La copa de Leopoldstadt

Fragmento

Metamorfosis I.
Una palabra

Viena, 6 de noviembre de 1938

Jacob tiene la sensación de que esto ya lo ha vivido. Lo asedia la impotencia, por no poder decir lo que quiere; la duda, por no saber si está haciendo lo que debe, y la culpa, porque no quiere volverlo a traicionar. Definitivamente, no lo hará.

—¡Vayámonos ya, Jacob! —ruega Rachel—. Debemos escapar y dejar atrás esta pesadilla. Hay que empezar de nuevo, donde y como sea. Te pido por favor que reacciones. ¿Qué estamos esperando? ¿No puedes darte cuenta de que se terminó la Viena que conocimos? Por el amor de Dios, Jacob. Ya nada nos une a esto, tu Hakoah no existe más. Desapareció. La desaparecieron.

Hay palabras, nombres, que no necesitan más que su sola mención para sacudir las fibras más íntimas de una persona, incluso bajo las condiciones menos propicias para que ello aflore. Aun en el infierno en el que habita, donde los instintos se focalizan en la sobrevivencia y no abundan resquicios para sentimentalismos, ese nombre, esa palabra, la pronunciada por su esposa, «Hakoah», es de las que todavía tiene la fuerza de mover y conmover a Jacob.

—Con el dinero que nos enviará Leizer podremos salir de aquí. Es cuestión de unas semanas más, un par de meses como mucho, pero te aseguro que esto se va a terminar pronto.

—Quizá sea tarde —responde ella con resignación, tan impropia de su personalidad, y cansancio, por haber recorrido, como todas las mañanas de las últimas semanas, muchas tiendas de los alrededores en procura de víveres que han comenzado a escasear en la zona donde viven. «¡Vayámonos ya!», suplica.

Pocos meses atrás, se habían extendido las leyes de Nüremberg a Austria, en el momento en que el país fue tomado por Alemania. A partir de la anexión, la Anschluss, los judíos austríacos se convirtieron en apátridas. En una de esas leyes, «para la protección de la sangre alemana y del honor alemán», se estableció la prohibición de matrimonios y relaciones extramaritales entre judíos y ciudadanos «de sangre alemana». Estas leyes y los trece decretos suplementarios eliminaron todo tipo de garantía de los judíos sobre sus vínculos, sus derechos y sus vidas.

Las agresiones del Servicio de Seguridad del Reichsführer-SS se iniciaron inmediatamente después de la anexión, en tanto escalaron en violencia y premeditación. En los días anteriores, un comunicado interno de las SS informaba que pronto tendría lugar «una operación planeada contra los judíos», que procuraría «no dar la impresión de que se trata de un asunto del Partido; por el contrario, se suscitarán manifestaciones espontáneas del pueblo». A su vez, se permitirá «utilizar la fuerza en caso de que los judíos opongan resistencia».

—Recién vi a Ernst. Estaba por acá, patrullando la zona. Te juro que era él, que estaba ahí —la voz de Rachel amenaza con quebrarse, pero sigue—. No te parece que ya está, que ya es suficiente de todo este asco de país y de gente.

Jacob mueve levemente su cabeza y entrecierra su ojo derecho con descreimiento. Luego de unos instantes de silencio, reacciona.

—¿Ernst por acá? ¿No te habrás confundido? No creo que tenga mucho que hacer en este lugar.

El rostro de Rachel expresa impotencia al presenciar una vez más la ceguera de su esposo. Al principio, ella también quiso convencerse de que sus miedos eran infundados, de que esta locura terminaría pronto, y, en especial, de que Ernst, a pesar de lo que pasó, jamás traicionaría el inquebrantable sentimiento fraternal que lo unió a Jacob durante tantos años. Pero le resulta imposible huir de la realidad que los ha estado lacerando durante ya casi ocho meses; la realidad con la que hacía pocos minutos acababa nuevamente de estrellarse.

—Yo lo vi y no estoy loca. Ernst estaba acompañado por dos uniformados y él mismo llevaba la banda nazi en su brazo izquierdo. Jacob, por favor: Viena cambió, Hakoah ya no está, y Ernst, tu antiguo amigo, tu examigo, cambió, terminó de enloquecer. Ya sé… me dirás, como siempre lo haces para justificarlo, que fue porque tú lo traicionaste, y bien sabes que eso no es así, que no es cierto. Te lo he repetido cientos de veces. No lo traicionaste, solo hiciste lo que tenías que hacer. Y en cualquier caso nada lo justifica para portarse como un insecto, como un hijo de puta.

—Rachel, no digas eso. No es así. Ernst… —la respiración de Jacob se intensifica.

—Es así. Ernst se está comportando como un hijo de puta.

Las palabras empujadas por el corazón de Jacob son reprimidas a lo largo del sendero que las conduce hasta su boca; y entonces, apenas murmura, optando por un amargo silencio. Cae abatido en una silla, de las pocas del lugar que, sin embargo, abarrotan el espacio diminuto y desvencijado que comparten con otras tres familias judías. Sus ojos, inyectados en sangre y lágrimas que no permite liberar, centellean de bronca y angustia. Necesita decir algo, gritarlo. Pero se muerde los labios hasta herirlos, limitándose a apoyar sus codos sobre una pequeña mesa redonda en la que reposan un lápiz y un cuaderno, y a lanzar su vista al horizonte que se encuentra cerca, a escasos centímetros, casi como el abismo. Innumerables sensaciones, sentimientos y recuerdos circulan a velocidad vertiginosa y en un sinfín de direcciones por la cabeza y el corazón de Jacob.

La vida según Jacob I.
El camino

Viena, 6 de junio de 1925

Allí van juntos, los inseparables amigos. Caminan, cantan, ríen y sueñan; sueñan con tocarla, con tenerla entre sus manos apenas unos segundos, que para ellos sería la vida misma.

Ya queda menos. No se han apartado, como jamás lo hacen, un solo centímetro de su recorrido habitual. Han dejado atrás su calle, Ybbsstraße; han visto a su derecha la enorme rueda gigante, el Riesenrad, a la entrada del parque Prater, que atraviesan rodeados por centenares de árboles. Los nervios se acrecientan al tomar Meiereistraße, a unas nueve cuadras de su destino. ¿Será por fin esta vez? El andar se torna más ágil, y el trote se convierte en galope, para cerrar cuanto antes la travesía por este barrio de Viena que conocen palmo a palmo: Leopoldstadt es su barrio.

En cuatro años no han faltado una sola vez al templo. Si algo necesitaban para grabar a fuego la amistad que los ha unido desde siempre es esta religión compartida, que les ha deparado húmedas penas y alegrías. «No lo somos de sangre, pero sí hermanos de lágrimas», suele decir Ernst, siempre

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