Hacia los mares de la libertad (Trilogía del árbol Kauri 1)

Sarah Lark

Fragmento

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Agradecimientos

Es imposible escribir en solitario un libro como este.

Por esta razón, doy las gracias a todos los que me han ayudado, en especial a mi editora Melanie Blank-Schröder, a mi correctora de texto Margit von Cossart y a mi agente y taumaturgo Bastian Schlück. Pero también a los diseñadores que han concebido las cubiertas y dibujado los mapas; al departamento de marketing, tan rebosante de ideas; y, naturalmente, a la distribuidora y a todos los libreros que, finalmente, ponen el libro en el mercado. Como siempre, agradezco a Klara Decker la lectura del manuscrito y que haya encontrado respuestas en internet cuando yo ya no progresaba en mis investigaciones. Los caballos no se aprovecharon cuando cabalgando mis pensamientos vagaban hacia Nueva Zelanda. Y los perros me devolvían una y otra vez a la realidad para que les diera de comer a su hora.

Pienso en Jacky y Grizabella.

SARAH LARK, octubre de 2009

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DIGNIDAD

Irlanda - Condado de Wicklow

1846-1847

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Aunque el corazón le latía desbocado, Mary Kathleen se obligó a caminar lentamente hasta quedar fuera de la vista de la casa señorial. No porque nadie la hubiese sorprendido. Además, si la cocinera hubiese sospechado algo, comparado con lo que la vieja Grainné sisaba del presupuesto doméstico de los ricos Wetherby, dos pastelillos de té no tenían la menor importancia.

Mary Kathleen no temía, pues, que alguien estuviera realmente persiguiéndola cuando se escondió, temblorosa, detrás de uno de los muros de piedra que ahí, como por toda Irlanda, limitaban los campos. Protegían contra el viento y las miradas curiosas, pero no contra el sentimiento de culpabilidad que sentía la joven.

Ella, Mary Kathleen, la alumna modelo de las clases de Biblia del padre O’Brien, ella, que en la confirmación había antepuesto orgullosa el nombre de la Madre de Dios al suyo propio... ¡ella había robado!

Todavía no lograba comprender qué le había sucedido, pero cuando había llevado la bandeja con los pastelillos a las dependencias de la distinguida lady Wetherby, su deseo había sido demasiado poderoso. Scones recién horneados de harina blanca y un azúcar no menos blanco, servidos con una mermelada que no habían elaborado hirviendo simplemente bayas, sino que había llegado en unos preciosos tarritos de vidrio d

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