Autobiografía de papel

Félix de Azúa

Fragmento

PRÓLOGO

En una cinta menos memorable de lo que se pregona, un célebre personaje de ficción musitaba mirando al abismo que él había visto arder sistemas solares más allá de Sirio, tempestades de fuego en estrellas extinguidas, chocar galaxias en el vacío infinito y otras grandezas semejantes. No voy a compararme con este prodigio cibernético, pero es cierto que yo he conocido un mundo literario tan desaparecido como la Atlántida. A lo cual se puede añadir «y me congratulo», o bien «lo deploro». Pero ni lo uno ni lo otro.

Los cambios en ese ámbito estratosférico que suele llamarse «cultura» y donde, a medida que se extinguían las viejas actividades cultas, han ido entrando cada vez más sorprendentes actividades hasta incluir los deportes en bloque, casi todos los vicios, la vida sexual y transexual, los tatuajes, el uso de opiáceos, el cultivo capilar, el arte de tirarse de un puente y muchos entretenimientos más; los cambios, digo, son constantes y siempre en la misma dirección, que es la de adaptarse a las necesidades de cada sociedad. Ha habido sociedades, como la de los mongoles, que han podido prescindir de toda cultura que no fuera la guerrera y eso no les ha impedido conquistar el mundo, y otras que jamás han conquistado nada y sin embargo tienen una cultura sobrecogedora, como Italia.

Una de las razones por las que algunas personas viven más de la cuenta es porque están programadas para dejar testimonio de una experiencia común a su generación. He aquí, muy bien resumido, mi caso. Debo explicar en qué ha consistido un cambio que todavía hoy no ha sido del todo digerido por los medios de comunicación, los cuales cada dos por tres publican suplementos con titulares como «Pero ¿de verdad ha muerto la novela?», o bien reportajes sobre «La más alta poesía andaluza».

La utilidad de semejante mal uso de mi experiencia privada es el siguiente: los próximos escritores pueden, quizás, librarse de dar más explicaciones, si aceptan mis argumentos. Y los lectores podrán comprar cualquier superventas que haya llamado su atención sin esconderlo detrás del diario. O lo contrario, no tendrán que forrar su Faulkner y hacerlo pasar por un (pongan aquí el nombre que más odien) con el fin de no ser tomados por pedantes en el metro.

Esta autobiografía es complementaria de una anterior (Autobiografía sin vida, Barcelona, Mondadori, 2010) en la que procedía al mismo ejercicio, pero aplicado a las hace tiempo llamadas bellas artes. Ya allí advertía que, si bien este libro es en efecto una autobiografía, en él apenas se habla de mi vida biológica y social ya que no tiene incidencia alguna en el colosal proceso de transformación de la cultura occidental, la cual ha pasado de un sistema de élites y oligarquías en el siglo XX a la actual democracia total. Algo así como el paso del Antiguo Régimen a las democracias burguesas del ochocientos, sólo que en esa rara actividad bifronte que es la escritura y la lectura.

Como en la anterior autobiografía, haré uso de mis estados civiles (niño, muchacho, joven, adulto, maduro, anciano) para presentar filogenéticamente lo que en realidad es ontogenético. Es cierto que a lo largo de mi vida me he ido adaptando a los distintos cambios e intercambios de la escritura y la lectura, pero eso no dota a la sucesión de ninguna razón, idea, proyecto o sentido. Al igual que nuestras vidas, los cambios llamados «culturales» son el fruto de una confluencia de fuerzas tan azarosa como la que dirige el clima, mueve las nubes o desborda los océanos, y por mucho que exista una ciencia llamada «meteorología» a todos nos ha arruinado el día alguna vez la fiabilidad de sus predicciones.

Así pues y por resumir las pretensiones de este relato de manera que el menos interesado pueda cerrarlo de golpe, se trata de usar mi experiencia verdadera (aunque siempre subjetiva) para dibujar un mapa en el que se observe el desplazamiento de continentes tan prestigiosos como la poesía y la novela, así como la emergencia de nuevas tierras (el ensayo y el periodismo) que no existían para la literatura hace unas pocas décadas.

Aunque volveré sobre ello a lo largo del relato, esta subversión de los géneros tradicionales no determina en absoluto la cuestión de su calidad, la cual está sujeta a otros mecanismos. Dicho en cristiano: que tal novela, poema o ensayo sea una obra maestra del arte de escribir es algo por completo independiente de su actual situación en la jerarquía literaria. Uno de los fenómenos más curiosos del nuevo modelo es que la calidad ha dejado de tener efectos objetivos y el respeto, los honores y el reconocimiento de los escritores depende exclusivamente del hecho de que, por ejemplo, escriban poesía, no del hecho de que escriban buena poesía. O del hecho de que escriban novelas de vanguardia, aunque sean ilegibles. Y en cierto modo, así ha de ser mientras la administración del estado (y las autonomías, en el caso de nuestro delirante país) insista en conservar el mando de la así llamada cultura nacional, como si esta en lugar de ser una industria fuera una prolongación anímica de la patria o su ectoplasma. El espiritismo nacional goza de una salud inmejorable en España y en los Balcanes.

Que la administración esté al mando en tanto que corrector moral del mercado es uno de los fenómenos que ha acabado con las antiguas jerarquías, ya que en la administración es imposible escapar al criterio de la igualación por la base, tanto en casos de dominio de la izquierda (siempre virtual) como de la derecha (casi nunca fáctica). Izquierdas y derechas están encadenadas a las constricciones de la democracia total y por lo tanto no pueden de ninguna de las maneras establecer diferencias de excelencia en ese terreno. No hay nada sobresaliente o superior, excepto como etiqueta equivalente a «muerto», en la producción anímica de la nación. Todo es igualmente bueno.

Así como en el sistema educativo es un delito imperdonable dejar constancia de que hay niños más inteligentes que otros, o con mayor talento, o más brillantes, o más imaginativos, o incluso más trabajadores, así también en el reino de la cultura la administración debe vigilar para que nada sobresalga, no vayan a venir llorando los más bajitos. El resultado, tanto en la educación como en la cultura, ha sido su asimilación al método del ascenso por escalafón. Esa es la educación y la cultura que requiere nuestra sociedad, pero que nadie se engañe: esas son, sin la menor duda, la educación y la cultura democráticas en su sentido radical. Hasta hace unos años a nadie se le habría pasado por la cabeza que lo democrático pudiera tener la menor relación con las artes y la cultura. Error: también en ese terreno triunfa la concepción total de la democracia. Nada puede quedar fuera.

Este deslizamiento no ha impedido que el mercado impulse algunas obras maestras de la escritura artística (Houellebecq, David Foster Wallace, Jonathan Littell, en los últimos años), pero es el mercado, no la administración o sus órganos gestores (academias, universidades, mandarinatos regionales), quien lo ha hecho real. No hace mucho tiempo los hermanos Goncourt podían imponer un valor literario contra el mercado. En la actualidad el premio

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