espalda se arqueaba en una curva imposible, blanqueaba los ojos, todos los músculos de su cuerpo se contraían al punto que parecía hecha de piedra, dejaba escapar un gemido como de infinito dolor y, tras un par de espasmos similares, quedaba prácticamente desmayada. Yo me sentía como un héroe. Antes tenía una novia con la que me comportaba como eyaculador precoz. Con Laura yo era un verdadero corredor de fondo. Cuando no estábamos tirando salíamos a cine, íbamos al campo, hacíamos fondues de queso, íbamos al Antifaz y oíamos música. Tenía gustos mucho mejores que los míos. Recuerdo que entre sus discos estaba el Unplugged de Nirvana y el OK Computer de Radiohead, que luego serían importantes en mi vida (en ese entonces yo estaba anclado al rock en español y los one hit wonders de los ochenta). Otra cosa que nos hacía opuestos era que a ella tan sólo parecía importarle la estética: si algo era bello podía ser incómodo o aparatoso, eso le tenía sin cuidado; para mí, en cambio, siempre han primado la utilidad y la comodidad. Por eso todo lo mío se veía más ordinario, más feo cuando ella o algo suyo estaba cerca de mí. Éramos la dama y el vagabundo. La amaba, sin duda, y a veces ese amor se manifestaba con una fuerza que me escocía el alma.

Pero todo paraíso tiene su serpiente y todo cuento de hadas su manzana envenenada. Raquel Reyes había sido novia de La Vaca hacía años, en la época de las botas Reebok, los buzos Benetton con raya blanca y los jeans frosted entubados. Raquel aguantaba, era bonita a ratos. Tenía buen culo. Me la volví a encontrar años después, cuando empezó a salir con Julio, un amigo nuestro que había estudiado piano y hacía jingles. Luego Julio administraría un bar llamado Lady Pepa y después se volvería chamán, pero esa es otra historia. No sé cómo empezaron a salir ellos dos o quién los presentó. Corrían esos años en que todos conformamos nuestro Melrose Place y éramos bastante endogámicos. El caso es que me encontraba a Raquel cuando había reuniones de amigos o iba adonde Julio. Raquel se convirtió en la serpiente de mi paraíso cuando un día, desprevenidamente, me contó que era amiga de Alicia Franco, mi manzana envenenada.

Alicia era la mayor del curso que yo dictaba. Había estudiado algunos semestres de Diseño Industrial antes de entrar a la carrera. Alta, flaca, espigada, tetas de pezones salientes, pelo corto, cinturita, culazo. Para más señas, era modelo y actriz. Lo dijo el primer día, cuando les pedí que se presentaran. En todos los semestres de Comunicación Social hay una modelo o una reina o una actriz. Esta era modelo y actriz. La reina era otra, a quien yo no le daba clases pero conocía las leyendas que circulaban sobre su proverbial estupidez. La presentación de Alicia, diciéndose modelo y actriz, me hizo presagiar lo mismo, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado y había sido víctima de mis prejuicios. Los mejores trabajos, con excepción apenas de Bárbara Méndez y Mafe Terán, eran los suyos. Tenía una prosa clara, expositiva y amena con la que relacionaba ideas de forma inusitada y deslumbrante. La veía en clase un par de veces a la semana, luego me olvidaba de ella y me iba a mi casa o a la casa de Laura. Raquel y Alicia se encontraban menos que Alicia y yo, pero en esas ocasiones solían ponerse al día en sus vidas. Alicia había elogiado mis clases y le había dicho que yo le parecía papacito, sin saber aún que Raquel y yo nos conocíamos. Luego de enterarse, le advirtió a Raquel que se olvidara de lo que ella había dicho de mí, que jamás me lo fuera a mencionar. Una cosa que caracterizaba a Raquel desde sus tiempos con La Vaca era que no se le podía confiar ningún secreto. ¿Utilizó la palabra papacito?, pregunté, ¿o dijo algo más? No me acuerdo… tal vez, o eso fue lo que creí entender yo, respondió Raquel. No volvimos a tocar el tema.

Empecé a preparar mis clases para Alicia. Quería demostrarle que yo era el tipo más brillante y encantador del mundo. Podía convertir una explicación en un stand up comedy, echaba mano de ejemplos divertidos para explicar las estructuras de repetición, me inventaba situaciones ficticias que envolvían a los estudiantes, de vez en cuando hacía clases campestres en los terrenos de la universidad, planeaba qué ropa ponerme… en fin, el pavo real desplegando su plumaje.

Quien vino a apuntalar mis tentaciones fue Pedro, un amigo que también estaba desempleado. A veces nos veíamos en mi casa con Tatiana, que en ese entonces era novia del Pote Jiménez, jugábamos Silent Hill, Resident Evil, Tomb Raider, Mortal Kombat, Gran Turismo y Crash Bandicoot en mi Playstation. Una noche, cuando Tati ya se había ido, Pedro insistió en que pusiera la telenovela de las diez. Era una producción estilizada y vana que trataba de todas las tensiones y emociones que se viven en torno a una agencia de modelos. Para mi sorpresa, en las primeras escenas apareció Alicia. Ella era parte del grupo de extras con mínimo parlamento que sirven de ambientación, modelos que daban credibilidad al hecho de que la hi

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